PABLO PALAZUELO, EL SEDIENTO  [ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE MISTICISMO Y CREACIÓN EN LA OBRA DEL ARTISTA PABLO PALAZUELO]

PABLO PALAZUELO, EL SEDIENTO [ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE MISTICISMO Y CREACIÓN EN LA OBRA DEL ARTISTA PABLO PALAZUELO]

Texto publicado en la Revista Trépanos, nº 10
DIOS EN EL ARTE
Ateneo Guipuzcoano, San Sebastián, 2022

 

PABLO PALAZUELO, EL SEDIENTO

[ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE MISTICISMO Y CREACIÓN EN LA OBRA DEL ARTISTA PABLO PALAZUELO]

ALFONSO DE LA TORRE

 

LÂCHEZ
J’AI SOIF.
JE VEUX
CE REGNE

Pablo Palazuelo[1]

 

 


1984-Estudio de Pablo Palazuelo en el Castillo de Monroy (Cáceres)
   Fotografía: Archivo de la Fundación Pablo Palazuelo[2]

 

 

Hay un poema temprano escrito por Pablo Palazuelo (Madrid, 1915-2007) expresándose sin ambages.   Era un artista iniciando su carrera y, por tanto, devendría una declaración de principios.  Escribía: dejadme, / tengo sed, / quiero / este reino[3].   Mas, nos preguntamos, ¿qué reino era ese donde, sediento, apartarse, confesado el deseo de tal misterioso y radical apartamiento?

 Formalmente, lo primero que resulta obvio tras esos cuatro versos brevísimos, era cómo Palazuelo verbalizaba también su voluntad de reinar en la contención, casi convocar a la mudez.  Expresarse con tamaña justeza, -todo era hoja en blanco donde apenas se instalaban unas palabras-, mostraba casi un poema visual concentrado, evocando una cierta reducción zen, o las escrituras impacientes de John Cage surcando el albar del folio, a la par que revelaba una juvenil despedida: ese “dejadme” en mi reino donde trataría de calmar entonces la sed.  Aquel era el feudo del apartamiento, la exigencia del mismo más bien, incluso el apartaos brusco en aras del deseo de soledad y encierro.   Quizás esa sed podría ser saciada habitando otro territorio, o en tanto sucediere su búsqueda, que permitiese el encuentro con sí, con la visión.  Reino de la contemplación y el conocimiento, poblado, se lee, por el silencio.

Una parte de aquel reino se imbricaba en otras reflexiones de este artista sobre una rumorosa naturaleza mística habitada por el espíritu hölderliniano, algo que había sido también anticipado en el encuentro temprano con la misteriosa lírica de Novalis leída en “Los discípulos en Sais”[4] ilustrado por Klee y cuya versión inglesa, prologada por Stephen Spender, publicada en 1949, se conservaba en la biblioteca del pintor.    Además de las ilustraciones, es seguro que, desde su primera línea, su voz poética y honda conmocionara a Palazuelo.     Novalis, para quien la realidad semeja un gran criptograma del que sólo los más sabios poseen cierto conocimiento, entrecruza lo visible con los misterios de lo invisible, poesía del espíritu, desconcertante torrente de metáforas que refiere diversas cuestiones que atravesarán obra y pensamiento de Palazuelo: las escrituras cifradas que se encuentran en los prodigiosos misterios de la naturaleza; la negación a la palabra, entendida ésta como incomprensible; los secretos que son necesarios de proteger o la interrelación entre ciencia y poesía.    También, la poesía de la llama de la vida, aspirante el artista a la inmortalidad si la vida es vivida como verdadera.  Defensor de aquel aislamiento creativo, ¿para qué recorrer -escribe Novalis- el penoso mundo de las cosas visibles?[5].   En tanto Klee representaba para Palazuelo el paso entre las “simetrías o geometrías inertes” y las “vitales, más dinámicas, más musicales”[6].   Y, sin duda recordando el libro de Novalis, elogio del cristal, observaría cómo “Klee es atraído hacia lo vivo, lo orgánico, y presiente que incluso las estructuras de la materia inorgánica, como los cristales, forman parte de lo viviente”[7].

Era también un pensar que podría entroncar con las reflexiones de Heidegger cuando transitara los caminos de Aix-en-Provence que antes había hollado Cézanne, sintiendo aquel una cierta correspondencia entrambos[8].  Intento de penetrar en la espesura, transitar caminos que parecen esperantes.  Como aquellos “Caminos de bosque”[9], sendas perdidas en el bosque, desaparecidas en lo que no ha sido hollado, un lugar en donde no se ha estado y, quizás, jamás se pueda estar.   En aquellos tempranos años Palazuelo refería el atravesar el monte como una experiencia plena de misticismo, escucha misteriosa al modo de un hombre cósmico, entrecruzados los caminos en la naturaleza con aquellos dirigidos hacia los sueños, como si tentasesendas, intactas y visibles, ensayando habitar un territorio desconocido, pareciere gozoso en tal acercamiento a lo desconocido.  Posibilidad de la posesión de un secreto, el lugar del extrañamiento, el desvanecimiento en la invisibilidad, era como si  Palazuelo hubiese sido marcado por el estigma de la errancia tal si descendiese a un silencio murmurante.  Un tenso silencio, una mudez vigilada al encuentro con el secreto como un territorio en el límite entre lo innombrable y el reino de lo existente.   Inmerso entre los árboles del bosque: “Muga[10] y San Juan de la Cruz” titulará uno de sus textos[11] describiendo el encuentro con la inefable naturaleza de Villaines-sous-bois, no lejos de París, su lugar de encierro durante el año 1951, a la búsqueda de aquello desconocido que había en él, son sus palabras.

¿Él sería otro?.   Mas tampoco olvidemos, -pues también piensan los cristales, engarzados en lo viviente-, que la naturaleza es el gran pensamiento, ya que, como escribe nuestro artista: “las plantas, los animales, las piedras, piensan de una forma distinta a lo que nosotros llamamos pensamientos.  Estas formas diferentes de pensamiento y nuestro propio pensamiento pueden conectar entre sí”[12].    En derredor se extienden los campos de Villaines, hasta confundirse la neblina con las formas del mundo, el cielo y la tierra, un paisaje que podría haber sido pintado por Agnes Martin, los manzanos recortados contra la grisalla del cielo. Otrora se interna en el bosque, Palazuelo pasea imaginante entre la hojarasca húmeda, arboleda apenas transitada, donde “hay robles inmensos, castaños, avellanos y, de tarde en tarde, claros plantados de manzanos.  El suelo blando y cubierto de escarcha fría está lleno de mil clases de setas, fresas y rosales silvestres. Puede uno estar andando días enteros sin salir de él y no es difícil perderse hasta para un habitante del contorno. Ahora cae de los robles una lluvia de bellotas, los avellanos tienen las hojas de un vivo color amarillo y se respira un olor fresco de vegetal (…)”. La conclusión de este texto es capital y exige esta apertura en las palabras: “La calma y el silencio son completos algunos empezamos una nueva etapa de nuestra vida, de trabajo en paz[13]. Dios nos ayude”.

 


Vista de la iglesia de Saint Séverin, París.  Desde el estudio de Pablo Palazuelo
en el 13 de la rue Saint-Jacques.
Fotografía: Cortesía Archivo Fundación Pablo Palazuelo.

 

Y, tras el año de encierro en Villaines, una nueva exaltación del apartamiento del mundo.  Fueron dos décadas en Francia de plena dedicación a la pintura, primero había sido el Colegio de España, en la Cité Universitaire parisina y, tras la oda a la vida retirada en Villaines, Palazuelo tendrá su estudio del barrio latino, el 13 de la rue Saint-Jacques, hasta su retorno a España rozando los años setenta.   Dejadle ahora inmerso en aquella sed, iniciándose la década de los sesenta sus pasos se hallan en el quartier latin siguiendo los antes transitados por François Villon[14], en tanto, pintando con parsimonia sus lienzos, le vigila la girola vidriada de la iglesia de Saint-Séverin, frente a su casa, que parece irradiar el colorido facetado de algunos de sus cuadros.  Durante este tiempo renovado no sólo será la pintura su ocupación, también un permanente indagar en los misterios del conocimiento. de tal forma que, cuando años después se le pregunte a Palazuelo sobre su formación y el conocimiento adquirido en París referirá un misterioso devenir en la tentativa de encontrar un camino que, tal un ouroboros, le exaltaba y devoraba, retornando a sí mismo tras arduas lecturas e investigaciones, muchas asentadas en textos de culturas diversas, “incluso las antiguas” recalcará.  Ello le permitirá el hallazgo de un misterioso algo que llegó a su ser, como sin poder evitarlo, pues así, despacio, aparecieron las cosas una tras otra.  Por ello, aludirá a sacrales y místicas geometrías, atravesará las puertas del tiempo citando el hallazgo de reflexiones pitagóricas o el encuentro con formas que parecieron arribar a su ser desde una inmemorial antigüedad que observa compartida con hindúes, chinos y árabes: “He leído muchas cosas sobre la geometría antigua, el sentido de la geometría sagrada, lo pitagórico… esa geometría un poco mística. Los pitagóricos, los árabes, incluso un poco los chinos…”[15].

Joan Miró había contemplado en París, en los años cincuenta, los cuadros de Palazuelo y le había relacionado con los místicos, él será uno de los primeros que perciba ese misticismo: “tuve ocasión de ver unas telas suyas que me impresionaron mucho. Encontré en ellas toda la fuerza racial española-austeridad de Zurbarán i (sic.) ascetismo de los místicos, con sus destellos de sensibilidad y eso en sentido universal, claro está”[16].   Búsquedas en la belleza mística, también evocadas en ese tiempo por el escritor Louis-Paul Favre[17], era 1955, quien le relaciona con el trance hölderliniano que antes se apuntó: “Palazuelo s’inspire de Hölderlin, organise et prolonge son oeuvre dans les ciels rythmés dont il fait ses dimensions”.  Y, en contrapartida, el duro devenir del hallazgo místico: “Ces recherches dans la beauté mystique sont quelquefois un poids difficile à supporter”[18], a la par que Louis-Paul será quien le conduzca hacia el poeta Jouve, otro extraño ser habituado al encierro.   Él, autor de poema que cita Favre, ya inscrito en la bibliografía palazuelina:  “Invierno librado entre ángeles duros / restos esparcidos sobre el mar / Jamás será cálido el verano / tanto como la oscura eternidad”[19].  Versos como un estigma, una heráldica del caballero de la soledad, como el hierro que graba el fuego.   El asunto quedará patente cuando Palazuelo presente su exposición individual de 1958 en la Galerie Maeght con el texto de un místico irlandés[20], George William Russell, con el heterónimo “A.E.”, titulado “La arquitectura del sueño”, defensor de la ensoñación en su viaje a la divinidad, pues el sueño y la visión poseerían un carácter simbólico: existen y significan para nosotros, escribía A.E.[21], subrayándolo las imágenes palazuelinas que lo ilustraban.     Hasta ciertos colores suyos, de austeridad crepuscular, eran vistos por Pierre Volboudt como inflamados por lo místico[22].    Si.  Dejadle, dejadle en aquel número trece de la rue Saint-Jacques, elevada la torre peregrina a unos pasos de su casa, en ese lugar donde secularmente los caminantes de diversos orígenes, otros sedientos, se han cruzado.  Encerrado en un inmueble cedido por la familia Maeght, fue un tiempo donde Palazuelo hizo suyo el barrio, frecuentes las visitas a las librerías hermetistas próximas, horas enteras en sus palabras, entrando en contacto con diversos textos místicos, también con libros relacionados con el mundo esotérico, el ocultismo y la alquimia, guiado en un principio por Claude d’Ygé[23].  Lo narrará el artista: “Al principio fue la curiosidad una tendencia, un impulso y una atracción hacia algo que reclamaba mi atención insistentemente y en los momentos más inesperados. Con frecuencia tenía la sensación de ser ayudado por coincidencias, encuentros con personas y con libros que me conducían a otros libros. Me hice cliente asiduo de las librerías especializadas del barrio latino de París donde yo vivía entonces. En estas librerías, como la Table D’Emeraude[24], que aún existe renovada, La Tour Saint Jacques y Charcornac[25], en los muelles del Sena, yo pasaba horas enteras hablando con sus propietarios o sus empleados”[26].  Ello explica también su afinidad con la obra de Raymond Duchamp-Villon, subrayando el madrileño la conexión de aquel con el hermetismo y la alquimia[27].

Escribe y trabaja Palazuelo pues, sin cesar, en su recogimiento en Saint-Jacques, ejerciendo un ver cognoscitivo y trascendente, pensante, que no sólo viaja en deriva hacia sus pinturas, sino que plasma en la escritura infatigada de diversos cuadernos y papeles.  Por tanto, construye una obra que tiene un aire de corpus total, lo suyo es pintar o tentar la construcción de formas tridimensionales que sueñan el espacio, elevar o representar planos, estampar y dibujar, pero también reflexionar metafísicamente: poemas, aforismos, transcripción del pensar de otros, citas a artistas, pequeños dibujos o diagramas, baile de los versos, una suerte de cuaderno de bitácora de ese tiempo que muestra tanto la variedad de sus lecturas y gran conocimiento, como una singular hermenéutica, una tarea concienzuda, un verdadero ejemplo de la construcción del ser artista mediante un saber  propio y complejo que encara una labor que no es tan sólo de pasiva lectura.  Antes bien, un quehacer de recopilación de publicaciones originales, fragmentos ejemplares o textos olvidados muchos de ellos inalcanzables en la formación de otros artistas que habían quedado varados en nuestro país.  Nuestro artista piensa para pintar, precisa escribir y leer, pinta para pensar y, de tal modo, se encuentra así con un pensamiento heterogéneo de Oriente y Occidente donde se hallan físicos, esotéricos, filósofos, novelistas o poetas, fabuladores o científicos, que parecen verdaderamente imprescindibles más que los teóricos del arte, poco transitados en sus anotaciones.   Palazuelo crea en la noche sosegada, noche de la retirada esencial para la mística y entre la soledad sonora a lo Juan de Yepes, recordando uno de los dibujos de este tiempo (“Les nuits et les levants de l’aurore” [1951]).  Allí tendrán forma definitiva algunas de sus primeras intuiciones ontológicas, siendo usuales las reflexiones en torno al acto creativo como un asunto no exactamente referido al artista sino, más bien, constituyendo su ser.  Anunciándose entonces una idea capital del pensamiento palazuelino, anotada temprana: el ritmo del tiempo es el constructor del espacio del artista, una intuición revelada también por Paul Klee: la complejidad del pensamiento otorgará la fuente de las formas, surgidas estas desde múltiples principios.

No será extraño, así, que buena parte de la reflexión que sustenta la obra de Palazuelo sea el indagar en torno a la relación entre las formas y la energía, algo que tuvo su símbolo en los “Mandala” que pintara temprano o bien en los cuadros de la serie “Yantra” de los setenta, concebidos en otro nuevo encierro, esta vez en el castillo de Monroy, en Cáceres, trasladándose a unas reflexiones formales que tientan producir la representación de una energía metafísica, esto es, arquetipal, en el sentido de presente en la mente humana desde los orígenes, como explicaba nuestro artista: “La visualización y la manipulación continuada de las formas en apariencia estáticas de la estructura, conmueven su inercia, emergiendo entonces el diagrama investido de una energía autogenerativa capaz de transformar alternativamente la experiencia física en experiencia psíquica. La experimentación –manipulación, composición transformante- activa la energía de la imagen, y, así, la imagen deviene la experiencia misma.   El yantra así concebido, y cuyo centro –bindu– es intensidad, es un sistema abierto, puesto que puede transformarse ilimitadamente. (…) Me ha interesado la relación de estos triángulos con los sonidos. Los mantras son letras o combinaciones de letras, sonidos que se relacionan con los diferentes espacios que conforman el yantra[28].   Sobre su proximidad a la mística medieval, hacia 1980 le escribirá inquiriendo Claude Esteban, crítico de arte y poeta, en su conocido libro de correspondencia entrambos: “parece que, del Occidente, sólo  hayas retenido (…) a los que se salen de la problemática platónica sobre la que se ha construido nuestra arquitectura  de conceptos: a los presocráticos, místicos medievales, filosofías y formas de los confines”.  A lo que Palazuelo responderá: “No se puede olvidar que la problemática socrática y platónica, como tú dices, además de otras problemáticas, llegaron a Occidente en la mayor parte a través de las traducciones árabes, vertidas luego al latín en Toledo. La gran influencia de los sufíes españoles en la mística cristiana posterior es conocida por y probada (Asin Palacios), y lo mismo se puede decir a propósito de la influencia de la poesía árabe”[29]. A través de la visión del artista, nuestra mirada “es así transfigurada a imagen del alma que la transfigura”[30]y la contemplación una errancia, reflejados en el azogue de las pinturas que miramos en tanto.

 


Pablo Palazuelo.  Cuaderno autógrafo.  París, 1963.
Cortesía de la Fundación Pablo Palazuelo

 

 

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NOTAS AL TEXTO

[1] “LACHEZ / J’AI SOIF. / JE VEUX / CE REGNE”.  El poema existe en dos versiones que se inician con « Lache » o « Lachez ».   En mayúsculas en el original.  Ha sido publicado en : DE LA TORRE, Alfonso.  Pablo Palazuelo.  Inextinguible llama.  Poemas (Antología).  Madrid: Ediciones del Umbral, Colección Invisible nº 2, 2015-2016.

[2] Nuestro agradecimiento a la Fundación Pablo Palazuelo y a su Presidente, José Rodríguez-Spiteri Palazuelo, por la generosa cesión del uso de las imágenes.

[3] DE LA TORRE, Alfonso.  Pablo Palazuelo.  Inextinguible llama.  Poemas (Antología).  Op. cit.

[4] Die Lehrlinge zu Sais.  Tuvo traducción al español por «El Ateneo», Buenos Aires, 1948.  Kahnweiler cita también su admiración por esta obra, aludiendo a la cual, precisamente, concluye su texto: KAHNWEILER, Daniel Henry.  Klee.  París : Les Editions Braun & Cie, Collection Palettes, 1950

[5] Novalis. Poesías completas-Los discípulos en Sais. Barcelona: DVD Poesía, 2004, p.  263

[6] Pablo Palazuelo a Félix Guisasola, Revista del Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos, nº 44, Madrid, IV/1981. Reproducido en: AMÓN, Santiago. Pablo Palazuelo.  Escritos.  Conversaciones. Murcia: Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos-Librería Yerba, Cajamurcia, 1998, pp. 77-78.  Sobre el particular señalaría: “notaba que él podría ser el puente o el paso de esas simetrías o geometrías inertes para mí, a otras simetrías más vitales, más dinámicas, más musicales”.

[7] Ibíd.

[8] HEIDEGGER, Martin.  Questions II.  París: Gallimard, 1968, pp. 41-68. Junto a la mención a Hölderlin, este será un caso extraño en la obra de Heidegger, su vinculación a un creador como Paul Cézanne: “J’ai trouvé ici le chemin de Paul Cézanne auquel, de son début jusqu’à sa fin, mon propre chemin de pensée correspond d’une certaine manière”.

[9] Me estoy refiriendo al libro homónimo de Martin Heidegger en el que se publicó por vez primera: HEIDEGGER, Martin. El origen de la obra de arte (1950). Madrid: La Oficina, 2016.  La edición consultada.

[10] “Muga” es un término unido a la mística y a la experiencia zen.

[11] Está reproducido en: DE LA TORRE, Alfonso.  Calma, silencio, trabajo en paz.  Pablo Palazuelo y Eduardo Chilida en Villaines-sous-bois, 1951.  Madrid: Ediciones del Umbral, Colección Invisible nº 4, 2019.

[12] PALAZUELO, Pablo.  Geometría y visión.  Una conversación con Kevin Power.  Granada: Diputación de Granada, 1995, p. 38.

[13] Tachado: “y en calma”.  Vid. el mencionado: DE LA TORRE, ALFONSO. Calma, silencio, trabajo en paz. Op. cit.

[14] Este asunto, y su relación con la poesía de Villon, quedó tratado en: DE LA TORRE, Alfonso. Pablo Palazuelo en su ronda de noche [En torno a un cuaderno ilustrado desde la poesía de François Villon, con fotografías de Jean-Jacques Moreau].  Madrid: Fundación Pablo Palazuelo, 2020.

[15] Esa y la anterior cita proceden de: DE LA TORRE, Alfonso. Pablo Palazuelo: el abismo de las formas.  Guadalajara: Museo Francisco Sobrino, 2020.

[16] Correspondencia. Joan Miró (Folgaroles, 9-Barcelona) a Pablo Palazuelo de 31/X/1951.  En archivo de la Fundación Palazuelo.

[17] FAVRE, Louis-Paul. Palazuelo. Chevalier de la solitude. París : “Combat-Le journal de Paris”, nº 3327, 14/III/1955, p. 7.

[18] A la par que insistiría en su carácter ascético : “Ces oeuvres nous font penser  à Zurbaran, c’est dire assez qu’il renouvelle ses qualités de sa race dans l’ascétisme en se faisant suceder des arabesques afin de les asservir à sa solitude”.   Las dos citas del párrafo, la correspondencia antes aludida con Joan Miró.

[19] FAVRE, Louis-Paul. Palazuelo. Chevalier de la solitude. Op. cit. Los versos del poema de Jouve que cita : «Un hiver livré aux durs anges / Coupes abimées sur la mer / (…) Jamais ne sera chaud l’été / Tant qu’une éternité obscure»

[20] RUSSELL, George William. The Candle of vision. Londres: Macmillan and Co., 1919.  El artículo mencionado en nuestro texto fue publicado como: L’architecture du rêve.  En  Palazuelo.  París: “Derrière le miroir”, nº 104, Maeght Éditeur, 1958 : “De même que la terre devient plus brillante quand nous passons du pôle obscur au pays du soleil, ainsi une beauté semblable commence à briller sur nos pas au cours de notre voyage vers la divinité”.

[21] “Nous inférons cela du fait que le rêve et la vision assument parfois un caractère symbolique et une signification qui nous est personnelle. Ils nous disent nettement : “Pour toi seul nous existons”, et nous ne saurions concevoir ce qui est vu comme étant le reflet de quelque chose qui vivrait dans une autre sphère”.  Ibíd.

[22] “Une palette sobre, tantôt sourde, comme absorbée dans une lumière crépusculaire, tantôt enflammée de clarté, est l’espace de cette aventure picturale. Ocres et terres, bistres, noirs aveuglants, rutilances austères, évoquent les arides et graves terres du songe et du mirage mystique, arènes sèches, brûlantes d’un feu caché”.  VOLBOUDT, Pierre. Au creuset de la couleur, en Palazuelo.  París : “Derrière le miroir”, nº 137, Maeght Éditeur, IV/1963

[23] Claude Cyprien Émile Lablatinière, con el heterónimo de Claude d’Ygé (París, 1912-Saint-Gratien, 1964).  “En París vivía Palazuelo en la rue Saint Jacques y trajinaba por un montón de librerías de la zona especializadas en literatura hermética. Era un devorador de libros y se aventuraba por “ese bosque espeso donde hay que saber navegar porque está lleno de trampas y de basura”. Le tocó leer mucha porquería, confiesa ahora. Pero encontró la mina. ‘Una tarde iba a pagar unos cuantos volúmenes que me habían parecido sugestivos, cuando el librero me señaló un rincón del local donde, arrimado a un pupitre lleno de libros, un hombre joven estaba entregado a la lectura. Me acerqué y el tipo no tardó en decirme ‘esto no, esto no’ en cuanto vio los textos que acababa de adquirir. Lo decía susurrando. No quería que lo oyesen. Luego tomó un ejemplar que tenía cerca y dijo ‘en cambio, esto sí, y vale lo mismo’. Fue el comienzo de una larga amistad’”. El joven se llamaba Claude d’Ygé y había escrito La nueva asamblea de filósofos químicos y Antología de la poesía hermética”.  ROJO, José Andrés. El artista ve lo que los ojos no ven.  En: “Libertad de exposición. Una historia del arte diferente”, Madrid: Ediciones El País, 2000, pp. 349-352.

[24] En el 21 rue de la Huchette.

[25] “Librairie Charcornac”, antes “Librairie Générale des Sciences Occultes”, fundada por Henri Charcornac en 1884 y ubicada en el 11 del Quai Saint-Michel

[26] AMÓN, Santiago. Pablo Palazuelo.  Escritos.  Conversaciones. Op. cit. p. 208.

[27] Palazuelo declaró su interés por Duchamp “y también sus hermanos me interesaron.  Sobre todo el escultor, que murió joven y era hermetista.   También Duchamp estaba conectado con el hermetismo y con la alquimia.   Hubo un artista que le preguntó si conocía o había leído algo sobre la alquimia, y él contestó: ‘Si la conozco […] es sans le savoir’.  Es una frase que se presta a un juego de palabras.  Podemos entenderla de dos formas: ‘la conozco sin la sabiduría’, una afirmación que está implícita en la práctica de la alquimia, o ‘la conozco sin saberlo’”.  PALAZUELO, Pablo.  Geometría y visión.  Op. cit. p. 15. “Si j’ai fait de l’alchimie, c’est de la seule façon qui soit de nos jours admissible, c’est-à-dire sans le savoir”.

[28] Ibíd. p. 58.

[29] Las dos citas de este párrafo proceden de: ESTEBAN, Claude-PALAZUELO, Pablo. Palazuelo.  Paris: Editions Maeght, 1980. Versión en castellano: Barcelona: “Ediciones 62”.

[30] Pablo Palazuelo, en su respuesta a la carta de Claude Esteban “El soplo”.  Ibíd. pp. 146-150. Selección en: Madrid: “Cuadernos Guadalimar”, nº 17, 1980.  Vid., sobre este particular: DE LA TORRE, Alfonso. Claude Esteban y Pablo Palazuelo. Le partage des signes-La heredad de los signos. ⌠En torno a la correspondencia inédita (1976-1977) de Claude Esteban y Pablo Palazuelo durante la escritura de la monografía “Palazuelo”. Paris: Éditions Hermann-Université de La Sorbonne, 2014.