EL HIMNO MISTERIOSO DE PABLO ARMESTO

EL HIMNO MISTERIOSO DE PABLO ARMESTO

Texto publicado en el catálogo
PABLO ARMESTO. DONDE EL CAMINO SE HACE LÍNEA
Madrid, 2021: Galería Marlborough
 

EL HIMNO MISTERIOSO DE PABLO ARMESTO
ALFONSO DE LA TORRE

 

Je chantais en marchant un hymne mistérieux
Gérard de Nerval[1]

Me senté solo un largo rato en un lugar tranquilo,
y vi surgir la noche así como así.
Tony Smith[2]

Chercher à discuter sur la durée plastique
(je veux dire temps en espace)
Marcel Duchamp[3]

 

Experimentamos la imagen casi como una dicha, escribía Maurice Blanchot.  A través de ella semejamos ser poseedores del gozo de la ausencia devenida forma, “y la noche compacta parece abrirse al resplandor de una claridad absoluta”[4].  Incluso los sueños, esa ausencia donde se transfiguran el mundo y sus imágenes, quedan emplazados a la claridad nueva en el pleno día de la pintura, una experiencia devenida conocimiento a la par que conserva atisbos de cierta maravillosa fragilidad.  Lo cual no obsta para quedar invadidos por la creación de estas imágenes clamantes que, no sin aire de phasmas tomando posesión del presente, vacíos llama a algunas nuestro artista en un oxímoron, devienen verdadera ‘Ronda de Noche’ que permanecerá elevada en los diversos momentos de la luz, a veces más patente, otrora más leve, mostrando sus errancias en el espacio, mas mantendrá siempre el esplendor visible de lo que tuvo la voluntad de haber sido desplegado para ver.

Como aquel personaje de Nerval, marcha Pablo Armesto (Schaffhausen, 1970) solitario, cantando un himno misterioso, pareciere canción surgida desde otro lugar de la existencia, de tal forma que el camino semeja elevarse, su estrella engrandecida[5].   Fluidez del artista para concebir imágenes que parecen portar la mención a una serenidad surgida desde la interrogación, pues serán sus fulgurantes obras verdaderos libros de las preguntas, indagando así Armesto en un pensamiento exploratorio que ofrece una quietud destilada desde la geometría poética de los hilos de luz que conforman su mundo.   Como un don nocturno, es la suya una experiencia interior devuelta al mundo de las imágenes con aire de un despliegue de apariciones viajeras entre la dispersión y la concentración[6], la forma patente o la implosionada, no en vano algunas portarán ese aire de “in progress”[7] o de vacío expansivo, como rezan otros títulos.   Imágenes nómadas, alegorías errantes atravesando las fronteras, un estelar dietario de husos de luz[8], pues viendo el conjunto de su obra, experimentando ante esas imágenes, creo es posible evocar el arte de nuestro tiempo mas, por qué no, también la devolución de sus obras al mundo del silencio inmemorial de la pintura, las creaciones claras de artistas como Vermeer o De la Tour, aquellos misteriosos seres suspendidos entre los pliegues del tiempo.  Entre las preguntas de la luz y el espacio, tal los agujeros luminosos de Rembrandt o los mares helados de Friedrich.

Se desdobla el mundo frente a las obras de Armesto, viajan a la misteriosa pluridimensión sus creaciones como en aquella novela de Gaston de Pawlowski, alma silenciosa, realizando el “Voyage au pays de la quatrième dimensión” (1912).   Travesía al país del don de las cosas blancas, alojadas inmemorialmente en el recuerdo: una vasija de cerámica Guan, vista en el British Museum, pareciere resquebrajada con sus nervios de hielo; los interiores de catedrales de Pieter Jansz Saenredam, alumbrando la expansión del vacío; las construcciones lineales de Kenneth Martin o Naum Gabo, aquellas oquedades de filamentos lechosos descomponiendo el espacio; blanco sobre blanco de Malevitch, y su elogio de la metafísica del no-color; las retículas de líneas de Agnes Martín, como emocionantes hilos; ígneas nubes blancas en suspensión de “La condición humana” (1933) de Magritte; las conchas de nácar que adornan el manto del indio Powhatan; las constelaciones que, tembloroso, Miró vio en Normandía; aquella cajita nívea de Joseph Cornell, “Central Park Carrousel, in Memoriam” (1950) o, recordé, aquel dibujo de un sendero de bambúes de Gao Quipei, desde la delicadeza camino a la verdad de un reino suspendido entre luces bajas.  Evocadoras, algunas de las imágenes concebidas por Armesto, pienso en su ciclo de obras llamadas “Anular”, de aquellos círculos de Raoul Ubac y László Moholy-Nagy, también de los plancton y pólenes fotografiados por Carl Struwe; los “Rythmogramm” de Heinrich Heidersberger; las rayografías circulares de Man Ray, círculos poblados por llamas poéticas[9].    Y, entonces, acabo pensando que hubiese encajado la obra de Armesto en exposiciones históricas como aquellos “Salon des Réalités Nouvelles”[10] que recibían, en el esperanzado París de la postguerra mundial, la proclama del inquieto August Herbin defendiendo la utopía de un espacio concebido desde la exaltación lumínica: “por líneas, formas, superficies, colores y sus relaciones recíprocas y, para la tridimensión, un cierto volumen animado por planos, volúmenes, vacíos, exaltando la luz”[11].

Fragilidad del sentido contemplando las construcciones de Armesto pues, -a la par que se percibe la complejidad temporal, ese tiempo situado frente a los ojos-, desbordadas quedan las dimensiones espacio-temporales en tanto se nos introduce en ellas, senda del más allá tal rezará el título de una de sus obras, como un precipitado sensible y clamante el encuentro entre un centro activo de la materia y la energética inmateria, lo leve junto a la aparición de la imagen poderosa.  Como suscribiendo Armesto aquello de Duchamp, el diálogo entre “apariencia” y “aparición” en “À l’infinitif” (1966), indagando sobre la geometría pluridimensional: “el objeto emanante es una aparición”[12].  Imágenes que nos habitan pues, para Armesto, crear no es simplemente expeler imágenes, sino la maduración de una reflexión producto del pensamiento.

Lux como reino de los símbolos, piedra blanca y negra, tal aquel poema de Paz sobre Josef Sima arden las construcciones de Armesto en la plaza del ojo, pues con frecuencia sus obras transitan entre el vaivén, lo albo y lo obscuro desplegados en un silencio abierto, como tentando la revelación a través de esas formas originales. Glaciar y clave negra, son otros títulos de Armesto reveladores de esa travesía que podría ubicarse entre la Ceres de Rubens y el Mondrian severo e inefable, la piedra negra del Paraíso y el fragmento del Naufragio del Esperanza entre los hielos de Friedrich[13]: una inmersión entre lo invisible indecible, como relatos surgidos en el misterio del sueño.

Reinado del símbolo creado por Armesto, dialéctico y suspendido mas que, a su vez, lo inviste entre la fragilidad del sentido de la obra y la complejidad del acto que aparece ante nuestra visión. “He aquí, os digo, un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos…”[14].   Viaje el suyo en un sobrecogedor reino intermedio: entre la pintura y la escultura, el dibujo concebido mediante luz mas deslizando como esencia de su ser la elevación de un mundo que frecuentemente desmaterializa lo inmaterial o bien, por el contrario, materializa la inmateria.    Universo surgido desde aquella luz, es la búsqueda de Armesto una indagación en torno a la liviandad y el misterio, propuesta de unos ciertos jeroglíficos de luz surgiendo entre otro laberinto, la vana conformación de lo real.   Su esencia es un desplazamiento realizado con lentitud entre lo levísimo pero elogiando lo construido, un arte heredero de aquellos, tantos, artistas que soñaron siempre con líneas y extraños fulgores venidos de donde no se sabe[15].

Recintos que parecen conspirar a la desaparición, formas leves expandiéndose en una cierta frecuentación del dinamismo y que, haciéndolo, intangibles, evocan la ilusión de un nuevo mundo tridimensional.  Una creación que evoca una cierta escritura donde la luz podría revelarse en el aire: haces lumínicos, rasgos fulgurantes, líneas erigidas con aire caprichoso en el espacio, hebras de luz, formas en movimiento, –sombras portadas, que diría Marcel[16]-, emulando, parece a veces, el vértigo de un viaje de la nada sobre la nada: la materia incorpórea -el torrente de sus partículas- sobre la aparente nada del espacio hasta construir unas ciertas redes que conformarán, a su vez, una nueva entidad, recordando el tiempo es materia del arte develado en el espacio.  Meditando en torno a los enigmas de la luz y realizando tal indagación sobre la posibilidad de transfiguración de formas de ese fulgor impalpable, ilusión por tentar espacios desconocidos que vagan incandescentes por el espacio, su trabajo se realiza no tanto en el espacio físico donde se mueven las cosas, como en ese otro punto ignoto, tan misterioso, reino intermedio de las vibraciones, donde sucede la percepción de quien contempla sus obras.

Propuesta de interrogación del espacio, este artista inquieto ha hecho posible reunir lo estable y lo que parece frágil, fugas con motivos, lo leve junto a aquello que impone su presencia, lo concluido sereno junto a lo que semejare un fragmento resonante del camino de pensar, al cabo resplandores indiciarios aquí o acullá, tal restallantes rescoldos.  Misterio del espacio, blanchotiana locura de la luz, lo suyo es indagar en torno a las tensiones de líneas y sombras, el surgimiento u ocultación de formas o volúmenes, las menciones a escrituras mínimas que subrayan la posibilidad de reconvertir el espacio en una suerte de ámbito distinto, ineludible tal condición de su viaje de la mano del tiempo: “el espacio rumoroso, significante, sagrado, el espacio geométrico, la exterioridad, la nada”[17].

Ese movimiento atravesando lo obscuro hacia lo luminoso es elemento esencial en mundos como el de Klee y, de tal forma, las construcciones lumínicas de Armesto nos derivan hacia una bellísima desposesión empero poblada por la esencialidad de un núcleo de misterio.    En el acontecimiento de la luz se muestra un equívoco entre el espacio y el lugar conducente, lo palpable y un advenimiento hacia la irrupción de otro espacio.  Viaje a través del objeto artístico, desde el lugar en que nos encontramos, con las formas y la mirada, como un más allá, la luz como el vehículo de la visibilidad, lo que viene después.

Allí, en estas condensaciones de luz, tal ensayos sobre la aparición y la desaparición, en estos círculos que, ensanchados, poseen un centro habitado por las fugas, es donde reside el canto resistente de un artista presto a consagrar el silencio, una meditación poética desplazada al límite donde Armesto espera sea posible entonces el milagro. Como en el vértigo de un umbral, es la suya una tentativa de referir el recogimiento y la oscuridad como espacios de protección, subespacios que, tal incandescencias vibratorias, energías palpitantes, nos proponen la deriva hacia un tiempo que, como decía Baudrillard, podría portar la esperanza de ser ilimitado y, por tanto, eleva la posibilidad de lo trascendente. Como en aquel libro de Margaret Cavendish “El mundo resplandeciente”[18], parece Armesto tentar un viaje entre universos paralelos.  Brillaba un espacio oculto de la Tierra, otro mundo al que era preciso acceder desde la blanca gélida planicie del Polo Norte.   Ah, cómo resplandece el mundo bajo su luz[19].

 

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NOTAS AL TEXTO

[1] NERVAL, Gérard de.  Aurélia ou Le Rêve et la vie (1855).  París: Gallimard, Folio Classique, 2005, p. 129.

[2] SMITH, Tony. Tony Smith. Two exhibitions of sculpture (Comentario a « Night »). Hartdford : Wadsworth Atheneum-University of Pennsylvania, The Institute of Contemporary Art, 1966-1967, s/p.

[3] En su obra: “À l’Infinitif (La Boîte Blanche)” (1966-1967), luego lo mencionaremos.  El texto puede hallarse transcrito en DUCHAMP, Marcel.  Duchamp du signe.  París: Flammarion, 1994, p.117.

[4] BLANCHOT, Maurice.  Le musée, l’art et le temps (1950-1951).  En “L’Amitié”.  París: Gallimard, 1971, pp. 50-51.

[5] NERVAL, Gérard de.  Aurélia ou Le Rêve et la vie (1855).  Op. Cit.: “Je chantais en marchant un hymne mistérieux don’t je croyais me souvenir comme l’ayant entendu dans quelque autre existence, et que mi remplissait d’une joie ineffable (…) la route semblait s’élever toujours et l’étoile s’agrandir (…) attirée magnétiquement dans le rayon de l’étoile”.

[6] Pensando en “Estelar Disperser” o “Estelar Concenter” (2020).

[7] Como “Sphere in progress 797”, todas las obras que se mencionan son de 2020.

[8] Título de una de sus obras de 2013.

[9] “Un objet peut tour à tour changer de sens et d’aspect suivant que la flamme poétique l’atteint, le consume, ou l’épargne”. UBAC, Raoul.  Message.  París: Cahiers de la Poésie Française, nº 1, 1942.

[10] Me estoy refiriendo al “Salon des Réalités Nouvelles”, que se celebra en Paris desde 1946, heredero de “Abstraction-Création” (1931).  El primero de ellos tuvo lugar en el Palais des Beaux Arts de la Ville de Paris entre el 19 Julio-18 Agosto 1946, en el catálogo se expresaba: “Art abstrait / Concret / Constructivisme / Non figuratif”.  La exposición suponía la recuperación de una exposición epónima en la Galerie Charpentier (1939).     Pienso también ahora que habría podido ser incluida la obra de Armesto en exposiciones como: “Bewogen Beweging” (Stedelijk Museum, Amsterdam, 1961); “The Responsive Eye” (MoMA, New York, 1965); “Kunst Licht Kunst” (Stedelijk Van Abbemuseum Eindhowen, 1966) o “Lumière et mouvement” (Musée d’Art Moderne, Paris, 1967).

[11] HERBIN, Aguste. Premier Manifeste du Salon des Réalités Nouvelles. Paris, 1948.   La traducción, de este autor.

[12] Refiriéndome a la obra mencionada de Marcel Duchamp homónima: “À l’Infinitif (La Boîte Blanche)”, 1966-1967.  Vid. CLAIR, Jean.  L’oeuvre de Marcel Duchamp.  París: Musée National d’Art Moderne-Centre National d’Art et de Culture Georges Pompidou, 1977. Nº cat.170, p. 140.  Vid. DUCHAMP, Marcel.  Duchamp du signe. Op. cit. p.131, subraya el término “aparición”.

[13] Me refiero a El mar de hielo (El naufragio del Esperanza) — Das Eismeer; también El mar heladoEl Océano Glacial, 1823–1824. Hamburgo, Kunsthalle

[14] Corintios 15, 51-52.

[15] KLEE, Paul. Paul Klee, Cours du Bauhaus-Weimar 1921-1922. Contributions à la théorie de la forme picturale.  Paris : Éditions des Musées de Strasbourg-Editions Hazan, 2004.  “Cours VII” 27/II/1922, nota 94, en la edición citada, en p. 127. La cita es: “Comme une étincelle venue d’où on ne sait où”.

[16] Obviamente estamos entendiendo nos referimos al “Gran Vidrio”, de Marcel Duchamp.  Y las reflexiones que pueden seguirse en el inevitable, por clásico: DUCHAMP, Marcel-CABANNE, Pierre.  Conversaciones con Marcel Duchamp.  Barcelona: Anagrama, 1972.

[17] BONNEFOY, Yves. Georges De Chirico, en Diseño, color y luz. En “La nube roja”.  Madrid: Editorial Síntesis, 2003, p. 342.

[18]  “The blazing world” (1666), y título completo: “Observations upon Experimental Philosophy: To which is Added The Description of a New Blazing World”.

[19] CHEEVER, John. Diarios. Barcelona: Literatura Random House, 2018, p. 442.