CARMEN CALVO. CREAR ES EL GRAN ENGAÑO

CARMEN CALVO. CREAR ES EL GRAN ENGAÑO

 Texto publicado en el catálogo
CARMEN CALVO. TODAS LAS SOMBRAS QUE EL OJO ACEPTA
(30/01/2014-20/04/2014)
Madrid, 2014: CEART-Centro de Arte Tomás y Valiente, Fuenlabrada, pp. 8-18

CREAR ES EL GRAN ENGAÑO

[ MÁS REFLEXIONES TORNO A LA OBRA DE CARMEN CALVO  ]

CARMEN CALVO. CREAR ES UN ENGAÑO web 1 

CARMEN CALVO

Intervención de la artista (2004) sobre un retrato realizado por Christopher Makos (2002)

 

La belleza no tiene otro origen que la herida, singular y distinta para cada uno de nosotros, visible o escondida, que todo hombre guarda dentro de sí, que preserva y en la que se refugia cuando quiere retirarse del mundo para hallar una soledad temporal pero profunda.

Jean Genet (1958)[1]

 

Acabé por encontrar sagrado el desorden de mi espíritu. 

Arthur Rimbaud (1873)[2]

 

CARMEN CALVO: TODAS LAS SOMBRAS QUE EL OJO ACEPTA, es el título de la exposición cuyas obras son objeto de estas páginas, enunciado inspirado en Paul Valéry y que la artista ha hecho propio.   Es la palabra de un poeta puro, una de cuyas esencias fue la precisión y la claridad, sea bienvenido ahora el orden de esa luz de un poeta de otro tiempo para ejercer entre el agitado quehacer de la desgarrada artista Carmen Calvo, voz de quien plantea escribir agotando la extensión de lo visible.

Se cruza en mi camino otra frase de Valéry, que viene al caso del quehacer inquietante de nuestra creadora: “¿Qué hay más misterioso que la claridad?”.  Y concluye una más del mismo vate que Calvo halló en su paseo entre las páginas de los libros que le acompañan siempre y que le permite defender en ocasiones su posición singular ante el objeto de arte, también frente a ese lugar ignoto que es la representación.  Sentenciaba la artista, casi con una aporía, a quien le preguntaba en fecha reciente sobre sus misteriosos retratos: “Ver es olvidar el nombre de las cosas que uno ve”[3].    Y es que cuál sea el misterio de eso que llamamos “ver”, asunto de estas menciones, es, efectivamente, una de las cuestiones sempiternas de la labor creativa de la artista, a quien podemos calificar de, -así, para comenzar-, una auténtica incitadora de las imágenes.  Capaz de plantear que, -en este mundo nuestro, devastado por el abuso de las imágenes, parpadeantes impenitentes enderredor, yermo territorio donde titilan las imágenes-, se puedan erigir formas visuales otras, si se quiere travestidas y deformadas, descompuestas o recompuestas, surgidas de lo real o cubiertas con elementos o pintura, desvanecidas o incluso sugeridas desde la ausencia; otrosí retratos concebidos con objetos superpuestos, manchados o chorreados por la cera, rostros lacerados, o incitar a las imágenes mediante ciertos elementos que, cual exvotos de un olvidado pasado, permitan reconstruir esa imagen, la del yo, de tan difícil aprehensión.  Toda imagen puede ser maléfica o benéfica, supone erigir un rostro puro o repulsivo, puede una imagen sanar o destruir, -la herida que citara Genet-, mas erigir retratos-borrados es excelsa antinomia que le es propia a Calvo, rostros-sin-rostro, también paisajes devastados, sugeridores de presencias, como el caso de la acongojadora pieza “Silencio” que invade de mudez esta exposición y que permite a Calvo proponer no tanto imágenes surgidas de lo real como desplegar una panoplia de figuras que así circulen, con natural aire de “nuevas”, e indefinidamente, casi subversivamente, soterradas establecerse entre el repertorio aburrido de la reiteración contemporánea.

Si las imágenes fotográficas, que muchas veces están en el sustrato de las pinturas de Calvo, estuvieron unidas al deseo de identidad personal, luego al repertorio criminalístico o médico, ahora entre nosotros se erige el procaz autorretrato solitario del teléfono móvil: es de noche en la parada de autobús y un hombre sólo se autorretrata junto al suburbio, luces quietas.  Al cabo, Calvo nos recuerda en sus obras que las imágenes, como sentenciara Foucault, son ese lugar ignoto y esperanzado en donde se podrían hallar, al fin, -oh malinconia de las imágenes-, cuerpo y alma, la visión y el pensamiento[4].   Más, otro hecho capital en esta creadora es que delante de ella podría no haber nadie, pues es La Presencia, asombrosa y dolorosa, a veces casi de pánico, compungida por el descarnamiento y la dolorosa solidaridad, lo que es fundamental.  Una suerte de lectura en negro de las personas y las cosas, el establecimiento de una mentira, de la creación, concebida para triunfar sobre otra falacia, la de la vida o, si se prefiere, lo real.

Realidad que Calvo plaga de palabras[5], la cuestión es -como decía Alicia- si es posible hacer que las palabras signifiquen cosas distintas.   Palabras ya sean de sueño o de encantadora ilusión, ella se convierte en rebasadora de la estructura pictórica, de ese sentido que cristaliza en sus obras, pues llevando hasta el límite esa suerte de desbordamiento emocional, parece otorgar luminiscencia al mundo retratado, al modo de una mathesis de la construcción de un orden que pareciere establecer las relaciones entre las palabras y las cosas, luz desde la oscuridad de su propuesta, invitación a meditar sobre lo singular del mundo creado, la vida contemplativa que los místicos atribuyeron a la pintura.   Es ella quien conoce bien las escorias de la realidad y, transformando frenética y paradójicamente el universo de las formas parece, en cierta medida, retornarlas a un numinoso sentido original sin excluir un inquietante lodo primigenio.

Gozosa destructora de las formas, esa destrucción debe interpretarse como una suerte de resistencia de la artista, algo parecido a una censura para protegerse de los peligros, tentativa que revela la odisea del deseo, -deseo y muerte es sabido es lo mismo-, que parece situarnos ante la congelada efigie de una presencia de aire ausente, una cierta reparación fantasmagórica que se eleva en sus obras.   Hubiera podido destruirla, decía Giacometti[6], pero he hecho la escultura, justamente por lo contrario, para recomenzar.   Planteaba el escultor así uno de los elementos capitales en su obra, cual fuere el lugar que ocupa la pulsión, -ya sea de aspiración, deseo o vuelo o destrucción-, que narra cualquier obra de arte.   Al cabo, la creación se acompaña también de la construcción del artista, un personaje interior capaz de concebir una obra artística que, en los grandes creadores, cree posible cual demiurgo compartir esa nota de opera aperta con, al mismo tiempo, una cierta crispación e interrogación que plantea cuestiones como el deseo o lo prohibido, la norma y la transgresión, la ficción o lo real.    Juego entre la ausencia y la presencia, mención a una quietud glacial, imagen congelada dirá la artista, para acceder a tal ausente estar no es preciso acudir a lo inmenso subjetivo sino, antes bien, pareciere necesario referir cuestiones elementales que, inquietantes, permanecen escondidas en el acontecer diario, entre la apacible apariencia de lo real, tranquilas esperando tan sólo la chispa que las llame: la niñez, los recuerdos, la iconografía secular de la infancia, el matrimonio o el retrato ajado de las vidas felices.    Fue Walter Benjamin quien indagara en torno a la liquidación de la herencia cultural del siglo veinte, estableciendo la desaparición de lo que denominaba el “aura”: el hombre de nuestro tiempo estaría invadido por las imágenes, pero habría perdido la presencia[7].

Y, entonces, si la actitud idealista no es posible en su arte, siempre quedará en nuestra artista la poesía titular, la frase cazada al vuelo entre sus lecturas que enlaza tanto al cuerpo como a lo sensible, situándose en un territorio ignoto, allá entre cielo y tierra, en una experiencia radical que nos sitúa ante la propia finitud.  Al cabo, decía Proust, cada lector, cuando lee, es el propio lector de sí mismo[8].   Y es que la palabra, con frecuencia de difícil aprehensión, es capital en Carmen Calvo, y así la importancia de los títulos, tanto de sus exposiciones como de sus obras, hace de ellos no un mero acompañante de las imágenes, sino un hecho capital de estas, una auténtica eclosión de las palabras frente al territorio real.    Mas, ¿qué palabras?: títulos enunciados con aire de espantosa claridad, de inmóvil verbo puro, explicaciones que refieren sombras, enunciados como latidos o con el misterio fugitivo de un poema.  Y es esa aparente simplicidad de su decir lo que parece ella hace ingenuamente invisible, lo que coopera en conferir a esta artista y a sus obras una misteriosa fuerza, destilada precisamente del malestar que tales aserciones provocan.   Pues de alguna forma, sus enunciados, jugando al ludus de las formas del museo, de las apariencias de la exposición bien pensante, bajo la apariencia de reunir texto y obra plástica, justificando la imagen presentada, provocan la inquietud, -si no el engaño que sabemos-, de lo que pretende explicar lo inexplicable y que es dicho entonces dos veces[9].

Parecen así deconstruirse entonces los elementos presentes en su representación, pues los objetos añadidos a la superficie de la pintura, los restos de lo real reunidos aquí y acullá, se derivarían de ese título que luego parece haber sido, bajo el aire inmanente de la cartela, borrado o descompuesto, mostrando su fracaso y el naufragio en el que flotan los pecios de la ironía.  Viaje deliberadamente a la deriva, más que consecución, suerte de convincente y declarado fracaso del yo, à rebours pues plantear un enunciado escrito bajo la apariencia de proclama titular que parecería tender la mano a la explicación de lo creado es, más bien, trampa perfecta que permitiría “explicar” lo imposible, vano propósito el comprender las apariencias o, más aún, que la palabra construya el objeto del arte, “arte” cuyo lema capital podría ser exactamente lo contrario, lo que no podrá jamás ser cernido.  Divisa definitoria del arte, emblema que debe presidir cual orla de entrada al reino inefable de la creación y que esta artista conoce bien: lo que no se puede definir con palabras.  Pues, casi desde que se escriben estas, a veces por su causa, el significado habrá huido como pajarito del lugar, al cabo la artista, -cuya esencia es la creación de formas, casi desde que establece un contenido-, propone formas que no cesan de cambiar, viajeras hacia otros reinos desconocidos, sueño despierto, presentido jardín ajeno a lo visible, más aún, formas desterradas al crearse el verbo, huidoras del territorio, tan lejano, de lo que podemos pronunciar.  “La pintura te trastocará, serás condenada a vagar en el mundo de la pintura”, estableció la madre de la artista, cual oráculo, ahora ya confirmado.    Oráculo no lejano de este de Jean Genet, que tan importante me parece para comprender la tarea creadora: no se es artista sin que intervenga una gran desgracia[10].

Más sobre la representación: escribía Carmen Calvo en fecha reciente: “El retrato un género  clásico, pictórico que sigue y interesa más, que nunca en nuestros días.  La fotografía ocupó su espacio ya hace tiempo, pero a mí lo que me interesa es esa doble faz, o máscara que todos tenemos y a su vez manipulamos  nosotros mismos.   Esto me sucede también al observar fotografías de extraños. La transformación del otro yo. Y es así en esta doble manera de ver y sentir las imágenes, a través de un vidrio, deformadas Lo que me lleva a recopilar, y montar una historia.  Imágenes que mi retentiva guarda, y visualiza. Es un ejercicio básico, tal el mirar por una mirilla detrás de una puerta: ¿quién sabe quien, a su vez, te puede  estar observando?.  Es por esto, que mis personajes  anónimos tienen también algo de imagen congelada,
Vista en blanco y negro, que luego viven por la pintura o el objeto que el destino les adjudica.  O más bien mi manera de transformarlos”[11].   En fecha reciente reflexionábamos sobre Calvo: “quizás una de las cuestiones que más desasosiego me causa leyendo a Arthur Rimbaud, itemporal la voz, sea su propuesta, tan en lanzadera de los nuevos tiempos, sobre la existencia de otras maneras de sentir y ver.   Aquello extremadamente inquietante, despojado y rotundo, expresado por él en una carta de 1871 a otro poeta, y muy válido para comprender la tarea del artista de cualquier región o época: ‘trouver une langue; du reste, toute parole étant idée, le temps d’un langage universel viendra’[12].  Esta es una de las afirmaciones más conmovedoras de cuantas expresara el poeta viajero y desquiciado y una de las puertas que asoma hacia ese desconocido lugar donde habita la creación.   Como expresara también Bonnefoy,  la lengua ansiada por Rimbaud no surgiría entre las lenguas conocidas que nos rodean sino más bien de una palabra distinta, destilada por la voz del arte, expresión también de un cierto y fértil desarreglo sensorial[13], el que supone la experiencia artística”[14].   Este es el punto, -el de un nuevo lenguaje, una voz distinta y no hollada entre nosotros-, que es necesario sentenciar.

Al cabo, el cómo somos ha sido el objeto de la historia del arte, tumbas y templos han tratado de acercarse a la representación de los rasgos de quien existiera en otro tiempo.   Simulacro y paradoja para mostrar lo que no sería ya más que un despojo, desconocidos retratos los que ornan por lo general, irreconocibles para sus próximos que les amaron, los túmulos.  Mas ¿por qué esa pasión obsesiva por retratar, como pareciendo proponer la permanencia de quien se marchó?.   Como bien señala Yves Bonnefoy, cualquier retrato refiere la muerte, lo que equivale a afirmar que retratar supone ejercer una conciencia activa de la trascendencia[15].  La agresión que Picasso realiza al rostro de las señoritas de la calle Avinyó, supondría una reflexión en torno hasta qué punto el arte de nuestro tiempo podía plantear interrogantes sobre el otro que está ahí.  Aquello era 1907, hace más de un siglo.

“Esta región secreta, esta soledad donde los seres -también las cosas- se refugian, es la que da tanta belleza a la calle”[16]: de alguna manera, las sombras, nubes, elementos suspendidos, objetos o elementos, pelo o algodón, antifaz o crin, tiza o fragmento, fragmento de lodo o venda cegando a veces los retratos de Carmen Calvo, -o, por el contrario, la mención a los retratos que puede referir el vacío de lugares habitados como nuestros “Silencio” o “Un lugar llano y desnudo”-, parece responder a la desesperación de Giacometti cuando se lamentaba, ya al fin de su carrera, que “todo se me dispersa”.    Alcanzados todos los saberes del arte, el audaz escultor suizo planteaba la imposibilidad del ver con una conclusión reveladora: “no sabía”.   Voz sincera de un artista que expresaba angustiosamente, con inquietud, la dificultad de la visión y de la interpretación de lo real, sobre la que conservará, sí, dos teorías: no se trataba tanto de representar lo visible como situarse en la idea del ser y percibir, precisamente, su carácter ilusorio, las sombras que el ojo acepta, tantas, que viene a concluir en una cierta revelación acongojante: todo es nada.   “El hombre es esta Noche, esta nada vacía”, sentenciaba desgarrado Hegel[17] o, lo que también es lo mismo, el arte sería, ni más ni menos, el obstáculo que impide la revelación sobre la que se indaga, pues la imagen, por perfecta o conmovedora que sea, propone un cierto extravío de la presencia.  Calvo descarta la ironía, su creación está, en cierta medida, plena de reticencias pues su obra se establece deliberadamente fuera de cualquier consolación.  Hay algo en su obra de distancia, rumor silencioso y lejanía en el fondo de sus propuestas que no le impiden golpear al azar, aquí y acullá, del derecho y del revés, en todos los sentidos, imparcial en el furor de sus imágenes, furibunda hasta en las propuestas de placer, porque el “mal” que padece, la sublevación de su ser de artista, su inmensa sed, no es la mención a un extravío que pudiese repararse, ni a un deseo anhelado.   Es el embate con el mundo visible que no comprende y, por tanto, su inspiración es tan clásica como de fondo trágico pues es tormento reservado a su persona, concedido como un misterioso privilegio.   Fuera del alcance humano y a ras de tierra. “¿Qué sería del mundo si fuésemos humanos?”, sentenciará la artista al titular una obra de 2013.

Carmen Calvo abre la trampa cerrada frente a la supuesta inmutabilidad de la realidad y justamente, en ese punto, el voluntario engaño de la pérdida de la presencia es el que parece develar la artista, pues la representación, había escrito Bataille, representa la alteración, y crear es el gran ensayo de la vida: “Esta dificultad anuncia la necesidad del espectáculo, o en general de la representación, sin cuyos ensayos podríamos, respecto de la muerte, permanecer extranjeros, ignorantes, como aparentemente son las bestias. Nada es menos animal en efecto que la ficción, más o menos alejada de lo real de la muerte.  El Hombre no vive solamente de pan sino de comedias por las cuales se engaña voluntariamente. En el Hombre, es el animal, el ser natural el que come. Pero el Hombre asiste al culto y al espectáculo. Y además, puede leer: entonces la literatura prolonga en él, en la medida en la que es soberana, auténtica, la magia obsesionante de los espectáculos, trágicos o cómicos”[18].   Crear es un engaño, podremos concluir.

CARMEN CALVO. CREAR ES UN ENGAÑO web 2

© CHRISTOPHER MAKOS, 2002

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[1] Jean Genet, “L’atelier d’Alberto Giacometti”, L’Arbalète, Décines-Isère, 1958.  Reeditado por Gallimard, Paris, 1967 y 1977. Edición en español: “El objeto invisible.  Escritos sobre arte, literatura y teatro”, “El funámbulo”, Thassalia, Barcelona,  1997, p. 34

[2] Arthur Rimbaud, “Una temporada en el infierno”, Visor, Madrid, 2010, p. 79

[3] Paula Achiaga, “Carmen Calvo, “El artista es más voyeur que fetichista””, “El Cultural”, Madrid, 19/IX/2013

[4] Y el cine, también lo sabe esta artista, es otro de esos ámbitos en donde pueden encontrarse algunos de los hilos que tejen las relaciones entre las imágenes y el espíritu misterioso del artista.

[5] “Pero ‘gloria’ no significa «una bonita argumentación definitiva» -objetó Alicia.

-Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty Dumpty con cierto menosprecio-, significa justamente lo que yo quiero que signifique. Nada más y nada menos.

-La cuestión es –dijo Alicia- si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas distintas.

-La cuestión es –dijo Humpty Dumpty-, quién es el que manda. Eso es todo”.

Lewis Carroll, “Alicia en el país de las maravillas. A través del espejo”, Akal Ediciones, Madrid, 1999

[6] Alberto Giacometti, citado por Jean Genet, “El objeto invisible.  Escritos sobre arte, literatura y teatro”, op. cit.

[7] Walter Benjamin, “La obra de arte en la época de su reproducción técnica”, Taurus, Madrid, 1973

[8] “En réalité, chaque lecteur est quand il lit le propre lecteur de soi-même. L’ouvrage de l’écrivain n’est qu’une espèce d’instrument optique qu’il offre au  lecteur afin de lui permettre de discerner ce que sans ce livre il n’eût peut-être pas vu en soi-même”.  Marcel Proust, “Le Temps retrouvé”, p. 319

[9] De hecho, reflexionando sobre el asunto titular, vienen ahora a mi memoria dos piezas expuestas, “Una conversación” (1997), la obra de la Bienal de Venecia o “Un lugar llano y desnudo” (1996).   Que ambos títulos funcionan por oposición de contenidos es bien sabido.   Pues la conversación del cubo blanco es más bien, vocerío de los objetos, y el lugar llano y desnudo está repleto de objetos varios, sometidos a esa pasión tan de esta artista para la acumulación de elementos.

[10] Jean Genet, “El objeto invisible.  Escritos sobre arte, literatura y teatro”, op. cit. p. 75

[11] Carmen Calvo, texto inédito de la artista.  X/2013

[12] Arthur Rimbaud : “Lettre du Voyant (a Paul Demeny, 15 Mayo 1871)”.  “Œuvres complètes”, Gallimard, La Pléiade, Paris, 1972. Y proseguía Rimbaud : “Cette langue sera de l’âme pour l’âme, résumant tout, parfums, sons, couleurs, de la pensée accrochant la pensée et tirant. Le poète définirait la quantité d’inconnu s’éveillant en son temps dans l’âme universelle (…)”. 

[13] En Ibíd.

[14] Alfonso de la Torre, “Carmen Calvo.  La artista impura”, Fundación Antonio Pérez-Diputación de Cuenca, Cuenca, 2013

[15] Nos estamos refiriendo a Yves Bonnefoy, “Observaciones sobre el retrato”.  Versión española en “La nube roja”, Editorial Síntesis, Madrid, 2003, pp. 139 y ss.

[16] Jean Genet, “El objeto invisible.  Escritos sobre arte, literatura y teatro”, op. cit. p.43

[17] “El hombre es esta noche, esta Nada vacía, que contiene todo dentro de su simplicidad indivisa: una riqueza de un número infinito de representaciones, de imágenes, de las que ninguna viene precisamente a la mente, o (también), que no están (allá) en tanto realmente presentes. Es la noche, la interioridad –o- la intimidad de la Naturaleza la que existe aquí: -(el) Yo- personal puro. Dentro de las fantasmagóricas representaciones hay noche alrededor: aquí surge entonces bruscamente una cabeza ensangrentada; allá, otra blanca aparición; y ellas desaparecen con la misma brusquedad. Es esta noche lo que entrevemos cuando miramos a un hombre a los ojos: sumergimos entonces nuestras miradas en una noche que deviene terrible; es la noche del mundo que se presenta entonces ante nosotros  Conferencias (1805-1806)”. Citado por Georges Bataille en su artículo “Hegel, la muerte y el sacrificio”. “Oeuvres complètes de Georges Bataille”,  vol. IX, Éditions Gallimard, Paris, 1955, pp. 326-345. Versión española: Georges Bataille, “Hegel, la muerte y el sacrificio”, El Aleph, Buenos Aires, 1999

[18] Georges Bataille en su artículo “Hegel, la muerte y el sacrificio”, op. cit.