SAMIR DELGADO: FERNANDO ZÓBEL.  ASÍ FUE.  ASÍ ES.  ASÍ SERÁ.

SAMIR DELGADO: FERNANDO ZÓBEL.  ASÍ FUE.  ASÍ ES.  ASÍ SERÁ.

Texto publicado en
JARDÍN SECO. SAMIR DELGADO
Madrid, 2019: Editorial Bala Perdida

 

SAMIR DELGADO:
FERNANDO ZÓBEL.  ASÍ FUE.  ASÍ ES.  ASÍ SERÁ.

ALFONSO DE LA TORRE

 

 

It is a good idea to defend poetry, especially when no one is attaching it.

Fernando Zóbel (The Harvard Summer School, “Diarios 1950”, 17/VIII/1950)[1]

 

Había algo en él intensamente gracioso -lleno de gracia- que hacía que la vida pareciera un tesoro. Así fue.  Así es.  Así será.

John Updike sobre John Cheever (22/VI/1982)[2]

 

Se sentiría cómodo, Fernando Zóbel de Ayala (Manila, 1924-Roma, 1984) siendo visto ahora por un joven poeta.   Aquel amante de la poesía, temprano admirador del quehacer de Federico García Lorca, quien en sus estudios tuviere amistad con Delmore Schwartz, poeta frecuentador de la visión de la naturaleza, conociendo también en Harvard a adorados excéntricos como Stephen Spender, Frank O’Hara o John Ashbery.  Otros vates acompañaron su vida: tomo del anaquel el “Cuaderno de apuntes” (1974)[3] y leo voces de algunos que cito alfabéticamente: W. H. Auden, Jorge Luis Borges, T. S. Eliot,  Miguel Hernández, Paul Valery, Richard Wilbur o Walt Whitman, algunos de ellos y otros, por cierto, homenajeados también en sus pinturas (son los casos de Lope de Vega o Antonio Machado).  Tuvo pues Zóbel un acercamiento muy literario a las artes, y le debo el encuentro con la obra del raro Ciryl Connolly, “The Unquiet Grave” (1944), que siempre he visto próxima al Zóbel de aquel “Cuaderno” citado, capaz de sentar en “tabula rasa”, con libertad y desparpajo, Oriente y Occidente.

Era el verano de 1963 cuando Zóbel llegó a Cuenca. Tuvo que evocar a Lorca preguntando a su amor en el centro de aquel paisaje: “¿te gustó la ciudad que gota a gota / labró el agua en el centro de los pinos? / ¿Viste sueños y rostros y caminos y / muros de dolor que el aire azota? / ¿Viste la grieta azul de la luna rota / que el Júcar moja de cristal y trino?”[4].

La poesía ha sido frecuente forma de acercamiento a la pintura de Zóbel, entre otros que recuerdo ahora están: Fernando Delgado[5]; Mario Hernández[6];  José Hierro[7];  José Luis Jover[8];  Enrique R. Panyagua[9];  Rafael Pérez-Madero; Kevin Power[10];  José Miguel Ullán[11]o Rafael Zulueta da Costa[12].   Precisamente su paso a lo no representativo tuvo uno de sus puntos de ignición en un cuadro abstracto realizado para el poeta Carl August Sandburg[13].

Al cabo, quien escribe refirió “la poética de Cuenca”, aquella capital del lirismo en otras palabras de Juan Manuel Bonet[14] recordando el mundo lírico creado en la ciudad que, tal buque varado, quedaba entre las aguas esmeralda de los ríos Huécar y Júcar.

Mas también dio Zóbel voz a los poetas.   Así ha de entenderse la presencia en ediciones del Museo abstracto del verso de Luis de Góngora (acompañando la carpeta de Eusebio Sempere “El romance de cuando estuvo en Cuenca D. Luis de Góngora y Argote” (1969)) o Stanley Kunitz (el portfolio de José Guerrero “Fosforescencias” (1971)).  Considero también poemas las escrituras danzarinas de Mompó en la edición de sus “Seis escenas cotidianas” (1971).   Como bibliómano recalcitrante, no puedo dejar de evocar el espacio que Zóbel concedió al bien estar con el libro, algo sustanciado en la primera biblioteca del Museo, en la actual Sala Blanca. No era raro ese amor por el libro, si pensamos que cuestión capital de su temprana formación fue la fértil amistad con otro locolibrista, Philip Hofer, monjes encantados -escribirá Zóbel-, embargadas sus ánimas en la sección de libros raros de la Universidad de Harvard[15].

Pero hay más, la extraordinaria labor de la Fundación Juan March con la conservación y difusión del legado personal de Zóbel nos permite ahora conocer sus libros de poesía, por decenas, sólo la lectura del índice es abrumadora: resumamos señalando que abarca todos los tiempos y lugares.   Como he escrito en alguna otra ocasión, la relación de Zóbel con la literatura, tan intensa, merecería un estudio propio.

Escojo el título de uno de ellos en la biblioteca zobeliana: “Meditations in an emergency” (1957), de O’Hara, que me permite volver a la cita que encabeza el texto: sí, Samir Delgado es defensor indubitado de la poesía en estos tiempos de estupor.  Sabíamos de esa agitación poética y su preocupación por la transcripción al verso de la historia del arte y sus imágenes, écfrasis que evocando a Westerdahl califica del “tercer lenguaje”.   Y he recordado a Paz, también, “Entre el hacer y el ver, / acción o contemplación, / escogí el acto de palabras: / hacerlas, habitarlas. / dar ojos al lenguaje”[16].   En este tiempo he visto a Samir embargado en poéticas iluminadoras del quehacer de Canogar, Chirino, “Dau al Set” o las esculturas en museos al aire libre, al cabo sabemos que, en su ideario, el diálogo entre arte y poesía permite mantener vigente el proyecto de la modernidad.     Su alma poética tiene un padre indudable en la escritura en España, el caso del poeta y crítico Juan Eduardo-Cirlot, habiendo otros vates que analizaron y versificaron el arte, pienso ahora, en nuestro contexto en Ángel Crespo, Manuel Condé, José Corredor-Matheos, José Hierro o José Miguel Ullán.  Y, en otros contextos, citemos a nuestros maestros: Yves Bonnefoy; Jacques Dupin; Claude Esteban u Octavio Paz.   Esenciales quedan ya algunos de los libros del canario Samir, como el intenso tributado a Manolo Millares que prologué: “Las geografías circundantes”[17].  Este pintor retornará ahora a uno de los poemas de nuestro libro zobeliano bajo el título “Ruta de los volcanes/Lanzarote 76”.   Otras líricas aventuras escriturales han completado el inquieto quehacer de Delgado, poeta muy contemporáneo trastornado por la aventura abstracta de la ciudad de Cuenca.

La recreación de la memoria es quizás el más alto privilegio del artista y Samir pone en práctica esa maquinaria.   Ejerciendo el delirio de estar frente al más absoluto de los silencios, inmerso en los placeres de la lentitud ya perdidos, se permite elevar preguntas entre el deseo y la espera (citará “los espacios de espera” nuestro vate). Silencio-silencio-silencio, clamará Samir al comienzo de este libro, casi como una plegaria.

Silencio.

Volverá el reino del silencio, una silenciosa cabalidad puebla otras páginas de este libro, un saludo a Georges Rodenbach, impregnando sus versos a lo largo del poemario: el silencio de ver, el de pintar y también el que nutre el vacío: “hacia el silencio el otro silencio del color”, nos dirá.   “Liturgia de purificación”, voz del poeta, en esa lentitud silenciosa y antifonal se sumerge acompañando a Zóbel.  Aquel día luminoso posaba el cielo para su retrato en la lámina de agua, cantará el poeta Zóbel las tonalidades de los verdes de los ríos de Cuenca, también pintor del “azul lejano” del río Charles -dixit Samir- durante su estadía en Boston en los cincuenta.  Y frente a él nuestro vate, acostumbrado a enfrentar preguntas desde la rada atlántica.

Pensando en el poeta Samir Delgado, reflexionaba cómo el haiku era una buena forma para referir que la pintura de Zóbel tuvo mucho de esa quietud temblorosa y energética, esa nada de la palabra que nutre el mundo, el latido que propone el verso oriental parece ser ensayado aquí en el hermoso poema “Jardín seco”, que cierra el capítulo homónimo.  Puerta abierta al mundo de lo que se desvanece y a punto está de la extinción, Zóbel erigió en su pintura la tentativa de representar el lírico asombro, lo que estuvo en un instante y fugó, lo que recordaba de lo visto (dando vida a lo mirado, nos recuerda nuestro poeta), la emoción de lo entrevisto y sentido frente a la naturaleza.

Mas ¿y por qué nuestro joven poeta se encuentra ahora con el pintor Zóbel?.    He utilizado recientemente una hermosa cita de Emily Brontë que permite comprender cómo otro artista puede trastornarnos: “He soñado en mi vida sueños que han permanecido junto a mí desde siempre, y que cambiaron mis ideas; me han atravesado una y otra vez, como el vino al agua, y alteraron el color de mi mente”[18].   Sí, cambió sus ideas y las nuestras, la pintura y pensamiento de Zóbel, la exactitud de sus palabras, su forma de ver el mundo trastornó nuestro ser.   Trastornado Samir, conquense de convicción remedando lo que Zóbel dijera de Torner[19], transportado desde su Canarias amada, ahora en México, a los espacios que conmocionaron a los abstractos.

Es ahora la criptonita de Zóbel encendiendo el acto de la poética de Delgado.  Frente al devenir torpe de los días, Samir deviene poeta e intérprete, presentando los poemas pintados de Zóbel como una casa, un hogar donde se despliegan una sucesión de habitaciones iluminadas: el cielo azul, el paisaje que se abre tras la tormenta, las tierras arañadas al ser roturadas, los territorios soñados, jardines de la errancia, el agua y sus reflejos en la ebriedad del sol o el recuerdo de aquel día dichoso.  “La eterna promesa de la luz”, sentenciará el poeta, mas recordemos que las fuerzas elementales, -la luz, el paisaje y las impresiones de Zóbel frente al existir-, quedan ahora transformadas: son belleza, una belleza que impregna la vida, una belleza moral por tanto que ejemplifica los pasos de otros-nosotros.  Delirio de un instante, cantos entre la persistencia y la fragilidad, elogio sin límite de la belleza, Samir evoca inmensidades y se encuentra frente a la memoria del pintor, recordándonos que ciertas existencias ajenas pueden contener la nuestra.  “Diálogo total”, en sus palabras a modo de introito, si uno habla con el otro será que el espacio y el tiempo, entonces, pueden ser mutables.  Delgado pinta sus versos, quiero decir que tienta escribir pintando lo invisible que vio Zóbel, tal don ilumina al poeta.

 

Como decía Nabokov, nuestra breve existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas[20], quizás por eso inicia su verso Samir exequial. Entonces le vemos de pie, solitario y urgido por la necesidad del verso, declamando frente a la hoz del Júcar, junto al pintor, sacudido tras el frío del paseo hacia San Isidro.   Al pie una piedra plana, casi una mínima losa a lo Carl André.  Suena la música de José Luis Turina, de fondo[21]. In memoriam.  Recordaría aquel epitafio de O’Hara, amigo poeta: “grace to be born and live as variously as possible”[22].

Tal sucede en las pinturas de Zóbel, queda a veces la escritura del poeta suspendida en el aire.   Lo que está por decir tiembla en suspenso, no concluye.   Silencios en la hora cósmica, siguiendo al poeta, su poemario permite contemplar el transcurrir de la vida artística de Zóbel y por ello pienso que este libro es buena guía, incluso mejor que nuestra fatigosa teoría del arte.   Sus hallazgos permiten la comprensión del pensar y la gracia que ilumina al artista culto: los diálogos con poetas citados al comienzo, sus impresiones ante ciertos pintores y pinturas, la emoción del encuentro en el Museo y el aire absorto con que le retratara Hara, los diversos ciclos pictóricos, las músicas, sus viajes artísticos devenidos dietario-pinturas, incluso es capaz Samir con lucidez de elevar versos de aire surreal con la concatenación de ciertos títulos de aire críptico de las obras del filipino.  Versifica el poeta también las narraciones de Zóbel que halló investigando en los Cuadernos del pintor, y ahora embarga sus versos de un hermoso equilibrio entre la voz que narra y la exactitud de haber llegado, con el estilete de la poesía, a la percepción del querer del otro artista: “Cada color será una despedida / y la promesa de reconciliación”, hermoso verso, poeta Samir.Como lo es la percepción de “la clarividencia de todo un mundo aparte” en la obra del pintor.  Bella, también, esa mención que me desplaza hacia el aire caligráfico de ciertas pinturas de Zóbel, cuando exclame Samir: “alta hora del cielo con suturas del negro” o “el columpio negro del logos”.  Mas no es camino funesto, pues todo se anuncia posible y con esa posibilidad renace la palabra poética, tal una exultación.

Cae la tarde en los lienzos, dice nuestro poeta, pende la víspera sobre nosotros, transitando el campo gravitacional del pintor y evocando los sueños zobelianos Samir torna al ensueño de las formas, las menciones frecuentarán este libro elucidario.  Recordemos entonces: “He aquí, os digo, un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos…”[23], y, soñando-soñando, los dos artistas devienen lo más parecido a dioses.   Samir parece revelar la existencia de una consciencia cuya extensión no parece estorbada por la diferencia de los tiempos.

Qué dirá su errancia, siguiendo a este poeta que nos trae al artista, nos lo presenta, lo devuelve hacia nosotros desde aquel reino de tinieblas.   Leyendo estos poemas que señalan el saber decir poético de Samir Delgado, recordé unas palabras del pintor:  “Puede existir una profunda fascinación, un profundísimo amor por la letra (por esas letras que juntas componen el nombre de Dios, como diría, creo, san Agustín), ese amor por la letra que obligaba a jamás tirar al suelo un papel escrito (la tradición cuenta que Confucio los guardaba hasta encontrar la ocasión de quemarlos con ceremonia, y aún existen templetes de piedra en Japón dedicados a la respetuosa cremación de la palabra).   (…) Porque la forma de amar la letra es usarla sabiéndola usar: conociéndola, mimándola, discurriendo toda una serie de pequeñas, profundas y discretas lecciones que nos recuerdan, a los que vivimos de saber ver, que la letra es muchísimo más que un frío símbolo combinable.  La letra que dio cuerpo al pensar occidental contiene en sí: forma, ritmo, peso, gesto, color, movimiento, tiempo y, en ocasiones tan raras como admirables, poesía”[24].

Queridísimo corazón cabal[25].

Será la oscuridad luz, sentencia nuestro poeta, admirable, Samir Delgado.

 

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[1] Cortesía de la Fundación Juan March, Madrid.

[2] CHEEVER, John.  Diarios.  Barcelona: Penguin Random House, 2018, p. 486 (anotación de Rodrigo Fresán).

[3] ZÓBEL DE AYALA, Fernando.  Cuaderno de apuntes sobre la pintura y otras cosas.  Colección de citas recogidas por Fernando Zóbel. Madrid: Galería Juana Mordó. 1974.  Reeditado en 2002 por la Fundación Juan March, Madrid.

[4] En los “Sonetos del amor oscuro”.

[5] DELGADO, Fernando.   Espejismo (A la pintura de Fernando Zóbel).  Santa Cruz de Tenerife: Círculo de Bellas Artes, 1980.

[6] HERNÁNDEZ, Mario. Fernando Zóbel: El misterio de lo transparente, Madrid: Ediciones Rayuela, 1977

[7] En este caso debe citarse el texto, prosa muy poética, leído por el propio Hierro, para el cortometraje de Rafael Pérez-Madero y Esteban Lasala: “Zóbel. Un tema” (1975).

[8] Me refiero al poema incluido en el libro “Campo de estrellas” (Ediciones Antojos-Antonio Pérez, Cuenca, 1983),

[9] PANYAGUA, Enrique R. Varia Silva, Salamanca: Ediciones Ceme, 1987.

[10] Galería Grupo Quince (Madrid), “Las cuatro estaciones” con poemas de Kevin Power y grabados de Fernando Zóbel.

[11] ULLÁN, José Miguel.  Manchas nombradas/Líneas de fuego.  En “Zóbel. Acuarelas”.  Madrid: Ediciones Rayuela, 1978.

[12] “Sketchbooks, Fernando Zóbel”, Manila, 1954. 90 pp.  Contiene un ensayo de Arturo Rogerio Luz, introducción de Emilio Aguilar Cruz, poema de Rafael Zulueta da Costa.

[13] Lo hemos narrado con extensión en: DE LA TORRE, Alfonso.  Zóbel-Chillida, al encuentro.  Barcelona: Galería Mayoral, 2019.

[14] BONET, Juan Manuel.  Cuenca capital del lirismo.  En “El grupo de Cuenca”.  Madrid: Sala de las Alhajas, 1998.

[15] Conservador Honorario de Libros Raros y Manuscritos de la Houghton Library.  Por su parte, Philip Hofer (Cincinnati, Ohio, 1898-Cambridge, Massachusetts, 1984) fundó en 1938 el Departamento de grabado y artes gráficas en el Harvard College Library, que dirigió.  A finales de 1949, durante sus estudios en Harvard, Zóbel comenzó a colaborar, huyendo del tedio que siente en la Universidad, obligado familiarmente a los estudios económicos.

[16] PAZ, Octavio.  Nocturno de San Ildefonso. Obra poética (1935-1998). Barcelona: Galaxia Gutemberg, 2014

[17] DELGADO, Samir.  Las geografías circundantes (Tributo a Manuel Millares).   Tenerife: Gobierno de Canarias, 2016.

[18] Emily Brontë, “Wuthering Heights” (1847).

[19] ZÓBEL, Fernando. Colección de Arte Abstracto Español. Casas Colgadas. Museo. Cuenca.   Cuenca: Colección de Arte Abstracto Español, 1966: “Torner, que es conquense de nacimiento y convicción”.

[20] NABOKOV, Vladimir.  Habla, memoria.  Barcelona: Anagrama, 1994, p. 21.

[21] En abril de 1986 se estrenó en Cuenca, dentro de la Semana de Música Religiosa, la obra de José Luis Turina “Exequias, in memoriam Fernando Zóbel”, bajo la dirección de José Ramón Encinar, que resulta ahora evocada por Delgado.

[22] Epitafio de Frank O’Hara, un verso procedente de “In memory of my feelings”.

[23] Corintios 15, 51-52.

[24] ZÓBEL, Fernando.  R. Giralt Miracle Cinquanta anys de creació gràfica.  Barcelona: Fundació Joan Miró, 1982.

[25] MICHON, Pierre. Rimbaud, el hijo.  Barcelona: Anagrama, 2001.