SEBASTIÁN NICOLAU. PRÓLOGO A MERCURIO ENTRE LOS DEDOS

SEBASTIÁN NICOLAU. PRÓLOGO A MERCURIO ENTRE LOS DEDOS

Prólogo
Sebastián Nicolau: con la cabeza en llamas

Alfonso de la Torre

 

Pensé en Beckett, al referirme Francisco Sebastián Nicolau (Valencia, 1956) por vez primera estas páginas, una tarde estrellada en la azotea de Ana. Nos miraban los cuévanos de las medianerías: “hors crâne seul dedans / quelque part quelquefois / comme quelque chose / crâne abri dernier / pris dans le dehors”. Y pienso que este libro, devenido su obsesión en los últimos años, ha sido tentado por una verdadera cabeza en llamas, tal escrito en un culto afterhours. Sebastián Nicolau amaneciendo sentado escribiendo, frente a la dudosa luz del día.

Un vaciado, una especie de exorcismo.

Ardemos, entre la espera o el deseo, caminamos. Siendo la escritura que sigue intensa, semejare portar un sereno estoicismo capaz de ejercer, también, el elogio de los placeres de la lentitud, ya se sabe, antigua: música, lecturas, citas, pinturas y fotografías, canciones, recuerdos de amigos o cine. Lo que se elige y lo que se descarta (“no recuerdo gran cosa, pero esto sí”, llega a escribir). Mostrando así como cualquiera de nosotros somos, -acabamos portando el rostro de-, los objetos, las personas y los lugares que nos han acompañado. Lo comprendo, mercurial Sebastián Nicolau, esta loa tuya a los hoteles, tiovivos, noches y días, viajes, estrellas, relojes, piedras, fotografías, músicas o mapas, tal fulgurantes reminiscencias que compusieron un país llamado Vida.

Somos quienes somos gracias a los encuentros, y brillan estas palabras, refulgen sus imágenes como peces dorados que fueron, que son, tal relámpagos en el abismo deslumbrando un día de ceniza. Resucitan los amigos, que idos jamás marcharon y las páginas lo ilustran, caramba, parecieren héroes a los que Sebastián Nicolau rinde homenaje, pues en estampida vuela el tiempo, -leo hojeando al azar (un buen método para su lectura)-, como el pensamiento. Libro de notas estas páginas, que me acaban recordando a los ‘Biji’ chinos, purga del corazón. Sí, tiene un lado chino este libro casi epigramático que parece componerse con citas a la nada, alegorías, fragmentos o parábolas, perspectivas oblicuas, palabras algunas endiabladamente oscuras pero que leo energéticas. He recordado el delicado “Libro de la almohada” de Sei Shōnagon que tradujeron Borges y Kodama, la lista de las pequeñas cosas anotadas, en este caso como si se tentara el fin del tiempo.

Es extraño el mundo, es el vivir extraño e indisciplinada la vida. Y resucita nuestro autor rescoldos entre el reinado imprescindible de voces de locos: Artaud, Capote, Faulkner, Gould, Houellebecq, Losey, Melville, Plath, Shelley o Verne. Uau!. Clamor babélico de las lenguas. Oh dulce momento, oh hora inefable: evoca cosas Sebastián Nicolau trasmutado en un Proust bizco, pareciendo portar una memoria distraída, viajando a través de lecturas, notas, entre citas e interrupciones nos lee su libro interior poblado de signos desconocidos. Aquí no hay logos, hay jeroglíficos (tal recordaba Deleuze): escribir es interpretar lo que ya está escrito y es ilegible. Y recuerdo ahora la lectura de otros libros de notas: Auster, Gide, Gombrowicz, Kafka, Pavese, Piglia o Tolstoi, jirones de vida que se alejan de la ilusión narrativa, al cabo la literatura diarista semejare desarmada pues refiere la importancia de escribir sin autocomplacencia, contra uno mismo, disgregando el sentido.

Ciertas existencias ajenas pueden acabar conteniendo la nuestra. Miro al suelo, llevo tiempo encontrando piedras con formas de vanitas, cantos rodados con ojitos y sonrisas zumbonas que me saludan entre la arena: ser piedra, muchas debieron ser, como nosotros, arrastradas por el río hasta llegar a su singular estar (“es el curso de la vida”, cita a Arendt). Remoto y cercano, a veces ejerce un lenguaje imposible nuestro artista, tal armado de una máscara fulgurante, una ostraneniedel decir, un mundo poblado de secretos, la exhibición de un lenguaje privado. Sí, habla Sebastián Nicolau con nadie, tal si estuviese en otro mundo, pero no está solo.

Como el Beckett que fracasa y no fracasa, son palabras o no son palabras, decires y no decires. No y sí, estas palabras que se presentan en este volumen tan tembloroso, son casi una epifanía que creció entre el libro y su lámpara, pues en las páginas que siguen palpita la aporía del misterioso desconocimiento del sentido inmediato de las mismas, en un permanente distanciarse y retrasar en relación con dicho sentido, a pesar de lo cual hace visible un misterioso orden, nuevo resultado de la inversión del sentido original de muchas de las citas que, ahora, nuevamente recosidas como en sus pinturas, puntada tras puntada sobre una nueva superficie, resuenan con voz propia. Vivir es gozar entre fracasos y, a fuerza de referir la muerte, Sebastián Nicolau exhibe pasión de vida. Vida, también, hecha jirones. Una cita para el repertorio, otra, esta traída ahora: “La belleza no tiene otro origen que la herida, singular y distinta para cada uno de nosotros, visible o escondida, que todo hombre guarda dentro de sí, que preserva y en la que se refugia cuando quiere retirarse del mundo para hallar una soledad temporal pero profunda”, es Jean Genet escribiendo sobre Giacometti. Vive Sebastián Nicolau en la visita a esa habitación propia que es su propio cráneo, de donde recoge las páginas que siguen.

Y tropiezo finalmente con los versos de San Agustín: “tu don nos enciende y nos lleva hacia lo alto. Según ardemos, así caminamos” y concluyo que estas páginas parecen revelar ciertos lugares de su región secreta, otras confesiones. Mas no olvidando que este es libro de un verdadero artista y, como en su obra plástica, pone en juego ciertos dispositivos que ha inventado, incluso pareciendo en ocasiones ponerse en peligro. Elogio de la resistencia no es este un excursusalejado de su verdadero ser creativo, sino más bien un mundo de huellas muy de nuestro tiempo dislocado.

La clave, haberlo escrito como se respira, bien adentro, y de tal modo pareciere así que Sebastián Nicolau ha alcanzado, en el transcurrir de la vida incluso en sus zonas de sombra, el acceso a ciertos conocimientos prohibidos de lectura imprescindible pues, “quién no sentiría placer portando lámparas auxiliadoras a través de la oscuridad” (Francis Scott Fitzgerald en “Tender is the Night”).