RAFAEL CANOGAR: RENACIDO

RAFAEL CANOGAR: RENACIDO

Texto publicado en el catálogo
RAFAEL CANOGAR. RENACIDO. OBRAS 2020
Tomelloso: Museo de Arte Contemporáneo Infanta Elena, 2021.

 
RAFAEL CANOGAR: RENACIDO
ALFONSO DE LA TORRE

 

Todo comienza a partir de ahora: he renacido.
Susan Sontag[1]

Abandonar el lugar conocido, vivido -el paisaje, el rostro- por el lugar desconocido -el desierto, el nuevo rostro, ¿el espejismo?.
(…) Y, entonces ¿la travesía?
Edmond Jabès[2]

 

 

Una fotografía reciente de Rafael Canogar (Toledo, 1935) visitando el Museo del Prado.    Se describe como un retrato del artista con leve desenfoque y, al fondo, el imponente “Perro semihundido” (1820-1823) de Francisco de Goya, que aquel reconoce como “un cuadro muy especial para mí (…) que ha influido a muchos artistas” [3], inspiración de otras creaciones y menciones suyas, entre otras evocado en una extraordinaria pintura de 1960[4].   Y estas palabras que acompañan la imagen, son del artista de Toledo: “visito el Prado por puro disfrute, por el sencillo placer de ver cosas bellas”[5].  En ese relato de Canogar sobre nuestro Museo capital, vindicando el placer de lo bello, sobresalen las menciones a Rubens, Velázquez y a las “Pinturas Negras” de Goya.    Y sobre las obras de ese ciclo del aragonés, imágenes y fantasías liberadas dirá Canogar casi en una écfrasis, añadirá que le influyeron notoriamente “por su fuerza, por su expresividad e intensidad, por su grito de libertad (…) la economía del color (…) es de una gran eficacia expresiva”[6].   Ese doble retrato, -encuentro de dos artistas entre los pliegues del tiempo, frente a esa greda resquebrajada y cenicienta en la que asoma el can, verdadera heurística de lo visible-, me ha devuelto hacia ciertas pinturas realizadas por Canogar durante el pasado año 2020, en especial he pensado en algunas que contienen ocres y amarillos, especular espacio de luces doradas atravesadas por una fulgurante mancha central o bien por un conjunto de trazos que cruzan o posan sobre la pintura, algo que queda ejemplificado en esta exposición en obras como: “Collar”, “Escudo”; “Fleco” o “Vuelo”.   Tierra ocre del perro, dorados colores de Canogar tal las moles pétreas de su querido Toledo, o los irisados campos castellanos que se agostan, como en moiré cruzados entre las luces del verano.

A mi memoria llegó, atravesando la planicie, su compañero de “El Paso”, Manolo Millares, quien vinculaba con admiración la obra de Canogar a esas extensiones térreas de Castilla desde donde pareciera surgir la hondura, casi telúrica, de sus trabajos pictóricos, pintor flâneur en el camino de barro y cristal[7]:“En una meseta donde tierra y cielo a menudo se confunden, el arte de Rafael Canogar está plenamente justificado. Sin una delimitación, sin un hito que marque lo que empieza y lo que acaba; en una confusión de confín, sin horizontes, donde sólo una raya absurda tiene ligera voz de no sé qué pájaro perdido en lejanías, este paisaje de centro y cielo desolado se mete hondo en el alma del pintor castellano dándole vocabulario hosco y temática expresiva (…) pintor de Castilla en su dramática dimensión, supo y quiso ver cosas que otros no vieron: lo que la tierra esconde en sus estratos, las limaduras de los cerros, suaves como panzas de animales; los perdidos yacimientos terciarios y esa confusión siempre de paso mal dado entre cielo y tierra”[8].    Sin dudarlo, llegados a este 2021, una de las características seculares del quehacer de Canogar ha sido la intensidad de su dedicación a la pintura, un fuego que no cesa ante el abismo que es el oficio de crear.   Ello unido a una posición distinguida frecuentadora de la delicadeza expresiva, elegancia en la acción y elogio de la quietud, una reflexión capaz de encomiar también, sin complejos, el enfrentamiento denodado y diario al acto de pintar.  Podríamos calificarlo de una cierta ebriedad pictórica embargada, empero, de una actitud sobria, meditación en la acción de pintar, una delicada transfiguración de la expresión capaz de tentar la extracción de ciertas formas sumergidas en la hondura del espacio. Y, sorprendentemente, este artista del informalismo no será entonces un pintor tachista sin más, un sectario defensor del art autre o un ejemplo inmoderado de veta brava, sino que se vinculará más bien a una actitud de la verdadera pintura, aquella deslumbrada ante los misterios del mundo en derredor, creadores que han indagado en torno al inquietante sentido del mundo de la naturaleza, las oscuridades de lo orgánico y sus interrogaciones que deslumbraran también a los artistas surrealistas, antes que aliarse con quienes han viajado por la superficie del gesto otro: más conocimiento que desmesura.    En ese sentido, siempre he subrayado el acertado encuentro de su obra con las de Riopelle y Appel o la proximidad de las pinturas de Pollock, Wols, Fautrier, Mathieu o Paul Jenkins en la exposición Otro arte (1957), en la Sala Negra madrileña[9].  Reino pues de lo real, el de sus extensiones de color, pero también de lo onírico, perdió la forma la esperanza en este arte estupefaciente[10].  Pues las creaciones de Canogar habían evocado unos años antes el kleeiano fulgor, venido no se sabe de dónde, llegando a mi memoria en este punto aquella sentencia de Michaux sobre los enigmas del mundo cuya respuesta puede ser también, por qué no, un gran silencio[11]: pues el arte, en esencia un diálogo misterioso con el universo, merece el enigma como contestación.  Representar lo térreo, lo que aquí está y es palpable, pero sin desdeñar volar: ese ha parecido ser ahora el propósito del quehacer de nuestro artista desvelado en su trabajo con manchas de color aplicadas mediante ritmos sobre el soporte pictórico. Extensión del color, mas sin desdeñar el deseo de explorar la hondura del espacio, proponiendo el despliegue en torno a un más allá, tan intenso como recóndito, interrogación de las formas, concentración de estas en torno a su propio existir y, al cabo, evocación de imágenes que van y vienen, como el propio universo, agua o atmósfera, mares y cielos, aquel deseo de un pintor de Berna por evocar regiones pobladas por otras leyes para las que sería preciso encontrar nuevos símbolos, en ese ignoto espacio cósmico. O lo que sería lo mismo: anhelo de aprehender lo infinito, trasfiguración buscando dicho infinito mediante la danza de las formas[12].

Mas, observo. ¿Qué ha sucedido este 2021 para que el título de la exposición en este Museo de Arte Contemporáneo Infanta Elena refiera tal renacimiento del artista?.     Evocando “Reborn” y su mención a un nuevo comienzo, título de aquel primer tomo de los diarios de Susan Sontag[13], Rafael Canogar me contaba cómo en la extrema dificultad de los hechos de este año, halló la forma de tentar un nuevo soporte encarando formas distintas de pintar.  En sus palabras “un nuevo campo de experimentación para buscar la esencialidad”[14], tarea emprendida desde el alejamiento de su estudio madrileño, como cuenta en el texto introductorio de esta publicación, lejana también la calma del transcurrir sin sobresalto los días, en la zozobra del mundo pensó en un distinto proceder.     Principalmente mediante el uso de soportes plásticos que serían pintados por su envés, frecuentemente en el encuentro de dos campos de color, tal pintura diádica de tonos lisos y colorido singular, en tanto aplicaría, en su frente, el dinamismo de gruesos empastes que, fulgurantes, estallando, tiemblan y evocan aquello de Mallarmé de los gestos de la idea.   Como este poeta, Canogar, desde una voluntad abstracta (y sus implicaciones de ostranénie, desarraigo, aislamiento, traspaís por decirlo a la manera de Bonnefoy[15]) no deja de mostrar su extraordinario conocimiento de la pintura, devolviendo hacia esta la concreción de símbolos e imágenes.    Binarios planos de serenos colores, en tanto una pintura más gestual con frecuencia atraviesa el centro de la composición, como un perpetuo y extenso murmullo, en muchas ocasiones excediendo restallantes los aparentes límites de los fondos de color.  En otros casos, la mancha es un trazo aplicado, casi impuesto con energía (la obra titulada “Engaste”, podría ser el caso).  Sucederá también que la pintura que traspasa la composición sea sostenida, como cortada, por las líneas que imaginarias limitan los planos del fondo (“Clavo”, “Cuño” o “Lazada”, son ejemplos).   Y, ejerciente del frecuente desvío de lo consabido, esa frecuentación del centro no impedirá que algunas composiciones se fundan en el ejercicio de dos partes, el colorido fusionado con una de las dos zonas, ya sea la superior o, bien, la inferior (sucede en “Vuelo” o en “Flujo”).

En definitiva, constructor de mundos, Canogar colmará de presencias aquello que jamás tuvo nombre mediante un intenso ejercicio de las diversas posibilidades que contempla la capacidad de decir mucho desde la imposición del análisis complejo.  En palabras del artista, esos gestos pictóricos harán activo el misterioso espacio vacío entre las dos superficies que jamás se tocan, como una zona de difracción, pareciere próximas mas distanciadas por el soporte que, en vez de apoyo de los pigmentos, es puro plano de color, encuentro de los colores sometidos a un noli me tangere, como quien temeroso tentase tocar la imagen de un más allá.   Animando a los sentidos, retorna a la metáfora, como el ámbar que encierra la memoria del tiempo, tal una mirada condensada, un inteligible infinito o una cosmogonía desplazada, el colorido queda eternizado en sí mismo y unido a la presencia de una imagen especular en tanto, en cierta medida, se produce un suceso doblemente dialéctico. Por un lado, el encuentro entre la superficie lisa del soporte de color, sin accidentes, con aire de lejanía prístina y, por otro, la pincelada que, tal una profecía, le ha acompañado en su trayectoria como signo constitutivo.  De esta forma, nos hallamos frente a una pintura que se aplana y otra que, espesándose, parece devolver su presencia al mundo, tal animada de innumerables sentidos, como un vasto murmullo.   Como la nueva apertura de un lugar, también semeja ofrecer el efecto del metacrilato o el acetato el deslizamiento hacia una nueva pluridimensión, espejismo como un lejano inalcanzable: lo vemos pero también nos mira, la imagen encerrada tras el soporte, de tal forma que sigue Canogar produciendo conmocionantes imágenes pareciere conducentes a aquellas palabras de René Char: “La verdad necesita dos caras: una para nuestra ida, otra para nuestra vuelta”[16].

Este nuevo ciclo que nos presenta ahora el artista contempla su pensar investido por la variación, el permanente ejercicio de las posibilidades suscitadas desde un formato con frecuencia rectangular y vertical, una cierta restricción que ha supuesto, para Canogar, “un nuevo campo de experimentación para buscar la esencialidad de unas simples pinceladas que quieren ser gestos metafóricos de la huella del hombre sobre nuestra realidad; huellas, surcos, como las del labrador castellano sobre la tierra; experiencia material del hombre que deja su impronta en el mundo. Y detrás de esa realidad, sobre el reverso, campos de color como nuestro eterno paisaje de cielo-tierra, de tierra-aire, horizontes que han marcado nuestros espacios”[17].  ¿Será el encuentro entre diversas regiones del lenguaje o, incluso, la propuesta osada del lenguaje-sobre-lenguaje para, así, tentar una doble lectura de la pintura? ¿O el enfrentamiento de lo real con la utopía, la resistencia y el deseo? ¿Quizás la mención a la presencia de lo que no tiene nombre?

Volverían a evocar, aquellas palabras de Canogar, algunos de los asuntos que han ocupado siempre su trabajo, así: el encuentro entre construcción-destrucción en su pintura o la presencia de fuerzas diversas en paradójica lucha de contrarios.  Pero no nos detengamos aquí, pues este artista crea y destruye, destruye para crear, colma de presencias el mundo. Por ello, dirá Canogar, se trataría de la representación del hombre inmerso en sus contradicciones[18].   Al cabo, este artista cuya trayectoria ha sido siempre constante, iluminada permanentemente por ese deseo de “tener los pies en la tierra (…) en contacto con la realidad”[19], creo podría seguir suscribiendo mucho del tembloroso texto que escribió para “Papeles de Son Armadans” en 1959, en especial lo relativo a la forma en que concibe sus imágenes, como acontecimientos que brotarán desde un fondo inmemorial: “crear formas orgánicas, vivas, porque el arte ya no puede (hoy menos que nunca) deshumanizarse. Creo que la separación entre la abstracción y la figuración debemos superarla y enfocar la realidad desde otro ángulo distinto, encontrándola en su verdad subjetiva e íntima.    En mis pinturas, la forma cede su puesto a la luz, que la baña en sus partes salientes, creando imágenes que surgen de la oscuridad”[20].

Ahora, en sus nuevas creaciones, aquellas pinceladas matéricas podrán desplazarse hacia otro lugar, me estoy refiriendo a la presencia de pinturas a modo de assemblage, aquellas que contienen collages con tejidos que, incluso en su detalle, a modo de efectos de resonancia, sirven de provisión de imágenes (botones, cuadrículas, fragmentos de la piel del tejido), lo que sucede en su llamada “Serie urbana”, también realizada en 2020, que parece acogerse a aquella proclama de Rimbaud, entre torrenteras y paños: “espuma, corre sobre el puente y por encima de los bosques; -paños negros y órganos, relámpagos y truenos, -subid y corred; -Aguas y tristezas subid y revelad los Diluvios”[21]. Imágenes que semejan en atenta escucha, creador habituado al estar entre el objeto y la pintura, como sucede en toda la obra de Canogar se muestra el mapa de un viaje, procesos coherentes con formas pictóricas anteriores.     Inteligible infinito, tal jirones de lenguajes pasados, como resortes del signo, las pinturas ya referidas pueden considerarse continuación de sus hermosos paisajes arrastrados, aquellas obras anteriores que fueran concebidas como panoramas de color donde el artista se conducía a un nivel preiconológico, pues tentaba Canogar pintar ese paisaje que encontraba frente a sus ojos, imaginando o, tal vez, soñando, antes que proponerse su reflejo fiel.  En tal sueño, un sentido habitado por la luz, Canogar ha sido viajero desde la representación hacia el despojamiento, enfrentado a solas con la pura visibilidad, buscando, siempre lo hizo, la verdad, pareciere refiriendo un cierto no-visible-ofrecido-ante-los-ojos, una imagen, una tensión suspendida que quedaría erigida entre los rescoldos de un numinoso mundo visible, una intensificación de la visión[22].  En tanto que aquella “Serie urbana”, ese conjunto de obras que incluyen vestimentas, tan poético, han de insertarse en un amplio capítulo objetual que siempre estuvo presente en sus cloisonnés de tejidos o ropas, ropajes pareciere encontrados, fardos textiles aprisionados entre las formas geométricas, como en “Frontera” (2003) o “In memoriam” (2005).

Y creo también que ciertas reflexiones de su discurso de ingreso como Académico (1998) en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando siguen en pie.   Como escribiría en el mismo, el paso del tiempo le ha otorgado nuevos paisajes, una mirada cada vez más interiorizada y una extraordinaria reflexión en torno a la capacidad de expresión formal[23].  Pinta, pinta, ha pintado Canogar sin cese en estos últimos meses, tentando la pintura como una verdadera salvación.  Misteriosa pervivencia de la pintura, percibimos ahora contemplando estas obras que, colmados de la presencia de tal verdadero nuevo reino iconográfico, develan la fortuna de quien ha llegado a poseer la dicha del verdadero conocimiento.

 

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NOTAS AL TEXTO

[1] SONTAG, Susan. Renacida. Diarios tempranos 1947-1964.  Barcelona: Penguin Random House,  2012, p. 30.

[2] JABÈS, Edmond (con Emmanuel Levinas).  Solo hay huella en el desierto.  En “El libro de los márgenes II-Bajo la doble dependencia de lo dicho”.  Madrid: Arena libros, 2005, p. 65.

[3] CANOGAR, Rafael.  Texto en “Diez artistas y el Museo del Prado” (Marta de la Peña Fernández-Nespral, ed.). Madrid: La Fábrica, 2020, pp. 72-77.

[4] Se trata de “Personaje nº 6” (1960).  Hay otro cuadro de 1965 y una litografía sobre el particular.   Fue también la obra comentada en el programa “Mirar un cuadro”, Temporada nº 1, 1982, por Rafael Canogar.  Ahí refiere esa pintura como “un mundo muy extraño (…) más allá de lo racional y en extremo audaz” y cita a Gombrich: “simplemente imágenes, como haciendo poemas”.  Relacionará ahí la obra de Goya con la de Odilon Redon, Turner, Saura o Tàpies.  “Es un cuadro para soñar, ocurre en él como las manchas en los muros viejos, o en las nubes, encontrar otras fantasías”.

[5] CANOGAR, Rafael.  Texto en “Diez artistas y el Museo del Prado”. Op. cit.

[6] Ibíd.

[7] En palabras de Juan-Eduardo Cirlot.

[8] MILLARES, Manolo. ‘El Paso’: sobre el arte de hoy en España.  Valencia: “Arte Vivo”, I-II/1959.

[9] Nos referimos a la versión madrileña de la exposición, presentada también en Barcelona, previamente: Sala Negra, Otro arte, Madrid, 24 Abril-15 Mayo 1957. La obra de Rafael Canogar era  “Pintura” (1957, Colección MNCARS, Madrid) colgada en el mismo muro junto a Appel y Riopelle.

[10] Es de Michel Tapié.  Citado en el catálogo de la exposición Otro arte, Ibid.

[11] En la versión consultada: MICHAUX, Henri. Escritos sobre pintura. Murcia: Colegio de Arquitectos, 2007, p. 101.  Procede de “Aventura de líneas” (1954).

[12] El origen creativo de este artista debe vincularse a un revisitamiento de una cierta tradición española de luces quietas, en Canogar encarnada por uno de los faros varados en aquel tiempo, Daniel Vázquez Díaz y, también, por la herencia kleeiana, clave ésta internacional que permitiría comprender el devenir de nuevos pintores de la postguerra mundial, tanto los vinculados al expresionismo abstracto norteamericano, como los que descubrían la pintura antirretórica de Klee en los anaqueles parisinos o, en el caso español, en los más modestos pero surtidos del complejo librero “madrileño” Karl Buchholz. En ese sentido, el horizonte kleeiano era en Canogar un síntoma más de la intensidad de su búsqueda, del deseo sincero de hallar hondura en un tiempo de complejidades.

[13] SONTAG, Susan. Renacida. Diarios tempranos 1947-1964.  Op. cit. p. 30.

[14] En el texto previo que acompaña a esta publicación. CANOGAR, Rafael.  Rescatando el espacio de la pintura.

[15] BONNEFOY, Yves. L’Arrière-pays.  Paris : Mercure de France, 2001.

[16] Citado por: JABÈS, Edmond.  Solo hay huella en el desierto.  Op. cit. p. 50.

[17] En el texto previo que acompaña a esta publicación. CANOGAR, Rafael.  Rescatando el espacio de la pintura.

[18] CANOGAR, Rafael. Apuntes sobre el marco y la realidad. Madrid: Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Discurso, 31/V/1998.

[19] CANOGAR, Rafael. Tener los pies en la tierra. Madrid-Palma de Mallorca: Papeles de Son Armadans(dedicado a El Paso), año IV, tomo XIII, nº 37, IV/1959, pp. 70-72.

[20] Ibíd.

[21] RIMBAUD, Arthur. Iluminaciones (1873-1886). La traducción consultada es de: BONNEFOY, Yves. Rimbaud por sí mismo. Caracas: Monteavila ediciones, 1975, p. 131.

[22] DE LA TORRE, Alfonso.  Conmemoración de lo visible.  En “Rafael Canogar. Ayer Hoy”.   Fuenlabrada: CEART-Centro de Arte Tomás y Valiente, 2017, p. 125.

[23] “El paso del tiempo también me dio nuevos paisajes, mirar cada vez más en mi interior, reflexionar más en términos de forma y materia y su capacidad de expresión o comunicación. Mi obra quizá sea la imagen mental de una realidad evocada por la memoria que se hace realidad objetual. (…) Mi obra desea dejar reflejada, en su forma de nacimiento, en su génesis, esas dos fuerzas elementales y primarias que siempre han acompañado al hombre: las fuerzas constructivas y las destructivas, o construcción-deconstrucción. Fuerzas opuestas y lucha de contrarios, como parte estructural de mi obra; como realidad del hombre que vive inmerso en sus propias contradicciones”. CANOGAR, Rafael. Apuntes sobre el marco y la realidad. Op. cit.