ANA TORRALVA: ENSIMISMADA Y SIMBOLICA

ANA TORRALVA: ENSIMISMADA Y SIMBOLICA

ANA TORRALVA: ENSIMISMADA Y SIMBOLICA

ALFONSO DE LA TORRE

 

Ensimismada y simbólica, Ana Torralva (San Fernando, Cádiz, 1957) es portadora de una imaginación activa, visionaria, capaz de crear y trasgredir viajando más allá de las apariencias, sumiéndose -en tanto sumiéndonos- en un misterioso trayecto hacia un otro lado.  Imágenes en un instante que pareció silencio, a veces con aire de contención otrora, ellas, mirando atrevidas allende la imagen. Ay, cierran los ojos algunas, sumidas en su trance, otras abandonan sus párpados a la nada. Trabajo buscando la verdad, sentencia nuestra artista con seriedad[1], busca la esquiva verdad.

Un corpus creativo de décadas que evoca el conocimiento de lo real, mas también una suerte de incontenida enajenación, casi un trance que permitiera a Torralva transustanciar ese viaje en un tránsito conducente al conocimiento.   Pues la forma de contemplar nuestra artista el escenario del mundo es autoexigente y despojada, sin complacencias, siempre lo hizo así, estoy pensando en ciertos retratos de intelectuales a los que captó en un instante verdadero, mas también en las radicales poco conocidas series del psiquiátrico de Bétera (1978) o las dedicadas al infierno de la heroína (1979): sí, venga ahora otro “ay”, este profundo y conmovido.   Torralva tienta el acceso a aquella verdad retratando historias del mundo en sus márgenes, de tal forma que ha creado, concentrada, su particular “Atlas” de lo real, mostrados ahora rostros del cante, gestos o figuras, cuerpos y fragmentos extendidos en un singular y gigantesco atlas que, a lo Warburg, antes que elevar las certezas, convierte la creación en un espacio extenso de preguntas, -un insólito lugar de rarezas, en sus palabras, un álbum de hermosa extrañeza[2].

Al cabo, la historia del arte ha sido un continuo relato preguntando sobre la representación, la creación de las imágenes (las apariencias), en tanto deviniendo el propio relato, su construcción, la historia del arte.  Por cierto, no exactamente una narración de la claridad revelada sino, más bien, frecuentada por una especial cofradía de artistas que hicieron de la inquietud de las imágenes objeto de su quehacer (polvo y niebla, informa o mundos inciertos, temblor y deformidad, conmoción o suspensión de las imágenes, fragmento o mirada intensa), tal sucede a Torralva.    En sus imágenes, en especial en la declarada intensidad de ciertas fotografías, retrata el mundo no olvidando que, como escribía el poeta de Tours, Yves Bonnefoy, retratar supone referir el tiempo ejerciendo una conciencia activa de la trascendencia[3].

Eleva sus retratos Torralva tentando nuevas maneras de mirar, formas otras de expresar lo representado, es la inquietud de esta artista a la que veo un deje oriental pues es el suyo un arte que, aunque expresado mediante la presencia de imágenes, no se aleja de lo concentrado y el vacío, el instante inefable o la plenitud de la mirada[4].   “Un rostro -clama el ‘Diccionario Surrealista’- debe responder a todos los nombres del mundo”[5].    Emergen así muchos de estos retratos de Torralva entre lo hondo, pareciere abriéndose paso desde una cierta épica de lo negro (así sucede por ejemplo en el chiaroscuro donde brota “Carmen Linares. La pureza”, 2017).   A veces, como en el hermoso “Mujer con moño” (2012), plantea la artista la presencia de un duplo del retrato, imagen de frente y perfil, acercándose tal representación a la taxonomía documental, el delito o la ficha de la patología[6].   En otras ocasiones, hace patentes los fondos empleados en los retratos, tal si mostrase su deseo de no engalanar el mundo, sino más bien lograr con este repudio de la escenografía un poco de silencio que permitiese la concentración.    Sí, entre lo oscuro podrán destacar un rostro o unas manos[7], sucede en la secuencia de María Pagés (2007), como apareciendo desde la negrura.  Elogio de lo austero, Torralva es ejerciente de un cierto antirretratodesplazándose a la negación de la revelación plena de facciones, pensemos en la invasión de sombras que puebla algunos de sus retratos (he recordado a Rosa Chacel, retratada por Torralva entre el vértigo de la noche que caía, quizás huyendo de la fatal y vana claridad solar).  Aquí los tan bellos:  “El mantón. Carmen Cortés”, “La Macanita.  La seducción” (2003) o, ay, “La Paquera de Jerez”, casi en trance, con ojos cerrados, una de mis obras favoritas de Torralva que siempre me ha evocado aquel bello dibujo de Odilon Redon, “Les yeux clos” (1890)[8].   O, volviendo a la propia Ana Torralva, estoy recordando aquel hermoso “Santa Águeda” de los años ochenta, ojos vendados.    Sí, entornan las mujeres frecuentemente los ojos en los retratos de nuestra artista, tal volviendo su gesto hacia la verdad, que es lo interior, será también lo jondo e inapresable. O, ay, será el dolor un trance.  Retratos en los que, con frecuencia, sustrae los fechados, pareciendo disolver los tiempos en la paciente construcción de este atlas que jamás concluirá[9].

“Por el arco vacío entra un aire mental”, en la voz de García Lorca sobre el duende[10].    Búsqueda de una suerte de concentración que explora la ascesis[11],  tiempos de silencios, en muchas de sus imágenes parece haberse detenido la clepsidra quedando en suspensión las horas, aquel mundo de voces y quejíos.  Silencio.  Desde una cierta metafísica de la mirada retrata Torralva en este arte de las sugerencias con un aire de “estado mental”, ahora el verbo es de Duchamp[12] y, antes que evidencias, su tarea es siempre expresión de una actividad solitaria, el silente oficio de crear embargada en la necesidad de la repetición o la variación, retrato inquietante y misterioso de un momento congelado, algo que, escapado, es irrepetible y, al cabo, reflexión sobre la historia del arte, la sublime catarsis o la construcción de la mirada.

Reconoce nuestra artista utilizar como esencial método de trabajo la mencionada fragmentación: esto es, la muestra de diversas imágenes que podrían tentar componer un todo de lo representado, diferentes vistas, fragmentos, facetas o gestos[13].   Como en la mujer fraccionada, “Mujer que se arranca (Ella)” (2003) o las hermosas secuencias dedicadas al zapateao (2014) y las mencionadas manos de María Pages[14].   El trabajo de Torralva se convierte entonces en una narración que, siendo emocional, incluye una visión templada y concentrada que le permite la construcción de relatos, viajeros frecuentemente a lo íntimo, tal sucede en retratos aquí presentes como “Encarnación Fernández.  La Unión” (1996); “Cristina Hoyos” (2003) o “Marina Heredia II” (2016) con aire de alejadas del mundo, concentradas en su ser.

Pienso en la representación contemporánea del flamenco, claro, viendo estas fotografías, en mi memoria aquel kleeiano[15] Vicente Escudero, bailarín nervioso y fino dibujante retratado por Man Ray junto a su sombra y aupado por los de “El Paso”[16].  También en José Menese, -visitando la Cuenca abstracta[17] o cantando a Juana Mordó-, desde La Puebla de Cazalla, el pueblo de los Moreno Galván.   Cito a Manuel Viola, a los hermanos Saura o a Bonifacio Alfonso, claro, mas tengo que pensar en este punto en la esencial arpillera “Galería de la Mina” (1965), el cuadro millaresco del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca que refiere el viaje hacia la profundidad.  Lo recordé leyendo las palabras de Ana Torralva sobre el cante de Las Minas: “para los mineros, habituales campesinos soleados del sureste, la traumática experiencia vital es la del pozo.  Por eso se lamentan de la oscuridad como ningún otro pueblo tradicionalmente minero.  Toda la vida del minero del luminoso sureste está pendiente de esa oscuridad, de esa muerte potencial que, en gran parte, se apodera de su cante”[18].

Imágenes de nuestra artista que, desde aquella oscuridad que a veces nos devuelve a la pintura del Siglo de Oro, ejerce un testimonio y lirismo capaz de  incitar a explorar en los otros el propio ser, su propio desasosiego.    Como en aquel autorretrato desesperado de Courbet, se recoge el pelo Ana Torralva, miran sus ojos, aquí bien abiertos, al mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ana Torralva, “Autorretrato” (2000)

 

 _____________________________

NOTAS AL TEXTO

[1] TORRALVA, Ana. Ascensión a la cúpula.  Del agua al cielo. Salamanca, 2017. Inédito.  En archivo de la artista.    “Mis fotos, son sobrias, en blanco y negro, sin artificios, buscan la luz como aliada para lograr los contrastes entre luces y sombras que realzan la expresión, haciendo hincapié en el espíritu y la personalidad de cada individuo, no trato de embellecer a la persona (…) trabajar en una búsqueda de ‘la verdad’, lo que lleva dentro y no se muestra; eso que está delante de la cámara y que es tan evidente, que a veces es tan complicado definir y de captar (…) Busco en el interior de las personas”.  En Ibíd.

[2] “La fotografía amplifica el concepto de belleza, arte y verdad o cambia sustancialmente el lugar de todos ellos. Para Susan Sontag: Lo surreal está inmerso en la médula del proceso fotográfico y puede servir para proponer que coleccionemos el mundo, como colección de rarezas. El fotógrafo –y el consumidor de fotografías- le pisa los talones al trapero, una de las figuras favoritas de Baudelaire para caracterizar al poeta moderno, (citando a Baudelaire): Todo cuanto la gran ciudad desechó, todo cuanto perdió, todo cuanto desdeñó, todo cuanto pisoteó, él lo cataloga y colecciona (…) Clasifica las cosas y elige atinadamente; colecciona, como un miserable custodiando un tesoro, los desperdicios que cobraran forma de objetos útiles o gratificantes en las fauces de la diosa de la Industria.  (…). La agudeza del trapero surrealista estaba consagrada a encontrar bello lo que otros encontraban feo o carente de interés o relevancia (…)”.   Ibíd.  La cita recogida de Torralva es de Susan Sontag, en “Sobre la fotografía”.

[3] “El hecho de que la vida sea una ventana abierta a todo el mundo (…) me da algo de vértigo”. Ana Torralva, conversación con el autor.  Nos estamos refiriendo a: BONNEFOY,  Yves. Observaciones sobre el retrato.  Versión castellano en “La nube roja”.  Madrid: Editorial Síntesis, 2003, pp. 139 y ss.

[4] “Ya no vale la obra de autor, como la de los grandes maestros de la fotografía de los  años veinte a los setenta del siglo pasado, de  donde los fotógrafos actuales nos hemos alimentado.   Ya no vale configurar una obra como el resultado de una suma de instantes, como hacían ellos. Si podemos utilizar el concepto del instante decisivo de Cartier Bresson, como que las cosas ocurren en un momento decisivo.  Pero no que la obra sea un conjunto de instantes decisivos de temas diferentes”. Ana Torralva, conversación con el autor.

[5] BRETON, André-ELUARD, Paul.  Dictionnaire Abrégé du Surréalisme.  Paris : Galerie des Beaux Arts, Paris.  Versión castellano de. Madrid: Ediciones Siruela, “Diccionario Abreviado del Surrealismo”, 2002, p. 90.  Esta definición está firmada por Eluard.

[6] He citado a veces a: BÉCLARD, Jules-Auguste. Tratado elemental de fisiología humana.  Madrid: Imprenta Bayli-Bailliere, 1868, p. 15.

[7] “(…) acentuaba el sentido dramático y poético de un tiempo pasado pero visto con una mirada actual. Las cualidades plásticas del color no aportaban el tono significativo que se buscaba. La intención era reflejar parte del drama existencial de cada personaje. De igual manera, en el retrato el color dulcifica las líneas de expresión de los personajes. Los propios colores de la ropa o las decoraciones de las casas provocarían que la composición resultante distrajera la atención de lo que en esencia se quería trasmitir”.En TORRALVA, Ana. Ascensión a la cúpula.  Del agua al cielo. Op. cit.

[8] Odilon Redon, Les yeux clos, 1890, Musée d’Orsay.  En este punto, un recuerdo a otro retrato de Lucien Freud, mujer con ojos cerrados también (Woman with Eyes Closed, 2002), que perteneciera a la Kunsthal de Rotterdam.

[9] A esa summa de retratos deben unirse algunos fundamentales en su carrera como los de Renau, en espejo (1982) o el muy bello de Cioran (1988).

[10] GARCIA LORCA, Federico.  Juego y teoría del duende (1933). En: “Conferencias/Federico García Lorca”.  Madrid: Alianza Editorial, 1984, la edición consultada, p. 109.

[11] “En este tipo de sesiones de retrato, se establece una estrecha comunicación con la persona a retratar, para esto se genera mucha concentración durante el acto (…)  es como una meditación oriental hecha a dos bandas simultáneamente”.  En TORRALVA, Ana. Ascensión a la cúpula.  Del agua al cielo. Op. cit.

[12] CABANNE, Pierre. Conversando con Marcel Duchamp. México: Alias, (1967)-2012, p. 70 (la edición consultada).

[13] “Esta forma más insólita de ver el flamenco ahora me interesa casi más ahora”. Ana Torralva, conversación con el autor.

[14] “La fragmentación como objetivo para llegar a un todo (…)  se inicia con la parcelación del retrato y del paisaje en secuencias de espacio y de tiempo diferentes, para hacer que las distintas partes aparezcan unidas de forma coherente.  Esta fragmentación o metamorfosis de las imágenes se sostiene por una coherencia interna que surge de un planteamiento conceptual”. En TORRALVA, Ana. Ascensión a la cúpula.  Del agua al cielo. Op. cit.

[15] OLMEDILLA, Juan G. Vicente Escudero. Madrid: “Crónica”, nº 24, 27/IV/1930, p. 21.

[16] ESCUDERO, Vicente. Tener los pies en la tierra.  Madrid-Palma de Mallorca: “Papeles de Son Armadans” (dedicado a “El Paso”), Año IV, tomo XIII, nº 37, IV/1959, pp. 70-72.

[17] Procedentes de La Puebla de Cazalla (Sevilla).   En el estudio de Pepe España en Cuenca se grabó uno de los inefables capítulos de “Rito y geografía del cante” (RTVE, 1971-1973), con la presencia de Diego Clavel y José Menese, entre otros.

[18] GARCÍA, Génesis. Cante flamenco.  Cante minero. Barcelona: Anthropos, 1993.  Citado por TORRALVA, Ana. El cante y la mina.  La Unión.  Murcia: Mestizo A.C., 1999.