FERNANDO ZÓBEL DE AYALA: ARDEN LAS IMÁGENES

FERNANDO ZÓBEL DE AYALA: ARDEN LAS IMÁGENES

Texto publicado en:
 Revista “Descubrir el arte”, nº 271, Septiembre 2021, pp. 74-80

 

El próximo mes de septiembre se editará el “Catálogo Razonado de Pinturas de Fernando Zóbel”, un complejo trabajo que ha dirigido Alfonso de la Torre en colaboración con el recientemente desaparecido Rafael Pérez-Madero.    Una extensa publicación realizada en colaboración por la Fundación Azcona, Fundación Juan March, Ayala Foundation y la familia del artista.       El trabajo editorial, en el momento de su edición, habrá cumplido siete años de trabajo y permitirá, por vez primera, contemplar reunidas las pinturas realizadas por Zóbel entre 1946 y 1984.  El catálogo ha sido posible gracias a la colaboración de Museos, Instituciones y coleccionistas en todo el mundo, con una intensa colaboración en el ámbito asiático del Ayala Museum.

Subrayemos también la reciente presencia expositiva en Madrid de la Galería Mayoral que, el pasado mes de marzo, mostró “Zóbel y grandes artistas de posguerra” en la Fundación Pons.  Esta galería había expuesto en sus salas de París y Barcelona: “Zóbel-Chillida. Crisscrossing paths” (2019-2020).

 

FERNANDO ZÓBEL DE AYALA: ARDEN LAS IMÁGENES

ALFONSO DE LA TORRE

 

En ocasiones he imaginado un cruce en los pasillos de la Universidad de Harvard.   Sucedería allá por 1946, Fernando Zóbel (Manila, 1924-Roma, 1984) saluda a Vladimir Nabokov -a quien conoce por su común amigo el escritor Delmore Schwartz- para, acto seguido, aquel dirigirse hacia el Departamento de libros raros (Rare Books & Early Manuscripts) de la biblioteca de la universidad, en tanto el escritor acude a ordenar sus azules mariposas al Harvard University Comparative Zoology Department  (poco después volvería a la rara librería de Harvard para trabajar sobre su conocida obra en torno a Pushkin, “Eugene Oneguin”).   A ambos, las obsesiones de juventud les acompañarían durante su vida: raros, inteligentes, cultos, viajeros alejados de su lugar de nacimiento, excéntricos, amantes de la naturaleza y sus paisajes, trasterrados: Zóbel volaría en la alfombra mágica nabokoviana.  El pintor fue buen lector de la obra de Vladimir, entre otras subrayó “Speak, memory”, las memorias de Nabokov leídas en su edición de 1967 y que le hizo considerar se trataba del mayor escritor vivo.  Nabokov, quien escribió sobre “el temblor parpadeante que produce un reflejo” (“Traduciendo a Eugene Oneguin”, 1964).

No es posible imaginar el arte contemporáneo español sin la presencia de Fernando Zóbel (presencia tan energética, digo siempre) quien, aquí retornado a finales de los años cincuenta, era su país por ascendencia, percibió que la obra de aquella “generación irrepetible” (escribiría en el primer catálogo del Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, 1966) se hallaba en fuga hacia colecciones extranjeras, razón por la cual decidió coleccionarla para luego mostrarla en lo que quien escribe denomina “nuestro primer museo democrático”.  Ya es sabido, el Museo inaugurado el 30 de junio de 1966 en las Casas Colgadas conquenses.   Ejerciente de una vida intensa entre pinturas o dibujos, grabados, fotografías, artistas tanto de su tiempo como de otrora, museos y exposiciones, obras de arte, amistades, conferencias, viajes, lecturas o colecciones.   No se entendería nuestro tiempo sin él, había un hombre en España capaz de desplegarse en diversas direcciones, como el hombre de la canción de Astrud; viendo, mas no sólo siendo testigo pues ejerció también de intérprete del mundo, el del pasado y el palpitante en derredor.    Un existir intenso, un pleno vivir de pintor, unido la escritura diarista y crítica junto al conocido centenar de “Cuadernos de Apuntes”. Inmerso en una infinita curiosidad que abarcaba ámbitos diversos, entre ellos la arqueología o el conocimiento musical y su práctica.   Este pintor desveló artistas, nuevas interpretaciones de los consagrados o miradas sobre rarísimos, movimientos, escrituras o museos y, más importante, obras de arte concretas -las consideradas mayores pero también pinturas y autores desvanecidos en la historia- que, tentadas por su saber, quedaban transformadas en acontecimientos.  Ayudó a que, desde aquella España de cardo y ceniza, dixit Antonio Saura, era posible la reparación.    Claro, pienso a veces que mencionar lo anterior (siendo tan importante) es reduccionista, cara mas también cruz, pues propende a convertir a Zóbel en un exquisito coleccionista, un verdadero mecenas llegado desde los pliegues del tiempo renacentista, un amable connaisseur, que lo era, mas todo lo anterior le extrae de la justicia de su importancia en el relato del arte del siglo veinte.

Precisemos entonces: para ello siempre evoco otras dos imágenes poderosas, estas no son producto de la hipótesis, sino presencias reales.   Zóbel, el artista que conoce a Jackson Pollock y Lee Krasner, junto al escultor Tony Smith, en la casa neoyorquina de Alfonso Ossorio, el 28 de diciembre de 1950, en el 9 de MacDougal Alley, en Greenwich Village: “un genio frío” subrayará displicente Zóbel sobre Jackson.   Otra imagen potente: la del pintor admirador de Rothko a quien descubre en una exposición en Providence en 1955 (Museum of Art, Rhode Island School of Design, Providence, Paintings by Mark Rothko, 19 Enero-13 Febrero 1955) y quien luego “devolverá” visita pausada y elogios a la exposición de Zóbel en Bertha Schaefer Gallery, en Nueva York, el 7 de abril de 1965 (ay, Zóbel, quien no estaba ese día presente en la sala).   En los sueños comienzan las responsabilidades, apenas diez años transcurridos para que Mark conociera y elogiara la pintura de Fernando.  La pintura de aquel marcará la de nuestro artista, de tal forma que, cuando presente sus pinturas en la Bienal Hispanoamericana de 1955, el horizonte suspendido de sus manchas revela aquella reverencia hacia Rothko.

Llegados los años sesenta, las anteriores tentativas figurativas fauves y matissianas del Zóbel de Manila han concluido y Emmanuel Torres califica la obra zobeliana de “nuevas abstracciones” adscritas al lema “caligrafía, espacio, blanco y negro”.    Significado su quehacer por un cierto barroquismo informal portador de cuidada composición, devenía Zóbel capaz también de viajar hacia la consunción pues sus formas, instaladas en el espacio, semejaban vincularse al concepto de tiempo, pareciendo en ocasiones ser capaces de abandonar su lugar en el lienzo para aspirar verdaderamente el espacio en derredor, signos y formas como caligrafías que evocaban zonas del mundo oriental, dinamismo de elementos herederos del dibujo, movimientos formales como volutas, vuelos, ondas, círculos o bien rasgos pareciere dejados en permanente vibrato al caer en la tela u otrora constelados en el blanco, rechazando la apariencia de sus imágenes cualquier referencia figurativa.   El gesto pictórico parecía haber sido posible entre la reflexión y la ascesis meditativa, como signos metafísicos a los que incorporará, poco después, formas geométricas, como en contrapunto.

Tampoco huían de un cierto aire dramático aquellas formas solemnes mas, en todo caso, Zóbel quedaba adscrito a una abstracción que era lírica, pero que también tenía cabida, quizás por la restricción al blanco y negro, en el arte informal.    Su pintura elogiaba la representación del desvanecimiento formal, asistiendo a una progresiva gradación de las luces blancas, la gravitación de los signos, pinturas tendentes con los años hacia una monocromía blanca en ocasiones teñida de leves notas grises, pardos o azules.   Pinturas delicadas, con aire de evanescencia, lienzos que semejaren ejercer el viaje a la desaparición, telas que parecían mostrar una cierta estructura sobre la que quedara derramada, con aire líquido, la mancha de color.

En 1980 Fernando Zóbel decide ceder su colección de arte abstracto expuesta en Cuenca a la Fundación Juan March en tanto, en lo pictórico, aborda el ciclo conocido como “Las Orillas”, asunto recurrente la naturaleza y la vista conquense, los ríos, hoces, vegetación, playas y los efectos atmosféricos en torno a esos lugares.     En el catálogo de una de sus exposiciones, Zóbel elogia la contradicción que, en la pintura, “crea tensión, diálogo y conversación.  La unión de opuestos armoniza y define.  La contradicción en arte no siempre significa enfrentamiento.  Puede ser la solución y el por qué”.   Vive el arte de tensiones y muere de distracciones, por Zóbel cito con frecuencia.   Esa unión de opuestos refiere el encuentro del color: verdes con ocres, sienas, rosa, naranja o salmón, también se subraya la capacidad de las imágenes acuáticas para, siendo siempre las mismas, variar sin cese.  El tema, escribirá, es el color, “el río no es más que un pretexto. (Es cómodo.  Lo miro desde mi ventana y me llena los ojos.  Es sorprendente: nunca se repite, pero sin embargo es siempre el mismo).  (…) Quizás el color sea vocabulario más que tema.   (…) A veces la pintura es eso: escuchar un diálogo, una conversación entre dos colores o, mejor aún, entre tres (uno de ellos muy estrictamente observado y los otros dos inventados en relación al primero…) o el VER cómo una cosa se va convirtiendo, con toda naturalidad, cargada de razón, en otra”.

“Invierno anticipado”, anunciarán algunos cuadros de los últimos años.  Sevilla y Cuenca, las ciudades donde ha vivido una vida plena, retornan en los títulos de algunas pinturas de ese tiempo que, empero, en lo personal, está agotándose, también lienzos inspiradas en el parque del Retiro y otros lugares en proximidad a su casa madrileña: el Palacio de Cristal, La Chopera o Atocha.   Hubo algún cuadro final: era una “tarde gris” otra pintura a punto del desvanecimiento, monocroma con acordes en la línea superior del lienzo: representaba un puente sobre el río Huécar.  Fin de sus días, última pintura-eco de la ciudad soñada antes de su marcha.     Expositivamente, llegando el final de sus cortos días, su obra se mostró antológicamente en 1983, en aquella Sevilla querida que él ayudó en el viaje al mundo moderno.    Un poema de José Hierro iniciaba el catálogo: “se apagaba / la luz.  Dejé las tierras verdes, / los montes de azul y de plata, / los chopos altos, que podían / herir al cielo con su lanza, / cimas escuetas, donde el sol / pulía su pálida espada.  / Oh, irrepetible, irrepetible, / inolvidable…”.

Y viendo algunas de sus últimas obras hay algo, sí, de canto último, apoteosis final, sólo de ese modo puede entenderse la exuberancia de ciertos cuadros finales asaltados por poderosas notas de color, destellantes manchas azules, un encendido cromatismo antes no frecuentado que le deslizaba hacia un sentido extraordinario de la libertad en la dicción pictórica: los lienzos del ciclo “Dos de mayo”, o algunos “Interior”, de 1984, son buen ejemplo.  Elementos visuales compuestos de una indeterminación fundamental que otorga a su quehacer un cierto paralelismo con la obra abierta, una pintura que crea pero que plantea la duda sobre lo concluido, lo que está y podría desvanecerse, la restricción decidida de lo pintado y la generación de la apertura del campo de posibilidades interpretativas que contemplen las recíprocas relaciones entre los signos o formas, variables, en permanente mutabilidad las diversas lecturas ofrecidas a quien contempla.

Belleza como una vigorosa forma de consolación.  Claro, podríamos escribir que arden las imágenes pintadas por Zóbel, aún.