ALBERT RÀFOLS CASAMADA: LA LUZ QUE HABITAMOS

ALBERT RÀFOLS CASAMADA: LA LUZ QUE HABITAMOS

Texto publicado en el catálogo
PRE-POP 1965
Madrid, 2014: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 104-116
[Intervenciones de Josep Guinovart, Joan Hernández Pijuan, Albert Ràfols Casamada, Josep Maria Subirachs, Joan Josep Tharrats, Francesc Todó, en el contexto de ARCOmadrid 2014.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

Donde la luz nos reúna.   Escritura poética, la pintura de Albert Ràfols Casamada (Barcelona, 1923-2009), lírica de los signos elevados en el espacio con un aire de suspensión en una nebulosa.  Lo que él llamó a veces una nebulosa primigenia[1] en cuyo interior se celebra una suerte de epifanía de los signos, siendo tarea del creador hacer emerger, construir mediante una singular reunión de pensamiento y sensibilidad formas que, de apariencia insignificantes, de no fácil aprehensión, suponen indagar en torno a qué cosa sea el espacio de lo real.  Artista insistente en que poesía y pintura, tal da, son los elementos que permiten dar cuerpo a una misteriosa luz, ese destello que nos permite interrogar cuáles sean los misterios de la realidad.

La ampliación del tamaño de los soportes será una de las características de la pintura de este poeta pintor (recordemos su excepcional “Signe d’aire (Obra poética 1968-1976)” de 1976) durante la década de los años ochenta. Artista de importantes connotaciones poéticas de lo que da buena muestra además su trabajo en ‘Espai de veu’, libro de poemas de 1987[2]. El lirismo es protagonizado por pequeños elementos que flotan en campos de color como residuos gestuales de su propio informalismo, lenguaje que abandonara a finales de los años cincuenta. De dicha pincelada informal quedó en Ràfols una personal manera de interpretar la geometría que, junto a sus incursiones poéticas, convierten las formas en sensaciones cromáticas, a pesar del énfasis que el artista pueda llegar a hacer con títulos.  Evocando algunos de sus poemas en los que, como en su pintura, late el tempus fugit: “com en el poema d’Eliot, el temps pasa i el temps futur es fonguin en un sol present.   En l’espai present (…) on sigui posible portar ben enllà tots els limits”[3].

Interesado al inicio de su carrera por la conjugación de la figuración fauve y la abstracción informalista, y no sin antes recorrer territorios caracterizados por una austeridad cromática de corte constructivo, Ràfols logra una depuración formal definitiva en la línea de sus primeras ambiciones pictóricas y poéticas.  Albert Ràfols Casamada tuvo contacto con la pintura desde su infancia, siendo su padre pintor y estando inmerso en el ambiente y valores del postnoucentisme (“en mi caso personal, existe desde la infancia un contacto con el arte y con el oficio de pintor (…) mi contacto con el arte y específicamente con la pintura fue, pues, muy natural desde el principio (…) conocí las luchas y dificultades de la expresión, la libertad y la pasión del pintor”).   Tras abandonar estudios de arquitectura, su trayectoria artística en los cincuenta estuvo también influida por la poética constructivista y abstracta con la mirada próxima a  la obra de Matisse y Cézanne.  Estas obras evolucionarán en los cincuenta a una abstracción caracterizada por el sabio uso del color y la creación de una cierta estructura geométrica.   Es a partir de los sesenta cuando surge en su obra una cierta austeridad cromática con presencia de los blancos y la aparición de sus primeros collages.   Su preocupación e interés por lo espacial le llevará a  investigar sobre diversos materiales y a realizar una pintura a modo de collage o assemblage con ciertas evocaciones sígnicas y numéricas, poética del objeto cotidiano con una cierta mención rauschenbergiana.   Es en los setenta cuando su pintura tiende a hacerse más poética,  atmosférica, incorporando ciertos elementos de la naturaleza, de aire intangible: aires, nocturnidades, luz de venecia, música de la noche, tiene ya plena cabida en su obra.    Este lirismo se acentuará a partir de los ochenta, momento en el que los formatos se agigantan y el artista incorpora pictogramas elementales que proponen un singular encuentro donde música y poesía se hermanan con la pura pintura, herramientas indisociables para indagar en los misterios de lo visible.

Artista preocupado en indagar sobre la armonía al pintar, puede decirse, por tanto, que fue un pintor que planteaba escribir en el espacio, escritura en esa atmósfera, mediante trazos que parecen, a veces, ir y venir, navegar entre ella.    Ràfols Casamada consideró siempre que pintar es descubrir dimensiones distintas de la realidad, una suerte de reset del acto de pintar que, desde un cierto nirvana de sentidos atentos, permitiera efectuar la búsqueda y el consiguiente hallazgo de una esencialidad de las emociones.   La forma nace del deseo, habría señalado este artista en ocasiones, y crear es desear la certeza de las formas: “del misterio del hacer y de la necesidad de objetivar cierta fuerza creativa que sientes y transformarla en un objeto que se independiza, que cobra vida propia y se desprende de ti”[4].  Búsqueda del pintor en la contemplación, en la interrogación de que, tras la realidad, hay otra misteriosa lectura de la misma que es posible abordar en diálogo con la materia pictórica, insistencia en una búsqueda surgida con aire de despojamiento zen, de partida desde la nada del oficio de pintar, aquello referido por Shitao: “en medio del océano de la tinta, asentar firmemente el espíritu; ¡que en la punta del pincel se confirme y surja la vida! En la superficie de la pintura, efectuar la metamorfosis; ¡que en el seno del caos se instale y brote la luz!.  En este punto, aun cuando el pincel, la tinta, la pintura, todo, quedara abolido, el yo aún subsistiría, existiendo por sí solo.  Pues soy yo quien me expreso mediante la tinta, la tinta no es expresiva por sí sola; soy yo quien trazo mediante el pincel, el pincel no traza por sí solo.  Doy a luz mi creación, no es ella quien puede darse a luz a sí misma”[5].  En esa nada, propuesta por Ràfols Casamada, queda la memoria de las interrogaciones, estructuras o signos que fueron sepultados por la pintura, navegación de los signos de dentro a fuera, de fuera a dentro siempre, en sus palabras, entre el deseo y la espera: “la espera, el vacío, y el espacio que ese vacío y esa espera, ese estado de disponibilidad, ofrecen”[6].  Al cabo, este pintor plantea, así lo ha escrito él también en ocasiones, la presencia del vacío como un vacío luminoso, la tela vista como luz potencial, haciendo surgir la luz mediante el trabajo pictórico.

Pues crear es, para este artista, la posibilidad de plantear nuevos problemas en el espacio mediante los dos elementos básicos de su quehacer, el color y la textura, a la búsqueda de una sonoridad particular, una luz propia, hasta lograr que la pintura se convierta en un espacio de luz, “conseguir la luminosidad de ese fragmento de mundo”[7].  Luz intangible, sonora luminosidad, silencio luminoso el de este pintor mudo: “lo más intangible, la luz que habitamos, es, también en la vida, lo más esencial.  La luz en la pintura es un misterio, una irradiación callada y elocuente.  La voz de la pintura está en esa luz”[8].

Para este creador, cada color tiene un significado propio, y es tarea del artista conseguir que cada tono hable por sí mismo, inundando dicho color de lo que él llamaba presencias, vestigios o signos de presencias, surgidas desde un lenguaje personal cuya esencia sea la sensibilidad.  Estructurar el espacio con la luz, para Ràfols Casamada es necesario percibir en su pintura el paso de lo luminoso y el peso del aire: que el instante de creación ilumine la obra.

Quizás una de las dudas que surge al preguntarse sobre el quehacer de ese pintor sea qué ofrece su representación.  Un cierto desparpajo nos tentaría a escribir “nada”.  Pues sí, es una cierta nada, tan plena, la que se plantea tentar este artista tan amigo de los silencios.  Pues descartado con frecuencia el paisaje explícito, la representación descriptiva de la naturaleza, hay que inferir que estamos ante una pintura más bien de espacios, que parecen evocar siempre un mundo quieto, con aire de la citada atmósfera que él siempre ha mencionado.  Quizás uno de los textos más clarificadores del artista sea uno de su dietario, en el que refiere la descripción de los objetos en la soledad de la habitación.  De su encuentro con ellos en duermevela, al apagar la luz, surgen unas nuevas formas que le permiten, así, una suerte de fértil trance visual.  Escribe Ràfols Casamada: “En el silencio de la noche, los objetos de la habitación parece que velen mientras tengo la lamparilla encendida.  La misma luz tiene una leve sonoridad, como una ligerísima vibración.   Cuando apago la lámpara veo unas finísimas rayas de luz en la ventana.  La claridad exterior se filtra a través de la persiana.  Una luz tenue.  Hay una distancia entre el punto de luz y la habitación.    Sin embargo, en la oscuridad la luz va creciendo.   Es como si siempre fuese noche de luna.   Las esperas son un interludio entre acción y acción.  Una pausa del cuerpo, pero no del pensamiento.   Hay un vacío: el tiempo replegándose sobre sí mismo, mientras nuestros brazos reposan forzosamente.   Una libreta y un lápiz pueden hacer posible la transformación de ese vacío en un instante de plenitud.  Algunos de mis poemas han nacido en momentos así”[9].

Su pintura ofrece así, más bien, un aire de paisaje interior, o los recuerdos interiorizados allende la memoria. Atmósfera frecuentemente de aire bonnardiano, desde el recuerdo a otros pintores por él tan admirados como Rothko, Matisse o Mondrian.    Pintura, también, con aire de repetición de un tiempo inmóvil, elogiadora de la serialidad y de la variación mínima, del análisis reiterado del imperceptible cambio en un-fuera-del-tiempo en el que ese aire atmosférico parece desdeñar el acontecimiento sucedido fuera de él.   No es posible identificar ni estaciones, ni celebraciones, ni paisajes aunque los títulos los citen: “Aurora” (1968); “Final de estiu” (1983); “Mar de Ponent” (1986); “Musica acuatica” (1987); “Laguna veneciana” (1987); “Tramuntana” (2002); “Jardí de nit” (2003) o “Aire de Llevant” (2004).  Títulos de frecuente mención poética, muy de aires, de elementos más intangibles que ceñidos a elementos físicos, tal los árboles, casas o campos.

Indiferencia al tiempo del calendario, al paso de las estaciones, al lugar en que se ubica al pintor, toda su pintura parece un callado y delicado ejercicio de entropía, siempre atento más bien a una suerte de tempo interior, ajeno a la representación certera o primorosa, detallada, del mundo externo que ha sido, durante siglos, objeto de la atención de la pintura.  Equivalencia con la actitud de un Marcel Proust: el tiempo y el espacio parece revelarse como un acontecimiento al margen,  asuntos desplazados a la vida interior, que es el verdadero objeto, -el sentimiento del artista que ve el espacio y el tiempo desplegarse en torno a él-, el tiempo en estado puro escribiría el escritor de à la Recherche.

Estudiar formas, formas simples sin significación alguna concreta, circulando sobre la superficie de la pintura, “son como los hechos insignificantes que llenan tantos momentos de la realidad”[10].  Pintura con aire de extinción del artista, algo que ha sido el objeto de la pintura de nuestro tiempo: si lo externo parece no ser objeto de representación, parece subrayar el creador catalán, es el tiempo mismo lo que sería necesario pintar.  Así, el quehacer de Ràfols Casamada parece ilustrar el esfuerzo por escudriñar el tiempo que ha perseguido a ciertos artistas: captar el tiempo a través de la pintura supone mantenerse a distancia y, en cierta medida, desplazar la pintura a un nivel podríamos decir preiconológico, pintar esa realidad que se aprecia en torno a nosotros, -en la habitación por ejemplo, en el citado desvanecerse entre la luz los objetos-, antes que proponerse su reflejo fiel, viaje desde la representación hacia el despojamiento de la pura visibilidad, la búsqueda de eso no-visible-ofrecido-ante-los-ojos, una visión flotante que erige los rescoldos de un numinoso mundo visible.   Al cabo, podríamos también citar a Vuillard y sus ectoplasmáticos retratos femeninos ubicados en interior, y su aire de espíritus surgidos para luego parecer desvanecerse entre los muros de las habitaciones donde se hallan. O referir, también, a Bonnard, aliándose así Ràfols Casamada, como vemos, a una estirpe de pintores que han planteado la posibilidad de representar una percepción anterior a toda significación, percepción ubicada en un no-lugar, antes del espacio y el tiempo, lo que podríamos llamar una intensificación de la visión.  El resultado es así la nebulosa citada por el artista, una suerte de plasma pictórico, vibrantes los signos entre el colorido, que plantearía la posibilidad de conmemoración de lo visible –“el instante de luz posible”[11]– no tanto con el elogio tozudo de la descripción primorosa y veraz de las cosas que lo rodean, sino más bien mencionando el misterio de los lazos secretos que nos unen, apenas perceptibles, casi sin saberlo, al mundo de lo visible.

El objeto del arte de este artista parece, así, tender un puente que penetrase en el mundo exterior para hacerlo revivir, tiempo después, en su estudio, a través de un proceso de decantación del recuerdo, guardando de lo vivido sus elementos poéticos, el estallido de las sensaciones, las apariciones deslumbrantes que ofrece el recuerdo y que su sensibilidad transmitirá al lienzo concibiendo unos vertiginosos paisajes interiores.  Pintor no de lo que ve, sino de lo que recuerda que ha visto, si durante mucho tiempo prevaleció en la historia de la pintura la representación de un mundo inteligible, el arte del siglo veinte percibiría el desvanecimiento de tal ilusión.  Tiempo suspendido en que el paisaje se despliega ante el rostro callado que impasible observa, escribirá este artista[12].  En fin, al cabo, proponía este pintor, nuestra mirada puede transformar en algo nuevo todo lo que miramos, incluso aquello que hemos visto muchas veces.

Ràfols Casamada plantea un mundo de indagación de las formas, diálogo sensible con los conceptos que componen este viejo mundo, pareciendo poner a cero la historia de la pintura, mundo de una cierta ensoñación personal compuesto de signos y elementos simbólicos: ángulos, líneas, fragmentos que atraviesan su sueño para rencontrarse en un territorio capaz de definirse como un territorio en desvanecimiento, vértice nocturno, multiplicados destellos, mundo en suspensión habitado por ese decir poético, detención del tiempo en el poema o la pintura, tal da, instrumentos inefables para una percepción otra que rescata las dimensiones evaporadas de la realidad, mundo de susurros y tinieblas, antes que de certezas, un orden luminoso.

La oscura luz que ilumina el instante, ¿por qué sentido nos llega y atraviesa?[13]y ¿qué luz nos llena?[14].

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[1] “El combate entre la nube y la forma.  La forma nebulosa.  En su nebulosidad están, potencialmente, todas las formas.  Hacer emerger la forma.  Los límites, los colores, la textura.  Construir la forma a partir de la nebulosidad primigenia.  La sensibilidad descubre; el pensamiento construye.   Hay que vigilar que la construcción no acabe oscureciendo la luz que había que descubrir”.  Albert Ràfols Casamada, “Dietario, 1975-1985”.

[2] Albert Ràfols Casamada, “Espais de Veu”, Druïda, Mahón, 1987

[3]Albert Ràfols Casamada, “Aquestes notes”, en “Notes nocturnes”, Edicions 62, 1068, Barcelona, 1975. “Como en el poema de Eliot, el tiempo pasa y el tiempo futuro se funde en un solo presente. En el espacio presente (…) donde sea posible llevar bien allá todos los límites” (Traducción de este autor).

[4] Alfonso Alegre Heitzmann, “Con el equilibrio del espacio (Conversación con Albert Ràfols Casamada)”, Caja de Burgos, Burgos, 1996, p. 15

[5] Shitao, “Dadizi tihuashi ba” (Meishu Congshu III, 10)

[6] Alfonso Alegre Heitzmann, “Con el equilibrio del espacio”, op. cit p. 18

[7] Ibíd. p. 21

[8] Ibíd.

[9] Albert Ràfols Casamada, “Dietario, 1975-1985”, op. cit.

[10] Ibíd.

[11] Albert Ràfols Casamada.  Poema “Encrucijadas”, de “Angle de llum”, Edicions 62, “L’escorpi”, Barcelona, 1984

[12] Albert Ràfols Casamada.  Poema “Viaje”, en op. cit.

[13] Albert Ràfols Casamada.  “Paranys i raons per atrapar instants”, “Les edicions dels dies”, Sabadell, 1981

[14] Albert Ràfols Casamada, “Angle de llum”, op. cit.