ANTONIO PÉREZ. HABITANTE DE LA CASA GRIS

ANTONIO PÉREZ. HABITANTE DE LA CASA GRIS

Texto publicado en el catálogo
FOLLETO DEL MUSEO DEL OBJETO
Cuenca, 2013
  

Cuando las cimas de nuestro cielo
Se reúnan
Mi casa tendrá un techo
Paul Eluard, “Dignes de vivre” (1944)

 

Antonio Pérez, habitante de La Casa Gris.

El Gris que portaba el pintor de luz quieta, José Victoriano González, el silencioso elogiador de los objetos, constructor de formas puras que afirmaba trabajar con el espíritu.  Gris de arena de los cacharros del habitante mudo de Via Fondazza, Morandi, el inmóvil artista de los bodegones polvorientos.

Habitan La casa gris, -así, en voz baja-, latas aherrojadas al margen del camino; tocones de piedra de ojos horadados, rostros encontrados mas, quizás, dejados a Antonio por Brassaï; muñecos; cajas que encierran misterios; papeles encapsulados y viejos hierros. O los botelleros huesudos de su otro hermano Marcel, aquel que dijo que el arte había dejado individual para ser de todos: ¡ah!,  mirad, entonces, por los rincones.

Gris del baldío territorio de Arpad Szenes, en esta casa de atmósfera somnolienta a lo De Quincey, pareciere evocadora de la felicidad en la casa invernal que Baudelaire ve feliz de habitar.  Inmensidad íntima en esta morada pobre, corolario de un microcosmos singular, pareciere casa de una antigua estampa.   No podía haber mejor denominación: “casa” y “gris” para la mención al espacio único en el que se recoge un mundo, el de este singular artista de artistas, creador y fino enjuiciador de la historia del arte.  Gris, como la arena que desciende en las ampollas, inexorable, pareciendo cubrir sus obras.    Reloj de arena de los objetos configurando su destino enigmático.    Los objetos son el centro del mundo: habitan la casa gris y crear es un refugio ante un mundo loco que gira y los objetos, quietos, sorprendentemente inmóviles, muestran ese universo extraño y gris.  Antonio Pérez no estudia el tiempo, sino que transustancia su presencia, hélas: el artista es el centro del tiempo.  Objetos de meditación, pareciere sumidos en un sueño, silenciosas presencias habitan La casa gris.

Antes objetos aherrojados, ahora nuevos ready-mades ayudados, Antonio Pérez los reúne en su Casa, agrupados realizando singulares hermandades.  Delectación de los objetos y viaje entre la materia: chatarras y minerales; combustiones y sólidos; vidrios y chinos: todo es posible en La casa gris, sombras del teatro en el espacio asomado al paisaje.        Clepsidra de polvo, velados por el tiempo, recubiertos a veces de un gris de ceniza, sus objetos tienen un aire cristalizado.  Vecindad de los objetos encontrados, su aparente monotonía revela el aire de meditación con que fueron hallados para ser, después, armónicamente situados por este esteta discreto y afable.   Encantador de la luz silenciosa de los objetos, La casa gris es, también, La Casa del Ser, pues la meditación que realiza Monsieur Pérez es de aire metafísico.    Alquimia del plomo gris, objetos en el laberinto del tiempo, estamos frente a una nueva lengua en la que gravita la poesía. Y el aire polvoriento, el polvo, es otra forma de luz, bañando sus objetos.  Mas es, al cabo, mención a otra luz, la que parece mencionar un tiempo fuera del tiempo.

 

Alfonso de la Torre

IX/2013