MANOLO MILLARES: TOCANDO LA CERTEZA DE LA LETRA

MANOLO MILLARES: TOCANDO LA CERTEZA DE LA LETRA

Texto publicado en el catálogo
MILLARES. MEMORIA DE UNA EXCAVACIÓN URBANA. DOCE ARPILLERAS Y EL LIBRO
Madrid, 2015: GALERÍA GUILLERMO DE OSMA

Cuando aún el cielo arrastra las cenizas de la noche a otras noches y otros sueños
Manolo Millares
(“Apunte 30” de la  Memoria de una excavación urbana (Fragmento de un diario) y otros escritos)

 

He señalado siempre, ya con ocasión de la edición del “Catálogo Razonado de Pinturas de Manolo Millares” (2004)[1], la inquietante numerología de este raro libro de apuntes que Elvireta Escobio y Guillermo de Osma reeditan ahora, en primera versión bilingüe.    Obra de cuarenta y siete notas, justamente el número de años que Manolo Millares Sall (Las Palmas de Gran Canaria, 1926-Madrid, 1972) no cumpliría.   “Cosa rara de contar”, empieza Millares escribiendo en este libro, que subtitula también con aire de vestigio o resto: “Fragmento de un diario”, y que concluye con el mítico sobrecogedor apunte cuarenta y siete, casi una sentencia, ese de: “en realidad -todo el mundo lo sabe- mi cuerpo se encuentra a gusto allí, a miles de metros bajo tierra y pienso que es el sitio del que no debiera salir jamás”.  Estupefacción, siento.

Fue firmado por Millares en enero de 1971 y presentado de modo póstumo en Barcelona por Gustavo Gili, en 1973, dentro de su colección “Letras del arte”, donde se habían editado ya libritos de Juan Gris y Pablo Picasso[2].   Hermoso, también para la breve vida millaresca, ese encuentro, la tríada Gris, Picasso y el artista canario.    Millares había grabado en aquel tiempo en los talleres barceloneses de Gili la primorosa carpeta de aguafuertes “Antropofauna” (1969-1970), para la colección “Las Estampas de la Cometa”[3].  Además, se había publicado en la misma editorial un libro de José María Moreno Galván sobre Millares[4]y un grabado póstumo, en carpeta, recuerdo de la amistad entre artista y editor, con bella hoja introductoria de éste[5].

Millares, creador, recordemos, vinculado desde los años sesenta a la neoyorquina Pierre Matisse Gallery[6], aquellos eran años extraordinarios en su reconocimiento como artista, habiendo disfrutado tempranamente de galería en Paris, la galerie Cordier[7], y pensando que en la fecha de su escritura estaba en ciernes la exposición de su última producción en el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, que se inauguraba aquel 1971[8].  Precisamente ese catálogo, escrito por Jose-Augusto França, señalaba, y nos sirve para repartir el juego, que su pensar es “un universo donde vida y muerte se confunden, un juego peligroso de imágenes y alusiones”[9].

También, de alguna forma, el año en que Millares firma esta “Memoria de una excavación urbana”, parecía coincidir en la transcripción a imágenes del libro cuando publicara, concebidos casi a la par, esta vez con el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, la carpeta serigráfica “Descubrimiento en Millares 1671” (1971)[10], cuyo subtítulo a su vez es, casi, explicación de nuestro libro: “Diario de una excavación arqueológica imaginaria y barroca”,    la excavación arqueológica, de nuevo. Nuestro texto es barroco e imaginario, excesivo y millaresco, viajando desde la ficción del  horadamiento hasta el estrato, -el argumentario de la excavación-, y de ahí hacia la más descarnada descripción de lo propio.   Volumen inapelablemente autobiográfico, ya desde el encuentro en el cuarto piso y la vista de la sierra madrileña, evocador de la casa de Arguelles donde viviera la familia Millares: “vivo en un cuarto piso de una casa de aquella ciudad y tengo un raro afán coleccionista.  La crátera y el skyphos no me son extraños.  Y el ungüentario.  Y la sonrisa torcida de Micenas”.  La “Memoria”, está escrito en primera persona, casi reiterativamente monologar desde un estilo que alguna vez nos ha recordado a ciertos escritores de la angustia, estoy pensando en los cuentos arqueológicos de Lovecraft o el denso mundo de Poe, y en ciertos acorralamientos de Cortázar. También en alguna literatura obscura de túneles, pozos y excavaciones, de Sábato, Onetti o Roa Bastos o, también, cómo no, la congoja existencial de Sartre o Camus, o cierto ruido letrista y cruel de Artaud.    Al cabo, como sucediera en este incitador del caos, todo arte encarna y hace más intensa la complejidad del vivir.   Y citada la literatura, pienso a menudo en ciertas obras monologares de Samuel Beckett, en sus habitaciones solitarias y agujeros entre los escombros, un cierto agonizar entre las palabras, cuando evoco las imágenes de este libro de Millares.

Sinfonía de un hombre sólo, así, al estilo de sus admirados Henry-Schaeffer.  Es él, no lo dudemos, es Millares en la “Memoria”, el creador del “mundo de sacos y más sacos, rotos, agujereados” (apunte 13); el admirador de Van Gogh (apunte 21)[11]; el artista que ve el Guadarrama desde su casa, o que cita la herida biográfica escondida en suelo atlántico (apunte 21), allá en la isla (apunte 25); el visitante de hospital (apunte 42) y aquel que no sale de casa (apunte 46).    Monologuista mas contradictorio, nueva lid millaresca, alguno de sus apuntes parecen referir la posibilidad de callar, en medio de tal dislate de palabras y, por tanto, el tibio consuelo del retorno al silencio del apunte 47: “Estoy más lejos, -escribirá en el apunte 14-, con lo inesperado, a unos veinte metros de profundidad, por lo que encuentro enojoso cualquier tipo insatisfactorio de expresión escrita o hablada”. O, mudez, de nuevo: entre los quejíos y permanente zaherimiento de estas letras, algún “pues ¿y esta queja?” (apunte 13).

Gustavo Gili aportaba una breve nota introductoria, escrita por Millares, preámbulo al texto editado, eran “las palabras del propio artista”[12]: “Estos escritos, a veces incoherentes, umbilicados a los destrozos verbales de la gramática parda y con sus aires también de un barroco pasado de matute por la puerta falsa, no son más que meros anhelos, pasiones, codicias y frustraciones de unos hombres (el hombre contemporáneo) que terminan hundiéndose en el absurdo y la alienación.  Un principio de lucha, de aspiraciones más o menos lícitas y un final de confusión y locura, esa muerte lenta que nos corre por las venas tan aprisa”[13].   Eduardo Westerdahl, quizás la más autorizada voz millaresca de su tiempo, referiría en 1980 este libro turbador como “breves fragmentos para darnos cuenta de su estilo y de esta angustia existencial (…) la historia es la de un hombre que empieza a hacer una excavación en su propio cuarto, como la de un preso que quiere evadirse, con la diferencia que su evasión es al fondo mismo del tiempo y que este tiempo no tiene salida posible, pero se encuentra a gusto a ‘miles de metros bajo tierra y pienso que es el sitio del que no debiera salir jamás’ (…) y sigue bajando y subiendo en su agujero.  Y desfilan figuras como Mussolini y Ramón Novarro.  Una crónica delirante más allá de los orígenes.  Posiblemente un regreso al útero, a la nada.  Páginas seguramente autobiográficas, de una sinceridad que pone los pelos de punta.  Páginas turbadoras de un gran escritor que se confiesa y absolutamente necesarias para entender su obra plástica”[14].

Es la verdad de la palabra, mas el sueño de la razón, produce monstruos, como esta “Memoria”.   Escritura de un libro autodeclaradamente barroco, libro de delirios, pienso ahora en el Borges que Millares viene de leer en ese tiempo, es el Borges de la Infamia: “Yo diría que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura”, escribiría aquel en “Historia Universal de la Infamia”, un libro, otro de apuntes que, según sus “Memorias”, el artista canario lee poco antes, el año 1969[15].     Mas también pienso, siguiendo lo escrito por Westerdahl, que este es un libro Millares-en-estado-puro, esto es, sus cuarenta y siete apuntes contienen el ideario millaresco, un ideario con escritura excesiva, quizás menos esperanzado que algunos de sus escritos de juventud, y más pasado al vitriolo de un Peter Weiss, o a la tristeza de Miguel Hernández, o al alocado viaje de Cash, el personaje de Faulkner, que se entierra cada día, el Millares destructor-constructor[16].  Exaltando el libre albedrío, en la “Memoria” es el colérico Millares, casi expeledor de una cierta teología negativa, ya se dijo, una voz que parece ser un viento arrasador, una destrucción necesaria.   Para este artista, la verdad, antes que ser un lugar de reposo, es una larga violencia.   Es el iracundo, casi manierista en su escritura, que no se asustaba porque las cosas escaparan a su entendimiento, es el Millares de la porquería, aquel exaltador de la destrucción y el amor, corriendo, parejos, por páramos descoyuntados, allá por 1959[17].  Y junto a ello, caídas en la malinconia, el sopor de la infancia, como en el apunte 29, el hallazgo de los cromos desteñidos[18]o la reflexión en torno a los sueños de los niños, en el siguiente apunte.   Y otra caída, un punto de lamentación, la ironía de quien, aproximándose al final, recuerde cómo “decían que era sano, hombre fuerte sietevidas, yo, puro entierro por cualquier paraje de no sé qué tiempo”[19].

Apofática narración que recorre los extremos tras la marcha de la luz del día, viaje al fondo de la noche, al insomnio y su revés, “noche de los abismos”[20] o“¿para qué dormir, para qué navegar, para qué vivir?”[21], o su ilusión, “nada más cuando te vuelvas ilusorio ruido de noches”[22], vida y suicidio[23], líneas escritas con el permanente runrún de la lluvia, que golpea humedeciendo[24] algunos de estos apuntes, estos son un no parar en una excentricidad sincopada, la gramática parda que dice su autor en el texto de Gili.  Es el Millares de las frustraciones y los vertederos, de los ojos desmesurados, de los zapatos y las latas abolladas, de los desechos, los andrajos de las momias, el de la atracción del horror y las trincheras, esa es la “Memoria” de la que se surte Millares.    Es el tocar la certeza de la letra[25] de un Millares no bienhumorado, unamuniano y trágico, como le reprochara póstumamente Moreno Galván, su gran amigo[26].  Muerto dado de alta[27], es el Millares elogiador de la podrería cambiante de un Gaspar Becerra o un Valdés Leal, la palabrota denunciante de Goya[28].  Y escribir, escribir: lo importante, había dicho Millares a Zóbel, es llenar los vacíos.

Pero si hay un volumen hermanado con nuestra “Memoria”, ese es el Fedor Dostoyevski de “Memoria” o “Apuntes del subsuelo” (1864), otro texto monologar de un “hombre subterráneo”, compuesto por fragmentos numerados, protagonizados por un hombre de cuarenta años, herido, un hombre de dolencias, un antihéroe, ¡tan millaresco!, cuyas líneas finales, como en nuestra “Memoria”, vuelven a referir complacientes el final: “hemos nacido muertos y, durante largo tiempo, no hemos sido engendrados por padres vivos, cosa que nos agrada cada vez más.  Le estamos tomando gusto”[29].  Elogio del sufrir como una exaltación de la conciencia, son Dostoyevsky y Millares, mano a mano: “el sufrimiento: ¡ pero si ésa es la única causa agente de la conciencia !”[30].  ¿Quién lo escribió?.

Excavación, voz del arqueólogo Millares (algunos de los “descubrimientos” de esta “Memoria” parecen hallarse, ahora en reposo, en los anaqueles), es término frecuentado, ya se dijo, de un modo explícito aquellos años setenta:   “Memoria de una excavación” (1970) es el primer cuadro con ese título, una pintura resuelta a modo de casillas, rayuela de elementos fragmentarios, arabescos, apuntes o escrituras.   Y varios cuadros más, durante ese mismo 1971, llevarán ese nombre: “Excavación” o variantes, como “Sobre una excavación”. Al cabo, qué era el agujero, ya desde que en los cincuenta se armara de un soplete, sino un deseo de traspasar el ras de la visión y buscar el otro lado, excavación que, en su pintura, había sido constante, si pensamos en ese afán de agujerear los planos pictóricos, sucedido en sus composiciones “con dimensión perdida”, esos “hoyos infinitos de misterio” que decía Cirlot le acercarían a una figuración fantasmal[31], una “fisura hacia el infinito”, el agujero[32].

Pero claro, el asunto de la excavación no es más que un mero pretexto o instrumento del verbo pues, al cabo, Millares, en esta crónica delirante, como escribiera Westerdahl, trata de horadar el tiempo, este y todos los tiempos, y su quehacer es un permanente mencionar ese tiempo y su historia, centro del pensar millaresco.     Es sabido desde antiguo, de tal modo que este libro tiene algo de ida y vuelta vital, ya sabemos que “lo peor de todo es el regreso”[33]: el Museo Canario, las momias guanches, la cerámica aborigen. Y ya puestos a pensar en honduras, recordemos las profundidades, la cueva, minas y galerías o los cuadros que referían sinus abisales, tal el pez abisal expuesto..

“Y una luz y una luz y una luz subterránea”, cantó Alberti sobre el pintor canario[34].    Como el Baudelaire de “La flores del mal”, el excéntrico Millares, en el sentido de alejado de la grisura de su tiempo, parece hacer del final una suerte de engrandecido lugar.   Es su verdad.   Ah, llegó Millares al fondo de la excavación, era, por fin, el “me encuentro bien” del apunte cuarenta y seis, la llegada al “profundo agujero”, con “el calor natural de un vientre fecundado”.

Como concluye Dostoyevski: “Así, pues, ¡viva el subsuelo!”[35]

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[1] DE LA TORRE, Alfonso. Catálogo Razonado Pinturas. Manolo Millares.  Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y Fundación Azcona, 2004.  Sobre un trabajo previo de Juan Manuel Bonet y Miriam Fernández Moreno.

[2] En 1971 se habían editado ya en la colección un librito de Juan Gris,  “De las posibilidades de la pintura y otros escritos” y “El entierro del Conde de Orgaz” de Pablo Picasso.  Cortesía de Mónica Gili, conversación con este autor, 8/X/2015.

[3] Cinco grabados al aguafuerte sobre papel Arches, estampados en los talleres calcográficos de Gili.

[4] MORENO GALVÁN, José María.  Manolo Millares.  Barcelona: Editorial Gustavo Gili, Colección Nueva Órbita, 1970.

[5] La definimos como “Carpeta Millares” (1970), grabado a punta seca sobre papel Arches.  Contiene un texto explicativo del editor.

[6] Con Pierre Matisse expuso individualmente en Nueva York los años: 1960 (“El Paso”), 1965, 1974 y 1987.

[7] Daniel Cordier, presentó su obra, individualmente, en Paris (1961) y Francfort (1960).

[8] Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris, Millares, « Antropofaunas », « Neanderthalios » et Autres Œuvres recentes de 1966 à 1970,  Paris, 23 Noviembre 1971-9 Enero 1972

[9] FRANÇA, Jose-Augusto. Les monstres et les autres.  En el catálogo op. cit., s/p.  La traducción es nuestra.

[10] Doce serigrafías sobre papel de hilo de acuarela Guarro, estampadas por Abel Martín.  Se firmaron en abril de 1971.

[11] En 1950 Millares hace una lectura de la biografía de Van Gogh sobre la que el artista escribe que “me causó una fuerte impresión.  De todos los pintores anteriores a Picasso y Matisse era de por mucho el que más me interesaba pese a la importancia de un Cézanne.   Su vida y su obra son testimonio vivo de una pasión humana quemada por su propia fuerza y genialidad” MILLARES, Manolo. Manolo Millares.  Memorias de infancia y juventud. Valencia: IVAM  documentos, vol I, Instituto Valenciano de Arte Moderno, 1998.  Transcripción de Juan Manuel Bonet, p. 117.

[12] Anteceden a las palabras que reproducimos y citamos líneas adelante.

[13] GILI, Gustavo. Memoria de una excavación urbana (Fragmento de un diario) y otros escritos. Barcelona: Editorial Gustavo Gili, Colección “Letras del Arte”, 1973, p. 7. Con 8 ilustraciones del autor. Además de ese texto el volumen original incluía otros varios en el siguiente orden: “Sobre los muros” (1966-1971), el poema “Cuadro sin número” (1964), “Viaje a la Guayana” (1966-1971), “Sobre Picasso” (1971) y “Ante un dibujo de Eva que le salió igual a J. R.” (1966).    El libro tuvo una reedición, prologada por Juan José Armas Marcelo, editada por Madrid: Tauro Producciones, S.L., Colección “La Condición Insular”, 1998. (Sin ilustrar, al cuidado de Alfonso Meléndez).  Y el texto, se reprodujo, fragmentariamente, en diversas ocasiones, entre otras, en el catálogo de su exposición: Galería Vegueta, Millares, Las Palmas de Gran Canaria, 1975.  También, luego en: WESTERDAHL, Eduardo. Manolo Millares. Las Palmas de Gran Canaria: Colección Guagua (Canarias y lo Canario), nº 20, 1980. Finalmente, cronológicamente, en: Ministerio de Asuntos Exteriores, Manolo Millares, luto de oriente y occidente, Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior, Madrid, 2003.

[14] WESTERDAHL, Eduardo. Manolo Millares, op. cit. pp. 36-38.

[15] MILLARES, Manolo. Manolo Millares.  Memorias de infancia y juventud, op. cit. p. 138.  La cita procede de la introducción a la edición de 1954 del libro de Borges

[16] “Pero mientras, yo, como Cash, el personaje de Faulkner, hago y rehago la negra caja donde nacen y  yacen todas las podredumbres que denuncio y me entierro cada día”.  MILLARES, Manolo. Destrucción-construcción en mi pintura.  Madrid: Acento Cultural, nºs 12-13, 1961.  Se refiere a la novela de aquel escritor: “Mientras agonizo”.

[17] “(…) El homúnculo es una consecuencia esperada de la grandísima belleza que puede traslucir el harapo así, puesto al desnudo, en su evidente porquería. La destrucción y el amor corren parejos por espacios y parajes descoyuntados.  No importa que el hombre se haya roto si de él emergen rosas de légamos y principios renovadores como puños”. MILLARES, Manolo. El homúnculo en la pintura española actual.  Palma de Mallorca: Papeles de Son Armadans, Año IV, tomo XIII, nº 37, abril de 1959.

[18] “Mirar -porque miré– y sólo vi cromos desteñidos de Ronald Colman, Jean Harlow, Ramón Novarro, Jeannette McDonald, reclamos de cajetillas de tabaco que volaban, se volatizaban y no había viento, no corría una pizca de aire, mas debí estar en otro tiempo, carretera con bordes de eucaliptus, qué fuerte aroma, y niño constipado”. GILI, Gustavo. Memoria de una excavación urbana (Fragmento de un diario) y otros escritos, op. cit. pp. 23-24.

[19] Ibíd. p. 33, nota 42.

[20] Ibíd. p. 21, nota 25.

[21] Ibíd. p. 15, nota 34.

[22] Ibíd. p. 27, nota 15.

[23] Ibíd. p. 28, nota 34.

[24] La lluvia “cae” en apuntes como el (25), 26, 39 y 45; estando el agua, en diversas formas, presente en este libro.

[25] GILI, Gustavo. Memoria de una excavación urbana (Fragmento de un diario) y otros escritos, op. cit. p. 16, nota 19.

[26] MORENO GALVÁN, José María.  Arte: Homenaje a Millares.  Madrid: Triunfo, nº 540, año XXVII, 3/II/1976, p. 46.

[27] GILI, Gustavo. Memoria de una excavación urbana (Fragmento de un diario) y otros escritos, op. cit. p. 33, nota 42.

[28] Son palabras textuales de: MILLARES, Manolo. El Paso, acta de presencia.  Vich: Inquietud Artística, Año V, Nº 15, VII/1959, pp. 4-6.

[29] La edición consultada es: DOSTOYEVSKI, Fedor. Apuntes del subsuelo.  Madrid: Alianza Editorial, 2000, p. 147.

[30] Ibíd. p. 49.

[31] “Algunas de sus composiciones de este período mantienen un riguroso sentido abstracto y tectónico, a pesar de lo patético de los elementos que constituyen las estructuras, con hoyos, entrecruzamientos, remolinos de lienzo hirsuto con perfiles rígidos e irregulares como cicatrices. En otras obras, Millares ha accedido a una figuración fantasmal, componiendo momias de trapos en el tormento”.  CIRLOT, Juan-Eduardo. Informalismo. Madrid: Ediciones Omega, Colección Poliedro, 1959, pp. 45-46

[32] AGUILERA CERNI, Vicente. Millares. Madrid: Punta Europa, nº 12, XII/1956

[33] GILI, Gustavo. Memoria de una excavación urbana (Fragmento de un diario) y otros escritos, op. cit. p. 30, nota 41.

[34] ALBERTI, Rafael.  Mutilados de paz. Madrid, 1965 (Poema acompañando la carpeta gráfica del mismo nombre).

[35] DOSTOYEVSKI, Fedor, op. cit. p. 51.