FRANCESC TODÓ.  MANERAS DE ESTAR SOLO

FRANCESC TODÓ.  MANERAS DE ESTAR SOLO

Texto publicado en el catálogo
PRE-POP 1965
Madrid, 2014: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 192-200
[Intervenciones de Josep Guinovart, Joan Hernández Pijuan, Albert Ràfols Casamada, Josep Maria Subirachs, Joan Josep Tharrats, Francesc Todó, en el contexto de ARCOmadrid 2014.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

No tengo deseos ni ambiciones.
Ser pintor no es mi ambición
Es mi manera de estar solo

Francesc Todó citando a Fernando Pessoa[1].

Vivir una vida al margen.  Exaltación de una única ambición: la soledad.

Y algunas maneras de vivir en dicho margen: imaginar describiendo con parsimonia o inventar con lentitud creaciones solitarias, pareciendo siempre otorgar prioridad a la expresividad lineal sobre la algarabía del color.   Eso: parsimonia de la mirada, visión que urde en la periferia de lo visible, elogio de la alegría de lo bello o, lo que es lo mismo: morosidad del pincel y del pigmento en un lento laboratorio de las formas que mencionará no tanto los grandes motivos del ser humano, su vana grandilocuencia, sino más bien la soledad sonora de los objetos utilitarios, máquinas o cosas comunes que nos rodean, pequeños elementos que permanecen quietos, no sabrán nunca que nos hemos ido.    Pintor atrapacosas[2], acogedor y recogedor de objetos sí, entes humildes que, al ser mostrados con despojamiento en la superficie pictórica exhiben con claridad, también, la desolación y desesperanza en la que el hombre parece ser y no estar.  Siendo, a la vez, presente y ausente, errancia en los aledaños de la mirada, Francesc Todó (Tortosa, 1922) deviene un pintor de silencios que ha planteado en su quehacer, desde hace décadas, la distribución cuidadosa, ordenada, concienzuda y, por tal, a veces casi geométrica, de los objetos, teñidos estos por poesía e ironía, por el velo del tiempo.    Y no es extraño que los poetas hayan sido sensibles a este repertorio de un mundo inerte, esa suerte de silenciosa cámara de las maravillas cotidianas, tal repertorio de objetos de lo humano donde no reina más que el objeto, habiendo erigiendo sus versos sobre Todó, desde antiguo: Carlos Barral, Gabriel Celaya, Ángel Crespo, Salvador Espriu, Gabriel Ferrater, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Joan Perucho, Rafael Santos Torroella, entre otros[3].

Pues Todó ha representado a menudo una suerte de estado de letargia en donde los objetos, las cosas, las formas que vagan enderredor, parecen sumidos en una especie de narcosis.  Disposición de los objetos en un mundo de arena, como proyectados en un sueño, duermevela del objeto bañado por una conciencia crepuscular, semejan haber sido sustraídos así de su materialidad y desplazados, más bien, hacia los universos interiores.  ¿Arena?, al cabo, el velo de sus pinturas refiere que dicho tamiz es, ¿y por qué no?, otra forma válida, también, de referir la realidad, la llamada “luz”, la pomposa luz del verano que dijera Mishima en cita a Baudelaire[4].    Tiempo pareciere liberado del tiempo, paso permanente desde la música del tic-tac a la armonía, el que ha ejercido Todó en sus pinturas pues es, al cabo, una forma metafísica de abordar el hecho creativo, bajo la aparente simplicidad que supone irradiar a los objetos su personal luz monocorde.  Mas Todó ha planteado siempre, más bien, una delectación meditativa que ha remitido a las cuestiones más antiguas del quehacer humano: la observación del paisaje o la mirada sobre las cosas.  El hombre quieto que, perseverante, mira el poder de encantamiento ante las menores cosas.  He recordado siempre a Giotto, viendo algunas de las obras de Todó; así las estructuras de algunos de los cuadros de aquel: elogio de colores, líneas y formas, también sus quietos cielos azulísimos, la planitud de su representación, la soledad y aislamiento de lo representado.

Pintar es el refugio inmóvil de un mundo caótico, y el artista puede proponer que su estudio es, en la medida él lo habita, el centro del mundo.   Como en la infancia, cuando la pequeña habitación es el universo en torno al que gira un mundo extraño, lo singular nos libra de lo universal y el pintor, antes que naturalezas muertas nos revela objetos en duermevela, silenciosas presencias que le acompañan, con aire cristalizado, en el taller: pequeñas botellas y fruteros, cuencos o tazas.   Libros y fragmentos de escrituras.  Un aire suspendido.

Desde el goce del alejamiento de escuelas y tendencias, a este pintor “breve y puro”, elogiador del enigma y la magia, de la claridad de una idea que comprende[5], artista de espíritu moderno y factura clásica, empero defensor de un proyecto artístico renovador[6], habríamos de encuadrarle dentro de una representación metafísica en la que, a veces, se le ha comparado con otro pintor quieto, Xavier Valls.  Referidor Todó de la máquina, la invención o la herramienta (gruas y arados, útiles de carpintero, ilustran este texto), y una cierta cacharrería de lo humilde, “artefactos” se ha denominado a veces, sus representaciones no han tenido la ironía de Steinberg, ni la perversidad de Ernst, tampoco la optimista algarabía de Leger.  No, sus imágenes han sido siempre las de un mundo quieto: primero fueron máquinas fantásticas y luego bodegones o paisajes, siempre velados por una suerte de fina trama de la memoria que parece esquivar el ansia de consecución de originalidad que, vanamente, ha ejercido siempre la historia de la pintura contemporánea.    Todó, desde la planicie de las superficies y la cuidadosa ordenación del cuadro, ha hecho del elogio del objeto el tema de sus cuadros.   Amor elemental, mirada tenaz y complacida sobre los objetos aherrojados tradicionalmente al lado de lo innoble que así, en manos de Todó, engrandecen.   Afecto por los pequeños elementos que impregnan la realidad cotidiana, en ese sentido podríamos también decir que su hermandad ha sido, antes que con sus ruidosos coetáneos informalistas o con los herederos de la algarabía surreal, con una escuela de pintores silenciosos de los que Luis Fernández sería buen ejemplo.  Mundo kleeiano, él otro irredento kleeiano, su trabajo es loa de construcción o silencio y donde pintores tal Morandi y Balthus, Gris o Szenes o, ¿por qué no? Jacques Villon, serían sus “hermanos” en la orden divina de la pintura quietista.  Elogio del misticismo del pintor que huye del mundanal ruido, todos los citados se han caracterizado por haber trabajado, silenciosamente, profundizando en la pintura, partiendo de cuestiones de apariencia sencilla, como forma y color, obteniendo un lenguaje reflexivo y de exégesis.

Así, Todó propone su particular fiesta del silencio, la celebración que es, también, negación a ver demasiado, y el elogio del vigor de un ritmo letárgico que impregna sus cuadros y que llevara a Fernando Chueca a subrayar que “sujetan nuestra mirada con la fuerza inmaterial del ritmo, con magia casi pitagórica de sus lineamentos”[7].  Fue este quien señaló que “por el camino de la integración ha llegado Todó a conclusiones estéticas parecidas a las que otros alcanzaron por el de la descomposición del objeto.  Por el camino de la soledad nos ha hecho sentir al hombre en el propio paisaje abandonado”[8].  Poderosa fuerza de síntesis, dijo Castellet[9], en una mirada “tierna e irónica, cultural e histórica”[10], al final sería mejor concluir que Todó ha sido siempre un lírico que ha utilizado la geometría como esencia de su forma de pintar, ensalzador de un constructivismo en voz baja de los pequeños objetos, también de los elementos industriales o de ciertos elementos que, por su procedencia humilde o industrial, son de habitual considerados antipoéticos.    Su materia pictórica refiere, desde esa citada voz baja, la belleza que es capaz de expresarse con pocas palabras, como hicieron los viejos maestros.

Y es la suya una belleza de aire ingrávido, de plasticidad absoluta, pues Todó parece suscribir, cézannesco, que el orden ha de ser la esencia de la pintura, “una auténtica llamada al orden”, escribió Sebastià Gasch[11].  Construcción en el dominio de lo ignoto, vocación la suya por un mundo invisible, un acto de fe al cabo, en su obra prevalece una honda preocupación por las formas de la realidad.  Una preocupación no exenta de ironía: aparente inutilidad de la máquina, artilugios inquietantes que parecen presentarse ante el espectador con “un humor negro, un humor muy emparejado al humor diabólico de Kafka”[12].  Al cabo, declaró Todó que “todo lo que pinto lo he mirado siempre mucho tiempo antes de llevarlo al cuadro.  Y porque el deseo de equilibrio es consustancial a mi carácter y, por tanto, a mi pintura”[13].  Defensor del “método Todó”, su propio método, tan sencillo de expresar como la monacal vindicación del trabajo de todos los días, planteando una pintura donde la mirada parece enemiga de las imágenes palpables, obvias. Pues quebrado lo visible por un velo, semejando quedar suspendido lo representado en el reino ignoto que media entre el espacio y el tiempo, trascendiendo dicha realidad, el pintor propone que velar es otra forma de dar luz, de otorgar la misteriosa claridad, que refiriera Valéry.

Alusión a las cosas cercanas y a la materialidad que conservara un sentido. Mirar, mirar, mirar hasta la extenuación conducente a una suerte de nirvana plástico, mirar pero desde más cerca.  Entonces el pintor parece rescatar una suerte de huella del mundo, de su enigmática luz y, al cabo, Todó propone que lo representado designado, parece no estar presente, un resplandor llegado allende de la imagen, un diálogo en voz baja entre representación y presencia.   Enigma de unas imágenes que parecen nada saber de su anterior existencia, de antiguas interrogaciones, zigzagueando un fulgor: el del sentido que pueda ocultar la forma, expandida infinitamente, intensificada la imagen en esa suerte de no-saber.

O más bien, entre tanta indagación, entre tal obsesivo mirar hasta quemarse los ojos, Todó plantea el desinterés por anteriores significados de la imagen, procediendo a una suerte de desnudez de las cosas, de la realidad apariencial de la que parece sobrarle todo, despojado el mundo físico que es, así sometido, a una conmovedora ingravidez.  Y cuando el paisaje se erija, a veces telúrico en primer plano, otrora en el fondo de sus obras, este horizonte será breve pues revelará, también, un mundo personal, un seleccionado rincón del universo, mas no un fragmento mostrado sin más, sino que es El Mundo contemplado por la mirada del artista.  El que parece existir desde la habitación en la que el pintor se encuentra, con aire de escondido, de agazapado hasta la llegada del fulgor que el crepúsculo bañará con luz de plata.   Frecuente ventana frente al paisaje, reverbera el mar y en el fondo inefable se sitúa la escena, todo muy en la línea del elogio del orden y la contención, pues el cuadro, parece suscribir Todó, debe ser un mundo perfecto, bien construido, que oculte empero la dificultad inherente a la consecución final, tan compleja, de una obra.

Máquinas para la construcción un nuevo mundo[14], mundo de belleza serena e itemporal en el que todo tiene un aire ínfimo, mas nada es banal, pues en sus imágenes nace un absoluto que parece destilar el surgimiento de un último secreto, a punto de aparecer.   Elogio de la elusión en un artista -sin precursores ni epígonos- al que no falta la ironía[15], es el mundo de los objetos cuya fascinación esclava conmoviera a Kandinsky, desde el presentimiento del largo camino que le faltara por recorrer para traspasar el velo de las apariencias.  Todó ha planteado un camino no tanto de substitución del objeto como de búsqueda sobre él.  Explorador de la intimidad de un mundo sin seres, nada de ansiedad en su quehacer, sino más bien el milagroso intento de descubrir qué sea eso profundo que también es él. Su verdadera realidad.

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[1] Llàtzer Moix, “El método Todó”, “La Vanguardia”, Barcelona, 19/I/2006

[2] La expresión “Des attrapes de choses”, le pertenece a Rilke, referido en sus “Lettres sur Cézanne” (1907).

[3] Muchos reunidos en el libro de homenaje a Todó que editó Josep María Castellet en 1961, y que fue leído en la Sala Gaspar el 31/V/1961. En este punto ha de citarse el “Papeles de Son Armadans”, Núm. LXIX Bis, Palma de Mallorca, XII/1961 (Antología poética de los oficios de la construcción [ ilustrado con 19 Xilografías De Francesc Todó ]).

[4] Baudelaire en “Les Paradis Artificiels” (1860).

[5] Rafael Santos Torroella, “Dècima per a Francesc Todó”.  En: Alex Mitrani, “Todó, la música i la poesía”, Emboscall, Vic, 2007, p. 111

[6] Daniel Giralt-Miracle, “Pròleg: la modernitat de Todó”. En Ibíd. p. 13.

[7] Oriol Bohigas, Josep María Castellet y Cesáreo Rodríguez Aguilera, “Tres ensayos polémicos sobre la pintura de Todó”, Joaquín Horta Editor, Barcelona, 1961.   Introducción de Fernando Chueca, p. 11

[8] Fernando Chueca, Ibíd.

[9] José María Castellet, Ibíd.

[10] Ibíd.

[11] Sebastià Gasch (Mylos), “En el taller de los artistas con Todó García”, “Destino”, nº 1139, Barcelona, 6/VI/1959

[12] Joan Perucho, “Las máquinas inquietantes de Francisco Todó”, “Destino”, nº 1242, Barcelona, 27/V/1961

[13] Llàtzer Moix, op. cit.

[14] Joaquim Horta, “En Francesc Todó, sempre pintant, sempre pintor”.  En Alex Mitrani, “Todó, la música i la poesía”, op. cit. pp. 12 y 14.

[15] Daniel Giralt-Miracle, “Pròleg: la modernitat de Todó”. En Ibíd. pp. 12 y 14.