CARMEN CALVO, ANÓNIMO E IMPROPIO

CARMEN CALVO, ANÓNIMO E IMPROPIO

Texto publicado en el catálogo
CARMEN CALVO, ANÓNIMO E IMPROPIO  (26/09/2013-09/10/2013)
Barcelona, 2013: Galería Alejandro Sales
 

CARMEN CALVO: LA ARTISTA IMPURA
Alfonso de la Torre

 

Quizás una de las cuestiones que más desasosiego me causa leyendo a Arthur Rimbaud, itemporal la voz, sea su propuesta, tan en lanzadera de los nuevos tiempos, sobre la existencia de otras maneras de sentir y ver.   Aquello extremadamente inquietante, despojado y rotundo, expresado por él en una carta de 1871 a otro poeta, y muy válido para comprender la tarea del artista de cualquier región o época: “trouver une langue; du reste, toute parole étant idée, le temps d’un langage universel viendra”[1].  Esta es una de las afirmaciones más conmovedoras de cuantas expresara el poeta viajero y desquiciado, el vate del infierno, y una de las puertas que asoma hacia ese desconocido lugar donde habita la creación.   Como expresara también Bonnefoy,  la lengua ansiada por Rimbaud no surgiría entre las lenguas conocidas que nos rodean sino más bien de una palabra distinta, destilada por la voz del arte, expresión también de un cierto y fértil desarreglo sensorial[2], el que supone la experiencia artística.   Este es el lugar, -el de un nuevo lenguaje, una voz distinta y no hollada entre nosotros-, por el que comenzamos.

Y mencionando una lengua-otra, en este punto, llega la voz la surrealista.  Carmen Calvo, heredera feraz del surrealismo, ha subrayado cómo la actitud de estos artistas marcó el desconcierto venidero, este de nuestro tiempo, demostrando que podía haber otras maneras de ver y sentir.  Homenajeado explícitamente el surrealismo en obras de esta artista como “Escritura automática” (1998); “La belleza será convulsiva o no será” (1998); “Cadáver exquisito” (1999) o algunos de sus librocollages “Nadja” (1998); “Manifeste du surrealisme”; “Minotaure”; “Les pas perdus” y “Le surrealisme” (estos de 1999).   Este último con un antifaz para el sueño, un asunto, el de la narcosis, sobre el que ha reflexionado con frecuencia, -“Releo en una de estas somnolencias” (2012), libro-objeto presente en la exposición-, siendo un elemento que se halla en el corazón mismo del ethos surrealista, expresando cómo su obra podría ser una inquietante invitación a entrar en el mismo[3], pues  “sueño” o “sueños” son dos de las voces de más amplio desarrollo en el diccionario surrealista mencionando esa “poesía involuntaria”, “segunda vida”, “omnipotencia del sueño”, “los colores del sueño”, empero aquello que, también, “nos lleva a nuestra desoladora soledad”.   Es casi textual, a finales de 1922 el surrealismo incorpora un nuevo elemento: ha llegado la época de los sueños, de los hipnóticos de Desnos, Domínguez o Ernst, del inquietante heterónimo Rrose Sélavy, “donde reina el espíritu vitrificado de Marchel Duchamp”[4].    Reflexionando en torno a la conocida querencia surrealista de Calvo, estamos obligados también a recordar su participación este 2013 en una exposición celebrada en el Musée Granet, evocadora de uno de los rituales creativos de los surrealistas, los “Cadavre Exquis”[5], algo que coopera en una primera aproximación a su obra.   De hecho, el singular encuentro entre lautremontianos elementos disímiles es una de las claves, aunque no la única, que permite indagar en torno a su trabajo, como veremos en las páginas que siguen.

Repaso unas viejas notas escritas sobre esta artista impura, adjetivo que le es caro, y que expresa diversas cuestiones de su quehacer: el carácter híbrido de su creación, su capacidad para pertrecharse de los más dispares medios de expresión, la querencia objetual heterogénea, la frecuencia con la que viaja del dibujo o collage a la fotografía y, desde esta, nueva vuelta, retornando a mencionar la técnica descubierta por los cubistas.  Sin olvidar el variado uso de materiales: minerales, corporales, papeles, vestimentas, cerámicas, muñecos, algodones, máscaras, objetos y restos varios.  También sonidos[6].    Mas, además de “impura”, la hemos llamado incluso “artista polífaga”, en otra ocasión[7], refiriendo, justamente, un término de Max Aub[8] hacia Buñuel, que habla de su capacidad para reunir los más diversos procederes emprendiendo, tenazmente, una tarea denodada que creemos es, como tal, percibida por el espectador de su obra.  Declarada orgullosamente creadora impura, mas en la excelencia de la impureza, a lo que añadirá un contumaz polifaguismo de las formas, de las técnicas, de los objetos, de la historia del arte, de la memoria visual, lo que nos permite su mejor comprensión si rememoramos lo que es casi un grito exhalado por la artista: creemos un nuevo mundo para, acto seguido, ponerlo, como si tal cosa, en cuestión.  También lo de “impura” habla de algo más intenso y sugerente, como es un permanente viaje en torno a la noción misma del pecado, tan arraigada en la hondura de lo nuestro, en la cultura hispana.   “Yo no he hecho el mal”, titulaba precisamente, proclamaba, una de sus obras de 1998, utilizando una silla reclinatorio -y espejos, algunos rotos-, mobiliario, el reclinatorio, sino inveterado y muy simbólico de la expiación.  O en “Le châtiment de Tartufo” (1998): el castigo del piadoso asaltado por el deseo.  Mención a lo perfecto, en “Mi instinto de la perfección” (2013),  o las frecuentes menciones deíficas y contritas, casi un murmullo devoto, una jaculatoria, una ardiente oración, tal sucede en “Dios, ¿es acaso pecado?”, un collage con fotografía de 2005[9].    En definitiva, lo religioso ancestral: monjas, hábitos varios, plegarias titulares, martirologios, iconografía de la devoción, matrimonios o comuniones: elementos casi atávicos como es el caso de la reliquia o exvoto[10] de cera, penitencias y mortificaciones, todo ello viajando de un modo permanente por su creación, como puede verse en la exposición en la galería Alejandro Sales.    Quizás “El peso de los fantasmas”, título de Calvo en una obra de 1995, muy explicativo, permita recordar cómo es frecuente en sus obras que ciertos mitos ancestrales de lo religioso, sean acariciados y abordados, eso sí, con una suerte de mirada benevolente.   El terror que se esconde en la hondura de los atavismos religiosos es expuesto por la artista con tanto despojamiento como una desarmante dulzura, frecuente duda y una aparente inocencia que, no por su existencia, deja de causar inquietud, desasosiego.   Además de la cuestión de lo religioso, algo de pecado parece quedar también en ciertas menciones nihilistas que, a veces, recorren la titulación de sus cuadros y que podríamos sintetizar, por parte de la artista, con una suerte de: amigos, es lo que hay.  Así sucede en títulos casi penitenciales, castigotitulación como: “Una cosa es la existencia del mal” (2011-2012); “No era nada pero había que pensarlo” (1997); “Aunque yo quisiese creer” (1998); “El arte tiene valor porque me saca de aquí” (1998); “¿Qué sé?, ¿qué busco?, ¿qué encuentro?” (1998); “Falso entre lo que he sido y lo que soy” (2012) o “Quien suponen que soy” (2013).

Pues, esa “impureza” está en la base de su creación, mostrando a la par la capacidad en devastar las clásicas nociones del arte de un tiempo, el nuestro, acostumbrado al encasillamiento en torno a tal o cual proceder.  No.  Carmen es impura, y gusta vindicarse como tal, hallando muchas veces en los vertederos, en los saldos de las ciudades, en el mercado del suelo, en el baratillo o segunda mano, en los despojos regalados por sus próximos queridos, algunos de los elementos con los que compondrá sus cuadros, sus collages de objetos e intervenciones tridimensionales, Carmen Calvo ha reivindicado la emoción como principio[11], recordando en este punto, pintiparado, uno de sus títulos con aire de extinción del tiempo: “Perder el tiempo comporta una estética” (2005).   Mas junto a su pasión por el despojo y la reliquia, Calvo vindica la voz seria del arte, en especial el de su época, ejerciendo una permanente investigación en torno a los procederes más contemporáneos, con una especial querencia por aquellos que han convertido a la fotografía en un elemento de trabajo cotidiano: cajas de luz, fotografías manipuladas, fotos adheridas a dibujo o imágenes sometidas al magma arcilloso, como en “Viena” (2012).  Ya hemos señalado que su estirpe es la de esos artistas, ella estuvo incluida, que merecieron en una ocasión integrarse en una magrittiana exposición que planteamos en 2009.  Cuidado: “Ceci n’est pas une photographie”[12], refiriéndose un conjunto de artistas de nuestro tiempo que han utilizado la imagen congelada como elemento creativo.   Y del vocinglero rastro dominical, de nuevo su impureza, viaje a la lectura, a la compañía de los poetas amigos, exposiciones, a la música, a la infatigable escucha de óperas, ilustradas en fecha reciente.  El elogio de la duda, no esquiva la seriedad intelectual.

Pensando en Carmen Calvo subrayo la validez aún de aquella afirmación de Harold Rosenberg para ciertas creaciones: lo que Calvo crea no es tanto un despliegue insensato de imágenes como sucesos desarmantes, ya hemos utilizado una vez lo de “desasosiego”,  turbadores por su sobrecogedora claridad, como sucede en su particular visión evocadora de la courbetiana pintura origen del mundo, “Salud anónima” (2013).    ‘Claridad’, esa es la palabra, sobresaliendo entre el aparente desorden de sus exactas acumulaciones, y es que, recordaba también Mark Rothko y lo vindica Calvo, crear es una revelación, tal es el milagro: “la herramienta más importante que el artista utiliza durante su práctica constante es la fe en su capacidad de producir milagros cuando se necesitan.   Los cuadros deben ser milagrosos: en el instante en que se termina un cuadro, la intimidad entre la creación y el creador termina.   Este se convierte en un extraño (…)  debe ser para él, como para cualquier otro espectador posterior, una revelación, una inesperada resolución sin precedentes de una necesidad eternamente familiar”[13].

Elogio de la inteligencia añadida, Carmen Calvo parte de un impulso inicial, de una visión poderosa, fuerte y permanente, lo que podríamos llamar una visión ‘intensa,’ -“Bruma sin niebla” (2013), titula otra de sus creaciones-, proponiendo la insoslayable necesidad de su realización.   Para Calvo crear es transmitir pulsiones que parecerían ubicarse en un lugar propio, desentrañamiento de un objeto, antes pasivo receptor de la mirada, ahora mirada introspectiva y  anamnesis, término platónico que define la capacidad de dejar discurrir nuestra mente al azar de cada momento, aceptando su existencia ‘en sí’, contemplando su realidad más allá de nuestra propia condición.  Subrayando aquella percepción lacaniana de que en todo pasado hay una parte que es agua estancada[14].  Milagro de la vida, mas vivir, es sabido es un abismo, así subraya titularmente una de las obras expuestas ahora en Alejandro Sales: “Se me abre un abismo” (2013) y, precisamente en este punto, la referencia tenebrosa, la aludida capacidad de extraer belleza de la zozobra, nos permite recordar que las creaciones de Calvo son generadoras de desazón -y, por ende, de preguntas-, alta misión -esta de la interrogación- del arte.  Barrocos ejercicios de la inquietud, -“estética del desaliento” fue el título elegido para otra reciente exposición el pasado año-, presididos siempre un descarado horror vacui, la celebración del barroquismo, la ceremonial reunión de objetos por lo general con un fuerte contenido simbólico y mención, por tanto, al inmediato vacío. Puesta en práctica del límite recordándonos cómo el arte de nuestro tiempo puede ser un ejemplar modelo de osadía: lo temerario es bello, parece suscribir Calvo.  Un temor, el de esta artista, que roza casi lo sacral, retrotrayéndonos a aquella afirmación rotunda leída en Jean Clair: “il n’y a d’art que sacré”[15].   O aquello otro en torno a lo que Mircea Eliade reflexionaba: lo sagrado no ha desaparecido del arte, se ha convertido en irreconocible, camuflado en formas, intenciones y significaciones. Lo sagrado sobrevive sepultado en su inconsciente, es “religioso” en el sentido de que está constituido por pulsiones y figuras cargadas de sacralidad.  Creando, recopilando objetos, utilizándolos como elementos para componer sus cuadros, frente a tal titánico esfuerzo por llenar de cosas nuestro existir, Calvo parece conjurar  la presencia de la tiniebla mencionando empero, con tal abigarrado proceder en los extremos, la existencia poderosa de dicha nada acompañándonos.

Calvo es heredera de un tiempo complejo, también en lo artístico.  Tiempo, el de su comienzo como pintora, en donde había concluido en el panorama artístico de nuestro país el informalismo y su estela, agotado también el mundo figurativo surgido en la década de los sesenta y setenta, casi a la par que se desarrollaba un nuevo gusto por el arte geométrico.  También agotadas las vías de la pureza mínimal o el desarrollo del arte del concepto.   Desde ese espacio de aire ruinoso, muy ruinoso, casi exangüe, agitado por la consabida proclama de la muerte de la pintura, Calvo elevó una propuesta que tomaba ciertos elementos de casi todos los lenguajes antes citados, -es el caso de sus pinturas llamadas ‘cauchos’ y su relación con el tenebrismo y la pintura de los pintores bravos[16] de los cincuenta-, poniendo en duda, justamente, una vez más, la posible agonía de la tarea emprendida por los creadores, a la par que establecía, justamente, un aire de reivindicación en el uso de elementos metapictóricos (paletas y pinceles, maletines del artista, por ejemplo), del noble y ya antiguo oficio del pintar.

Lacaniano tesoro de los significantes, ya escribimos en otra ocasión, y es preciso comenzar a citarlo a modo de preámbulo que cierra estas líneas, la suya es una visión declaradamente sesgada, por completo sumergida en el objeto artístico, indagadora a veces de la interrogación en torno a una suerte obra de arte total que pelease por incluir la plenitud de los sentidos a la búsqueda de la compresión del propio yo.  Pues Calvo considera que su titánico esfuerzo por revelar el mundo es, también, además de melancolía o nostalgia irredentas, -un recién “Deleite triste”, siguiendo el título de una de sus obras ahora expuesta en Barcelona-, la muestra de su intento por comprenderlo, haciéndonos partícipes de tal afán, de tal brega incansable, vislumbra en su propuesta un mi-fuera-de-mi, (una de las acepciones del “impropio” titular de su exposición “Anónimo e impropio”) y vindica una suerte de renacer creador: yo soy otra, de nuevo Rimbaud.   Es la emocionante ilusión por construir una vida, la incoherencia de elevar los signos en el espacio, con fruición, afán, desasosegadamente, sin aliento.

Aún a sabiendas de la mudez final.

 

 

 

carmencalvilia
Alfonso de la Torre

Cabellos y ceniza en el cielo.

El ojo sobre el rostro.  Quieto.

Frías las estrellas sobre la cabellera.

La sala de ébano donde poder seducir.

A un rey.

Una cellisca de alevillas.

Es hora de quedarse quietos,

como una grieta en el silencio.

El pétalo que, cayendo, en su murmullo silencioso

va a pudrirse.

Música dormida dentro.

Puede que estuviera escrito todo

en aquel libro.

Hileras y ojos de astros detenidos.

El cuerpo reverberando el dolor.

El oráculo tenía razón.

Dale la mano a la niña.

Mira mi dolor, hermoso cielo.

Un dios circular.

Escritura de luz.

El pasajero clandestino.

Donde no desgarren ya las palabras

La pena no, el recuerdo

de la pena.

Las nieblas que nos esperan.

Una luz, ventana abierta al parque en la noche.

Todo arde, catedral del deseo.

La ciudad como tijeras dormidas.

Puerta al vacío inasible.

Ojos cerrados de gemas llenos.

Un gusano de luz que palpita.

Tus manos, calcinadas por el aire.

Y de cristal.

El cuento se acabó.

Las sombras que disipará la noche.

Y piernas caídas de árboles de otoño.

Arcón de penas.

 

Salida abierta por el pasadizo de la noche.

 

______________________________

[1] Arthur Rimbaud : “Lettre du Voyant (a Paul Demeny, 15 Mayo 1871)”.  “Œuvres complètes”, Gallimard, La Pléiade, Paris, 1972. Y proseguía Rimbaud : “Cette langue sera de l’âme pour l’âme, résumant tout, parfums, sons, couleurs, de la pensée accrochant la pensée et tirant. Le poète définirait la quantité d’inconnu s’éveillant en son temps dans l’âme universelle (…)”. 

[2] En Ibíd.

[3] Carmen Calvo, “Entrad, entrad, no tengáis miedo de quedar cegados”, en “Otras Naturalezas”, Ámbito Cultural-El Corte Inglés, Madrid, 2011, p. 92.    Recuérdese, en este punto, su intervención en la Bienal de Venecia (1997): “Una Conversación” (1996) o sus obras “Y así como sueño” (1998) o “Para dar relieve a mis sueños” (2005).

[4] André Breton (y Paul Eluard), “Dictionnaire Abregé du Surréalisme”, Galerie des Beaux Arts, Paris, 1938.  Versión española de Ediciones Siruela, “Diccionario Abreviado del Surrealismo”, Madrid, 2002, p. 95

[5] Cadavre exquis – Suite méditerranéenne, Musée Granet, Aix-en-Provence-Marseille, 13 Enero-13 Abril 2013

[6] En su intervención en “Otras naturalezas” (2011), vid. op. cit. Carmen Calvo utilizó músicas de diversas procedencias, principalmente bandas sonoras de películas clásicas: “Vértigo” y “Los pájaros” (1958)  de Alfred Hitchcock o “Taxi Driver” (1976) de Martin Scorsese, con músicas de Bernard Herrmann); “Peeping Tom (El fotógrafo del pánico)” o “El mirón” (1960) de Michael Powell (música de Brian Easdale) u “Ópalo de Fuego” (1978) de Jesús Franco.  La banda sonora, collage de sonidos, se podía calificar de propia, al incorporar Calvo otros diversos elementos tomados al azar, como el reloj de su estudio.  A la música alude el librocollage “Allegretto” (2013), presente en esta exposición.

[7] Alfonso de la Torre, “Carmen Calvo. Una vida distinta de la propia (Crónica de una artista polífaga)”, en “Otras Naturalezas”, Ibíd. pp. 72-91: “Pues es Carmen Calvo una artista con memoria polífaga (…) que no puede obviar la condición inexcusable del yo creador. Aguerrida defensora, casi romántica, de la tarea titánica del artista, ejercida día tras día, impenitentemente, entre los restos del estudio.  Pues, en definitiva, una de las tareas que emprende tenazmente Carmen Calvo es la de crear un nuevo mundo para, acto seguido, ponerlo en cuestión”.

[8] Max Aub, “Largo pie para una fotografía de Luis Buñuel por las calles de México”, “Ínsula”, nº 320-321, Madrid, 1973.  Aub, otro elogiador de los heterónimos, un autor que evocaría los faneros, a los que es tan aficionada, en especial el pelo, Carmen Calvo (véanse sus obras “Ni inferioridad ni comparación” (2010) o “Ya he tocado a Isis” (2013).  Y estoy pensando, obviamente, en el conocido relato de Aub “La  uña”.

[9] Las menciones deíficas seguirán presentes en obras como “Dios, ¿qué haces de mí?”, “Dios, ahora puedes volverme ciega” o “Los dioses son una función de estilo” (2005).

[10] Véase el librocollage: “Releo en una de estas somnolencias” (2012).

[11] Ferrán Bono, “La emoción como principio”, “El País”, “Babelia”,n º 1107, Madrid, 9/II/2013, p. 2

[12] Nos referimos a “Modernstarts”, Teatro Principal, Córdoba, 2009

[13] Mark Rothko, “Possibilities”, nº 1, Nueva York, Invierno 1947-1948, p. 84

[14] “El fetichismo: lo simbólico, lo imaginario y lo real”, que Wladimir Granoff y Jacques Lacan produjeron en 1954.

[15] Jean Clair, “Malaise dans les musées”, Flammarion, Paris, 2007, p. 113

[16] Nos referimos a la “pintura brava”, sinónimo en España del informalismo.