FRANCISCO FARRERAS-CELEBRACIÓN

FRANCISCO FARRERAS-CELEBRACIÓN

 Texto publicado en el catálogo
FARRERAS. TRES MIRADAS. 
Madrid, 2010-2011. Galería Lucía Mendoza, Luis Burgos y Marita Segovia
 
CELEBRACIÓN DE FRANCISCO FARRERAS
 

La historia del arte tiende a ser simplista, quizás como todas las historias.  Los lugares transitados acaban sepultando bajo sus cenizas de tiempo, – éstas sustanciadas a su vez en cifras y papeles, dígitos y letras -, las historias que se sitúan al margen de las rutas por las que camina el tiempo compilado. En nuestro caso, la del arte contemporáneo español, esa transitada senda es la lógica que conduce a la modernidad artística, aparentemente por una sola vía, la vía informal.

En los años cincuenta, los años en los que Francisco Farreras (Barcelona, 1927) comienza a destacar como artista de formas medidas, España es un país que comienza a recuperarse a duras penas de la contienda civil.  Representado el dolor en la pintura más aformal y de gesto o sublimado otrora en la pintura de línea más construida como la suya.  Grito o silencio,  expresión y contención, destello o luz temblorosa, extremos, al cabo, de lo mismo.

En lo artístico, el devenir de nuestro país se había venido sustanciando, desde comienzos del siglo XX, en una sucesiva suma de fracturas y fragmentos.   Y la España de los cincuenta que vive Farreras es aún de la machadiana charanga y pandereta, invadida por una especie de pseudofolklore, pseudoarte y pseudoliteratura que, como escribiera Antonio Hernández “cayó sobre la piel del toro como un maná de afrecho, corporeizado en toreros, bailaoras, canzonetistas, caricatos…eran los reyes de la época”.

Recordemos pues, como punto de partida, esa rémora de un país diezmado, también culturalmente, por la tragedia de la muerte y el exilio.   De ello, de idas y venidas forzosas, sabe bien nuestro artista y su familia: Barcelona, San Feliu de Codinas, Sant Joan Despí, Santoña, Murcia, Santa Cruz de Tenerife, Madrid…en sus primeros quince años.   Y Paris…en diversos viajes ya en los años cincuenta…

Es cierto que los cincuenta fue una década crucial para el desarrollo del arte español.   Pero también lo es que fueron años en los que nada sucedía por casualidad, mucho menos de repente, y en donde confluirían una serie de complejos procesos.  Algunos de ellos, que habían venido gestándose en lustros anteriores, han quedado casi -aún hoy- invisibles.

Para referirse a la renovación abstracta, y plástica en general, de los cincuenta, es obligada la cita a Barcelona primero, cronológicamente, luego a Madrid, pero hay también otros lugares -no menos importantes-, como Paris. Esta ciudad se convirtió en patria del transtierro, temporal o permanente, de muchos de nuestros artistas.  Mediados los cincuenta el número de creadores españoles allí residentes circunstancialmente era comparable al de los presentes en Madrid.

Nuestros artistas tuvieron, en términos generales, una buena acogida critica en Francia, si pensamos en el temprano impulso que Bernard Dorival ofreció a muchos de ellos.    Dorival sería conocido en España gracias a su magna empresa de Los pintores célebres, que publicara Gustavo Gili (1963), en traducción Juan-Eduardo Cirlot.  Conservador del Musée d’Art Moderne, desde la Francia ocupada fue, junto a Jean Cassou, una de las personalidades que mayor relevancia tuvo para los artistas españoles alojados en Paris.  Pues era extraordinariamente sensible a la presencia de nuestros artistas que, como sucediese con los de otras numerosas nacionalidades, llegaron al Paris postbélico.

En la historia ortodoxa, canónica, por la que comenzamos, hay artistas que parecen no haber existido o no encajar por diversos motivos. Así, por su ausencia física de España o bien por una actitud que podría calificarse como no inserta en el canon informal.   Mostrando cómo queda por hacer una verdadera y cuidada revisión de lo que ha sido la historia del arte español de nuestro tiempo en la que tengan encaje, por fin, personalidades ajenas a la tendencia hegemónica.  Ejemplos simbolizados en creadores que, como Francisco Farreras, exceden los tópicos para su posible adscripción a lo que fuere llamado “la veta brava”.  Mas también, hay tantos otros nombres…Eduardo  Chillida, Manuel Hernández Mompó, Lucio Muñoz, Pablo Palazuelo, Gerardo Rueda, Eusebio Sempere, Gustavo Torner, Vicente Vela, Salvador Victoria o Esteban Vicente, por citar sólo algunos.  Son todos ellos ejemplo de artistas de ese otro arte, también.   Artistas a los que a veces adscribimos a una suerte de generación del silencio y que -en muchos casos- hallaron al fin voz a través de su presencia en la galería Juana Mordó y, también, del coleccionismo de Fernando Zóbel en el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.  En el primer catálogo de este Museo, editado en junio de 1966, lugar en el que Paco celebraría su primer día de año nuevo de 1967 (como consta en el Libro de Firmas conquense), se recuerda el privilegio de tener tres piezas en su colección, dos de ellas reproducidas en el catálogo.

Es pues en un contexto de poesía del espacio, silencios de la naturaleza, escritura abstracta, cuando, al fin, es posible comprender la presencia de colectivos o artistas ‘anómalos’, en el sentido de poco aferrados a la que es considerada como la tradición hispana.  Algo que quedaría simbolizado citando algunas otras de esas ‘anomalías’ como pueden ser los artistas del ‘Equipo 57’ o ciertos creadores de ‘Parpalló’, refiriéndonos a actitudes grupales o, en el caso de individualidades, permitiría  entender a un artista tan significativo y complejo como Francisco Farreras.   Sin duda este argumento -su no entroncamiento con la recia oficialidad de la -por otro lado- rancia tradición  hispana- explica, también, un cierto desconocimiento sobre su persona en el que ha cooperado su actitud artística silente.  Discreto, no competitivo, generador siempre de palabras buenas,  poco proclive al texto, a la manifestación, a la autodefensa artística, al ruido.  En definitiva, todo en su biografía parece ser AMISTAD.

Tras la infancia de diáspora, el camino de huida de Farreras había seguido el de otros muchos contemporáneos desde que en 1900 Don Pablo, reverencia en este punto, llegara a Paris, y a él siguiera Arnau Puig tras la Segunda Guerra.  También, tempranamente, los Chillida, Guerrero, Guinovart, Mompó, Palazuelo, Sempere o Victoria entre otros.   Paris era patria de acogida que, recuperada del desastre de ver los bajos de su Museo de Arte Moderno atestado con las piezas confiscadas por los nazis, pasó a celebrar sus primeros Salon de Mai, casi de modo inmediato a la paz.

Francisco Farreras huyó a Paris desde una España pacata, quizás añorando las viejas postales familiares con las que había calmado algunos de sus días de obligado reposo en los cuarenta.    En su Colegio de España, en el Boulevard Jourdan de la Cité Universitaire, residiría los cursos de 1952 y 1953.  En fecha reciente recordábamos alguno de los encuentros con su compañero residente Pablo Palazuelo.

Por si no fuera poco, en esos años cincuenta en España se emprendía un nuevo debate inútil en lo plástico, entre la figuración y la validez de la abstracción.  Discusión planteada en una rancia España, esta de los cincuenta, en la que a un artista íntegro le quedaban pocas salidas, entre ellas la de marcharse. Así lo entendió Farreras, como tantos otros creadores.  Aquí van unas líneas del citado Victoria:  “Frente al panorama desolador, ¿qué le podía quedar a un joven pintor inconformista?. Más que la certeza, la intuición de un mundo distinto más allá de nuestras fronteras (tanto geográficas como mentales) y una opresión espiritual insostenible.  El ansia de huir hacia el futuro (…)”.

Tras la presencia en Paris, en años anteriores, de artistas como Anglada-Camarasa, Bores, Clavé, Domínguez, González o Manuel Ángeles Ortiz, en los cincuenta el Colegio de España sería visitado por, prácticamente, lo más granado de la futura plástica española, como atestiguaran las “Crónicas de Paris” de Julián Gállego, iniciadas en 1954 para la revista “Goya”.

La impresión que muy a menudo tengo, cuando miro hacia la década de los cincuenta, es de admiración ante el arrojo de los artistas españoles de este tiempo.    Valor y soledad, he escrito en ocasiones, en ese elogio del arrojo he de hacer mención prioritaria a Francisco Farreras.   Artista al que considero no suficientemente conocido o, escribiremos mejor, ocultado tras sus creaciones más transitadas.   El espectador lo comprenderá mejor después del paseo por la summa de la producción de Farreras sustanciada  en la tríada expositiva que ahora se presenta en galerías madrileñas.

A los más jóvenes señalaremos -por si lo desconociesen- que la trayectoria pictórica de Farreras ha ocupado prácticamente toda su vida y que su obra se muestra en los más importantes museos y colecciones públicas del mundo.    Con un punto de partida que considero simbólico y que sería la adquisición de su obra en 1962 por la Tate Gallery. Y en 1964 por dos de los principales museos de Nueva York, el MoMA y el Guggenheim.

Si revisamos ahora la cronología de Farreras podemos afirmar que la primera reseña sobre su dedicación a la pintura data de 1939, fecha en la que realiza cuadernos con dibujos, en muchos casos copiados de revistas ilustradas o bien del natural, gracias al apoyo de su abuelo materno. ¡Más de 70 años de pintura podríamos pues afirmar!.

El recorrido planteado en estas tres exposiciones es casi antológico concluyendo en algunas de sus obras lígneas que han ido arribando hacia la depuración extrema. Simbolizada ésta en esa suerte de kimono presidido por un círculo oscuro, que ha viajado imperturbado hasta, casi, la Nada y que Farreras ha firmado en 2010 (“Nº 934-A”).  Sus obras de este año mantienen así ese tono tan zen, tan mínimo, tan deslumbrantemente despojado, que venía adivinándose en las obras fechadas en los últimos dos años.

En 1955 José de Castro Arines había referido “la magnífica unidad de su pensamiento”, una cualidad que parece haber atravesado con limpieza el medio siglo posterior.    En las pinturas de Farreras que pueden verse este otoño de 2010, queda claro ese elogio de la proporción y la exactitud, tan suyos, y la querencia por una voz queda que le han caracterizado a lo largo de su trayectoria.   Voz sustanciada en la utilización, en la brega pictórica, de materias humildísimas: maderas en formatos varios, cuerdas, restos de mobiliario, recortes diversos del estudio, otrora telas o papeles de seda…y el teñido de todo ello con la ilusión del tiempo.  Elogiadoras a veces de inquietantes centros con bullones, construidos con racimos de tacos de madera, su pintura parece aunar, como la vida, el orden y el desorden, la calma y el ímpetu.

Tanto el díptico como el tríptico, o el cuadro compuesto de elementos fragmentarios, son formatos frecuentemente transitados por un artista que parece otorgar a algunas de sus pinturas un cierto aire de retablo medieval, de facistol compungido atravesado por la luz mineral de la historia.  Mostrando esa cualidad tan suya que supone el sutil uso del color, tratado al modo de pátinas que se desvelan con la exigida iluminación cenital y la presencia próxima del espectador.  Extensión superior a la mera extensión de la obra, vastedad proclamada desde la revelación del extraordinario dominio del espacio.  Espacio cósmico.

En esta historia del arte contemporáneo, tan acostumbrada al apofatismo, el elogio de lo maligno, Farreras ha sido elogiador de las sombras, mas creador de una misteriosa poética en la que su obra contempla esa dimensión corpórea y una gravedad trascendente.  José Hierro analizaba hace unos años la trayectoria de Farreras, reflexionando en torno al encuentro de ese aspecto espectral con la generación de inquietud.

Artista difícil y secreto (decía de él el poeta), Farreras es, en todo caso, un artista singular, dentro del marasmo de proximidades de la pintura hispana -e internacional- de postguerra.   Y entre el marasmo, también, de tanto manifiesto y alharaca, inmediatamente frustrado,  Farreras ha defendido la creación como tabla, y nunca mejor dicho, de salvación.   Como la única posibilidad de comprensión o, también, de soportar el mundo.

Ha sido Farreras enfrentado a la dura tarea del elogio del vacío.   Parquedad de medios en la que el vacío evoca espacio y tiempo, la gozosa nada que nos envuelve y que, como si nada, nos devuelve al gozo del existir  Recuerden lo que escribió Albert Camus en 1958 viendo una exposición vacía de Yves Klein: “con el vacío, plenos poderes”.

Amante de la gran literatura, empero no es aficionado Farreras al birlibirloque de las palabras, que practicamos otros.   Y que él más bien, detesta.   Una de las pocas ocasiones en que se ha manifestado lo hacía a Miguel Logroño (1974).  Definía su obra como un misterio. Haciendo casi un oximorón, si pensamos en la definición de la RAE de “misterio”: “Cosa arcana o muy recóndita, que no se puede comprender o explicar”.  Misterio.

Hágase, pues, el silencio.  El reino del silencio.