ALFREDO BIKONDOA. ALFREDO NIGREDO. [EN TORNO A LOS OBJETOS DE ALFREDO BIKONDOA]

ALFREDO BIKONDOA. ALFREDO NIGREDO. [EN TORNO A LOS OBJETOS DE ALFREDO BIKONDOA]

Texto publicado en el catálogo
ALFREDO BIKONDOA. OBJETOS.  (29/09/2012-25/11/2012)
San Clemente, 2012: Museo del Objeto Encontrado-Fundación Antonio Pérez, pp. 7-9
 

ALFREDO NIGREDO
[EN TORNO A LOS OBJETOS DE ALFREDO BIKONDOA]
por
ALFONSO DE LA TORRE

 

El deber más importante de mi vida es, para mí, el de simbolizar mi interioridad
Friedrich Hebbel
Juan-Eduardo Cirlot (apertura del) “Diccionario de símbolos”, Barcelona, 1958-1969

 

Aire quieto, tiempo lento…. ¡ Ah melancolía de los objetos ! .

Mas, cuidado, no cualquier objeto: zapato, copa, jaula, navaja, abrevadero de arena, alambre, caracola, red, piedra, clavo, pluma o dado.    Summa auroral de objetos siempre replegados sobre sí mismos pareciendo portar en su memoria, incandesciendo, un extraño arcano.   Objetos, en ocasiones pequeños juguetes o maquetas, que recuerdan también el pasado desvelo de un sueño infantil.   Mas, ¿por qué escoger un objeto y no otro, entre la desconcertante panoplia de ellos que ve el mundo enderredor?

Extraña voz de los objetos, derrumbados como  instantes de un relato en duermevela.    Simulacro en el espacio infinito: cada uno de los espacios intrigantes creados por el objeto.  Silencio agitado el que habita la casa encantada de los objetos de Bikondoa.   Penumbra.   Contemplando los objetos de este artista se comprende su encuentro con el pensamiento oriental.   Hay un aire, en este encuentro de objetos varios, de ceremonia, de ritual sagrado, de intento de reunir lo maravilloso y la realidad, lo visible y lo invisible hasta crear lo que Yourcenar llamaba el sentimiento del inmenso invisible e incomprensible que nos rodea.

No es éste el polvo que barre los cacharros de Morandi hasta difuminarlos en la tibieza de las formas que reiteran melodiosas, sino más bien el aire suspendido de la alquimia, la iridiscente tensión de los objetos que, pronto, fulgentes, devendrán otra materia.  Aire de pavesas que titilan aún, antes que polvo dormido.   Encuentro de las formas del universo, mas no materia inerte sino, más bien, el hermético ardor de la quietud que antecede a la vibración de lo no visto antes, como si recordase Bikondoa ese encuentro absorto de los objetos a la par que la búsqueda de lo, hasta ahora, desconocido para el conocimiento.

Pues mirar, crear, es plantear interrogantes y uno de los más inquietantes es, precisamente, la sobreabundancia de las formas asolando el universo, en su diversidad, disparidad y en su extraordinaria interrogación.  Esa pregunta que se hacía Roland Barthes:¿cuál es la causa entonces de todo este desorden?.    Y, también, Bikondoa plantea, a través de estos encuentros lautremontianos la existencia de otros mundos dentro de éste.   Universo de objetos que, -en su singular nueva reunión, con frecuencia intrigantemente desescalados, a veces con aire de medieval bestiario-, cuestiona las apariencias visibles del mundo, siguiendo una de las normas más desconcertantes y misteriosas recordadas por la alquimia, la coincidentia oppositorum, esto es, el encuentro de contrarios.   Defendiendo Bikondoa que hay momentos en los que las cosas pueden deslumbrar o, por el contrario, permanecer a oscuras.

La tierra arde en el agua oscura, escribía otro pintor poeta.  Bodegón de objetos, mas fruto quieto de la no-mudez, tal el tremor previo al estallido del fruto.   Nigredo saturnal la luz que baña con frecuencia, monocroma, sus objetos, con un cierto aire de las monocromías de Nevelson.  Llama que no se extingue, memoria donde ardía, perplejo territorio poblado por la aparición de los objetos.

Sasāra, otro de los títulos de las esculturas objetuales de Bikondoa remite, de forma obvia, a un pertinaz ciclo del vivir, morir y renacer, la oriental rueda de la vida.  ¿Y qué misterio es éste que explica el misterio con misterio?. Reunión de objetos como representaciones visibles de realidades misteriosas y sobrenaturales.    Flechas heladas atravesando jaulas que parecen hallar lo que Alfredo llama “el camino directo a la verdad”.

Y, por debajo, el abismo.