CARLOS CARTAXO, UN ARTISTA INQUIETO

CARLOS CARTAXO, UN ARTISTA INQUIETO

Texto publicado en el catálogo
CARLOS CARTAXO. MODELOS DE CONSTRUCCIÓN 
(06/11/2014-04/12/2014)
Madrid, 2014: Centro Cultural Pérez de la Riva, Sala Maruja Mallo

Carlos Cartaxo (Valladolid, 1978), un artista inquieto.   Quien erige, como forma creativa, una revisión declarada de ciertas vanguardias que, tras pasar por su forma de pensar, devienen algo nuevo.  Cuando conocí sus primeros trabajos hace algunos años me sorprendió, artista joven, la defensa de nociones pareciere ya antiguas: el orden y la geometría, la querencia cubista por el collage, una cierta actitud “silenciosa” y meditativa que veía heredera de algunas zonas del arte conceptual, también un acercamiento al arte de la norma que no excluía su interés por rebasarlo: lo que siempre interpreté como una cierta joie de vivre, un modus ludi de fabricar sus obras. ¿Sería posible crear, pensar y gozar, al tiempo?.

También he escrito “fabricar” a sabiendas de su pasión por las arquitecturas lígneas y por el enfrentamiento directo al quehacer diario en la soledad del estudio.  Reivindicación del taller y de su estar, en ritual por él descrito, que no excluye la llamada zen a la mente en blanco y a una cierta serendipia.   Paul Auster ha defendido, lo hemos citado a veces, la vida de gloria de quienes crearon en el encierro, el mundo cabe en una habitación (Hölderlin, Morandi, Palazuelo o Schwitters, entre los que recuerdo ahora).       Las últimas creaciones de Cartaxo, -“Cuadros como objetos”, en palabras del artista que suponen una declaración de principios-, tienen algo de pintoesculturas[1], cuadros a los que, en privado, he llamado “Geometrías blandas”, donde se sugiere una indagación muy personal sobre el espacio y, claro está, la (dis)relación entre forma y dibujo.   Distopía de la creación de las formas, en algunas de sus nuevas pinturas también hay juegos que no excluyen el riesgo, preguntas sobre eso que Millares llamaba “la dimensión perdida” o los “hoyos infinitos de misterio”[2].   Me estoy refiriendo obviamente a la desaparición de zonas del plano pictórico y el surgimiento de vacíos, la insinuación del bastidor, del dorso del cuadro, y la visión de la pared.   Las pinturas así, como es el caso de la vibrante “MKS” (2014), devienen casi, por completo, nuevas estructuras que antes que referir el espacio en derredor se imponen en él con su poderosa presencia, herederas de los Merzbau del ya citado Schwitters.

Viajero desde el plano del lienzo pintado incitador de volúmenes al volumen real, citar otras referencias sobre su quehacer obliga a mencionar, a mi parecer, a Richard Diebenkorn, cuya enseñanza parece asomar en ciertas pinturas de 2014[3].   Noland, por él reivindicado como forma de ver-estar en el cuadro en la proximidad mas, a la par, afectado por un cierto noli-me-tangere-, o las geometrías hacendosas de Frank Stella, pueden ser otras dos referencias.   Mas siempre veo a Cartaxo como un geómetra atravesado por eso que los franceses llamaban “l’envolée lyrique”, esto es, una geometría o una pasión por la norma y un acariciar también el mundo de lo fractal (surgiendo ciertas reticuláreas que diría Gego)[4], mas es nuestro pintor otro soñador kleeiano, otro sediento de la línea, un gramático de las formas que no esquiva la presencia de un notable acento lírico.  Composición pictórica que, según Cartaxo, juega a evitar la lógica de la estructura o, en sus hermosas palabras: “la pieza construida presta a la pintura un cuerpo”[5].   Coyuntura del cuerpo y de la geometría.

Composición de planos desplegándose con aire nervioso en el espacio, geometriflexia, formas que, como en la construcción de los pequeños mundos de papel, parecen estar en proceso de crecimiento, pliegue y despliegue, avance en la penumbra en múltiples direcciones.  Ello me recuerda una anotación que escribirá Palazuelo en los años cincuenta: “así pues, privada de reposo, la idea del espacio parece buscar sin cesar el infinito de la augusta presencia (refugio), moviéndose, en el infinito interior de la impotencia humana obsesionada por una visión, en ocasiones agitada y otras flébil, siempre desconsoladamente dirigida, mas en vano, hacia lo ilimitado”[6].   No limit, fue una exposición colectiva reciente en la que tuvimos oportunidad de contemplar sus obras y, verdaderamente, es término que se ajusta a ese quehacer desinhibido, a ese viaje o vuelo que muchas de sus formas parecen iniciar.

Reposar sobre la tierra y volar[7], parece ser máxima kleeiana suscrita por Cartaxo cuyas obras están teñidas de una misteriosa luz, una luz clara portadora de limpieza y precisión de la línea.   Redes y nervios de trazos que ramificándose, al modo de límites encendidos, permitirán la eclosión del color, visionario otrora, parecen también evocar algunas de sus estructuras de líneas las perdidas geografías de los viajeros en el zeppelín.  Espacios lagunares, planos o cartas de navegar ansiadas por tantos creadores, rosa de los vientos[8], territorios anunciados titularmente en sus dibujos que parecen ser erigidos no tanto en el viaje sobre la cuadrícula como en la introspección en el espacio, “exilio y meditación sobre el exilio”, dice Yves Bonnefoy es la geometría[9].    Despliegue y entropía, sus formas parecen viajar, caprichosas, entre el ángulo y la curva.  Desvarío del soñar, incandescencia de la pintura.

__________________________________________

[1] El término evoca al crítico Juan-Eduardo Cirlot. Pintor-Escultor llamaba este a Manuel Rivera en su clásico “Informalismo”, Ediciones Omega, Barcelona, 1959, p. 44

[2] En 1956 los “Muros” de Millares evolucionan hacia dos ciclos pictóricos próximos, a veces fundidos.  Se trata de sus composiciones “con dimensión perdida” y “con texturas armónicas”.    Este conjunto de trabajos supone una honda investigación matérica, de esencia despojada, y lleva al artista al descubrimiento de las posibilidades de la arpillera.  En palabras del artista, en 1956: Lo insólito que me aguarda en la dimensión perdida de una burda arpillera encuentra su único paralelo en lo oscuro e inatrapable de lo desconocido. Sobre el término “dimensión perdida” escribía también el artista: No admito la tercera dimensión ficticia, óptica, pero sí una dimensión auténtica, material.  Es lo que yo llamo ‘dimensión perdida’, porque su fondo es real y, en consecuencia, no rompe la frontalidad mural. Manolo Millares (1956), recogido en: Alfonso de la Torre, “Catálogo Razonado de Pinturas de Manolo Millares”, Fundación Azcona-MNCARS, Madrid, 2004.

[3] Como en las pinturas sobre lienzo “Geométrica, green, blue, yellow”.  También en “Detrás del panel” (ambas de 2014).

[4] Tal en las pinturas “Geométrica” (I y II), ambas de 2014.

[5] Carlos Cartaxo, “Statement. Ideas acerca de mis objetos pintados”.

[6] Pablo Palazuelo, “Cuaderno de Paris”, 1953. Inédito.  Cortesía de la Fundación Pablo Palazuelo.

[7] Will Grohmann, “Paul Klee (1879-1940)”, Flammarion, Paris, 1955, s/p

[8] Claude Esteban y Pablo Palazuelo, “Palazuelo”, Editions Maeght, Paris, 1980. Versión española de “Ediciones 62”, Barcelona (1980), p. 150: Busco tesoros; he encontrado ya uno que consiste en un ‘plano cifrado’.  Ese plano o mapa va revelando el camino que conduce a otros mapas (tesoros a su vez) a otras cartas de navegar, donde quizá se halle trazada la rosa de los vientos.

[9] Citado por Jean Clair, “Maquinismo y melancolía en la pintura italiana y alemana de entreguerras”, en “Malinconia”, Visor, Madrid, 1999, p. 90