EUGENIO AMPUDIA.  NARRACIÓN EN CONTINUUM

EUGENIO AMPUDIA.  NARRACIÓN EN CONTINUUM

Texto publicado en el catálogo
LIGHTHOUSE-CASA DE LUZ
Madrid, 2012: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 30-49
[Intervenciones de Eugenio Ampudia, Ruth Gómez, Fran Mohino y Pablo Valbuena, en el contexto de ARCOmadrid 2012.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

La reflexión en torno al arte de Eugenio Ampudia (Melgar, Valladolid, 1958), -un extraordinario operario de las ideas, como él mismo se ha calificado con reiteración-, ha estado siempre unida a la aventura conceptual.  Desde una singular forma de acercamiento a este asunto, por lo que quizás sea mejor expresar que su comprensión del arte procede de la encarnación de ideas diversas que son interpretadas y puestas en cuestión con frecuencia, obsesivamente, a través de múltiples puntos de vista.  Artista reflexivo, sería mejor escribir -puesto que “conceptual” es término portador de distancia, una suerte de cizalla fría instalada, agazapada, en el mundo, tanto respecto a las cosas como frente al cosmos-, vocablo, este de “conceptual”, que no siempre es ajustado para definir el complejo y tenaz quehacer de Ampudia, su esencia de artista con múltiples rostros inquietos, a quien le convendrían mejor otros términos más enteros como el de artista mental.  Prosecutor de una singular maquinaria de ideas, de ampudianas ideas devoradoras[1], creador infatigable de preguntas en movimiento más que de certitudes quietas, y autor obsesivo eso sí, recordando en este punto al Cesare Pavese que afirmara, es sabido, que “no hay arte sin obsesión”.  Por cierto que entre esas obsesiones ampudianas ocuparía un lugar capital precisamente esto que nos traemos entre manos: el propio arte.  Como han hecho algunos otros artistas visuales, y otros tantos críticos y escritores, uno de sus ejercicios más frecuentes consiste en plantear preguntas no sólo en torno al hecho artístico o el objeto -o sinsentido- del arte, tal es práctica de los conceptuales clásicos desde el mingitorio de Duchamp, sino extender ese elogio de la duda hacia la propia realidad.  Y en este punto ha de ser clásica la cita al Pirandello de los absurdos verdaderos o, en el arte, al inefable Arthur C. Danto, crítico del fértil arte epigonal, al que luego más tarde citaremos.

La puesta en cuestión que hace Ampudia de las cosas se dirige tanto hacia lo que podría llamarse nuestro sistema de creencias como frente a la memoria del pasado e inclusive -esta cita es casi textual- cuestionando tanto la percepción como las observaciones que ésta nos revela de la realidad.   Zozobra de la percepción, ¿engañados pues?, la vida enderredor nos ofrece, parece subrayar Ampudia, nada más que lo que queremos ver.  Es la historia del cristal con que se mira.

Este artista ha definido en ocasiones su trabajo desde una cierta ansiedad por el relato ininterrumpido, una suerte de continuum ininterruptus desbordándose entre los muy diversos asuntos que le preocupan.  Elogio de las narraciones que suponen la puesta en práctica de juegos de la inteligencia, su mirada se dirige con frecuencia, ya dijimos, a los asuntos del arte y, en especial a los que, simplificando, podríamos decir tienen que ver con la historia del arte y, otrosí, en ciertas ocasiones, con lo que podríamos llamar los pecios[2] de la misma.   Sin olvidar cuestiones que rondan a los objetos artísticos, tal puedan ser: el mercado, el museo, la exposición, el espectador u, otro de sus lugares capitales de reflexión: el coleccionismo de arte.   Llegados a este punto, y si no fuera manido, escribiríamos el verso cernudiano: “mejor la destrucción, el fuego”, encarnando ciertos proyectos de Ampudia en los que utiliza como emblema de su quehacer las imágenes de llamas.

En cierta medida, la reflexión por la que comenzamos nos recordaba aquella definición sobre el estilo que podría aplicarse certeramente a Ampudia, cabal ejemplo de artista contemporáneo al que no tiene porqué exigírsele lo que en el arte de los clásicos se denominaba “estilo” o la permanencia quieta en torno a unas normas fijas o previsibles en el quehacer diario, anquilosado éste en torno a una misma rutina.  Ampudia, así, “no tiene un estilo de hacer, sino un estilo de pensar. Su hacer es consecuencia de su estilo de pensar, y para ese hacer tiene a su servicio y emplea toda una rica variedad de técnicas, desde las más tradicionales hasta las más originales y sorprendentes. Yo me atrevería a decir (quizás exagerando un poco) que, (…) se plantea la necesidad de hacer una obra, se inventa la técnica necesaria para hacerla. Sus conceptos cambian y con ellos cambian sus técnicas. Lo que no cambia es el proceso mental (…) (un proceso mental argumentado en términos visuales, por supuesto). Ese proceso mental es el estilo (…) un estilo claro, sutil, agudo, elíptico, atrevido, sensual y extraordinariamente inteligente. Una vez reconocido resulta inconfundible”[3].

Indagador de los procesos artísticos, y de los espacios ignotos que a veces pasan desapercibidos a los demás, Ampudia ha reflexionado con frecuencia tanto sobre el significado de la obra de arte como sobre cuáles sean los ardides que permiten ponerla en pie, mas también ha cavilado en torno al pensamiento de quien las contempla e interpreta.   Epifanía de las imágenes que nos atormentan, ese estilo de Ampudia es pues no tanto una cuestión de formas como una manera de pensar elevándose sobre las imágenes, en ocasiones sobre las imágenes más ruinosas o en torno a las formas visuales más saturadas de nuestro tiempo ofreciendo también, en otras ocasiones, declaradas reminiscencias del arte minimal y conceptual, mundo también proclive a los equívocos en el que borgesianamente se confunden realidades y ficciones, recordando en este punto la obra de Ampudia titulada “Chaman” (2006).

Antes se subrayó cómo muchos de sus trabajos se ubican en un contexto de frecuente reflexión metartística, destacándose el asunto del Museo, de la Colección de objetos de arte entendida como símbolo de poder, eje capital de muchas de sus creaciones.   Así en  ‘Collectors’ (2009), ‘Prado GP’ (2007) o ‘Museum and Space’[4] (2011), Ampudia ha señalado su interés en reflexionar no sólo en torno al arte sino también respecto a ciertos asuntos de lo que se conoce como “industria cultural”, otrosí -y enlazando con lo anterior- sobre el complejo papel del arte y del artista en nuestro tiempo.  Por extensión, su pensar no está exactamente limitado al hecho artístico sino también al propio devenir humano, pareciendo en ocasiones empujar al espectador a desperezarse y abrir el archivo de su memoria, permitiéndole, de este modo, trazar nuevos viajes mentales en una suerte de conversación silenciosa construida frecuentemente con la metáfora, en diálogo con lo invisible.  Diálogo taumatúrgico elevado sobre la dispersión de las imágenes, intento de proponer lecturas de imágenes que permitan abrir al espectador el archivo de su memoria deslizando este entre las líneas de lo visible y trazar, de este modo, iluminando caminos antes pareciere oscuros, nuevas aventuras del pensamiento.

Quizás sea obligado referir que constante del quehacer de Ampudia es, justamente, ese deseo de implicar al espectador a través de las ideas que él concibe, contagiando esa digna herencia perversa del ya citado contexto conceptual.   Romántico conceptual, podríamos también colegir, en él también tiene lugar capital la ironía, la poesía de los lugares inquietantes, de ahí lo de la herencia “perversa”, la constante puesta en duda de lo que se conoce como “verdad”.   Puesto que la verdad -ha señalado Ampudia dando título a una de sus exposiciones- es al cabo una excusa[5].   ‘Excusa’ que le permite referir la creación como un territorio de dolor, también: lugar de pérdida del tiempo que parece establecerse en algunos de sus dibujos decollés.    La melancolía que propone la historia de la pintura, narrada en su vídeo, en esta misma exposición antes citada, con título “Impression. Soleil Levant”.   Defensor de cómo el tiempo se deshace, lentamente, ante los ojos de quien contempla sus creaciones, refiriendo así el implacable tempus fugit,  Ampudia parece proponer continuar el adagio que sigue al “fugit”[6], huyendo también él, veloz, -mediante la creación de estrategias, como gusta en referir-, pues es artista versátil, multidisciplinar, capaz de utilizar muy diversos medios en esa panoplia de la inteligencia creadora: fotografías, esculturas, instalaciones, vídeos o, en otras ocasiones, acciones que exigen la colaboración de terceros.

De tal modo los objetos son poderosos, parece afirmar Ampudia en sus creaciones que podríamos escribir (como el artista-heterónimo R. Mutt, que empujara a los objetos de arte hacia el principio del fin del arte)[7], su arte está al servicio de la mente, coligiendo que sus creaciones están concebidas con los guantes de las ideas.  Así, Ampudia, consigue horadar despiadadamente las apariencias para crear, desde la realidad común, un nuevo espacio en el que se despliega una desconocida plenitud, una suerte de epifanía transfiguradora del lugar común[8].   “Trouver une langue; du reste, toute parole étant idée, le temps d’un langage universal viendra”, es una de las afirmaciones más conmovedoras de cuantas expresara Rimbaud.   Y es que la lengua ansiada por Rimbaud no surgiría de entre las lenguas conocidas que nos rodean sino más bien de la voz del arte, del desarreglo sensorial[9] que supone la experiencia artística.

Oscuridad de relatos de apariencia clara, servido de elementos frecuentemente tecnológicos ¿podrá el acto artístico desentrañar la realidad?.  Pregunta ésta que ha atravesado, no sin malinconia, la historia del arte, para Ampudia crear es reflexionar, suscribiendo el conocido aserto borgiano de “¡oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir!”[10].  Propuesta de quien entiende la creación como, antes que nada, una larga meditación, una propuesta de imágenes acariciando lo informulable.  La imagen, recordaba Didi-Huberman y parece subrayar Ampudia, tiene más memoria y porvenir que quien la mira.

Arte pues de preguntas, arte siempre inquietante, arte elevado también sobre las cenizas humeantes de nuestro tiempo, bajo tal cantidad de reflexiones, ironías, trompe l’oeil y puestas en cuestión, empero Ampudia acaba revelando su inquebrantable fe en el arte.

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[1] Este era el título de su exposición en el Museo Artium en 2007: “EUGENIO AMPUDIA: SÓLO UNA IDEA DEVORADORA”.

[2] El uso de esa terminología, “pecio”, es bien conocida para los frecuentadores del trabajo de Ampudia, refiriéndonos a su trabajo titulado: “Impression. Soleil Levant”.

[3] Fernando Zóbel, “Pensando en Gustavo Torner”, texto extraído del catálogo: “Torner”, Ediciones Rayuela, Colección Poliedro, Madrid, 1978, pp. 3-6

[4] Así  ‘Collectors’ (2009) (en la que el autor juega con obras de arte clásicas como si fueran piezas de un Tetris) o en  ‘Prado GP’ (2007) (videocreación en la que convierte el Museo del Prado en un circuito de carreras)…o ‘Museum and Space’ (2011) (en el que Ampudia ‘lanza’ al espacio el Museo Guggenheim de Nueva York)…

[5] “La verdad es una excusa” fue el título de la segunda individual de Ampudia en la galería madrileña Max Estrella (12 Septiembre-3 Noviembre 2007)

[6] “Sed fugit interea fugit irreparabile tempus”, esto es, “Pero huye entre tanto, huye irreparable el tiempo”.

[7] La expresión es de Donald Kuspit en “El fin de la imaginación creadora”, en “Emociones extremas”, Abada Editores, Madrid, 2007 (procede de “Idiosyncratic Identities-Artist at the End of the Avant-Garde”, Cambridge University Press, 1996).

[8] Obvio es decir que tanto el título de este escrito como esta aseveración son deudores de la conocida obra de Arthur C. Danto, “La transfiguración del lugar común” (1981).

[9] Nos referimos a la conocida correspondencia entre Rimbaud y el poeta Paul Demeny.

[10] Jorge Luis Borges en “La escritura de Dios”, en “El Aleph” (1949).