PRE-POP 1965. PRECIADOS, CIUDAD MAGNÍFICA

PRE-POP 1965. PRECIADOS, CIUDAD MAGNÍFICA

Texto publicado en el catálogo
PRE-POP 1965
Madrid, 2014: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 222-232
[Intervenciones de Josep Guinovart, Joan Hernández Pijuan, Albert Ràfols Casamada, Josep Maria Subirachs, Joan Josep Tharrats, Francesc Todó, en el contexto de ARCOmadrid 2014.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

PRECIADOS, CIUDAD MAGNÍFICA
ALFONSO DE LA TORRE

 

Era una ciudad magnífica -un modelo de temporada (…)

André Breton y Paul Eluard, “Dictionnaire abregé du surréalisme”, Galerie Beaux Arts, Paris, 1938.
Edición española de Ediciones Siruela, Madrid, 2003, pp. 29 y 30.
La voz « ciudad » aparece firmada por Georges Hugnet.

 

Bienvenidas las imágenes de la ciudad al mundo del arte: los callejones y escaparates, cabarés y plazas, nieve y lluvia bañando el adoquín, el mundo en suspensión retratado por Eugène Atget.  Los carteles luminosos de “Mazda” sobre los grandes bulevares parisinos, vistos por Jacques-André Boiffard para “Nadja” (1929).  ¡ Bienvenidos edificios, calles, comercios, vehículos y peatones, tránsito, farolas y neones -qué conmoción a Tristan Tzara-, luces de la ciudad…pasen a la cirlotiana pizarra de la noche !.  La errancia, decía Breton, no es inútil y vagar por las calles, con la vista despierta, es un acto del arte.

Encuentro con las luces bonaerenses de Horacio Coppola, mas también las calles oscuras, susurrantes, pareciere que en territorio de nadie, vistas por Brassaï o Edward Steichen.  Nieve, en la Quinta Avenida, retrató Alfred Stieglitz.  Locura de la música de los tranvías transitando con su música chirriante, días y tardes ebrias de gin, llameantes de electricidad, que cantara Apollinaire[1].     Nuevo siglo veinte: la vida moderna había llegado y la ciudad era un lugar maravilloso, centro de la perpetua diversión, el espacio “où l’on ne s’ennuie pas”[2].  Promisorio símbolo y espejo de la modernidad, -sería Balzac, en “Las ilusiones perdidas”-, quien vaticinaría que este espacio nuevo encarnaría los tiempos que llegaban.   Mas también lo auguraron Gustave Flaubert, en “Bouvard y Peuchet” o el flâneur Baudelaire.   “Todo para mí -escribirá éste en “Le Cygne”- se convierte en alegoría”: era el viaje al fondo de lo desconocido para descubrir lo nuevo.

Picasso fue uno de los artistas que comprendió primero que la gran urbe era el nuevo mundo, trasladándose a Paris según se iniciaba el siglo veinte, mas también Louis Aragon lo constataría en “Le Paysan de Paris”; Walter Benjamin en los “Pasajes”; Louis Ferdinand Celine en su “Viaje al fin de la noche”.

A partir de este momento, la belleza, con sus cánones tradicionales, no sería.  Al menos no existiría como había venido siendo concebida.   Esto es, no sería la belleza única y absoluta, la transitada por la luz plácida de las bellas historias del arte.   Y es que signo de la modernidad manifestado en el inicio del siglo pasado era la posibilidad de extraer belleza, -la stendhaliana promesa de felicidad-, de la realidad agitada.

Baudelaire lo explicará también con precisión: el artista moderno tendrá la facultad de descubrir, en el páramo confuso de la gran ciudad, una belleza distinta no revelada hasta entonces.   A un tiempo nuevo le correspondería pues un arte también distinto.   Emulando el collage, los nuevos artistas visuales consideran ha llegado la hora de jugar con los fragmentos rotos, un tiempo pleno de experiencias vertiginosas que vindican un cierto relativismo estético, la extrañeza de lo bello hallado en los lugares más sorprendentes.

Los artistas, en especial los ungidos por la fe surrealista, cantan a la ciudad tal el lugar ecléctico en el que es posible, al fin, tentar desvelar la vida.  Emblema y paradoja de un mundo tan fascinado como desencantado, un mundo moderno y promisorio inundado por constelaciones de signos, fragmentario, un universo donde perderse entre el brillo y el tedio, entre la luz y las tinieblas de la moda y la prensa o el coleccionismo y el teatro.

Desde la confesada lectura de Aragon, Benjamin promueve una nueva “lectura” de la ciudad.   Ésta se extiende como un ignoto texto a descifrar debiendo incorporar para ello todos los elementos que en muchas ocasiones han quedado marginados, lo que él a veces mencionó como un harapo o desecho visual.   Son desvelados para el arte lugares que hasta la fecha no habían sido su objeto: los pasajes comerciales y los escaparates entre ellos, los graffitis y las guías turísticas.   Es la búsqueda, escribe, de esos últimos parajes del flâneur…. La voz “Ciudad” se integra en el diccionario surrealista de Breton-Eluard.  Dixit Georges Hugnet, el collagista urbanita: “era una ciudad magnífica -un modelo de temporada-”[3].  Voz “ciudad”, inmediata predecesora de “collage” que suscribe Max Ernst: “es algo así como la alquimia de la imagen visual.  El milagro de la transfiguración total de los seres y de los objetos (…)”[4].

 

 

Calles desiertas, nocturnas aceras enceradas por el brillo de la lluvia, viejos -ahora- solitarios coches aparcados en Preciados.  La luz promisoria del adorno navideño y los mensajes comerciales de días señalados, algunos perduran como en run-run olvidado que retorna con claridad: “Cocina de ensueño”; “Los pequeños detalles…que enriquecen a la mujer”; “Economice”; “Alta confección”; “Ya es primavera”; “Qué grande es ser joven, qué grande construirse un futuro”; “Gran estilo”; “Un beso y un regalo: día de la madre”; “Ya es primavera”; “Milo, alimento tónico vitaminado”; “Otoño, tiempo variable.   Uno de nuestros artistas, Gerardo Rueda, los utilizó, fragmentariamente, en sus collages en los sesenta, también escogió la sonoridad de uno de ellos: “La elegancia social del regalo”, para convertirlo en serie de pinturas: “La elegancia social de la madera”, para mencionar a sus pinturas de maderas en grisalla a finales de los setenta.    Viajan, esos mensajes, en nuestra historia, con nuestra memoria, -en los mensajes que, vocinglera, emitía la radio-, están con nosotros.

Fotografías, -principalmente realizadas por el fotógrafo habitual de la casa en aquel tiempo, V. Tribaldos-, muchas de ellas en la calle de Preciados de Madrid, hay algunas otras de Joan Catalá Soler, relativas al alzado del edificio de la Plaza de Cataluña (1961), casi épicas, algunas de ellas, que parecen recordar a las realizadas en Nueva York por  el fotógrafo del vértigo constructivo, Charlie Clyde Ebbets. Montjuic y la Sagrada Familia asoman en la cima del hierro que construye el esqueleto del edificio.   Algunas instantáneas del escenario de la ciudad solitaria y en silencio nos recuerdan las imágenes nocturnas del Buenos Aires de la calle Corrientes, visto por Coppola.  Mundo en blanco y negro de la fotografía del escaparate, estas realizadas principalmente en la década 1960-1970, algunas años antes, todas pertenecen al archivo gráfico de “El Corte Inglés” y han sido seleccionadas de un amplio conjunto que custodia.

Hemos seleccionado dos grandes series: aquellas que tienen un aire de la época, foto fija de otro tiempo, mas también las que muestran hasta qué punto el arte impregnó el quehacer de esos artistas del anaquel, los antiguos escaparatistas cuya formación provenía en muchos casos del arte, artistas algunos de ellos.    Escaparates de aire surreal, otros de aspecto cinético, también luces del mundo de la geometría.   Algunos otros escaparates con exposiciones tras el vidrio, con cuadros mostrados, como el que exhibe las pinturas y esculturas del artista Julio Álvarez (1955)[5] o la “1ª Exposición Internacional de Arte” (1959), que según los títulos se realizaba en colaboración con el Círculo de Bellas Artes, en los escaparates de Preciados.  “El arte y la moda marcan una directriz”, sentenciaba rotundo un cartel junto a las obras expuestas.  Otros encuentros con el arte: escaparates de homenaje a Goya o ciertas vitrinas con elementos escultóricos de un aire a lo Ferrant, casi de explícito homenaje a la Escuela de Altamira o paisajes un poco a lo De Chirico, era moda italiana lo que se anunciaba…    Collages anunciadores de nuevas músicas pop, en los que se lee “Sinatra”  o “Fitzgerald”.  “Paso a la novedad”, rezan algunos otros carteles tras el vidrio, como retando a los nuevos tiempos.   Hermoso el escaparate dedicado al algodón, encerrado en fanales.  Algunos otros parecen recordar la experiencia de los escaparates realizados por artistas en 1963: encontrándose en uno de ellos una cavidad luminosa que parece recordar la intervención de Pablo Serrano o los papeles hipnóticos que, como mariposas, se mueven en el escaparate, evocando a César Manrique.   Maniquíes de cuya cabeza salen espigas, como si tal cosa (“ya es primavera”, reza el cartel en el pie, que lo justifica).   Esculturas con volúmenes geométricos, muy en el aire del Rueda de finales de los sesenta: estos recibían al codiciado visitante en Barajas.

Imágenes simbólicas de la ciudad de otro tiempo, recuerdo de un tiempo inefable en el que el arte y la vitrina promisoria se encontraban.

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[1] Guillaume Apollinaire en “Alcools”, “Soirs de Paris ivres du gin / Flambant de l’électricité / Les tramways feux verts sur l’échine / Musiquent au long des portées /De rails leur folie de machines”

[2] “Paris 1900-Vues de l’Exposition Universelle et de Paris”, H. C. Wolf Editeur, Paris, 1900

[3] André Breton y Paul Eluard, “Dictionnaire abregé du surréalisme”, op. cit.

[4] Ibíd.

[5] Julio Álvarez (1928-2011) fue artista, que utilizaba el seudónimo de “Abel Beire”, precursor de Certámenes al Aire Libre.  El Centro Cultural Conde Duque le dedicó en 2007 una exposición.