MIGUEL ÁNGEL BLANCO: VIVIR, MORIR, TAL VEZ SOÑAR

MIGUEL ÁNGEL BLANCO: VIVIR, MORIR, TAL VEZ SOÑAR

Texto publicado en el catálogo
OTRAS NATURALEZAS. OTHER NATURES
Madrid, 2011: El Corte Inglés-Ámbito Cultural, pp. 28-51
[Intervenciones de Miguel Ángel Blanco, Carmen Calvo y Darío Villalba, en el contexto de ARCOmadrid 2011.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

‘Inefable’, podría ser el comienzo de estas líneas.   Pues un arte inefable -y, por ende, de difícil aprehensión- en el que coexisten poesía y naturaleza, entrambos subrayados por la insoslayable presencia del misterio, son elementos sustanciales en la obra de Miguel Ángel Blanco (Madrid, 1958).   Recordemos la etimología de la voz “inefable” contiene el verbo latino “fari”, el del decir solemne y religioso, verbo oracular de la misma raíz que el que define términos como “fábula” o “hado”, voces que parecen remitir al mundo del imaginario que sobrevuela, también, la naturaleza.    Blanco es un artista que ha frecuentado el calificativo de ‘inclasificable’ por la singularidad extrema de su posición, de difícil aprehensión para el ejercicio convencional de la historia y la crítica del arte, al estar su quehacer repartido entre el ejercicio militante de lo que, simplificando, podría llamarse una delicada poesía visual junto a un abracadabrismo, también sutil, de los símbolos.  Estamos pues frente a un creador que pareciere proponer un arte chamánico y que, como luego veremos, cree que entre sus funciones puede estar ofrecer un cierto bálsamo del pesar del alma y que considera su creación, casi, como la resultante de un trabajo de médium entre lo intelectual y la naturaleza.   Entre sus objetivos está la búsqueda del alivio, lo que podríamos llamar la sutura de la herida del vivir: “una obra tan perfecta que sea capaz de curar”[1], escribiría Blanco, mas también el deseo de “establecer una relación entre dimensiones conocidas y desconocidas”[2].  Naturaleza pues elevada al rango del misterio, viaje entre los intersticios del colosal cosmos, descenso a un lugar otro que nos permita introducirnos “como una sombra, por las fisuras donde habitan las imágenes de otros mundos”[3].

Su propuesta es extremadamente singular en medio del rictus tan frecuentado por el arte español, con ciertas zonas en nuestro siglo veintiuno aún tan de veta brava, y en el que no es usual la presencia de artistas solitarios, ajenos al uso generacional que la moda de la vida artística y los manuales de arte proponen.   “Es fundamental proponerse, seriamente, no estar al día”, suscribiría Blanco esta propuesta de otro artista-ensamblador, Gerardo Rueda, aficionado también a encerrar en cajas instantes misteriosos de madera y corcho, fragmentos de la vida.    Y siempre que pienso en Blanco viene a nuestra memoria la escritura y quehacer de Robert Walser, el poeta paseante que fuera hallado en el último día, navidad de 1956, con su rostro apoyado en la nieve de las colinas de Herisau.   Pintor, Blanco, y escritor, Walser, acá tenemos a dos poetas telúricos caminando por el bosque, duplo de vates errantes en la niebla, en un ejercicio casi de trance a la búsqueda de los tesoros que la aventura que supone el paisaje les depare.   Si la literatura de Walser ofrece lo que podríamos llamar ‘breves informes autobiográficos’ desde una cierta voluntad de extinción, la creación de Blanco ofrece esa suerte de incontenida enajenación del paseo que queda luego simbolizada en sus hallazgos: minerales, aves, plantas, fragmentos lígneos, sal, cortezas, plumas, semillas, moluscos, líquenes, huevos, algas, cristales, arenas, y así ad infinitum.  Serán elementos que  simbolizarán ese periplo que trasmuta en una travesía al interior y que se sustancia en la recopilación que luego pasará al cofre del artista.   Atesorados junto a otros elementos más clásicos del bagaje artístico tal dibujos, fotografías, inscripciones o grabados que preceden, al modo de un libro clásico,  a la caja, situada al final del libro, al modo del “desenlace” de una historia, breve, sintética, pero siempre extraordinariamente intensa[4].    Pues los libros de Blanco son extremadamente singulares, complejos también en su propia esencia formal, paradójicos, casi padeciendo lo que podríamos llamar “la imposibilidad de ser”, pues la única posibilidad de verse, por tanto de existir para los demás, es siendo hojeados en la propia Biblioteca.   Tarea que se hace más compleja si pensamos en el elevado número de ejemplares que compone la “Biblioteca del Bosque”; en la dificultad de conocer por el aspecto exterior sus contenidos, expresados sólo, crípticamente, a través del sistema de numeración que los relaciona y que, desde su secreta taxonomía, es impreso con fuego en la caja; todo ello complejizado por el extremo rigor que unifica su aspecto formal y que convierte a muchos de sus libros en volúmenes que, formalmente, como señalamos antes, no difieren en su aspecto externo.   A todo lo anterior podremos sumar que la puesta en pie, al completo, del juego sólo sucede si el artista explica la poesía que esconde un fragmento botánico, la huella impresa en el papel con el jugo de una acícula, la secreta historia de un viaje o un hallazgo a la vera del camino, una tarde misteriosa…

No podría ser de otro modo pues “caminar es atesorar”, ha señalado Blanco[5], convirtiendo así las ideas surgidas en los vericuetos de los senderos en materia artística.  A la par que, por su parte, Walser observaba lo creativo del deambular, trasladando los hallazgos a la metáfora de la que surge la creación: “muchas ocurrencias, relámpagos y luces de magnesio se mezclan y se encuentran con naturalidad para ser cuidadosamente elaboradas”[6]… El paseo por el campo, el contacto con el paisaje, supone una experiencia casi sobrenatural que lleva al caminante Walser a viajar afuera, pero también a transustanciar ese viaje en un tránsito, casi alucinatorio, hacia su espíritu que le permitirá así vislumbrar el conocimiento.   Es un trance en el que la naturaleza es sentida como un lugar contradictorio que el poeta paseante plantea paradójicamente: “en un interior y paseaba como por un interior; todo lo exterior se volvió sueño, lo hasta entonces comprendido, incomprensible”[7].   Algo, por cierto,  no muy alejado de lo que Blanco define como “la senda de meditación”, término este casi homónimo del título de su ciclópea biblioteca borgiana, fabulosa biblioteca de Noe: “La biblioteca del bosque”, su gabinete mágico. Pensando en esos anaqueles de Blanco que han superado hace tiempo los mil ejemplares-caja, no me resisto a trascribir unas palabras de Borges sobre la biblioteca familiar y los espíritus que la  hechizan: “Todavía puedo verla y mi memoria me lleva a ella constantemente. Era una habitación grande, de techos muy altos, con estanterías protegidas por vidrios, donde reposaban varios miles de volúmenes. Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados; despiertan cuando abrimos los libros. Yo sentí en esa biblioteca de mi padre el despertar de esos espíritus hechizados de los que habla Emerson”[8].

Las peregrinaciones creativas de Miguel Ángel Blanco tienen por objetivo declarado la búsqueda de “los elementos que pudieran transmitir la energía espiritual”, destiladores de lo que él define como “el espacio sagrado”[9].   “Los seres humanos -escribiría por su parte Novalis- recorren diferentes caminos.  Aquel que emprenda la ruta y los compare, descubrirá formas que pertenecen a una gran escritura cifrada que se encuentra en todas partes”[10].   En la historia del arte contemporáneo es conocida la relación estrecha entre el libro de Novalis, “Los discípulos en Sais”, y la génesis de la obra de Paul Klee.   También de los presentimientos de éste, extendidos hacia el arte de nuestro tiempo de que incluso estructuras de materia de apariencia inorgánica como los cristales, -que Blanco adora, en especial en su forma de cuarzo blanco-, forman parte de lo viviente, de la energía de la naturaleza.

Y es que lo “interior”, el paseo por los senderos de la conciencia, es una de las cuestiones esenciales del quehacer de Blanco, un artista empeñado sempiternamente en un juego inquietante, viajero entre la ocultación y el desvelo.  Pues precisamente una de sus asuntos más importantes es la reivindicación del misterio y de las metáforas que acontecen en sus cajas.  Cofres que encierran los arcanos de lugares o tiempos determinados, desde aquel número uno que fuere vaticinado por la presencia de una tríada de cornejas, (como sucede en uno de los cuentos de los Hermanos Grimm[11]), posadas y luego huidoras, en la curva de un camino de su amado valle de la Fuenfría.  Ya fuere arca tenebroso o de gozo, cofre de rememoración o celebratorio[12],  Blanco alude permanentemente al misterio de las cajas que, a su vez, parecen contener ciertos arcanos de la naturaleza ordenados cuidadosamente en su Biblioteca.  A este lugar singular, ubicado en su estudio, es preciso descender, simbólicamente, a través de unos peldaños.   Es como si Blanco certificara aquello que refiriera Novalis sobre los tesoros de la Naturaleza (la voz ‘tesoro’ de nuevo) que son “un secreto inviolable”[13], pues la naturaleza es, al cabo, “el gran criptograma”[14].    Recordando una escena de “Los discípulos en Sais”, cuando uno de los personajes recibe, de un anciano, “un librito que ningún ser humano podía descifrar”[15].  Científicos y poetas han hablado siempre la misma lengua, subrayaba el poeta antes referido.   Es lo que Blanco llama el extravío[16], lo cual no es más que una nueva alusión a la ruta, al gozoso descarrío en el camino, en este caso en la senda del pensamiento.   La obra de este artista supone el encuentro de una aporía infrecuente en el mundo de la creación, acostumbrados a hallar artistas que transitan por uno u otro lugar.  En la obra de Blanco se halla la paradójica reunión de realidad con poesía o, lo que es lo mismo, la síntesis del silencio lírico de los fragmentos de la naturaleza con una cierta mirada sobre la taxonomía, no muy lejos ésta de los mirabilia decimonónicos.

En un tiempo como el nuestro, proclive a los apofatismos, la obra de Miguel Ángel Blanco parece subrayar la silente existencia de un espíritu misterioso alentándonos, recordándonos así, a la par que nos ayuda a recobrarlos, algunos de los caminos perdidos, quizás entre los vericuetos de la conciencia.  Artista pareciere demiurgo, declarado panteísta, sacral, su voz parece haber escuchado sin pausa, infatigable, el rumor de los cantos rodados, convirtiéndose así en una suerte de obsesionado coleccionista de instantes del paisaje, fragmentos al cabo de tiempo pues lo que construye, además de su biblioteca, es un dietario del paso de los propios días.   Lo sublime es celebración de los extremos que nos consumen: horror y placer, y este artista asiste a la celebración de una naturaleza que a veces parece evocar el ocaso.  Al cabo sus hallazgos, en su permanente ir y venir, la memoria de esos instantes inefables, nos recuerdan también la tragedia del tiempo.

Un nomadismo pues que es, sin dudarlo, el del paseante que camina -a sabiendas de hacerlo- sobre el abismo.

 

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[1] Miguel Ángel Blanco, “La Fortaleza (1986-1988)”, Galería Ángel Romero, Madrid, III/1988

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] La muestra de alguno de los libros que componen “La Biblioteca del Bosque” en el desarrollo de proyectos expositivos sólo permite ver alguna de las hojas y la caja, quedando reservado, por tanto, la totalidad del libro a la posibilidad de ser éste hojeado.  A la  hora de ubicar la obra de Miguel Ángel Blanco, uno halla referencias en el arte español que tienen que subrayarse en este punto: la pasión por los árboles de Anglada-Camarasa, compartida luego con las fotografías de tocones y cortezas de Gustavo Torner de los cincuenta.    Y la obligada cita a la pasión por el campo de la Escuela de Vallecas, émula del nórdico Adolf Schlosser.

[5] Eugenio Castro, “Entrevista con Miguel Ángel Blanco”, “Arte y Naturaleza”, Nº 32, Julio-Agosto 2004

[6] Robert Walser, “El paseo”, Ediciones Siruela, Madrid, 1996, pp. 30 y 59

[7] Ibíd.

[8] Roberto Alifano, “Borges. Biografía verbal”, Plaza y Janés, Madrid, 1988

[9] “La senda de meditación que imagino entre todos estos lugares que he visitado se convierte en una peregrinación creativa en la que desarrollo nuevas liturgias naturales. He buscado en cada punto los elementos que pudieran transmitir la energía espiritual y la energía botánica, que son una, que emanaba del espacio sagrado”.  Miguel Ángel Blanco, “Santuarios naturales”, catálogo de la exposición “Musgo negro”, Abadía de Santo Domingo de Silos (MNCARS), 2006.

[10] Novalis, “Poesías completas-Los discípulos en Sais”, DVD Poesía, Barcelona, 2004, p.  237

[11] El cuento es conocido como “Juan el fiel”: “(…) Mientras navegaban en alta mar, el fiel Juan, estando un día sentado en la popa del navío, distinguió en el aire tres cornejas aire que vinieron a colocarse delante de él. Escuchó lo que decían entre sí, pues comprendía su lenguaje (…)”.

[12] En ocasiones dichos enigmas se relacionan con la simbología inherente a la numeración de la misma, como sucede con el temido “666”.

[13] Novalis, “Poesías completas-Los discípulos en Sais”, op. cit. 243

[14] Ibid. p. 265

[15] Ibid. p. 273

[16] “y me extravié”, concluye en el poema de Blanco que abre el catálogo “Die Algen un die Alpen”, Galerie Stefan Röpke, Köln, 2002, p. 15