VICENTE VELA. LAS BATALLAS SECRETAS

VICENTE VELA. LAS BATALLAS SECRETAS

 Presentación a la obra de VICENTE VELA.  Museo de Arte Contemporáneo, Elche.  21/01/2011

La historia del arte de nuestro tiempo cruza, con frecuencia, por delante de los ojos cansados de una contemporaneidad que es impacientemente asaltada por el éxito de las imágenes en movimiento.  Esa historia de los creadores es reconstruida con algo de la tristeza contenida en un pálido diorama que conservara también el eco de un acontecer épico, pergeñado entre los recuerdos de los talleres polvorientos y afanosos de ‘Los Grandes Nombres’ de la pintura (o escultura) contemporáneas: Braque, Picasso, Miró, Matisse, Giacometti, Klee o Kandinsky son algunos de los protagonistas.  Todos ellos, y otros más, parecen articularse en una línea sucesiva, generadora de lo que presume ser una historia ordenada, dando la luz precisa sobre el arte del siglo veinte, atravesando así el tiempo sin preguntas, obviando que el conocimiento ha crecido -como recuerda Steiner- más entre zozobras y fracturas, interrogaciones e inquietudes, congoja al cabo, que en la placidez de una narración con final feliz.   Es en este punto en el que también hay que recordar cómo, sin embargo, numerosos artistas, ciertos de ellos también capitales para el arte contemporáneo, cruzan las horas con distanciada parsimonia, pareciere dotados de una cualidad extraordinaria: la de ser portadores de un tempo diferente, algo que, a la par que les convierte en distinguidos, agiganta su talla de artistas.   Artistas de ese otro tempo serían bien conocidos: Sironi, Morandi o Szenes, citando tres ejemplos al que podríamos sumar en nuestro país a Vicente Vela, creadores de un arte esencial construido con luces silenciosas y paz, arte tal un milagro, que vienen ahora a mi memoria.

Empero, el mundo del arte, simbolizado en los Museos, pareciere haber sido secuestrado por una plebe de artistas que se niega a abandonarlos.   La cita, casi textual, no es mía sino que es ya centenaria y escrita por Balzac quien adivinaba así la inminente llegada de un tiempo decadente y manierista, época también del desencanto a la deriva circa 1882 del Monsieur Folantin de Joris-Karl Huysman.  Serán los tiempos de un vaticinio, -del primero citado, en “La Comedia Humana”-, que llega hasta nuestros días: ahora, -escribirá Balzac- en lugar de un torneo tenemos un motín; en lugar de una exposición gloriosa tenemos un tumultuoso bazar, y en lugar de una selección, la totalidad (…) el gran artista pierde (…) ahí donde no hay juicio, tampoco hay cosa que juzgar.   Se adelantaba Balzac al Blanchot de las palideces, aquel que viera en la existencia de los museos un significativo preámbulo de tiempos oscuros: los museos no son el mayor logro que una cultura puede alcanzar sino más bien el preámbulo de tiempos oscuros en que el arte habrá dejado de ejercer sus funciones.    Balzac refería también así diversas cuestiones, todas ellas capitales para el arte: reflexionaba sobre algo tan complejo como el arte y su relación con el espectador, otrosí sobre la feria de las vanidades refrendada por la noble institución museística y adivinaba, a la par, en qué se convertirían ciertas zonas del mundo expositivo.  Mas también Balzac encaraba con arrojo una cuestión más intensa, tal es el análisis sobre el concepto de obra de arte absoluta.  Así, la más perfecta obra de arte sería aquella que no fuere frecuentada, la alejada del marasmo del tiempo, la obra que quedase a salvo de todas las miradas: hélas, la obra maestra desconocida.

La rareza del trabajo de Vicente Vela, su tendencia a viajar al margen de las rutas transitadas, su parsimonia personal y la voz baja, su modestia como artista, parecen redundar en ese interés por preservar su particular obra maestra desconocida.  Es lo que Juan José Tharrats calificaba, en 1958, en una crítica de la exposición de Vela en las Galerías Jardín de Barcelona como las “batallas secretas” de los artistas. Un apelativo que, no dudarán Vds., fue, viendo los cuadros cuya donación hoy nos ocupa, el tríptico “El Mediterráneo” y “Más allá de la violencia” extremadamente premonitorio.

Podemos decir que el viaje de Vela, a través de la pintura, ha sido, simplificando, desde un universo plenamente abstracto a otro universo, no menos abstracto, pero poblado de imágenes.   Su definitiva donación del escalofriante “Más allá de la violencia”, habla también de un intenso asunto del arte contemporáneo.  Tal es la dificultad de representar el cuerpo tras la violencia que sacudiere el siglo veinte y que hiciere del extenso dominio del reino del silencio una consecuencia lógica tras el padecimiento humano.  Tiempos de estupor que conmocionarían la historia y también la del arte.  Vela parece asentir a una pregunta de nuestro tiempo:

¿Cómo representar el cuerpo tras el Holocausto?.

Como relata Jean Clair en sus entrevistas con Zoran Music (bajo el título de “La barbarie ordinaria” (2007)) el asunto está simbolizado en la aterradora visión que para la humanidad supuso la presencia de los primeros reporteros gráficos exudando al mundo las imágenes del dolor contemporáneo.  Uno de cuyos hitos de aflicción quizás sea el conocimiento de las imágenes de abril de 1945 mostrando los cuerpos aherrojados en las frías zanjas cavadas, entre la nieve y el lodo, tras la liberación de Dachau.  Ese calmo lugar de Baviera, de prados bañados por la paz sinuosa del río Amper, del que huyeran los artistas que otrora lo poblaran.   Para qué los poetas en tiempo de desamparo, había clamado ya Hölderlin.  Y después, es sabido, llegaría Theodor Adorno sugiriendo la imposibilidad de la poesía.   Y desde ahí, la extensión del silencio.

Sin embargo, Vicente Vela ha abordado el extraordinario reto de representar el cuerpo.  Esa silenciosa condición que portamos y que, misteriosa e intransferible, es también un supremo signo que nos constituye.  Ése que nos distingue, el que no tuvieron otros y el que no perdurará en la realidad tras nuestra marcha.   Emblema de lo irremplazable, mas también signo de debilidad por su descarada exposición al mundo.  El primer encuentro en la relación inapelable con los otros.  Lo absolutamente exteriorizado, sin reservas ni paliativos, a los demás, pero también al tiempo.  Arruga o cicatriz, tersura o agrietamiento, mudez o sonrisa, significación y desnudez sin atributos.   Cuerpo o semblante mostrado, descarnado del vestido, a la fragilidad de la intemperie de las miradas.

Vicente Vela ha estado inmerso en la vida artística española e internacional, pues puede decirse que ha sido testigo protagonista de la práctica totalidad de los acontecimientos que derivaron en la renovación del lenguaje plástico del siglo veinte.

Este pasado diciembre, pasé una tarde imborrable con Vicente, rememorando su paso por tantos lugares capitales de la reciente cultura plástica española.   Entre otros lugares, casi inefables, que recuerdo ahora, he de evocar las revisiones críticas que sobre él realizaran Juan-Eduardo Cirlot o Juan José Tharrats.  Su encuentro con el poeta y conservador del MoMA Frank O’Hara, o su presencia en lugares tales como la V Bienal de Sao Paulo, en la XXIX Bienal de Venecia o en la fundamental “13 Peintres espagnols actuels” en el Musée des Arts Decoratifs, en Paris, en 1959.

Artista refinadísimo, su trayectoria creativa ha sido extremadamente singular y heredera de aquella afirmación que tanto me gusta de Herbert Read: el artista -escribe Read- es siempre un forastero.  O, también para este caso, aquella otra mención a un recuerdo que pende en mi memoria, dicho por Malraux en Saint-Paul-de-Vence una tarde de 1964 y que puede aplicarse a la larga trayectoria artística de Vela y su complejo devenir entre las dificultades de los tiempos de la postguerra mundial: el arte de nuestro tiempo no era la cuestión lineal de la que presume la voz engañosa de la historia, sino que también el gran arte podría haber surgido desde una historia de zozobras, desde la oscuridad de la noche.

Vela se convertiría en un pintor de un tempo otro, un tempo que pareciere haber atendido en lugar prioritario a su voz interior. Un tiempo que algún crítico de su pintura vio como atravesado, más bien, me atreveré a escribir, zaherido, por una melancolía indefinible que acompaña el calmo ritmo de sus formas de los cincuenta, a veces de aspecto de arrastre a lo Clyfford Still, como las obras que presentó en Clan en 1958, u otrora con sus característicos sinus o sus delicadas formas circulares. Vela es un artista al que se podría aplicar aquella máxima recordada por Jean Cassou: un ser dotado de un raro carácter de perfección y pureza.  Pintor minucioso sobre el que se podría mencionar también el calificativo de lírico, en el sentido de atender en su pintura al misterioso encantamiento de esa voz interior, antes citada, pictopoesía hecha de versos pacientes, meticulosos, baladas de purísimo brillo sustanciadas en la construcción permanente de historias pintadas concebidas con primor, y en la segura expresión del propósito de elevación del espíritu.

Pues Vela ha sido defensor desde sus inicios, de la trascendencia del arte, de la comprensión de éste como un factor de enriquecimiento emocional, arte como prosecutor de la plenitud.   Pues formas y líneas, materias y planos, colores y no-colores, son planteados por Vela en la difícil e inasible esfera del espacio a la búsqueda, pareciere, de una esquiva vida superior.  El afán por proclamar la búsqueda de una belleza inteligente es para el artista una decisión valerosa pues es, también, signo de evidencia, exposición al riesgo, arte realizado completamente al descubierto mostrando lo que es, en definitiva, el supremo ejercicio de la fe en el oficio de crear.

A Tharrats le decía Vela: Pintar es para mí una necesidad tan intensa como la misma vida.  Difícilmente los pintores podemos hablar de nuestra pintura, pero si supiera, jamás emplearía estas palabras: “gesto”, “angustia”, “desesperación”…ni siquiera recrearme en lo trágico y terrible, sino que hablaría de paz y horizonte.  De Vida. Y de Naturaleza.  Era 1958.

Al cabo, concluyendo, pienso que Vela  suscribió durante todo su quehacer, como pocos privilegiados artistas de nuestro tiempo, la máxima del protagonista de “La obra maestra desconocida”: “Hay que tener fe, fe en el arte (…) para crear algo así”.

 

Alfonso de la Torre

Enero de 2011