JORDI TEIXIDOR: ENTRADA EN EL SILENCIO

JORDI TEIXIDOR: ENTRADA EN EL SILENCIO

 Texto publicado en el catálogo
ON COLOUR
Madrid, 2015: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 196-206
[Intervenciones de Rosa Brun, Mitsuo Miura, Nico Munuera, Ángeles San José, Jordi Teixidor, José María Yturralde, en el contexto de ARCOmadrid 2015.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

JORDI TEIXIDOR: ENTRADA EN EL SILENCIO

Indagador de las formas, prosecutor de un inquietante mundo ordenado,  no ha esquivado Jordi Teixidor (Valencia, 1941) plantear dichas formas con un aire paradójico.  Una cita de Wittgenstein abría uno de sus catálogos en 1987 y simbolizaba también un elemento fundamental de su singular posición, otrosí distinción, como artista: “Lo mismo que del hecho de que una proposición nos sea evidente, no se sigue que sea  verdadera, del mismo modo la evidencia no justifica nuestra creencia en su verdad”[1].    Protagonista de los primeros días de la creación del Museo de Arte Abstracto Español (Cuenca, 1966), tuvo en nuestro primer museo democrático una presencia relevante, exponiendo ya colectivamente en la ciudad en 1965[2], su obra de aquel tiempo se ubicaba en la estela reflexiva que muchos artistas de ese tiempo heredarían de la actitud conquense.   Fotografiado en la mítica imagen inaugural del ígneo Fernando Nuño[3], memorable imagen quieta con aire de misteriosos vaticinios, en las proximidades de persona y en el lugar de realización, realizada en tres tiempos, siempre me ha parecido singular el relato de los encuentros de esa imagen.   Teixidor se ubica al pie de una escalera presidida en su centro por Juana Mordó, y en una línea de “claridad” de nuestro arte: entre Yturralde y Torner, junto a Victoria y Sempere.

Fue defendido por el imparable Juan Antonio Aguirre, feroz crítico de ese tiempo[4], enfant terrible defensor de la pervivencia y modernidad de la llamada “vertiente lírica” del arte español, que parecía exangüe en ese tiempo mas empero circulaba como un nervio invisible en nuestra historia, tan proclive al placer de proclamar, con desdén, su invisibilización.   Vía de salida, representaba Cuenca, en un mundo español que en lo artístico se hallaba también anquilosado en los noirs arquetipos de lo hispanique.   La fuente de información privilegiada que simbolizaba el ir y venir de esos artistas ubicados paradójicamente en una ciudad de la historia, su insaciada curiosidad en torno a exposiciones, publicaciones, artistas, museos o movimientos del arte, representó un privilegiado mirador desde el que Teixidor pudo viajar de la actitud moderna del pop al salto, con aire de vacío sin red, que suponía su encuentro con el minimalismo, principalmente desde la admiración por Frank Stella o su paso por “Support-Surface”, esto último simbolizado en sus cuadros de bandas o polígonos casi blancos con un aire a lo Ryman, pintura de la pintura, donde militaron algunos de nuestros más conspicuos abstractos.

Prácticamente desde la presentación individual de su obra en la madrileña galería Edurne, en marzo de 1968, -mostrando las estructuras pintadas que Teixidor llamó “Puertas”, con aire de herederas del quehacer pensante de Torner, mas también del descarnado pop de Rueda-, recibió el elogio crítico de Aguirre[5], adivinando éste algo que sería fundamental a lo largo de su trayectoria, la huida de los juegos formales y la indagación en torno al fuego que consume las imágenes.  Presagiador, como tantas veces, el crítico citado escribió que este artista “huye de lo que sólo queda en un juego de colores y forma, va en busca de lo íntimo, lo sutil, lo elegante -que no decadente-.  Su interés está en una técnica perfecta, pero no en estériles tecnicismos”[6].   Aguirre incluiría a Teixidor en posición privilegiada al dedicarle un capítulo en su “manifiesto” avant-la-lettre, libro fundamental en ese tiempo del teórico que también imaginaba astros[7], el conocido panfleto crítico de Aguirre “Arte último”, en el que, no conformándose con censarle, incluía siete reproducciones de sus obras, una en color, otra de ellas en lugar señero: al abrirse el libro, tras la justa ceremonia de la presencia de Gordillo.  Ahí señalaba la querencia de Teixidor por una cierta morosidad en el trabajo “un lenguaje formal ordenado y preciso que él viene simultáneamente utilizando (…) una gama cromática de refinados tonos, desde el rojo más violento al más sedante de los verdes.  Y más allá del color y las formas, superando lo plano, el elemento espacio”[8].

Subrayándose en el artista de Valencia una cierta curiosidad por el arte pop, en especial por el sugerente mundo que refería, no sin la inquietud que ya adivinara Danto[9], la reflexión sobre el metalenguaje del arte y su relación con elementos de la realidad y, por ende, la temblorosa inquietud sobre la representación.  Así, su interés por los creadores pop debe entenderse, como escribía Juan Manuel Bonet, “no como repertorio de imágenes, ni como recuperación de los mass media, sino como una cierta actitud en relación al lenguaje de estos últimos”[10].  A Teixidor puede considerársele también heredero de una cierta tendencia minimal (Stella, Morris o Judd), que en España tuvo, en aquel tiempo, diversos seguidores.  De él puede confirmarse, tras cincuenta años de actividad pictórica considerando aquella exposición conquense de 1965, que la coherencia ha sido uno de los lemas que ha erigido como norma y celebración de su quehacer.  Sin duda ello coadyuvó a ser nuestro último flamante Premio Nacional de Artes Plásticas 2014.

Ese trayecto coherente ha sido presidido por un cierto hermetismo poético, algo propio de un pintor aficionado a la entropía que cree pintar con delectación para sí mismo[11]y que ha permitido unir un medido empleo de las formas con la presencia de un cierto gesto pictórico, -“sensualidad de la pincelada”, en palabras del artista[12]– habiendo sido capaz, también, de viajar desde un colorido exuberante (recuerdo aún su exposición de Vandrés en 1980), hacia su aparente negación en negros o grises, estos últimos profundísimos.  Ese hermetismo en lo pictórico no le ha impedido referir su creación, en la que siempre parecía subyacer la afasia defendida por Braque para explicar la obra de arte, lo cual no ha obstado para proclamar la existencia de una belleza ética[13], capaz de extender así una cierta eficacia de los signos.   Expresividad que no niega pues la contención desde la autoexigencia y la disciplina en el pintar, elección de un camino de concentrada expansión, reflexión que no esquiva la lírica; atmosférico pero revelado en el detalle[14]; viajero desde el gran formato hacia la obra que se muestra en voz baja; de la reflexión en torno a qué cosa sea lo profundo y la piel que se halla en la superficie; el orden y su opuesto… preguntas reiteradas con delectación por este artista sobre lo que destella en claro y lo profundo oscuro.   Viajero en pos de la totalidad, aun a sabiendas del consabido fracaso que supone concebir una imagen, pensante, mas elevando notas en su pintura que tocan lo irracional, mundo de ideas mas que esquiva lo narrativo, su pintura se ha desarrollado al modo de un numinoso drama pues su lirismo ha tenido siempre algo de malinconia, de reserva.   “Los límites de la razón” (1991), reza uno de los títulos de su pintura, evocador quizás aquella tendencia a la “huida”, que preclaro adivinara Aguirre en los sesenta, y su pintar no ha sido solamente canto sino que pareciere llevado hasta el extremo de los días.  Pues, al cabo, en su frecuente viaje entre el aparecer y el desaparecer, idas y venidas en torno a la creación, emula la reflexión sobre el qué hacemos y cuándo no estaremos y no son pocas las voces críticas que consideran que Teixidor no ha hecho otra cosa que referir con la belleza, tan gastada en su palabra, el fin de los días.

He referido a veces un texto de Rothko, otro de los artistas referidos como admirado por Teixidor, y creo que esta reflexión podría servir a éste: “Cuando era joven el arte era una práctica solitaria: no había galerías,  ni coleccionistas, ni críticos, ni dinero.  Sin embargo, era una edad de oro, pues no teníamos nada que perder y sí toda una visión que ganar.  Hoy ya no es lo mismo.  Es una época de inmensa abundancia de actividad y de consumo.  No me atrevo a aventurar cuál de las dos circunstancias sea mejor para el arte.  Sin embargo, sí sé que muchos de los que se ven impelidos a este modo de vida buscan desesperadamente bolsas de silencio en que arraigar y crecer.  Todos esperamos que las encuentren”[15].     Es, al cabo, en palabras del artista valenciano, la ya citada elección de un camino[16], senda pictórica de elevación de enigmáticos espacios en los que parece reinar la mudez, pintar silencioso que se revela también en una cierta negación titular de muchas de sus obras, en especial recientes.  Entrada en el silencio[17], introspección y despojamiento que eleva los signos y en donde la música titular parece propender a una cierta amplificación de ese silencio.   Un silencio que, empero, no es exactamente la nada sino, más bien, un energético callar, un único lugar[18]  lleno de preguntas, una tensión de aire utópico pues es frecuente  en su pintura la eterna pregunta sobre la forma y la informa, como sucede en pinturas tal “El sacrificio” (2007), inquiriendo entre lo que se construye e, inevitablemente al hacerse, plantea su deconstrucción[19].

Tras lo escrito, se inferirá que el quehacer de Jordi Teixidor se ha caracterizado por una honda preocupación por el lenguaje de los signos.    Pues se observará que jamás ha ocultado este creador que su intención ha sido revelar una cierta epifanía de lo pintado, arden las imágenes, entendidos aquellos como un ardiente fuego que es capaz de consumirlos, mas también de iluminarlos.  Sed de iluminación kandinskyana, formas y signos que revelan su descarnada malinconia, y su abismo, pareciere también nostalgia que aspira a traspasarlas, a sublimar o trascender el reino de las formas sensibles.

Crear arte con contención, contiguo lo hermético y la revelación, si esa su solemnidad que citamos ha sido obtenida mediante una medida voz baja, su devenir pictórico ha ido en el sentido de amplificar, también, la intensidad, realizando una cierta exteriorización del sentido pictórico, una permanente interrogación más en torno a la hondura que sobre las superficies.  Un aire de juego serio con la nada, pareciere que preservando lo que simula ser, o lo que fuere.  Pregunta sobre qué sea la, tan difícil de atrapar, esencia de lo pictórico, deviniendo eso que, hace ya años, Quico Rivas calificó de “una fuerza casi ceremonial”[20].   Viaje pictórico entre la representación de las cavernas y los mares, tras los signos y las formas medidas, determinación nihilista en su pintura, intensidad que habla del gozo de pintar a sabiendas, luz que retrocede, y también, ha escrito, que “un artista muere en cada lienzo para renacer, distinto (…) así va conformando un extraño círculo donde el que engendra la obra es a su vez concebido por ella; lo que abarca otras y muchas realidades que la trascienden”[21].

Atraído por “la nada”, ha defendido esta, y no “el salto” hacia la misma, como elemento fundamental de la creación: “la verdadera atracción es la misma nada, algo así como la búsqueda de la chispa de lo eterno.  La nada que no es negación, sino lo que hace posible lo que es”[22], una nada como fuerza, no como sustancia y que no es otra cosa que el impulso buscador de cuál sea la verdad, majestad provocadora de incertezas, interrogaciones, una verdad no tangible e irreproducible, “las sombras de lo inexplicable”[23].

Signo que parece quedar sellado con su luz o, como dijera Claude Esteban y lo hemos comentado últimamente, “el trabajo de lo visible”.

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[1] Ludwig Wittgenstein, “Tractatus” (5.1363).   Referido en el catálogo de su exposición: Galería Soledad Lorenzo, Jordi Teixidor. Obra Reciente, Madrid, IV-V/1987

[2] Galería Machetti, Javier Calvo, José Cubells, Jorge Teixidor y José María Yturralde, Cuenca, 1965

[3] Nos referimos a la fotografía de Fernando Nuño, el día de apertura del Museo, 1/VII/1966.  Está reproducida en “La ciudad abstracta. 1966: el nacimiento del Museo de Arte Abstracto Español”, Fundación Juan March, Madrid, 2006, pp. 46-47.  El calificativo de “ígneo” tiene que ver con la pasión de Nuño por fotografiar fuegos y soles, buen ejemplo de ello su exposición: Galería Edurne, El Fuego, Madrid, 25 Noviembre-5 Diciembre 1966

[4] El asunto está tratado en: Alfonso de la Torre: “Juan Antonio Aguirre y la reivindicación conquense.  “Arte Último” un libro multicolor”.  En “Arte último. La “Nueva Generación” en la escena española” (1969).  Reedición facsimilar de esta obra. Diputación Provincial de Cuenca-Fundación Antonio Pérez, Cuenca, 2005

[5] Este mismo año de 1968 dedicaría uno al jovencísimo artista Jordi Teixidor, conservador por entonces del Museo de Arte Abstracto (LAS “PUERTAS” de Jorge Teixidor. Galería Edurne. Madrid, 1968. Reproducido en: AAVV, “Jordi Teixidor”, Instituto Valenciano de Arte Moderno, IVAM, Valencia, 1997 (p. 83).  Sobre él volvería a escribir Aguirre  dos años después en “El Correo de Andalucía”  (“Teixidor: desde las Puertas a las Perspectivas”, Sevilla, 3/XII/1970, p. 19). Sobre las relaciones entre la obra de Teixidor y los escritos de Juan Antonio Aguirre, aconsejamos la lectura del texto de Juan Manuel Bonet para la Galería Temps de Valencia, en 1974: “La lógica de Jorge Teixidor” (este texto se reprodujo en el catálogo “Jordi Teixidor” Instituto Valenciano de Arte Moderno, op. cit. (pp. 84-89)).

[6] Juan Antonio Aguirre, “LAS “PUERTAS” de Jorge Teixidor”, op. cit.

[7] Aguirre había escrito, no sin sorna, que los cronistas del arte somos, él también, “un hombre que se inventa fenómenos para después estudiarlos, como un sabio aburrido que imaginara astros para explicar las leyes de sus movimientos.  Así –prosigue hasta el epítome Aguirre- muchas de las escuelas, estilos y grupos artísticos no son más que ingeniosos inventos de los historiadores poetas”  (en el catálogo “Nueva Generación”, Festivales de España, Madrid, 1967-1968).

[8] Alfonso de la Torre: “Juan Antonio Aguirre y la reivindicación conquense.  “Arte Último” un libro multicolor, op. cit. pp. 49-57

[9] Estoy pensando en las reflexiones de Arthur C. Danto, “Más allá de la caja Brillo: las artes visuales desde las perspectivas posthistóricas”, Akal, Madrid, 2003

[10] Juan Manuel Bonet, “La lógica de Jorge Teixidor”, Galería Temps, Valencia, 1974

[11] Victòria Combalia, “Unas palabras sobre el sujeto, la política, el arte y lo desconocido”, Galería Joan Prats, Barcelona, 1979.  Jordi Teixidor: “Yo creo que pintor para mí mismo (…) creo que el pintar es una manera de conocerse a uno mismo, y en última instancia, de soportarse.  Hay que pintar pensando en ti, en lo que quieres hacer y en lo que quieres decir, porque entiendo que, ésta, es la manera de hacer una pintura cada vez más progresiva, incluso respecto a la historia”.

[12] Ibíd.

[13] Enriqueta Antolín, “Entrevista a Jordi Teixidor”, “El País”, Madrid, 22/II/1997.   En su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que luego referiremos, explicaba Teixidor paradójico: “Dedicarse al arte no significa solamente manejar colores, adjetivos, estructuras, formas o sonidos; no significa sólo el misterio de una pincelada desligada de su sentido literal y  destino; no significa sólo la angustia ante un lienzo o un papel inmaculado.  Dedicarse al arte significa elegir una realidad donde instalarse, y al escoger un lenguaje para expresarse también estamos adoptando una postura moral (…).  Cuando se elige experimentar una estética es una ética la que se elige.  O quizá sea lo contrario”.

[14] Véase la pintura “La joie de vivre”, 2000, Óleo sobre lienzo, 180 x 360 cm.

[15] Mark Rothko, “Aceptación del Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Yale”, 1969.  En: “Mark Rothko.  Escritos sobre arte (1934-1969)”, Paidós Estética, Barcelona, 2007, p. 219 (Procede de “Papeles de Bernard J. Reis, 1934.1979”, Archivos de Arte Americano, Smithsonian Institution, Washington D.C.)

[16] Referencia a su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Jordi Teixidor, “La elección del camino”, Discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid, 2/VI/2002

[17] “Entrando en el silencio arriba el verde” (1980), título de una obra de Jordi Teixidor.

[18] Serie pictórica de Teixidor, de 1993.

[19] “El sacrificio”, 2007, Óleo sobre lienzo, 200 x 445 cm.  El mismo asunto puede verse en diversas pinturas “Sin título”, que ilustran estas páginas o en “África 2”, 2003, Óleo sobre lienzo, 190 x 345 cm.

[20] Francisco Rivas, “Teixidor”, “El País”, Madrid, 3/III/1977

[21] Jordi Teixidor, “La elección del camino”, op. cit.

[22] Ibíd.

[23] Ibíd.