ISMAEL LAGARES: COMO EL FUEGO DE LA PÓLVORA

ISMAEL LAGARES: COMO EL FUEGO DE LA PÓLVORA

DE LA TORRE, Alfonso.  Ismael Lagares: como el fuego de la pólvora.  Madrid-Gijón: Galería Aurora Vigil Escalera, 2019. 

  

ISMAEL LAGARES: COMO EL FUEGO DE LA PÓLVORA

Alfonso de la Torre

 

Y él disfruta, de forma inmoderada

Pierre Michon, “Los Once” (2009)[1].

Comme un tapis de prière pour un culte inconnu

Jean Clair, “La part de l’ange.   Journal 2012-2015” (2016)[2].

 

Viendo la pintura reciente del artista pensaba que podría suscribir Ismael Lagares, enfrentado a sus lienzos, aquello escrito por John Cheever: me parece que estoy lleno de luz y emito una extraña radiación, como el fuego de la pólvora[3].  Pinturas de instantes como infinitas variaciones en la fertilidad del caos, contemplando el conjunto de la obra de Lagares he tenido siempre la impresión de ubicarse esta en un territorio alejado de lo conocido.   Como impredecibles extensiones creadas por un artista semejare sometido a la titánica labor de, tal gozosa condena, crear un nuevo mundo, como un trabajo infinito, ofrecernos un espacio efusivo poblado por acontecimientos de formas y colores, tal instantes sometidos a la agitación del estallido o al agujero entre las estrellas de un dios en retirada.  Colores de máxima vibración, semejase un cielo restituido al cielo, luego aparecidas sus esquirlas en otro nuevo mundo, como una estela cósmica, una mitología de signos que hubiese sido construida a partir de breves relatos.   Virtual batalla entre la realidad y la ficción, fugas en constante desarrollo tal si se propusiese traer de vuelta al mundo los rescoldos de lo que, perdido, pudiere ser recreado a través de la energía consoladora de la pintura.

Recordé también aquel “tu don nos enciende y nos lleva hacia lo alto.  Según ardemos, así caminamos”[4], pues como un flujo de conciencia arden sus imágenes sí, tal un Big-Bang de la pintura esas masas de restallante color que, evocadoras de espejismos, instantes que en la memoria aún arden, parecen brotar y sucederse, reflejarse o distorsionarse hasta convertirse en verdaderas ilusiones ópticas surgidas desde una permanente mutación de los empastes hasta alcanzar una vida propia su pintura o, evocando a Pollock[5]:  “the painting has a life of its own”.

Mencionado Jackson, no está mal añadir que veo la pintura de Lagares más próxima a pintores como Van Gogh, o, en tiempo más cercano, Joan Mitchell o Willem de Kooning, a él le gusta añadir a esta nómina el trabajo carnal de Philip Guston.     Como estos, Lagares establece un espacio pictórico sobresaltado, mas que devuelve al mundo imágenes indelebles, quizás fueron paisaje en ciertos momentos, recuerdos de lo que vio y le conmocionó, pues como un visionario del fin del mundo el pintor nos entrega instantes de la belleza inefable que rodeó su ser y que luego quedaron rescatados de los recovecos de su conciencia.   Es como si su visión no pudiese descansar en un único signo o trazo, en una sola de las formas que crea, sino que, desde unas primeras, prosigue a las siguientes de tal modo que el resultado es pintura pero antes es energía, una suerte de incansado proceso de explosión e implosión continuada que exige a la visión el sentido de síntesis, un ir y venir sobre sus composiciones de forma que aquella energía sugiere la presencia de un desplazamiento de la materia hacia un nuevo reino.   Así sucede, próximos al lienzo somos invitados a otro viaje: tras la experiencia que llamaremos ahora, para entendernos, abstracta, siempre funciona un fuerte componente emocional, vibraciones interiores, pinturas tales pálpitos que viajan desde un lugar ignoto hacia lo real donde el contemplador deviene relevante.   Quizás mucho de este asunto tenga que ver con el aspecto procesual de su pintura, es conocido, grandes masas de empaste depositadas en el lienzo, sobre una previa base o apunte de color, perviviendo anotaciones a veces (algunas permanecerán en la tela) que funcionan a modo no tanto de un boceto como de un primer tejido, una red sobre el vacui donde se instalarán las masas coloridas.   Estas, son depositadas con profusión, a veces con aire de mancha derramada mas, por lo general, serán elevadas mediante los dedos hasta componer formas casi escultóricas.   Estas formas pueden ser monocromas, pero en muchas ocasiones se componen de un fértil encuentro de colores surgido desde ese azar controlado de los racimos de óleo.

En sus estudios de Bellas Artes, desarrollados entre Altea y Sevilla, Lagares fue formado en las materias clásicas recibiendo, en la última ciudad, las influencias de una cierta escuela sevillana de grises, aquel paisajismo derramado, líquido y desvaído, que parecía ser nota común en mucho del paisaje contemporáneo sevillano.   De alguna forma, su exaltación del color parecería reacción a ese mundo, fértil mas con frecuencia concentrado en el temblor de la grisalla.    Lagares parecía así contestar a la contención con exaltación y demandar permanentemente que la contemplación prosiga sus propias investigaciones formales más allá del espacio del cuadro: el otro debe participar en ellas, dispuesto a compartir la especulación y el viaje por los sucesos que acaecen en las formas.   Tal si, para tener sentido su obra, esta fuese disgregada en múltiples sentidos convertidos en destellos de aquel sentido primero.  Y quizás porque cualquier acción pictórica llama a su opuesto, Lagares puede desplazarse desde obras más densas, restallantes, gozosamente matéricas, casi carnales, a pinturas en las que asistimos al elogio de un cierto recogimiento.

Adiós a la planicie de Mister Boogie Woogie Man, pues su propuesta de ver podemos decir que pone en jaque a la propia mirada, las ideas heredadas sobre las imágenes, inclusive la evidencia de lo real.   Quedan desplazadas sus propuestas hacia un territorio nuevo que, refundado, no está exento de verdad, es su respiración y reposo, pues Lagares asiente que el contemplador no es un ser pasivo, sino que tal desfallecimiento puede conducirle a tentar la verdad, debe ir y volver en torno a las imágenes creadas, sobre la profusión del color cuya entidad con frecuencia da título a las obras de este 2019 que ahora presenta:  “Blue VI y XX”; “Blue and yellow II”; “Cadmium red I y II”; “Green”; “Orange II”; “Purple II”; “Red (I) y VI”; “Royal blue II y V” o “Yellow (I), II y X” (2019).

Incluso en la oscuridad se plantea Lagares restituir las historias, pues especialmente conmocionantes son sus pinturas que titula “Black”, que le devuelven a esa estirpe de soñadores de lo negro, sobre la negritud brotará la gloria de las imágenes.  Un negro que ha estado en la historia del arte español, recordemos a Goya, Ribera, Sánchez Cotán o Zurbarán, las pinturas bituminosas de Darío Villalba, ejemplos de poderosa quietud destilada desde el negro.  O los negrísimos de Soulages, los “Blind spots” (1951-1953) de Pollock sobre los que decía el poeta Frank O’Hara que “they are disturbing, tragic works. They cry out”[6].    Con las “Black Series” (1958-1960), de Frank Stella, no habría lugar a la confusión: lo que ves es lo que ves, sentenciaría, que nos devuelve a evocar a Kazimir-cuadrado-negro-cuadrado-negro.  A las “Black Paintings” (1953-1967) de Ad Reinhardt.  Contemplando recientemente un hermoso díptico negrísimo en el estudio de Lagares en Bollullos del Condado, pareciere también negación de su honda alma colorista o nueva ruta en los caminos de su quehacer; pensé era tal si indagase entre ocultas verdades, pues Lagares tienta elevar sus cuadros negros trastocando color por luz, utilizando ésta como un material pictórico, revelación entre las tinieblas, asistiendo a un combate entre formas de ensueño y las sombras.   Pozo profundo que contendrá historias, díptico negro concebido por un noctígrafo que somete los lienzos a las irisaciones de los brillos del pigmento, pensé en aquellas historias africanas que narran los diamantes que permanecen en la arena y que ofrecen sus irisaciones entre el sílice, como gotas de rocío en los días cuando la luna es plena.  Como rehaciendo el trayecto de sus ojos, nuestro pintor ofrece al aspecto mate de algunos otros pigmentos, pensé también de este modo quedaba encarnado en la cofradía de los monocromos pues, al tender un color único sobre las formas y extensión que componen una pintura, parece tentar al silencio.  Se eligió “eso” y se prescindió de lo “otro”, de tal forma que la monocromía refiere también las posibilidades creativas de la negación, inclusive el apartamiento del artista a un lado del camino del mundo.    Misterioso silencio de la pintura, dominio de lo invisible, mundo de arcanos que me acabarán recordando la epifanía luminosa de las pinturas de Mark Rothko, ese pathos cósmico, un dios desconocido perseguido -sin fin, hasta el fin-, emblema del embate con la luz, claro, frente a ese díptico subrayé a Lagares su avance en la penumbra en múltiples direcciones[7].   Tempestad de negritud monocroma, goce de la inmemorial escuela de artistas que han reflexionado sobre formas visuales de lo compacto monocromo, pienso en artistas latinoamericanos como Sérgio de Camargo y Nedo[8], o tantos otros: Malevich, Nevelson, Newman, Noël, Klein, Reinhardt o Still, deriva de la variación y el vacío.    Activando espacios, parecen proponer sus pinturas así sometidas a lo negro que me lleva a evocar una mención de Clyfford Still: apaguemos las luces, “los cuadros tienen su propio fuego”[9].  Dura el silencio.  Oscuridad evocadora de los “Black and Greys”, de una negra luz rothkiana, pero no tanto como “vacío” ni espacio extinto sino, más bien, portando un vigoroso silencio, quedando el artista desplazado en atenta escucha, semejare deseoso de colaborar en el acto de aparición de las formas.  Tentando la verdadera visión entre el negro, esa puerta abierta al abismo.

Mira vivir la pintura, pues retornado al color, las masas de pintura de Lagares estallan aquí y acullá, carnescentes a veces, pareciere inalcanzables en su reverberación, en idas y regresos, preguntas o respuestas elevadas en el pigmento.  Evocando flores de pintura de un contemporáneo Arellano o Seghers, Lagares no es un expresionista abstracto sino que, más bien, se abre camino a través de un lienzo, activándolo con sus dispositivos de manchas como racimos, unas manchas que son más como el ámbar y sus historias contenidas que la puridad vibracional de la masa de color.  En ese sentido, se halla más próximo a las preguntas de los cubistas sobre cómo crear imágenes que a las propuestas automáticas de los surrealistas.   Pintor reflexivo, su pintura porta un aspecto metapictórico, pues también habla de la pintura, del hecho de pintar y la introducción, en ocasiones, en los lienzos de las paletas que utiliza en la acción, refiere ese carácter de disolución de la materia pictórica en el propio magma que compondrá el cuadro.  Es Lagares pintor audaz, sin esquivar la elegía, nuestro artista defiende la materialidad y organicidad del pigmento, desplazado hacia un reino emocional de energía y liberación, un pigmento de vívida coagulación generadora de formas que acaban tallando un nuevo reino en el espacio.  Invitados quedamos a indagar en los remolinos y reflejos de esta capa de imágenes, con aire de fluidas y frescas o, desde ahí, un nuevo impulso, subir hasta la tierra, oh tierra transfigurada y su puro cielo.

Pintura de fuerza persistente, pareciera a veces al límite del colapso, Lagares es ultratáctil y ultrapictórico en su huida del vacío, portando una trágica tensión que no por tensión es menos bella, extática, pues nos sitúa en el centro de la cuestión sobre lo real, el espacio y su posible plenitud.  Pintor de extensiones, muy hacia fuera, es capaz de plantear ese sentimiento pictórico junto a recogimientos o interrupciones capaces de crear un nuevo mundo surgido desde los márgenes de la visión, como sentenciando aquello que recuerdo ahora de Jabès, “al margen nos volvemos intocables”[10].

Y mención, que no aparte, para sus cerámicas.   Es sabido que los grandes pintores han trabajado la cerámica, en ocasiones como un fructífero territorio al margen de la pintura, citemos los ejemplos de Barceló, Chillida, Miró o Tàpies, para quienes el acercamiento a la fábrica de la tierra no ha sido un capítulo de ensayo de su trabajo sino que se ha constituido como un verdadero ciclo de su quehacer.    Mirada enriquecida por su conciencia de pintor, para Lagares sus insólitas y misteriosas cerámicas, vistas ahora por vez primera, completan su ser de artista, como puede apreciarse en las dos piezas protocilíndricas que aporta a la exposición.   Éxtasis de la belleza convulsa, como en “Moss Green” (2019), musgoso tronco con aspecto de cerámica surreal (he recordado las puertas del infierno de Rodin, la escultura blanda de Medardo Rosso o ciertas esculturas del Oriente) que hubiese sido rescatada tras la inmersión centenaria entre las aguas, elevadas luego con adherencias tal fósiles inmóviles: musgos, elementos vegetales, formas blandas que hubiesen quedado fosilizadas, como un árbol del abismo submarino visto por Nemo en su confortable reino metálico, criaturas abisales sostenidas en la superficie.    Estelas de ensoñación en la noche que envuelve a los mundos, “Ultramarine blue” (2019) tiene carácter de tótem con algo de cielo vaciado o vegetal congelado, como aquellos objetos naturales inflorescentes de Raoul Ubac, tal las extrañas colecciones de objetos encontrados de Breton, pues parecieren conservar sus hojas, láminas de cerámica, arborescencias en donde se posan los pájaros nocturnos de Miró[11], con “el ímpetu del árbol mudo que le planta cara a la tierra”[12].

Pintar, considera Lagares, es restituir el sueño a los lienzos.  Un inquietante viaje que no cesa, -marea plástica era el título de una de sus exposiciones últimas[13], de lo que parecieren extensiones reunidas en un centro, encerradas o recién liberadas, viajeras a lo que se despliega.    Crear, sostiene nuestro pintor, es pensar en crear: es referir el enigma de lo visible.    Territorio de un nuevo extranjero, es desplazada la aparente intensidad física, quizás la aparente violencia, hacia lo bello, defendiendo Lagares que jamás es el espacio un lugar de reposo, un punto homogéneo en donde se eleven imperecederas las imágenes sino que, más bien abismo, las nuevas imágenes por él concebidas establecen su propia autonomía de tal forma que, frente a su pintura, sólo queda una opción: la escucha, la mirada.

Tierra transfigurada, dijimos, que cuestiona la idea de la pintura, escapando de los límites por los que ha transcurrido su historia, el infatigado quehacer de Lagares ha sido articular una estrategia de secretos signos, un espacio ardiente y numinoso, a modo de un corte entre lo visible.  Ah, cómo resplandece el mundo bajo la luz[14].

_________________________________

NOTAS    AL    TEXTO

[1] MICHON, Pierre. Los Once.  Barcelona: Anagrama, 2010, p. 16.

[2] CLAIR, Jean. La part de l’ange.   Journal 2012-2015.  París: Gallimard, 2016, p. 259.

[3] CHEEVER, John. Diarios. Barcelona: Literatura Random House, 2018, p. 442.

[4] “Tu Don nos enciende y por él somos llevados hacia arriba: nos enardecemos y caminamos (…) Con tu fuego, sí; con tu fuego santo nos enardecemos y caminamos”.  Agustín de Hipona-San Agustín, “Confesiones en trece libros (Libro décimotercero)” (“Mi amor es mi peso”, Capítulo IX), c. 397-398.

[5] “When I am in my painting, I’m not aware of what I’m doing. It is only after a sort of “get acquainted” period that I see what I have been about. I have no fears about making changes, destroying the image, etc., because the painting has a life of its own. I try to let it come through. It is only when I lose contact with the painting that the result is a mess. Otherwise there is pure harmony, an easy give and take, and the painting comes out well”. POLLOCK, Jackson. Possibilities I.  En “Problems of Contemporay Art”.   Nueva York: George Wittenborn, Inc. Vol. 4, 1947-1948.

[6] O’HARA, Frank.  Jackson Pollock.  Nueva York:  George Braziller, Inc., 1959, pp. 30-31.

[7] DE LA TORRE, Alfonso.  Pablo Palazuelo. Poemas.  Madrid: Ediciones del Umbral-Colección Invisible, 2015-2016.

[8] Sérgio de Camargo (Rio de Janeiro, 1930-1990) y Nedo (Nedo Mion Ferrario, Milán, 1926-Caracas, 2001).

[9] La cita sobre Still es de AUPING, Michael. “Clyfford Still y Nueva York: el Proyecto Buffalo”. En: Clyfford Still. Madrid: Museo Nacional Reina Sofía, 1992, p. 38.

[10] JABÈS, Edmond.  El libro de Yukel (1964).  Madrid: Ediciones Siruela, 2006, p. 318.

[11] Estoy pensando en su “L’oiseau se niche sur les doigts en fleurs” (1969).

[12] ELUARD, Paul. Es una de las definiciones de “árbol” en: BRETON, André-ELUARD, Paul. Dictionnaire Abrégé du Surréalisme.  París : Galerie des Beaux Arts, 1938.  Versión en castellano Diccionario Abreviado del Surrealismo.  Madrid: Ediciones Siruela, 2002, p. 18.

[13] Galería Aurora Vigil Escalera, Marea Plástica, Gijón, 12 Agosto-13 Septiembre 2016

[14] CHEEVER, John.  Diarios.  Op. cit.