VICENTE CASTELLANO: LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA

VICENTE CASTELLANO: LA OBRA MAESTRA DESCONOCIDA

Texto publicado en el catálogo
De l’atelier, Vicente Castellano 
Exposición itinerante, Comunidad Valenciana, (21/12/2010-2011), pp. 27-28 

 

La historia del arte de nuestro tiempo cruza, con frecuencia, por delante de los ojos cansados de una contemporaneidad que es impacientemente asaltada por el éxito de las imágenes.  Esa historia de los creadores es reconstruida con algo de la tristeza contenida en un pálido diorama que conservara también el eco de un acontecer épico, pergeñado entre los recuerdos de los talleres polvorientos y afanosos de los grandes nombres de la pintura o escultura contemporáneas: Braque, Picasso, Miró, Matisse, Giacometti, Klee o Kandinsky son algunos de los protagonistas.  Todos ellos, y otros más, parecen articularse en una línea sucesiva, generadora de lo que presume ser una historia ordenada, dando la luz precisa sobre el arte del siglo veinte, atravesando así el tiempo sin preguntas, obviando que el conocimiento ha crecido -como recuerda Steiner- más entre zozobras y fracturas, interrogaciones e inquietudes, congoja al cabo, que en la placidez de una narración con final feliz.   Es en este punto en el que también hay que recordar cómo, sin embargo, numerosos artistas, ciertos de ellos también capitales para el arte contemporáneo, cruzan las horas con distanciada parsimonia, pareciere dotados de una cualidad extraordinaria: la de ser portadores de un tempo diferente, algo que, a la par que les convierte en distinguidos, agiganta su talla de artistas.   Artistas de ese otro tempo serían bien conocidos: Sironi, Morandi o Szenes, citando tres ejemplos de un arte esencial construido con luces silenciosas y paz, arte tal un milagro, que vienen ahora a mi memoria.

Empero, el mundo del arte, simbolizado en los Museos, pareciere haber sido secuestrado por una plebe de artistas que se niega a abandonarlos.   La cita, casi textual, no es mía sino que es ya centenaria y escrita por Balzac quien adivinaba así la inminente llegada de un tiempo decadente y manierista, época también del desencanto a la deriva circa 1882 del Monsieur Folantin de Joris-Karl Huysman.  Serán los tiempos de un vaticinio, -del primero citado, en “La Comedia Humana”-, que llega hasta nuestros días: “ahora, en lugar de un torneo tenemos un motín; en lugar de una exposición gloriosa tenemos un tumultuoso bazar, y en lugar de una selección, la totalidad (…) el gran artista pierde (…) ahí donde no hay juicio, tampoco hay cosa que juzgar”.   Se adelantaba Balzac al Blanchot de las palideces, aquel que viera en la existencia de los museos un significativo preámbulo de tiempos oscuros: “los museos no son el mayor logro que una cultura puede alcanzar sino más bien el preámbulo de tiempos oscuros en que el arte habrá dejado de ejercer sus funciones”.    Balzac refería también así diversas cuestiones, todas ellas capitales para el arte: reflexionaba sobre algo tan complejo como el arte y su relación con el espectador, otrosí sobre la feria de las vanidades refrendada por la noble institución museística y adivinaba, a la par, en qué se convertirían ciertas zonas del mundo expositivo.  Mas también Balzac encaraba con arrojo una cuestión más intensa, tal es el análisis sobre el concepto de obra de arte absoluta.  Así, la más perfecta obra de arte sería aquella que no fuere frecuentada, la alejada del marasmo del tiempo, la obra que quedase a salvo de todas las miradas: hélas, la obra maestra desconocida.

La rareza del trabajo de Castellano, su tendencia a viajar al margen de las rutas transitadas, su parsimonia personal y la voz baja, su modestia como artista, parecen redundar en ese interés por preservar su particular obra maestra desconocida.    A pesar de lo cual, en la vida artística de Vicente Castellano ha sido fundamental la inmersión, durante casi dos décadas intensas, desde 1955, en el laberinto de Paris.  Vida evocadora a la de tantos otros creadores de su tiempo que vieron en esta ciudad la posibilidad de sentirse inmersos en lo que Castellano llamó el continuum, esto es, la rica vida artística de los años cincuenta desarrollada en ese lugar.

Artista refinadísimo, pintor fascinado por el esquivo milagro de la simplicidad, -que sobre él dijera su compañero de aventuras artísticas Vicente Aguilera Cerni en 1956-, su trayectoria creativa ha sido extremadamente singular y heredera de aquella afirmación que tanto me gusta de Herbert Read.  Tanto da que su vida como artista sucediera en Valencia, Madrid o en Paris pues, al cabo, el artista -escribe Read- es siempre un forastero.  O, también para este caso, aquella otra mención a un recuerdo que pende en mi memoria, dicho por Malraux en Saint-Paul-de-Vence una tarde de 1964 y que puede aplicarse a la larga trayectoria artística de Castellano y su complejo devenir entre las dificultades de los tiempos de la postguerra mundial: el arte de nuestro tiempo no era la cuestión lineal de la que presume la voz engañosa de la historia, sino que también el gran arte podría haber surgido desde una historia de zozobras, desde la oscuridad de la noche.

Como su admirado parisino Juan Gris, Castellano, trasterrado de su Valencia natal, se convertiría en un pintor de un tempo otro, un tempo que pareciere haber atendido en lugar prioritario a su voz interior. Un tiempo que algún crítico de su pintura vio como atravesado, más bien, me atreveré a escribir, zaherido, por una melancolía indefinible que acompaña el calmo ritmo de sus formas y estructuras, la superposición delicada de los planos de color, la sobriedad de sus relieves monocromáticos, la disciplinada tempestad que baña sus collages de materias. Castellano es un artista al que se podría aplicar aquella máxima recordada por Jean Cassou: un ser dotado de un raro carácter de perfección y pureza.  Pintor minucioso sobre el que se podría mencionar también el calificativo de lírico, en el sentido de atender en su pintura al misterioso encanto de esa voz interior, antes citada, pictopoesía hecha de versos pacientes, meticulosos, baladas de purísimo brillo sustanciadas en la construcción permanente de historias pintadas ensambladas o concebidas con paciencia, y en la segura expresión del propósito de elevación del espíritu.

Pues Castellano ha sido defensor desde sus inicios, también por escrito, de la trascendencia del arte, de la comprensión de éste como un factor de enriquecimiento emocional, arte como prosecutor de la plenitud.   Así, no es extraño que Castellano declarara recientemente a la prensa, con ocasión de su reciente exposición retrospectiva celebrada este año, que “el artista hace una interpretación subjetiva de su realidad, y en mi caso ha sido espiritual y profunda, invitando al espectador a participar en ella”.  Pues formas y líneas, materias y planos, colores y no-colores, son planteados por Castellano en la difícil e inasible esfera del espacio a la búsqueda, pareciere, de una esquiva vida superior.  El afán por proclamar la búsqueda de una belleza inteligente es para el artista una decisión valerosa pues es, también, signo de evidencia, exposición al riesgo, arte realizado completamente al descubierto mostrando lo que es, en definitiva, el supremo ejercicio de la fe en el oficio de crear.

Al cabo, concluyendo, pienso que Castellano suscribió durante todo su quehacer, como pocos privilegiados artistas de nuestro tiempo, la máxima del protagonista de “La obra maestra desconocida”: “Hay que tener fe, fe en el arte (…) para crear algo así”.