TERESA NAVARRO:   EPÍLOGO

TERESA NAVARRO:   EPÍLOGO

Texto publicado en el catálogo
TERESA NAVARRO. EPÍLOGO [CUARENTA AÑOS DE PINTURA] (19/06/15-20/07/2015)
Madrid, 2015: SALA DE ÁMBITO CULTURAL-EL CORTE INGLÉS, MADRID, CALLAO-ITINERANTE (2016) A CASA DE IBEROAMÉRICA, CÁDIZ

 

Acabo pensando, al tentar estas líneas, que el trabajo de Teresa Navarro Ruiz (Baza, 1949-Madrid, 2015)[1] fue siempre, antes que nada, un extraordinario contenedor de energía.  Eso es.  Mas a lo largo de su trayectoria se sintió capaz de mostrarse austera, contenida, pareciere retratando emociones secretas, a la búsqueda de la distinción de lo sencillo, que dijera Wilde.    Pienso que fue también una artista fascinada por los universos extraños, tentando lo que pudiere ser, aun de aire evanescente, una imagen poderosa.  Lo importante, decía Cézanne, es tener visiones.  Mas sin esquivar jamás un poderoso hacer, un entendimiento del oficio del pintar en el que era capital ese ejercicio intenso del estar en la creación.  Viajera desde horizontes del color a la hondura de los grises de ceniza.   Así, signos, trazos, manchas contenidas, medidas escrituras sobre la superficie del plano de la pintura.   Atmósfera de un mundo pictórico que, pareciendo entretejer el tiempo con los materiales clásicos del oficio de pintar destilaría siempre, aun en su complejidad compositiva, despojados silencios rothkianos.   Catarsis, bolsas de silencio, extensiones -tan necesarias, que diría Rothko[2], para arraigar y crecer-, la pintura de esta creadora reveló el quehacer de una artista verdadera, defensora de la fe en el trabajo: la tarea pictórica fue su único objetivo en casi cuarenta años[3] siendo capaz, durante ese tiempo, impenitente, de iniciar en su estudio a diario la brega solitaria con la pintura.   No hay arte sin obsesión, sentenciaba Cesare Pavese y, -escondido su atelier bajo las copas de los árboles, contemplado a diario el cielo madrileño desde su estudio-burbuja-a-las-nubes-, la disciplinada pintora permanecería inasequible a los avatares que la vida deparaba prosiguiendo, sin pausa, su tarea de pintora.  Desaparecía, Teresa, también cuando descendía a su estudio.  Pudiendo sentenciar sin dudarlo que: era verdad, era una artista.

Es posible también escribir, comenzando estas líneas, que su creación se movería en un mundo abstracto, que era vindicado con gozosa plenitud dentro de lo que, simplificando, se podría ordenar en la abstraction lyrique o, por reiterar otro término afrancesado que me gusta, l’envolée lyrique, la marejada, el arrebato, la compulsión lírica[4] o, dicho de otra manera y más sencilla, el trabajo de Teresa Navarro era una mirada de esencia poética sobre la pintura que le llevaría, por ejemplo, a titular uno de sus cuadros “Canción imaginada” (2006), buen término y casi definitorio de ese encuentro inefable, casi numinoso, entre poesía y pintura, algo que le era propio, “canción” e “imaginación” o, lo que es lo mismo, un inquietante y feraz acuerdo entre gesto y contención, de habitual reñidos en la historia de la pintura. Y, así, el orden de la composición se encontraba en la pintura de Navarro con un gesto contenido, sometido al rigor mental, no estando exento su trabajo de la tensión consiguiente entrambos encuentros de apariencia dispar.   Atrevida tarea acometida por esta pintora, valeroso su quehacer que sería capaz de enfrentar, sin más, un mundo despojado de formas y colores. Pues, ¿hay algo más difícil, en nuestro tiempo, que trazar signos o aplicar manchas sobre el blanco espacio de la superficie pictórica?.   Empero, es posible afirmar que su abstracción fue siempre extremadamente personal, -precisamente “Mío” titulará uno de sus cuadros de 2008 que portaba ese término pintado en el lienzo-, mundo propio de una pintora autora de una composición y colorido singular, ofreciendo una gama cromática de un cierto ascendente natural, frecuentando verdes, malvas y tonos tierra, también unos azules destellantes, profundos, potentes, que le significan.   Sobre este particular, escribe Ramón Pernas en su texto en esta publicación que: “Los colores de la vida han sido una constante en la propuesta pictórica de Teresa Navarro, evitó las sombras, no veló la luz que mantuvo desvelada en una suerte de sinfonía cromática de magentas, de bermellones, de azules, de colores que estaban dirigidos al centro de la retina, y que se fijaban para siempre en la mirada”.   Colores todos ellos que podían virar en ocasiones, como si tal cosa, desplazándose a un inquietante reino dominado por contundentes grises, pareciendo a veces viajar desde el citado mundo del color refulgente al murmullo del gris polvoriento, que otorgaba a veces una luz como de plata vieja a sus pinturas, una luz distinta, grises de la promesa[5], y que también podrían remitir a la visión de una cierta extrañeza que embargaba sus paisajes de intensidad luminosa.   Sabia utilizadora de esos grises, que la pintora promovería, escribía Josep María Cadena, “para expresarse con propiedad” y que le llevarían a proclamar en uno de sus cuadros otra auténtica declaración titular de principios, que volvía a recalar en la obsesión citada al comienzo, título con aire de fogón de la pintura, de alquimia trasmutará la nada en gozosa inmensidad: “Algo morado, algo azul, algo gris, algo obsesivo” (2007).   Pues no era este el lugar para incontenidos delirios abstractos, para el gesto sin medida o para el arrebato sin más, sino más bien el espacio calmo para un arte que, aunque ya dijimos exaltador del colorido, de una cierta joie de vivre que a veces parecía revelar a la artista en una impresionista abstracta, mostraba su deseo de ordenar el mundo pictórico, manteniendo para ello unas ciertas estructuras en el marasmo del gesto, pudiendo así decirse que se trataba de una abstracción contenida, en la que dominaba el sabio uso del color.   Desde la defensa de la pureza de estilo, a la búsqueda de lo que podríamos llamar, emulando a Nicholson, una claridad esencial[6], su pintura era entonces un arte que enlazaba con la tradición pictórica heredera de los grandes nombres abstractos del siglo veinte, en especial podrían en su quehacer hallarse ecos derivados de la estela épica de la neoyorquina action painting, desde allá finales de los años cincuenta, alguna vez le cité a Diebenkorn o Clyfford Still.   Mencionados ya algunos precursores, otras hermandades serán referidas líneas adelante.

“No te conformes”, era el título de otro lienzo de 2008, siendo posible escribir que la aproximación de Navarro a la historia de la pintura trataba una tradición revisitada, muy llevada a lo propio, abstracción-a-lo-Navarro sería posible escribir, pues forma, espacio y color, se convertirían en un totus desde los que la luz y ciertos signos, elevados sobre un aire misterioso, organizaban el espacio pictórico de sus pinturas o collages, sustanciado este espacio en un mundo de transparencias y atmósferas que derivaba en un personal sentido de la estructura del cuadro que a veces parecía comportarse con aspecto de red, trama de signos soportados en la propia estructura del espacio del lienzo.  Referidas las “atmósferas”, -“Aire” (2012) titularía, precisamente, una de sus obras-, la citada plenitud de la pintura era la vindicación del más absoluto goce del color, la mencionada joie que no esquivaba la meditación.  Pintura sustanciada en un agitado plano de colores donde se sugería un mundo fantástico, exaltador de la emoción, también de la sensación y el equilibrio surgido frente a un espacio intemporal.  Otrosí, a su pintura le iría bien el calificativo de “sideral”, caro adjetivo utilizado por José María Moreno Galván en el sentido de cósmico e intenso.    Podríamos definirlo, en uso aplicado a lo pictórico, como lo que es capaz de provocar honda e intensa reflexión intelectual desde la más despojada desnudez.

La pintura de Teresa Navarro podría, como vemos, calificarse de abstracta, mas insistiremos fue siempre contenida a pesar del despliegue de signos y extensiones de color,  siendo de rigurosa composición y preocupada por cuestiones afectas al trazo.  Colorista irremisible, ya lo citamos, su pintura había tendido hacia la depuración del color, preocupada por la exégesis creativa y el uso de un despliegue contenido de medios: frecuentado viaje entre exceso y contención, pues su actuar como pintora fue trazado con pasos tan medidos como sigilosos: que nada estorbe, parecería sentenciar Navarro con frecuencia, y así podríamos decir que algunas de sus pinturas tendrían ese aire zen que parecen sugerir ciertos títulos de obras últimas: estoy pensando en pinturas como “Sobre tierras japonesas” (2007) o “Tibet” (2012).   O, como no, el esencial último tríptico que quedó, casi terminado, en el caballete, elogio de azules grisáceos, de una luz de ceniza.    Y viene pintiparada esta cita de Shitao que sigue, en la que pensaba siempre que veía su obra, sobre la declarada búsqueda espiritual de la pintura, elevación del espíritu dominando la superficie del cuadro: “En medio del océano de la tinta, asentar firmemente el espíritu; ¡que en la punta del pincel se confirme y surja la vida! En la superficie de la pintura, efectuar la metamorfosis; ¡que en el seno del caos se instale y brote la luz!.  En este punto, aun cuando el pincel, la tinta, la pintura, todo, quedara abolido, el yo aún subsistiría, existiendo por sí solo.  Pues soy yo quien me expreso mediante la tinta, la tinta no es expresiva por sí sola; soy yo quien trazo mediante el pincel, el pincel no traza por sí solo.  Doy a luz mi creación, no es ella quien puede darse a luz a sí misma”[7]. Pintura inabarcable, su presencia pictórica se alzaba con voz propia.

Así, podríamos relacionar la forma de concebir la creación de Teresa Navarro con una particular escuela pictórica que hiciera del signo y del color, un elemento de trabajo.  Y estoy pensando en otra artista, Sarah Grilo[8], esa pintora concentrada y alejada del mundanal ruido, creadora de un arte de sutiles grafismos.    Signos de Navarro que a veces, recordarían, como titulaba uno de sus cuadros, “En la pared” (2008), la poesía escondida que puede hallarse en ciertos graffitis urbanos, irremisiblemente ya vindicados para el arte de nuestro tiempo por la luz surrealista en las fotografías de Brassaï[9].

En todo caso, en sus exposiciones de los últimos años[10], también parecería Navarro referir su particular forma de entender la pintura en un mundo, el del arte, proclive a la proclama de certezas, al navegar, como hiciera ella, con severidad, con concentrada austeridad, -“Mar del Norte” será el título de uno de sus esenciales, por rotundos, polípticos de 2008-, entre la sutileza de los diversos matices de gris, con declarada vocación de elevar gestos de interior.   Las(sus) certezas, de este modo, pasaban a convertirse en interrogaciones  y, en toda su obra, sobre el signo o el color, siempre existía un elemento común: el sentido constructivo y un aire ordenado.   Pintora pues tendente a un cierto recogimiento, muy fértil, inmersa en su mundo interior, -como advirtiera también, sagaz, Cadena[11]-, fue, empero, solemne en la intensa envergadura de sus obras, incluso solemne en el pequeño formato de cierta zona de sus trabajos que tendrían a veces, a pesar de la delgadez vertical u horizontal, un aire monumental, como sucedía en numerosos de sus dibujos.  Frecuentadora de un desaforado dibujismo –y últimamente collagismo– mostraba que Navarro era pintora crédula en el trabajo diario del estudio como esencia de su ser de artista.  Su reconocido sentido abstracto fue ejercido con libertad-libérrima, si se nos permite, y no le impediría hacer guiños, muchas veces surgidos desde diversos matices en el título, a cuestiones que aproximaban su trabajo a una mirada sobre lo primitivo o lo tribal, algo que es sabido se encuentra en el origen de lo contemporáneo.   Ello sucedía en diversos ciclos de su obra, tales a los que llevan por título “Mujeres” (2009-2013)[12] o “Paso de cebra” (2012).   Con predilección por la singularidad de aquellos citados formatos horizontales[13] y verticales, dotados de una cierta ‘delgadez’ en el concepto.

Se trataba de una meditación no exenta de audacia, -ni de “Divertimento”, como titulaba alguno de sus cuadros-, pues era capaz de combinar un aire grácil con enrevesadas formas de aire danzarín, propuesta de una pintura fluida pero que a la vez portaría un componente de quieta densidad, de ralentización glacial de los signos, al cabo portadora de un cierto riesgo al plantear obras en las que la luminosa eclosión del color difuminaba las fronteras entre lo lleno y el vacío.   Irónica con frecuencia, en especial en el glosario titular en el que lo descriptivo se aliaba con la ironía que alcanza grado sumo en los títulos de su serie de “Mujeres” o en el encuentro azaroso con los sucesos de la pintura.

El cuadro pasaría a mostrarse así en gozosa irrupción de los signos que se establecen en el lienzo, al modo de una epifanía de destellos de infinitud, de una disciplinada tempestad de color.   Obras que parecían exceder entonces los límites de la representación, pintura más allá de la pintura, las creaciones de esta artista serían, más bien, nostalgia de un absoluto, pareciendo recordar la fragilidad de las apariencias o, quizás, preguntarnos sobre una  plenitud anterior.

¿Hay algo más misterioso que la claridad?, preguntaba el poeta Valéry.

Hierofanía luminosa en un tiempo, el nuestro, proclive al apofatismo, sus cuadros portaron siempre un gozoso aire abstracto, siendo tan contundentes como exactos, y es que esta artista entendió siempre la pintura como una suerte de venturosa claridad,  incandescencia destilada entre la pureza de la línea y del color, al modo de un lírico destino, un sagrado embate con la luz.  Un diálogo con un aire casi empíreo frente a la pintura.     Escribió Cadena, en el texto que venimos citando, que en “el hacer pictórico de Teresa Navarro hay el afán de construir a partir de lo que aparece contradictorio. Su abstracción no es de las que descomponen lo existente para hallar el espíritu, sino que parte del mismo para que en nuestro ánimo podamos hallar la felicidad de sabernos intérpretes de la propia vida en relación con los demás. Continuamente construye y, aunque en ocasiones se muestra irónica con su condición de mujer –fijémonos en cuadros como ‘Mujer sentada con gran tocado’, ‘La más elegante’ y ‘No te conformes’- lo hace siempre dentro de su viaje en busca de la verdad, de la paz, de la permanencia de las ideas más nobles. En lenguaje simbólico creo que la pintora sigue una vía regia, la directa y más recta posible hacia la mayor presencia del espíritu de la luz a través del color”[14].

Aire pictórico evocador de un espacio cósmico, tensión de la pintura surgida en una extraña suspensión del tiempo, sus formas y colores compusieron un universo creativo de aspecto atmosférico, a veces como apariciones asomándose a una hondura cósmica, -“Acaba y empieza” titularía otra de sus pinturas de 2013-, algo así como ofrecer un orden en las cosas o, lo que era lo mismo, elevar un cierto orden entre la pintura y el tiempo.  Citamos para comenzar a Rothko, concluyen sus palabras.  Él escribió aquello sobre cómo el curso de la obra de un artista, a medida que avanza en el tiempo, debe ser hacia la claridad, hacia la eliminación de todos los obstáculos entre el pintor y la idea, entre la idea y el espectador y alcanzar dicha claridad será, inevitablemente, avanzar hacia la comprensión del quehacer creador.   “Pintar es solo eso, un retrato del tiempo que nos ha tocado vivir”, escribe Pernas.

Puesta en entredicho de lo obvio, la pintura de Teresa Navarro mencionó siempre la sospecha de la existencia de lo invisible, de lo que se ocultaba en el mundo de la realidad.   La emoción de la percepción resuelta a través del universo de los signos pictóricos que le permitía captar y transmitir al mundo la experiencia percibida, adivinando la impalpable certeza de las cosas.   El arte no expresa lo visible, sino que hace visible lo inefable, es la voz de Paul Klee[15].

 

Teresa Navarro web

SIN TÍTULO-BODEGÓN ,1999. Técnica mixta sobre papel. 67,5 x 97 cm.

 

Y EPÍLOGO A “EPÍLOGO”

 

“Epílogo”, es título acertado que debemos a Ramón Pernas.  Él lo explica en su texto que antecede a este.

Ansia por conocer el arte, ese era estado habitual de Teresa Navarro, un incesante querer saber todo lo que tuviera que ver con lo artístico: técnicas, estilos y artistas, museos, exposiciones y publicaciones, arte de nuestro tiempo o creadores del pasado.   Siempre presente en las inauguraciones de las intervenciones planteadas por “Ámbito Cultural” en el tiempo de ARCOmadrid, en los escaparates de “El Corte Inglés”, junto a sus compañeras del Ateneo madrileño, con dicha feria tuvo también otra vinculación con la didáctica infantil del arte de nuestro tiempo.     Quizás uno de mis mejores recuerdos, echando la vista atrás, sea nuestro encuentro en el Centro José Guerrero, en su Granada, con ocasión de la inauguración de la exposición Manuel Rivera: De Granada a Nueva York. 1946-1960 (2012).  Tríada granadina, otras evocaciones me la devuelven, siempre junto a Pedro, en la galería Fernández-Braso, ahora evoco inauguraciones de Pablo Palazuelo (2011) y Carmen Calvo (2013), en esta exposición apresurada, a punto de viajar para visitar el Hermitage Museum.   Y, la última vez, vuelvo a recordarla en la galería Odalys, viendo “El trabajo de lo visible”, hace apenas unos meses: “vivimos en un mundo de enigmas”, era cita que abría esa exposición[16].    Estas líneas no desean ser clásico panegírico obituario sino, más bien, recordar su completo ser de artista, su integridad como creadora, y subrayar que no estábamos ante una pintora casual, sino ante una verdadera practicante del oficio de pintar, quizás recordando su encuentro con el grancanario Pepe Dámaso, otro artista nervioso, a ambos sería posible aplicar aquello de Pavese, mencionado líneas atrás: “No hay arte sin obsesión”.   Es sabido que un tiempo de la vida de Teresa transcurrió en Canarias en donde, además de la amistad con Dámaso, impulsó también ciertas zonas de la actividad artística local.

La pintura, el arte, desde sus estudios de Bellas Artes en la frecuentada academia madrileña de Eduardo Peña o su inmersión en el mundo calcográfico, -del estudio en un ángulo oscuro permanece un tórculo de Marciel Azañón-, ocuparon todo su tiempo.    Días que también quedaron consumidos en la gestión de la dirección de la sección de Fotografía del Ateneo de Madrid, en donde expondría a finales de 2013 componiendo, bajo el título (concebido por ella): “El color, la impresión y la expresión”, una extraordinaria exposición que recibió unánimes elogios críticos y publicando un hermoso catálogo que ella concibió con la ayuda, en el diseño, de su hija Sara.

En mi texto ya he referido su constante quehacer, -eso es lo principal-, enfrascada cada mañana en su estudio, en incesante actividad.    Una ocupación, casi hiperactividad, que apenas se vio frenada por el pesar de la enfermedad que, por ella, era mirada de soslayo, casi con desdén.  Creciendo cada día, entre el malestar, el goce, el placer, la joie de pintar.  “No te conformes”, era el título ya citado de un cuadro de 2008, presente en la exposición. Como escribe Ramón Pernas, “la enfermedad y el dolor no cabían en sus cuadros, por donde se desangraba un optimismo sincero que en Teresa era una definición vital”.

Veo a diario otro cuadro suyo en mi estudio, una de sus pinturas verticalísimas de la serie de “Mujeres”.   Y recuerdo ahora, hace unos días, a la pintora Marta Cárdenas contemplándolo quieta y preguntándome por su autora para sentenciar que, aquella: “Sabía lo que se hacía, qué bien está pintando y qué extraordinario dominio del color”.

 

BIBLIOGRAFÍA SOBRE TERESA NAVARRO (SELECCIÓN)

-Mateo Berrueta Echave, “La creación infinita de Teresa Navarro”, en “Teresa Navarro”, Centro Municipal de las Artes, Alcorcón, 2006, p. 5

-Mateo Berrueta Echave, “La desfiguración de la forma con la potencia del color”, en “Teresa Navarro”, Caja de Ahorros del Mediterráneo, Alicante, 2009, pp. 5-9

-Mateo Berrueta Echave, “¿Quién es Teresa Navarro?”, en “Teresa Navarro”, Ateneo de Madrid, Madrid, 2007

-Josep María Cadena, “Teresa Navarro: El color como expresión íntima”, en “Teresa Navarro”, Caja de Ahorros del Mediterráneo, Alicante, 2009, pp. 11-17

-Josep María Cadena, “Teresa Navarro y la voluntad de volver a lo primigenio”, en “Teresa Navarro”, Ateneo de Madrid, Madrid, 2007

-Joan Lluís Montané, “Teresa Navarro, la imaginación del gesto y la recreación de los estadios sutiles”, en “Teresa Navarro”, Centro Municipal de las Artes, Alcorcón, 2006, pp. 3-4

-Alfonso de la Torre, “Teresa Navarro: La sospecha de lo invisible”, en “Teresa Navarro.  El color, la impresión y la expresión”, Ateneo de Madrid, Madrid, 2013, pp. 2-13

 

EXPOSICIONES INDIVIDUALES (SELECCIÓN)

Ateneo de Madrid, Sala del Prado, Teresa Navarro. El color, la impresión y la expresión, Madrid, 4-28 Diciembre 2013

Catálogo con texto de Alfonso de la Torre, “Teresa Navarro: La sospecha de lo invisible”, Ateneo de Madrid, Madrid, 2013, pp. 2-13, 40 pp.

-Caja Mediterráneo-Sala de Exposiciones CAM, Teresa Navarro, Alicante, 28 Mayo-26 Junio 2009 y Sala de Exposiciones CAM El Martillo, Murcia, 10 Septiembre-2 Noviembre 2009

Catálogo con textos de Mateo Berrueta, “La desfiguración de la forma con la potencia del color” (pp. 4-9) y Josep María Cadena, “Teresa Navarro: el color como expresión íntima” (pp- 11-17), Alicante, 2009, 52 pp.

-Ateneo de Madrid, Sala Santa Catalina, Teresa Navarro, Madrid, 5-23 Noviembre 2007.  Exposición mostrada posteriormente en Sala de Exposiciones del Arco de Santa María, Burgos (Julio 2008).

Catálogo con textos de Josep María Cadena “Teresa Navarro y la voluntad de volver a lo primigenio” y Mateo Berrueta, “¿Quién es Teresa Navarro?”, Madrid, 2007, 24 pp.

-Centro Municipal de las Artes, Teresa Navarro, Alcorcón, 7-30 Noviembre 2006

Catálogo con textos de Joan Lluis Montané “Teresa Navarro, la imaginación del gesto y la recreación de los estadios sutiles” (pp. 3-4) y Mateo Berrueta, “La creación infinita de Teresa Navarro” (p. 5), Alcorcón, 2006, 24 pp.

-Casa de la Cultura de Las Rozas,  Sala Maruja Mallo, Teresa Navarro, Noviembre de 2007

-Galería DKS, Teresa Navarro, Vitoria, 27 Abril-24 Junio 2006

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[1] Habiendo trabajado con intensidad, durante casi cuatro décadas inmersa en el mundo de la pintura, y por tanto defensora de un trabajo basado en la constancia en la presencia en el estudio, la conocida máxima kleeiana “soy pintor”, su ya dilatado quehacer fue reconocido tanto por la crítica como por su presencia en diversas salas expositivas realizando, en especial durante los últimos años, numeras exposiciones en instituciones públicas, entre las que destacarían las producidas por el Ateneo de Madrid (2013 y 2007), Centro Municipal de las Artes de Alcorcón (2006) o las realizadas en diversas sedes de la CAM (2009).    Junto a su habitual presencia (individual o colectiva) en salas de exposiciones privadas y Ferias artísticas fue estudiosa de las técnicas artísticas destacando su extraordinario conocimiento del grabado.  Colaboró también en el comisariado de exposiciones y en la gestión artística (Ateneo de Madrid).    En nuestro “Y epílogo a ‘Epílogo’” lo explicamos.

[2] “Cuando era joven el arte era una práctica solitaria: no había galerías,  ni coleccionistas, ni críticos, ni dinero.  Sin embargo, era una edad de oro, pues no teníamos nada que perder y sí toda una visión que ganar.  Hoy ya no es lo mismo.  Es una época de inmensa abundancia de actividad y de consumo.  No me atrevo a aventurar cuál de las dos circunstancias sea mejor para el arte.  Sin embargo, sí sé que muchos de los que se ven impelidos a este modo de vida buscan desesperadamente bolsas de silencio en que arraigar y crecer.  Todos esperamos que las encuentren”.  Mark Rothko, “Aceptación del Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Yale”, 1969.  En: “Mark Rothko.  Escritos sobre arte (1934-1969)”, Paidós Estética, Barcelona, 2007, p. 219 (Procede de “Papeles de Bernard J. Reis, 1934.1979”, Archivos de Arte Americano, Smithsonian Institution, Washington D.C.)

[3] Su primera participación colectiva fue en 1986 en Madrid.

[4] (Exposición) L’Envolée Lyrique.  Paris, 1945-1956, Musée du Luxembourg, Paris, 26 Abril-6 Agosto 2006

[5] Josep Maria Cadena, “Teresa Navarro y la voluntad de volver a lo primigenio”, en “Teresa Navarro”, Ateneo de Madrid, Madrid, 2009, s/p

[6] Citado por Norbert Lynton, “Ben Nicholson”, Phaidon Press Limited, Londres, 1993, p. 45

[7] Shitao, “Dadizi tihuashi ba” (Meishu Congshu III, 10)

[8] Buenos Aires, 1919-Madrid, 2007

[9] Y otros artistas de los signos y el color en nuestro país: José Guerrero, Joan Hernández Pijuan, Manuel H. Mompó o Albert Ràfols Casamada.

[10] Las numerosas exposiciones individuales de Teresa Navarro, en especial a partir del año 2000, pueden seguirse en la documentación de esta publicación.

[11] “(…) su pintura es perfectamente advertible que se inmersa en el mundo interior”.  Josep Maria Cadena, “Teresa Navarro: El color como expresión íntima”, en “Teresa Navarro”, Caja de Ahorros del Mediterráneo, Alicante, 2009, pp. 11-17

[12] Obras de la serie “Mujeres” se muestran en la exposición actual, tales a “La más elegante”, “Mujer sentada con gran tocado” (2009); “Mujer organizada” (2011) o “Mujer clásica” (2012).

[13] Tal era el caso de obras como “A la carta” (2008) o su serie “Horizontal” (2009-2011).

[14] Josep Maria Cadena, “Teresa Navarro: El color como expresión íntima”, op. cit.

[15] Paul Klee, “Schöpferische Konfession”, en “Tribüne des Kunst und Zeit”, Vol. XIII, Kasimir Edschmid-Erich Reiss Verlage, Berlin, 1920.

[16] Henri Michaux, “Paul Klee”, Éditions Gallimard, 1950. En : Éditions Fata Morgana, Saint Clément, 2012, p. 21.  Versión española en:  Henri Michaux, “Escritos sobre pintura”, Colegio de Arquitectos, Murcia, 2007, p. 101.