NICO MUNUERA: VIAJANDO GOZOSO HACIA LA ENTROPÍA

NICO MUNUERA: VIAJANDO GOZOSO HACIA LA ENTROPÍA

Texto publicado en el catálogo
ON COLOUR
Madrid, 2015: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 136-144
[Intervenciones de Rosa Brun, Mitsuo Miura, Nico Munuera, Ángeles San José, Jordi Teixidor, José María Yturralde, en el contexto de ARCOmadrid 2015.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

NICO MUNUERA: VIAJANDO GOZOSO HACIA LA ENTROPÍA

Hay algo de artista inquieto revelado en el quehacer de Nico Munuera (Lorca, 1974).   Que se manifiesta en el despliegue fulgurante del color y de los ritmos pictóricos, elevados a veces con aire de crepitar tembloroso en el espacio, otrora tal vapor, en otras dispuesta dicha fulgencia en controlada retícula o aplicada en bandas, tal banderas, con lejanos ecos del poeta Barnett Newman.   Nerviosa vindicación del color, extensión de la pintura mostrando frecuentemente la acción de su arrastre sobre la superficie pictórica, es el  elogio, pues, del oficio de crear.   Trabajo creador de Munuera y, al cabo, manifestación del movimiento del pintor que, reflexivo, gira y gira en torno a la idea del pintar, solitario, oficiante del concentrado pensamiento frente a la tela, obsesionado en su propuesta de elevación en el lienzo de tal viaje hacia lo ilimitado[1].   Ya hemos referido a veces que el misterio de las imágenes pintadas comporta aludir a la concentración de energías, pues aquellas nos remiten, tras apariencias formales, colores o líneas, símbolos, inmediatamente, al concepto sabido de espacio y tiempo que casi nos constituye y, por ende, a su moroso interregno representativo que es la pintura.   Pintura como mirada al tiempo, algo que parece enunciarse, casi titularmente, en sus “Frame time”[2].

Obsesivo y disciplinado, parece que el resultado del  trabajo de Munuera, a veces formalmente tan expansivo, empero es consecuencia de un quehacer declarada y gozosamente entrópico, de un viaje del pintor, obsesivo, en torno a sí mismo.   Pues dicho aire de innegada acción es realizado a la par que reivindica la creación que surgirá, tras el esfuerzo, en la soledad del taller, encerrado Munuera en su estudio valenciano, como los pintores y creadores antiguos, ya se sabe que narrado por Paul Auster[3]: Hölderlin, Morandi, Fontana, y tantos otros sobre quienes hemos recordado el moroso estar complaciente encerrados en una torre, en una estancia: es el centro del universo.    El mundo, la vida, cabe en una habitación.  Invención de la soledad, viaje alrededor de una sala, mundo de los encierros de artistas tal al intenso año de Van Gogh en Arles o el de Morandi en Bolonia.  Añoranza de la ruina que fue otrora el centro: Fontana viendo con pavor los escombros de su estudio en Corso Monforte, tras la guerra.   La habitación de vía Fondazza donde el de los cacharros viviera y trabajara durante más de medio siglo.   El lavadero en el terrado de la casa familiar de Figueras o el molí de la Torre, donde Salvador juega a ser un genio.   Elogio de los estudios solitarios y  las habitaciones de tiempos suspendidos pintadas por Rembrandt, Vermeer, Friedrich o Hopper.   El encierro de Hölderlin en su torre de Tubinga. O la estadía de Palazuelo, en su particular tour Saint-Jacques. Sus poemas del tiempo de Paris referirán esa soledad intensa, vida en el estudio transustanciada en soledad mística, casi llevado -en sus palabras- a la prisión de los sentidos: “lache, j’ai soif”, escribirá[4].

Sed.

Serial hasta la extenuación, pareciere que a la búsqueda del cuadro del desasosiego, remedando al vate de los heterónimos, algunas de las pinturas de Munuera parecen recordar  el frottage de Max Ernst, tal las decalcomanías de Domínguez.  Pues afronta aquel creador la pintura con los elementos clásicos de esta: el pigmento y el soporte.   Tras tal desnudez emprende su tarea, pareciendo a veces viajar desde un cierto barroquismo retórico hacia la exaltación silenciosa de lo mínimo.   Frecuente reinvención de preguntas que así, ad infinitun, en tal tensión, parecen crear nuevos significados.  Hay algo en sus pinturas de cristalización de lo que antes fluía, lava que chisporrotea sobre el hielo, tal un diálogo entre lo creado y lo presto a morir, azogue mercurial o armonía de la explosiva coloración.   Tal sugiriendo la veloz aparición y el inmediato ocultamiento como metáfora, pareciere, de un viaje frecuentado, el que Munuera realiza, entre luz[5] y oscuridad.   Lo último parece quedar simbolizado en las pinturas de 2007 bajo el título “Blackline”[6]o el oscurísimo conjunto, casi alquímico nigredo, caro palazuelino, “Blue Thing” (2012)[7].

Como un fulgor frágil en su aire destellante.

Imagen interior que se proyecta desde el artista, de ahí que antes aludiéramos a la entropía de su pintar.  Poesía de la pintura, una suerte de vindicación silenciosa de la superficie del cuadro con aire de agitación, luz veloz y movimiento, dinámico ritmo, exacerbado sentido artístico inundado de una especie de numen luminoso.

Arrebato y lirismo, que no excluye referir que es Munuera intelectual pintor, mas medidamente arrebatado, pues hace compatible la apariencia espacial con el recogimiento, la quietud junto a la muestra de un espacio libre y extenso: una suerte de explosión concentrada.  Así, sus pinturas son capaces de portar, a la par que aquel aire extenso, un interior de escritura misteriosa, la exposición de un fluido sígnico que viajare entre lo lírico y lo mágico.  Atmósfera de extraña tensión, abrasada en ocasiones en sus propios silencios, a veces veo también a Munuera un aire cósmico, en la estela del auténtico-astral[8] Tharrats[9] y sus maculaturas, siendo portador el artista de Lorca, en ocasiones, de lo que pareciere un infernal fulgor.  Otrora pareciere que enfriado y sometido a un cierto totus hermético, como en su conjunto de pinturas sobre papel japonés tituladas “Meishoe” (2014).  Transfiguración de la pintura, paisaje misterioso del alma, que parece recordar a ciertos pintores románticos.  Así se trasluce en ciertas pinturas muy recientes que titula “Inside landscape”, paisaje del interior.  O en otras series que vuelven a reiterar que sus paisajes son, más bien, estados del alma, como “In the mood for landscape” (2012-2013) o “Stimmung”[10].   Paisajes en los que, antes que evidencias, Munuera revela la incertitud del espacio entorno: “About Landscape” (2013)[11] es otro ejemplo en el que promueve una cierta suspensión de la realidad.  A los artistas, en el pasado ocupados de mostrar la supuesta apariencia objetiva de las cosas, toca ahora la ardua tarea de mencionar una existencia otra, aquella cuarta dimensión que se buscaba en los inicios pictóricos de Duchamp o Picabia, en el fervor dominical de los cubistas de Puteaux, encontrándose matemáticos, magos, curiosos y artistas[12]; un invisible existir convertido en una suerte de rescoldo que perduraría escondido entre el mundo de las formas.  Sublimación del mundo de lo sensible o realidad que, fingiendo, o con el aire indolente de lo desapercibido o tocado por la aparente inocencia, se esfumaría como agua entre los dedos convirtiéndose así en otra realidad no visible.

El arte ha planteado siempre, nos referimos al gran arte, cuestiones alejadas de lo que sería posible ver frente a los ojos y ha propuesto vislumbrar  más allá de las apariencias, entre la fantasmagoría del mundo, pues al cabo crear, la verdadera creación, supone también un permanente acto de tensionada transgresión.   Una tensión con aire de contención espacial, pues tiene Munuera, otro artista auténtico, a veces un cierto espíritu de alquimista con algo de herencia de la convulsión cubista del tout-collé, que menciona a veces titularmente[13], y del pálpito surrealista de aquellos artistas descubridores de una extraordinaria intuición que conmocionaría el siglo veinte: la existencia de una vía escondida capaz de comunicar mano y espíritu y que el cultivo del viaje por tal senda se podría hacer de muchas formas, es lo que Breton llamaba el “modelo interior”[14], esto es, el viaje desde lo interior, a través de lo real-mental, a la representación, en muchas ocasiones con aire secuencial, en el espacio.

Como sentenciara el antes citado pintor catalán, ya en 1957, introduciendo al devenir de la estética, el mundo parece ser nuevo cada día en el estudio de Munuera[15] y tarea del creador “la arriesgada aventura de sobrevolar más allá de lo que era reposo mental (…)”[16].

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[1] Pablo Palazuelo, “Cuaderno de Paris”, 1953. Inédito.  Cortesía de la Fundación Pablo Palazuelo.  Aunque ya lo citaremos en esta publicación me refiero a una anotación que escribirá Palazuelo en los años cincuenta: “así pues, privada de reposo, la idea del espacio parece buscar sin cesar el infinito de la augusta presencia (refugio), moviéndose, en el infinito interior de la impotencia humana obsesionada por una visión, en ocasiones agitada y otras flébil, siempre desconsoladamente dirigida, mas en vano, hacia lo ilimitado”.

[2] Junto a este texto se reproducen tres de ellos: “Frame time III”, 2013, Acrílico sobre tela, 92 x 257 cm. 36 piezas de 20 x 25 cm c.u.; “Frame time IV”, 2013, Acrílico sobre tela, 116 x 257 cm. 45 piezas de 20 x 25 cm c.u. y “Frame time IX”, 2013, Acrílico sobre tela, 140 x 257 cm. 54 piezas de 20 x 25 cm c.u.

[3] Paul Auster, “La invención de la soledad” (Traducción de María Eugenia Ciocchini), Editorial Anagrama, Barcelona, 1982

[4] Alfonso de la Torre, “Pablo Palazuelo, 13 rue Saint-Jacques (1948-1968)”, Fundación Juan March-Fundación Museo Jorge Oteiza, Madrid-Alzuza, 2010-2011

[5] Así parece suceder en la fulgencia de dos obras aquí reproducidas: “Inside CM 16”, 2013,  acrílico sobre tela,  110 x 150 cm. e “Inside CM 17”, 2013, acrílico sobre tela,  110 x 150 cm.

[6] “Blackline IX”, 2007, Acrílico sobre tela, 180 x 160 cm.  Ilustra este texto

[7] “Blue Thing VII”, 2012, Acrílico sobre tela, 180 x 160 cm. Ilustra este texto

[8] Juan-Eduardo Cirlot, “La pintura de J. J. Tharrats”, “Revista”, nº 217, Barcelona, VI/1956

[9] “(…) el más intelectual, arrebatado expresionista, astral, destructivo de orden”.  Frank O’Hara, introducción al catálogo de la exposición: The Museum of Modern Art, Frank O’Hara-New Spanish Painting and Sculpture, New York, 20 Julio-25 Septiembre 1960, p. 10.  Traducción de este autor.

[10] Es el caso de los que en esta publicación pueden contemplarse: “Inside landscape mx1”, 2014, Acrílico sobre tela, 55 x 70 cm; “Inside landscape mx2”,  2014, Acrílico sobre tela, 60 x 45 cm.; “Inside landscape mx6”, 2014, Acrílico sobre tela, 60 x 90 cm. o “Stimmung I”, 2014, Acrílico sobre tela, 180 x 160 cm.

[11] “About landscape V”, 2013, Acrílico sobre tela, 160 x 180 cm y “About landscape VI”, 2013, Acrílico sobre tela, 160 x 180 cm, son aquí reproducidos

[12] Linda Dalrymple Henderson, “The Fourth Dimension and Non.  Euclidian Geometry in Modern Art”, Princeton University Press, Princeton, Nueva Jersey, 1983

[13] Aquí se reproduce “Collage XVII”, 2007, Acrílico sobre papel, 145 x 260 cm

[14] André Breton en “Le Surréalisme et la Peinture” (1924).

[15] “(…) el mundo es, cada día, nuevo”.  Joan Josep Tharrats, introducción a Michel Tapié,  “Esthétique en devenir”,  “Dau al Set”, Barcelona.  1957.  Traducción de este autor.

[16] Ibíd.