ALFREDO BIKONDOA. VERSUS VALÉRY. 1. DOS HACEDORES DE SOMBRAS

ALFREDO BIKONDOA. VERSUS VALÉRY. 1. DOS HACEDORES DE SOMBRAS

Texto publicado en el catálogo
BIKONDOA.  ITSAS-HILERRIA- EL CEMENTERIO MARINO (30/04/2012-10/06/2012)
Bilbao, 2012: Museo marítimo de la ría de Bilbao, pp. 6-13
 

BIKONDOA VERSUS VALÉRY.  DOS HACEDORES DE SOMBRAS.
por
ALFONSO DE LA TORRE

Me es dificil referirme a “El Cementerio Marino” de Paul Valéry, con ocasión de esta presentación de la obra homónima de Alfredo Bikondoa, sin evocar dos lugares que me pertenecen (término, este último, que obviamente se comprende referido al devenir vital):   la estadía en Sète, hace ya años, y la última lectura de un libro de Yves Bonnefoy, recordando un poema de Yorgos Seferis en torno a un héroe perdido de “La Ilíada”: Asiné[1], casi a la par que me encontraba de nuevo el quehacer del artista vasco.  Luz, tiempos y pasados, árboles retorcidos y acantilados en estadía frente al mar, melancolía del reencuentro en el poema de Seferis que halla también en Valéry una suerte de feliz hermandad.  Dicho lo anterior, quizás debiera haber escrito “tres” al referirme a los “lugares”, sumando entonces a los anteriores la descarnación e intenso vacío de la poesía del griego, en cuyos versos hallo un aire despojado, un runrún estremecedor a lo tierra baldía eliotiana.

Viajé a Sète gracias a Gilles Greck, 1998, con ocasión de un proyecto expositivo en el Chateau d’Ô, en Montpellier, emprendiendo una excursión, como se ve, por los territorios del poeta Valéry, y a aquel le corresponde la  conmoción, que aún perdura, ante tal descubrimiento.   Fue entonces cuando tuve la experiencia perturbadora del ascenso y posterior bajada por el serpenteante camino de la colina del cementerio, promontorio que recuerdo ahora habitado por una acongojadora mudez, enclave envuelto en tiempos suspendidos.  Vacío y descarnación en la montaña que mira al Mediterráneo.  La vista infinita de la playa de La Corniche y su sereno fulgor, y la luz inmóvil de mediodía, me ha acompañado, latente e intensa, en mi memoria.   Aquel techo tranquilo surcado de velas de barcos cual palomas junto al que descansa el poeta-cantante de Sète, Georges Brassens[2].

Encontrarme, años después, con el trabajo de Alfredo Bikondoa sobre tal lugar mítico me permitía, de alguna manera, evocar con estas palabras la obra del poeta.   Ejercer eso que Valéry llamaba el “pensamiento”, después de la recompensa de la visita.  Y el mar, el mar sin cesar empezando, que nos hace recordar el lugar vital de Bikondoa, en la cercanía de la rada donostiarra.  También el mar de Asiné, visto por Seferis y su “playa abierta, enorme”.

He seguido desde hace años el trabajo de este infatigable artista vasco sobre el que, entre otros calificativos, en lugar capital ha de mencionarse la constancia del quehacer cotidiano, enfrascado en el dulce infierno de su estudio en los bajos de la Casa del Este.   De ese encierro creativo han surgido proyectos memorables como el mostrado en Koldo Mitxelena Kulturenea[3] y otras muchas exposiciones entre las que destaco, por esencial, la dedicada a sus misteriosos retratos espectrales presentados en 2010 en Barcelona[4].    También, en este punto, he de mencionar la extraordinaria lectura que del poema de Valéry hizo Joaquín Hinojosa en la presentación de este proyecto en el Instituto Francés de Madrid (2009).  Mencionando su infatigable quehacer he de citar, también, una próxima aventura expositiva, en las sedes que la Fundación Antonio Pérez tiene en Cuenca y San Clemente.   Lugares que, obvio es decir, son pintiparados para mostrar la obra del artista donostiarra, y quien halla en Antonio Pérez, infatigable revisador en objetos de la historia del arte, una suerte de extraordinaria hermandad en la querencia por la materia desvalida.

En este punto señalaré que entre las experiencias vitales que más han marcado a Alfredo Bikondoa está eso que Seferis llamó la “invigorating emptiness”, la querencia por el vacío vigoroso, por una pletórica defensa de la nada que hallaría en otro perseverante artista vasco, Jorge Oteiza, -creador “nervioso”, como Alfredo-, un valedor capital.   También Bikondoa durante su trayectoria, y en especial en esta forma de asumir la riquísima panoplia de sugerencias de “Le Cimitière”, ha rondado un personal elogio del vacío como fuente de la creación, algo que ha subrayado con acierto un crítico histórico como Arnau Puig[5].   Tanto desde el trabajo en su estudio mas, también, mediante la práctica de las filosofías orientales -y puede afirmarse sin reparos que su mirada creadora, en especial el trabajo de los últimos años, tanto en la pintura como en su mundo objetual-, es frecuentador de la síntesis y parece presentar una gozosa  restricción de elementos creativos en pos de una ascesis esencial, reducidos los medios para la creación a muy pocos elementos.   Creación que propone la visión constructiva desde una cierta mineralización quieta de las formas, en las que frecuentemente aparecen incisiones y señales o cifras y signos que, a modo de heridas en el fragor creador, emulan el aire humeante y desolador de después de la batalla.   Tamizadas sus obras pareciere de una luz sigilosa, bañadas por un velo pálido como de plata así, su visión del Cimitière es la de artista glosador de la luz silenciosa, un mundo de herrumbres y restos en el que es frecuente la presencia de cruces.  Símbolo este inmemorial que, como en el caso de Tàpies, se eleva en el espacio mercurial de sus esculturas como una especie de remota geografía mítica del hombre, que recordara Mircea Eliade[6].    Cruces crecidas entre paisajes que están, mas parece estuvieron, al modo de presencia de los vestigios de un poema murmurado con leve insistencia, con un aire polvoriento o remoto, mas persistente.  Música entre las ruinas.

La luz de Valéry es, a la par, la luz de la vida y de la muerte, juego este que es sabido forma parte de la esencia de la creación.  Y en ese deslizarse entre el todo y la nada, se ha movido el quehacer del pintor donostiarra desde su ya lejano comienzo expositivo en la petite galerie de la clásica rue de Seine parisina, hace más de cuarenta años.   Así, esta vista marina de las obras de Bikondoa y rememorando radas donostiarras, recuerda esa pasión compartida por otros próximos, y estoy pensando en la pintura de la desolación de artistas coetáneos, tal Gonzalo Chillida o Juan José Aquerreta.   El primero, precisamente, le dedicaría en 2005 un hermoso haiku, que refería, justamente, el aspecto salino de su pintura: “Abro la ventana/El delicioso y profundo aroma de la mar/Un amigo”.

¿Cómo podríamos referir el acercamiento de Bikondoa a Valéry, ese “versus” que, en el sentido de “encuentro”, titula nuestro texto?.

O quizás sería mejor preguntarnos: ¿puede una obra plástica rememorar la intensidad de unos versos?.

El artista vasco recuerda que, al cabo, un poema, como también señala Bonnefoy, parece haber alcanzado un lugar del espíritu, -lugar tan cenital, como el techo de Sète-, mas que empero los caminos que parten de él, también el propio Valéry lo refería, son innúmeros, permitiendo de tal modo su lectura o interpretación lineal y  también su exploración.   Así sucede con el verso de Valéry del que podremos señalar tiene incontables sendas que parten de él.    Bikondoa afronta la visita de esas virtualidades que hacen del gran poema una experiencia inefable, perturbadora y compleja.

Tal “una carta dirigida a alguien desconocido entre nosotros, en circunstancias parcialmente silenciosas”, dixit Bonnefoy, y referidos calma o silencio, en este punto llega la obra de Bikondoa que parece recordarnos esa nostalgia de lo absoluto que pende sobre el quehacer humano, cuya tarea aparece borrada con tanta rapidez como fatalidad.   Viaje introvertido, el que realiza Bikondoa a través del poema de Valéry, mirada sobre los detalles interiores del espacio, su trabajo escultórico emula las vistas abisales de los pecios de un naufragio.  Letargo meditativo en el poema de Valéry, también de quietud  perturbadora parece hablar el aspecto ruinoso de las esculturas de Bikondoa, cual estructuras asoladas en el remolino de los días, emulas del “extraño sabor a lágrimas”[7]  de los versos.  Serenidad de lo inapelable, nirvana en el que Bikondoa construye paciente sus objetos que parecen sustanciarse en la pequeñez, en el detalle revelado, pero que no elude -a la par- un intenso sentido de monumentalidad, de resto grandioso, de cosa hecha con aplomo.  Valéry recordaba el tiempo en el que los poetas, tal el artista vasco, suspendían el tiempo, acometiendo con lentitud las formas que compondrían sus versos: “existía una especie de ética de la forma que conducía al trabajo infinito”[8].

En cierta medida el trabajo de Bikondoa en torno al Cimitière, -también desde esa ética de las formas, desde lo minucioso de su quehacer-, propone el vacío apenas poblado por un mundo de luces pálidas levemente tocadas por el color ,emulando el “fuego sin materia” del poema del vate Paul, estudiante de Montpellier, recordando la plenitud y la vastedad del mundo, la materia como una ilusión polvorienta, el arte como reflejo de una plenitud anterior. “Il faut vivre”, es necesario vivir, canta Valéry en su XXIV del Cimitière.   Va y ven de las formas en su mudez, ritornello de Bikondoa en el Cimitière, tal un hacedor de sombras proponiendo con ellas la reinvención de los signos en el reino absoluto, ¿tal vez quimérico?, de la creación.

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[1] Yves Bonnefoy, “Le Nom du roi d’Asiné”, Les Editions Virgile, Paris, 2003

[2] En Sète hay dos cementerios.  El “Marino”, de Saint-Charles, donde reposa Valéry y « Le Py », en el Mont Saint-Clair, el de Georges Bassens.

[3] Koldo Mitxelena Kulturunea-Diputación de Guipúzcoa, “Alfredo Bikondoa”, San Sebastián, 2006

[4] Jean Paul Perrier Fine Art Gallery, “Retratos de una filosofía”, Barcelona, 2010

[5] Arnau Puig, “Alfredo Bikondoa.  Itinerario hacia la pintura y la escultura”.  Inédito.  Puede leerse en: www. bikondoa.com

[6] Antoni Tàpies, ‘Las cruces, las equis y otras contradicciones’, en ‘El arte y sus lugares’, Ediciones Siruela, Madrid, 1999

[7] Gustave Cohen, en: Paul Valéry, “Sobre ‘El Cementerio Marino’“, en “El Cementerio Marino”, Alianza Editorial, Madrid, 1967, p. 63

[8] Ibíd. p. 7