ANDREA SANTOLAYA : OTHER VOICES, OTHER ROOMS

ANDREA SANTOLAYA : OTHER VOICES, OTHER ROOMS

Texto publicado en el catálogo
ANDREA SANTOLAYA. CARTES DE VISITE (14/10/2014-31/12/2014)
Valencia, 2014: Palau de la Música, pp. 7-9

 

Desafiantes miran los ojos de Lena Lenina.   Un vestido de Romeo, tal otro de Julieta, vistos en un interior, cuelgan en un muro rothkiano de aspecto ajado: tienen el aire de las vestimentas del crimen de los viejos museos de historia.   Comencemos pues: no es este el mundo de la belleza oficial.

Son algunos recuerdos, que llegan antes de escribir, de las fotografías de Andrea Santolaya (Madrid, 1982), una creadora nacida en el mundo del arte y cuyas imágenes no se comprenderían sin este.     Frecuentadora de los caminos no visitados en asuntos pareciere ya muy tratados, su trabajo ha sido buscador de aquello que Capote llamaba other voices, other rooms.    Extrañeza de otras voces, otras estancias, música en voz baja.   Como revelan los instantes quietos que componen una de sus series ahora expuesta, “Prelude” (2012), su quehacer muestra la querencia por las otras cosas, aquí el relato de un mundo inmerso en lo musical, mas silencioso, pues hay un aire de misterio en las imágenes de esta artista, portadoras, siempre, de una poética contención.   Arte compuesto de visiones e instantes, viajera entre la metáfora y la elipsis, en sus fotografías de trasmundos (tras el escenario en este caso) pareciere flotan suspendidas las conversaciones.  Vida interior en lugares de tránsito, preludios e intermedios, esperas, miradas en el vacío: también queda en suspenso el tiempo que vaga en el aire.  Propuesta de singulares tierras de nadie, espacios visuales reivindicadores del instante de un tiempo desapercibido, tal si fuere un tiempo también de nadie.  Pues, portan sus imágenes un aire de haber sido robadas al destino que dijera Char.

Viendo el mundo en suspensión de Santolaya he recordado los cuadros de Vuillard,  ese artista propenso a la narración de misteriosas escenas de interior.  Contemplando estas bailarinas, Tatiana Miltseva o Victoria Kutepova, semejando ser devoradas, consumidas poco a poco, por el vaho que pareciere anunciar la inminencia de otro instante, quizás la llegada del verdadero reino del artista, el inmóvil de la noche.   Antinomia del retrato, -rostros desvelados a duras penas entre la luz velada del vestidor, el instante del espejo fugaz y su ángulo, un movimiento en la sala de ensayo-, en sus obras Santolaya propone la pregunta sobre el misterio de la mirada y, al cabo, la propia condición humana; enigmas del rostro, sus personajes así convertidos, casi, en actores de un teatro de las sombras, abstracciones que suplantan lo visible, eso que algunos han llamado el carácter ectoplásmico aludiendo a Vuillard, materia de la sombra elogiada por Walt Whitman[1].    Imágenes del baile que, al modo de las conversaciones en voz baja  que escribiera André Gide, terminan por constituirse en elogio del equilibrio que sucede en la penumbra, recordándonos los secretos lazos que nos unen, indisolubles, al misterio de lo visible.  Y que el arte propone contradictoriamente poner en pie.

Pregunta sobre la supuesta claridad del mundo, es la obra de Santolaya el escenario de la incandescencia de imágenes que, -frecuentemente con aire de una inmediata desaparición, estupor de lo que estuvo y pronto no estará-, parecen portar así un inefable aire de acción detenida y contención poética.   Región la suya de inefables narraciones quietas, imágenes negadas a la imagen “veraz” y poblándose de historias en disolución, es su obra el elogio de la errancia de la visión, la vindicación de cómo puede ofrecerse la narración desde la aporía de la clara densidad, elogio de una luz muy de ceniza.  Santolaya escoge, en dicha narración, el verso suelto, una suerte de fraseo de las cosas resonando en el vacío y el mundo que nos rodea, lo considerado con fatuidad “real”, es convertido por ella en un espacio en suspensión que, entonces, no esquiva la zozobra.  Magia de las apariencias, belleza extraída de la nada que, junto a nosotros, desapercibida pasa, esa querencia por el instante es lo que hace sus narraciones tengan a veces la apariencia de momentos robados.  Podríamos escribir también que Santolaya no es tanto una fotógrafa como una artista que piensa y que aplica el pensamiento, la inteligencia por tanto, a sus imágenes.    Artista con aire fronterizo, creadora around, como titularía una de sus series, viajera parece entre la pintura y la fotografía, su arte es perseguidor de una claridad de otro orden que nos recuerda, siempre, el pasmo de Duchamp, su tendencia a escaparse de sí mismo y que, en el caso que nos ocupa, simbolizado en la imagen introspectiva de Dasha y Evgenia, emblema de esta exposición, suscribirían aquello de Marcel: era un estado mental.

¿Artista?, en realidad yo quiero ser un anartista, sentenciaba Duchamp;   Santolaya también lo es, en el sentido de no transitar caminos andados, pues su luz quieta es una invitación al desplazamiento interior, otrosí a trazar nuevos viajes mentales entre este mundo difuso, con aire de haber sido embargado por el sueño.  Si joven artista Santolaya, es, empero, creadora a contracorriente, complacida desdeñosa de las modas, inmersa en su peculiar reflexión sobre el tiempo, elogiadora de lo que fue y es, por tanto, fugaz y transitorio, elevando imágenes tan inapelables como autónomas.   Suscribiendo lo escrito por Larry Fink sobre ella: “lo que omite arroja luz sobre lo que muestra (…) una ensoñación silenciosa por el efecto de la luz que emana de su interior”[2].    Poeta de las imágenes, la singular relación de estas con el tiempo es el asunto capital de su quehacer y ello le convierte en una artista libre que parece, por qué no, elogiar la melancolía, tan fértil para el arte de nuestro tiempo.

Vistas de los jardines Mikhailovsky o del jardín Botánico neoyorkino[3], tal da, en este último caso entre el paisaje asoman las esculturas de Manuel Valdés.    Paisajes de Santolaya, esculturas semejantes a árboles y follajes (“Butterflies”, “Ivy”, “Galatea” o “Fiore” (2012)) o, construcción esta vez del paisaje, vegetales confundidos con las piezas escultóricas de Valdés, es la suya una reflexión temblorosa, paisajes de sueños grises que, en todo caso, está teñida de intensos sentimientos poéticos que alcanza cotas inefables, rozando lo sublime que enunciara Rossenblum[4]: magnificencia, oscuridad y zozobra, en obras como las dos imágenes tituladas “Paraíso”, casi al borde de la consunción.

Reflexión y metáfora sobre la vida, los que en ella están y los que ya no; sobre lo que se ve iluminado por una engañosa luminiscencia pero, -el pomposo reino de la luz, que dijera Mishima revisando a Baudelaire-, también, sobre la tiniebla o, en definitiva, lo que no se percibe, exactamente, con la visión.  Indagación pues sobre el poder de evocación de las imágenes y lo que está más allá de la realidad.

Interpretación de las obras de Valdés con aire de prescindir, Santolaya pareciere mostrar en sus imágenes el desvelamiento de lo natural, sus arcanos y silencios, como una vez que fue primera o como la temprana luz del día, un milagro, una revelación de cosas distantes o voces no dichas.  De enigmas de la realidad.       Elogio de los paisajes mentales, en esta superposición fértil entre la obra de Valdés y el paisaje, otrora ciertos elementos arquitectónicos, Santolaya parece intensificar la mirada, pues belleza convulsa o no sería, aportando una visión redoblada para, desde ahí, devolver una naturaleza distanciada, con aire de no hollada.  Inmenso horizonte revelado por la quietud, es la suya una calma vibrante que pareciere teñida por la grisalla, un misterioso sigilo.   Y mencionada la inherente quietud que, en rigor, destila el atributo antes citado de “mental”, éste obliga a referir que el desasosiego con el que aborda la representación de lo natural parece inherente a la estirpe verdadera de los artistas silenciosos.  Luz que pareciere preceder al estallido convulso de la tormenta,   Santolaya es reina de un reino intermedio, habitante de sus imágenes.    Propenden estas al  recogimiento, al elogio de una luz consumida que podríamos también calificar llanamente de ‘espiritual’, surgida desde una aparente ‘nada’.    Ello permite a esta artista que un mundo de aspecto reflexivo, preguntando a tientas sobre la realidad, en tal extrañamiento, llegue a convertirse en un estilo, una poderosa luz a lo Santolaya.

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[1] Como subrayara Javier Rioyo en su lúcido: “Manolo Valdés, del misterio al este del edén”, en “Manolo Valdés. Jardín Botánico de Nueva York”, La Fábrica, Madrid, 2013

[2] Larry Fink, texto en “Around”, Ediciones La Oficina, Madrid, 2012

[3] Las obras pertenecientes a la otra serie expuesta: “Manolo Valdés. Jardín Botánico de Nueva York”, (2012)

[4]ARTnews59”, nº 10, Nueva York, II/1961