Pitty Ynguanzo

Pitty Ynguanzo

Pilar Rodríguez-Porrero y de Chávarri, Marquesa de Santa Cruz de Ynguanzo (San Sebastián, 1926-Madrid, 29/V/2015).


No era fácil ser galerista en el Madrid de los años setenta.  Pilar Rodríguez-Porrero y de Chávarri, Marquesa de Santa Cruz de Ynguanzo, conocida como Pitty Ynguanzo, realizó, en su sala del número doce en la calle de Antonio Maura, algunos proyectos expositivos que, aún hoy, asombran por su visión temprana del arte contemporáneo.  Estoy pensando en exposiciones que contuvieron obra de “clásicos” como Dubuffet, Leonor Fini, Lèger, Le Corbusier, Louise Nevelson, Nicholson, Tinguely o Marca-Relli, u otra memorable sobre el pop norteamericano (1973).  Un aparte para mencionar también el temprano apoyo -y sin reservas- que esta galería dio al fluxus Wolf Vostell.   Pero también en la muestra de futuros nombres de nuestro arte, luego incorporados a proyectos galerísticos en la Transición.
Apasionada por la moda española, prestando una gran atención al desarrollo de la escultura de nuestro tiempo (Amador, Basagoiti, Broglia, Del Moral, Orensanz, Salamanca, Santonja,  Serrano, Solar, Ubiña o Valdivieso), entre sus virtudes incorporar a entonces “raros” como el Equipo Realidad, Jesse Fernández, José Llanos, Mouliáa o Perdikidis.  O, más aún, los inefables Pin Morales y Román Arango.   Otrosí, el proyecto expositivo de 1988 sobre graffiti, bajo el título de “Crime artists”, que obtuvo una gran repercusión en la prensa de la época.
Tuvo el acierto de aliar en su proyecto a Michel Tapié, el noble crítico del “arte otro”, como asesor de esa galería que adivinaba los nuevos tiempos madrileños y a él se debió una de las primeras revisiones que sobre el grupo “otro”, los japoneses de “Gutaï”, se realizaron en nuestro país (1972) o un inolvidable “happening”, sobre larguísimo papel, de Yoshida.   Me recordaba Juan Manuel Bonet recientemente la espléndida entrevista que a Tapié le hizo en Ynguanzo el recientemente fallecido, tan fina escritura, Santiago Castelo en ABC (9/XII/1972) quien le describiera con su chaleco de raso en la galería del Retiro y la “ligera melancólica de rey en el exilio”.
Aquellos tiempos fueron de vértigo, reinaba otra dama del arte, Juana Mordó, y el mundo de la creación vivía en España la efervescencia de la apertura del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca (1966).  La sala, gobernada con firmeza por Pitty, quedó como referencia en un momento en el que era fundamental eso que algunos llamarían la imaginación pública de las instituciones privadas (Manuel Fontán).   Por allí pasaron: Cuasante, Javier de Juan, Martin Begué, Vega de Seoane o Luis Pérez-Minguez o Vargas, nombres que, como se ve, anunciaban los nuevos tiempos de la ilusionante “movida”.
Mantuvo su galería entre octubre de 1972 y junio de 1999, casi tres décadas.                Citar Ynguanzo obliga mencionar a la coleccionista Pilar Citoler, y la amistad entrambas, pues es cierto que la galería fue fundamental en la formación de su extraordinaria colección y para poder acceder ésta a ciertas obras del contexto internacional.   Así lo hemos recordado siempre.
Evocó Pitty aquel tiempo en sus memorias: “30 años de diplomática y 27 de galerista” (2000). Aquella, concluía con acierto y visionario el poeta Castelo, era una galería “llena de esperanzas y realidades magnificas”.