MÓNICA DIXON. VIVIR EN LO EXTRAÑO

MÓNICA DIXON. VIVIR EN LO EXTRAÑO

Texto publicado en el catálogo
Mónica Dixon.  Vivir en lo extraño
As Quintas: A Caridá, 2022.

 

MÓNICA DIXON. VIVIR EN LO EXTRAÑO

 

No es preciso demasiada luz, una luz débil permite vivir en lo extraño, una lucecita fiel.

Samuel Beckett, “Malone muere” (1951)[1].

Es un enigma la imagen.  Un misterio las imágenes de Mónica Dixon (New Jersey, 1971), pinturas donde prevalece ese habitar suyo en estancias pobladas por las preguntas, como quien ofrece el paso al poder de un vacío, una ausencia inicial, la muestra de una misteriosa intimidad que hubiese sido iluminada por una luz diferente, no llegada desde este nosotros.   “Despojando el espacio pictórico”, me dirá, como un lugar siempre al comenzar, en tanto quedamos adheridos por la soledad al temblor de esos lugares sin nombre en el mundo, tal quien sin mediación contempla tentando habitar ese espacio, ahora lugar sin ocupantes, elevadas las paredes entre la voz augural y templada de la noche.

Dixon dice como aquel personaje de Dickens: “Night is generally my time for walking (La noche suele ser mi hora de paseo)”[2].   Representa interiores inflamados por aquella luz de extrañeza: “lo que en realidad quería ver: el espacio pintado en sí mismo, la vibración de la luz en la atmósfera, la soledad esencial del escenario (…) somos nosotros, los individuos, los que damos forma a los lugares que habitamos; es el propio cuerpo el que activa el espacio y no la existencia del espacio en sí”[3].  Como una deriva de la imaginación[4], este complejo ejercicio de hacer desaparecer el mundo deviene empero una misteriosa propuesta de acceso a la imagen que pareciere entonces convertida en exilio y reino, pues Dixon pinta el espacio con precisión y nombra las sombras, extiende lugares donde vibra una interioridad silenciosa semejase poblada por un vacío lunar, pasajes oscuros[5], representando escenas que parecen mostrarse en disimetría, unas sobre las siguientes, estas sobre las anteriores, como en un proceso de continuo desvelamiento.   Escenas inquietantes por su aire de preguntas, esta obra erigida concienzudamente en la incertidumbre, pues no son sus pinturas la revelación de una presencia plena sino, más bien, huellas de presencias desvanecidas, como si contemplásemos la casa de la que se ausentó su héroe, corredores en suspenso donde todo cesó, tal sucede en el magno lienzo “[Im]possible escape” (2019), o su severa réplica “Possible escape” (2020): en ambos todo se detuvo, allí se desplaza habitante el habla sin habla, la voz ausente.

 En el espacio se encuentran los planos que fueron pintados como laberintos de espejos de las almas perdidas, aquellos espejos de obsidiana de Pompeya que, en vez de imágenes, devolvían sombras: reflejan la sombra -decía desconcertado Plinio el Viejo- en lugar de la imagen de los objetos[6].     Mas las imágenes activan el espacio, explica Dixon refiriendo sus pinturas, estas más bien una promesa de imágenes capaces de mostrar, con frecuencia, su querencia por un centro de luz, sobrepasando los signos que parecen contener, espacio que es mostrado como escuchante de una rara sonoridad.

Hay una historia del arte de los espacios vaciados, que ya tentaran Fra Angélico o Piero della Francesca, templos en la soledad de su nervadura pintados por Saenredam, interiores metafísicos de De Chirico, cameras incantatas de Carlo Carrà.  Pensé en Dixon, sí, recordando los espacios multiplicados en grises azulinos de Masaccio, aquella “Trinidad” de fulgor rosáceo vista en un día obscuro en Santa María Novella.  O los ámbitos interiores y luces en fuga que pintara Pieter de Hooch.  Espacios detenidos, dirá también la artista[7], donde ella representa la ausencia como una geometría doliente, quizás manifestada la promesa de un advenimiento, pues las representaciones de Dixon elogian la concentración y el recogimiento en el seno de la errancia del habla del mundo.  Son cuadros, pienso ahora, a los que podríamos llamar “Existenzbilder”, cuadros de existencia, como aquellos de Giovanni Bellini vistos por Jacob Burckhardt.

Sosegada, Dixon atiende la espera de los levantes de la aurora, representando estos espacios que son, más bien, intervalos entre la pintura y el relato, pues nos devuelve verdaderas pinturas del umbral, siempre en el umbral de la mirada, sus lienzos acariciando un por venir, como en su duplo “Cold morning” (2020) o el reciente “When light comes in” (2022), tal si en ellos viésemos la luz que luego ha de proseguir: fuera presto está el alba a despuntar.  Habitando quizás la voz rotunda de Wittgenstein diciéndonos: alejémonos del mundo, impugnemos su palabra vana, pues nada sobre el mundo es posible decirse si no, más bien, sobre sus límites, sólo podremos explicar el mundo “si pudiésemos salir fuera del mundo, es decir si dejase para nosotros de ser el mundo entero”[8].

Silencio.  Reclaman su potestad estos espacios numinosos, pues ha sido objetivo de Dixon concentrarse en lo esencial, una búsqueda compartida con ciertos pintores, estoy pensando en aquella afirmación de Robert Ryman sobre el carácter milagroso de la pintura: como una epifanía surge algo que no estaba antes, un canto tácito parecido y sin embargo siempre diferente[9].

Ejerce nuestra artista la tentativa de crear un lugar, como quien ha conducido el movimiento desde el existir al reposo.  Un espacio pictórico donde traza la tentativa de encontrarse con quien contempla y, este, desplazado queda a un lugar otro, alejado de lo subjetivo de la representación de personas, objetos o lugares concretos, como un vaciamiento.   Liberada también la ausencia como un poder y, desde ahí, ser trasladados hacia un preciosísimo silencio destilado en esos espacios con aire infigurable.  Como una arqueóloga de espacios perdidos, parece representar promesas de sentido bajo una luz oblicua, como un estado de privación capaz de comunicar aquello incomunicable, el fulgor de lo que se ausentó, la celebración de lo indecible, tal aquella música callada conducente a la sabiduría en el sosiego y silencio de la noche que el amor vivifica[10], cántico espiritual entonces.  ¿Podrá la pintura extender su reino?

Ved. Escuchad.  Custodia Dixon una ilusión, alianza de unas pinturas donde oscuridad y claridad, regiones adversas, se encuentran.

Como un privilegio nocturno pleno de su poder de interrogación, con su belleza escarchada.

 

___________________________

NOTAS AL TEXTO

[1] BECKETT, Samuel. Malone muere (1951). Barcelona: Lumen, 1969, p.13

[2] Charles Dickens, en el comienzo de “Almacén de antigüedades (The Old Curiosity Shop)”.  Citado por CALVINO, Italo.  Seis propuestas para el próximo milenio.  Madrid: Siruela, 2010.

[3] DE LA TORRE, Alfonso. Derivas de la imaginación.  Otras visiones de la geometría.  Caracas-Madrid: Galería Odalys, 2021, pp. 29-30.  Se explica en siguiente nota.

[4] Estoy citando el título de la exposición antes mencionada, en donde se incluían las obras de Dixon: “Red, black & green” y “Soirée”, ambas de 2020.

[5] Estoy aludiendo al título de una obra de Mónica Dixon, “Dark Passage” (2020).

[6] Plinio el Viejo, Historia Natural-Libro XXXVI, entrada LXVII. [1]: “Otro género es el vidrio de obsidiana, algo similar a la piedra que fue descubierta en Etiopía por Obsidius. Esta piedra es muy oscura, a veces translúcida, pero que formando espejo para la pared, hace la sombra en lugar de la imagen de los objetos”.

[7] Título de su exposición de 2021 en la Galería Caicoya, de Oviedo.

[8] RUSELL, Bertrand. Introducción al Tractatus lógico-philosophicus.  Madrid: Alianza Editorial, 2003, p. 164.

[9] Robert Ryman citado por: FRÉMON, Jean. Samuel Beckett. El mundo y el pantalón.  Epílogo (1989).  Barcelona: Elba, 2017, pp. 88-89.

[10] SAN JUAN DE LA CRUZ.  Cántico espiritual.  Barcelona: Lumen, 2021 (la edición consultada).  Canción 14, p. 183.