MARTA CHIRINO, TRAS LA ESCRITURA CIFRADA

MARTA CHIRINO, TRAS LA ESCRITURA CIFRADA

 Texto publicado en el catálogo
MARTA CHIRINO ARGENTA  (28/07/2012-08/09/2012)
A Caridá, 2012: Amigos de As Quintas, pp. 3-5
 

Quien decide representar el mundo de la naturaleza refiere, siempre, el tiempo, pues menciona de inmediato lo fugaz, lo que está de paso y sabido es: abocado a desvanecerse.  Así, el retrato del lirio o la adelfa evoca el lapso efímero de la corola abierta unos momentos en el despertar del estío; también el fruto maduro apenas instantes o la flor fané.   Y el ramillete que en días cambiará.   Los artistas que realizan una obra verdadera siempre se sitúan en un extremo y mostrar así la naturaleza, con la intensidad fragmentaria acometida por Marta Chirino (Madrid, 1963), supone proponer una forma decidida y sincera, casi radical, de directo acercamiento al arte y también, en cierta medida, afrontar el riesgo de situarse en ese límite de la experiencia de la indagación en el llamado arte botánico.   Misteriosa naturaleza, el aire luce alrededor, pero la tierra arde en el agua oscura, escribía Pablo Palazuelo, quien también fuera autor de hermosos versos que emparentan la naturaleza con el tiempo y el acto creador (“granado, lento poliedro amarillo”)[1].  Palabras que parecen referir también la certeza compartida con Chirino sobre el tremor impalpable del mundo natural en derredor, por el murmullo oculto que envuelve la naturaleza y la inquietud por esa vibración de lo natural, a la par que lo extraordinario que supone para el creador ahondar en tales incertidumbres[2].

Para escribir un solo verso, anotará Malte Laurids Brigge al llegar a Paris en 1904[3], “hace falta haber visto ciudades, hombres y cosas, conocer los animales, sentir el vuelo de los pájaros y saber qué movimiento hacen las pequeñas flores al abrirse en la mañana.  Poder pensar en caminos de regiones desconocidas (…)”.      Necesidad de conocer el movimiento de las flores y el paseo azaroso, pues hallazgo del arte de nuestro tiempo fue que los artistas ahondaran en la existencia de universos invisibles, en el sentido de ajenos a la razón, misteriosos mundos extra-retinianos que llevarían a los creadores a tantear el develo de los enigmas del existir.   Marta Chirino, hija de un escultor de vientos y raíces, aborda en su quehacer una inquietante fusión de conocimiento y arte, alejándose en todo caso de los extraordinarios dibujantes de botánica que poblaron siglos anteriores.  En ese sentido su trabajo, al cabo una verdadera  euforia ontológica de la naturaleza, supone una prolongada y tensa escucha de lo natural. Desde una parsimoniosa lucidez, su esencial quehacer está más próximo a creadores contemporáneos que han considerado a la naturaleza como fuente de origen de su trabajo y, en este punto, ha de citarse también el ejemplo supremo de Paul Klee, el artista que presumiera, precisamente, que el origen del arte ha sido la necesidad ineludible de conocer la realidad profunda de la naturaleza, eso que la propia Marta llamó alguna vez, ‘la primera visión’, aquella que permitiría al creador revelar, o adivinar siquiera, sus escondidas estructuras[4].    Realizándose en sus obras  una “reinvención”[5], así lo ha definido ella en alguna ocasión, mediante un poderoso ejercicio de la confusión de los sentidos: flores que parecen pieles, ramas de un aire óseo, semillas que asemejan insectos, memorabilia del puñado de flores que evocarán la vanitas…

Excediendo los límites de la representación, las obras de esta artista son, más bien, nostalgia de un absoluto.  Estos dibujos o grabados realizados sutilmente, con un aire de todo-se-borra, parecen recordar entonces la fragilidad de las apariencias o, quizás, preguntarnos sobre una  plenitud anterior.     Aire de mínimo espacio cósmico sumergido en la ilusión de las sombras, extraña suspensión del tiempo, el de los dibujos de Marta Chirino.   Ausencia frecuente de suelo, sus formas vegetales surgen en un espacio atmosférico, a veces como apariciones asomándose a una hondura cósmica, otrora como devorados por el aire.  Dibujos de ambiente somnoliento surgidos con cierto aire de estado crepuscular de la conciencia y, por lo general, con vocación de sombra o penumbra.   Crecidos recordando, justamente así, el carácter milagroso de su consistencia, alzada desde la inmaterialidad.  Con insistencia leve y un vago aire de ritornelo, el parsimonioso quehacer de Marta Chirino ha ocupado ya dos décadas de trabajo, años de dibujos en los que ha ofrecido la persistencia de un aire de remoto vegetal nacido en un extremo del mundo.  Así, su representación parece ubicarse en un reino que, con aspecto de impalpable, empero ocupa, con plenitud, el papel, con aire de extraordinaria aparición, con “claridad límbica”, escribirá Marta.

Viendo algunas de sus obras más recientes pensaba que esta artista parece observar no tanto el elemento concluido como su aire de formación, renunciando por lo general a la vacua exaltación del color.   Y así su tarea exalta la concentración, al modo de una intensa escucha que, a su vez, eleva en los dibujos o grabados una suerte de pathos vegetal.   Es la reducción del quehacer del artista a lo esencial, a la línea de la que brota el mundo.  Desde esa suerte de sensibilidad lineal, abocando una suerte de claroscuro silencioso e inolvidable, Marta tiene una tarea que se resumirá en pocas palabras: hacer visible.

Esta artista ha explicado en ocasiones cómo su trabajo parte del paseo, y de la observación, en el machadiano camino[6], de los misterios de la naturaleza, convertida así en una verdadera exploradora de la naturaleza.  Al cabo, Marta Chirino remedará la épica de las palabras de Klee en las que éste propone la búsqueda de una escritura oculta que permitiría comprender el mundo. “Los seres humanos -escribiría Novalis- recorren diferentes caminos.  Aquel que emprenda la ruta y los compare, descubrirá formas que pertenecen a una gran escritura cifrada que se encuentra en todas partes”[7].

_______________________________________

Se reprodujo en el catálogo de la exposición MARTA CHIRINO. FLORILEGIUM

Madrid: Galería Lucía Mendoza, 2016, pp. 15-20

[1] Vid: Alfonso de la Torre, “Arde la tierra en el agua oscura”, Revista Turia, nº 103, Teruel, 2012.

[2] « Il y a quelque chose, une créature en moi, qui va d’un tel train qu’à vouloir la suivre je m’essouffle, condamné á n’être toujours qu’un traînard derrière cette voyageuse qui peut, elle, remonter l’infini des temps et en revenir chargée de tous les trésors de ses périples entre deux battements de mon cœur ». George William Russell, “L’architecture du rêve”,  en  “Palazuelo”, “Derrière le miroir”, nº 104, Maeght Éditeur, Paris, 1958. El texto lleva por título “Candle of vision”. El texto está reproducido en : Alfonso de la Torre, “Pablo Palazuelo, 13 rue Saint-Jacques (1948-1968)” , Fundación Juan March-Fundación Museo Jorge Oteiza, Madrid-Alzuza, 2010-2011, p. 232

[3] Rainer María Rilke, “Les Cahiers de Malte Laurids Brigge”, Émile Paul, Paris, 1947, p. 21.  Traducción del autor.

[4] Para desgranar el germen de la primera visión, estudio las estructuras mínimas que la componen descubriendo aquellas partes ocultas al ojo humano que sin el aumento adecuado queda en lo superficial.  Marta Chirino, “El proceso creativo”, en “Marta Chirino, sobre la Naturaleza y el Arte”, Valyunque S.L., Madrid, 2009, p. 107

[5] Marta Chirino en Ibíd.: “Flores y plantas reinventadas en postura y tamaño, exigen otro espacio en el proceso de la creación para situarse en el momento crucial en el que yo no soy más que su escriba”.

[6] “No puedo evitar al ir caminando posar la vista en las ramas de los árboles y en la tierra, en los restos de las hojas, frutos y pétalos, y a veces, encuentro alguna forma diferente sometida al caprichoso azar de la naturaleza: una rama que se curva, una hoja cuyas partes se combinan para adoptar una extraordinaria forma escultórica, una flor que esconde un microcosmos único…, que se tornan irresistibles ante las herramientas de mis manos, los lápices (…)… y así, caminando hacemos camino al andar como diría el poeta”. Ibíd.

[7] Novalis, “Poesías completas-Los discípulos en Sais”, DVD Poesía, Barcelona, 2004, p.  237