CITOLER. 5 PREMIO DE FOTOGRAFÍA. LA MEMORIA DONDE ARDÍA

CITOLER. 5 PREMIO DE FOTOGRAFÍA. LA MEMORIA DONDE ARDÍA

LA MEMORIA DONDE ARDÍA
(ALGUNAS REFLEXIONES EN TORNO A LA IMAGEN FOTOGRÁFICA)

Texto publicado en el catálogo

Alfonso de la Torre, La memoria donde ardía.  Quinto Premio Internacional de Fotografía Contemporánea Pilar Citoler, catálogo de la exposición del mismo nombre, Universidad de Córdoba, Córdoba, 2011

 

Me pregunté entonces cuál podía ser la causa de todo este desorden.

Roland Barthes, “La cámara lúcida.  Nota sobre la fotografía”, Paris, 1980.

A comienzos del pasado siglo XX, los anaqueles se llenaron de concienzudos libros de anatomía patológica en los que se fotografiaban, no sin espanto, las más horribles enfermedades o anomalías del cuerpo.   El origen de la fotografía se vinculaba así a lo que pareciere ser ya una voluntad de colección, reunión de instantáneas de una abundancia terrorífica, imágenes que por lo general continuaban con una vieja historia del arte poblada con cuerpos.  Patoinstantes con aspecto de haber sido robados entre la placidez de la realidad: rostros deformados, corporeidades de seres camino de una inconclusa construcción, extremidades convertidas en tentáculos, ojos de cíclope, manos de dedos pares…   Al modo de  modernos Vesalios armados de una cámara oscura, fueron tanto estas baconianas imágenes del miedo, junto a las estampas eróticas como las vinculadas al turismo exótico o bien las instantáneas captadas como resultado del delito, algunos de los primeros usos conocidos y más extendidos de la fotografía.  Fotografías así, por lo general, unidas al libro y a su remedo compilador: el álbum.  Coleccionismo de imágenes, reunión heteróclita de fragmentos oscuros de la realidad.  Antología de hechos inquietantes.

Algunos de los otros recuerdos transmitidos en ese siglo, a través de la fotografía están unidos a testimonios pavorosos, tales a las imágenes históricas de los campos de concentración.  O las que mostraron a Mussolini y Claretta pendiendo de la pérgola de la Plaza de Loreto.  Volaban la falda y los brazos de Claretta, un día primaveral aún gélido, cual personaje suspendido en un macabro tiovivo.  Y la existencia de la fotografía nos ha permitido rememorar estas escenas, al modo de imágenes que surgen, tal pavesas jamás extinguidas, entre las cenizas del tiempo.   También es preciso recordar que, ya desde la primera guerra mundial, los cameraman habían tomado el campo de batalla, cual soldados nuevamente armados en una moderna sección de los ejércitos.  Aparecían así en la contienda dos nuevas realidades poderosas, equipadas con armamentos de esencia silente: el gas letal y la fotografía que daría el correspondiente testimonio,  convirtiéndose en preámbulo y testigo de un hecho muy contemporáneo: la muerte silenciosa.

La fotografía, la cámara oscura, aparecía así en su origen vinculada a los lugares más tenebrosos del existir, erigida la imagen al modo de un alma, un click de la conciencia.  Summa de testimonios, conjunto de fragmentos de realidad apartados de la placidez con la que podría transcurrir la vida general que se hallare inmersa en la rutina adormeciente del devenir cotidiano.

Empero, sorprendentemente, la presunción de lo que se revela tras  el surgimiento espectral de las formas grabadas entre la oscuridad, (para siempre la sombra que diría José Ángel Valente), la noción de percibir otras cosas en la realidad visible, a pesar de las transformaciones que han tenido lugar en la historia de la fotografía, ha sido un sentimiento que durante su desarrollo ha permanecido pertinaz, incólume hasta llegar a nuestros días.     Anunciación de las formas visibles que parecía suponer el deseo de enfrentarse a un mundo otro que, sin embargo, parecía escondido hasta entrañarse entre los pliegues de lo palpable.

Y es que contemplar el mundo a través de la fotografía es, también, ver el mundo, esto es: comprenderlo.  Pues captarlo mediante la invisible óptica fotográfica supone, al cabo, redimir un espacio hasta la fecha inexistente: en la medida no sería conservado por la memoria.   Utilizando un contradictorio término fotográfico, referido líneas atrás, y como bien sabía Barthes, una fotografía es capaz de revelar una realidad que se habría construido al modo de un agujero negro, y ofrecer lo que, también remedando, ahora a Susan Sontag, se podría llamar una ética de lo visible.  Así: “veo, luego siento”, podríamos escribir recordando de nuevo a Roland B.  O lo que es su par: veo, luego existo.  Ética originada en la contemplación subjetiva, en la actividad del yo.   El pensamiento es una fuerza, que no una sustancia, y al cabo ese elemento, la subjetividad con la que el fotógrafo se apropia del mundo, es aquello que diferencia una mera representación testimonial ejercida a través de las imágenes (que, empero, no pasará a la historia del arte), del artista visual, ese que utiliza la fotografía como una herramienta, imparable, de propuestas visuales.  Los grandes fotógrafos del siglo veinte, que han transmitido ciertos elementos de la historia, y cuyas imágenes han sido conservadas en los gabinetes de los museos, son aquellos que han establecido una conexión particular, una relación distinta, con las personas y espacios del tiempo en que vivieron.   Enfrentados a las imágenes de su tiempo, que apartan con una suerte de exclamación: “noli me tangere”, nada que ver las imágenes de los artistas visuales con las que expelen a diario la televisión o los mecanismos de entretenimiento de la retina a lo youtube: la verborrea fluyente e imparable de monitores y pantallas.   Sería la concentración parsimoniosa del haiku frente al verbo desparramado del charlatán de feria.   No me toquéis, pantallas fatigadas, objetos titilando en los espacios vacíos de nuestro tiempo contemporáneo: emisiones impenitentes que iluminan las aceras ruidosas de las ciudades. No tocadme, televisiones que acompañan vocingleras las noches de soledad en los hogares.

Ha sufrido la historia.  Sufrimos en ella, o por ella, mas fotografiamos, hemos fotografiado.  Empero, la imagen que promueve el mundo contemporáneo frecuentemente ha padecido también un cuidado y selectivo velado, pareciere que a sabiendas del poder perturbador, casi revolucionario, de la imagen.   Ante el poder de la representación, ante la insobornable presencia de la imagen, las televisiones o periódicos ocultan rostros.

Silencios de la vida contemporánea.

Tal es la enfermedad callada, el tanatorio convertido en fría estancia difícil de distinguir de los hoteles que pueblan los nuevos desarrollos urbanísticos de las ciudades.  Silencio: hay que ocultar los rostros que ya no están.

Alarde de la perfección vacua del pixel frente a la reflexión del artista visual.

Por contra, en el mundo contemporáneo ciertos artistas de la imagen ofrecen una entidad valerosa, un interés añadido al mostrar la imagen reflexionada, imagen inquiridora.   Pues al cabo proponen escudriñar sobre una realidad cuyos elementos representativos parecen ser prohibidos, con suave mano certera.  Hay cosas que no debemos ver.   Y, por ende, situaciones sobre las que es preferible no reflexionar.  Las fotografías promueven, y en ese sentido iluminan desde el espíritu, acariciar una verdad que parece relacionarse, siquiera tangencialmente, con su original carácter documental, con su voluntad de aportar algún elemento esclarecedor: ofrecer su luz, -simbolizada otrora en la explosión del magnesio cegador-, sobre lugares que, de otro modo, habrían sido aherrojados al olvido, subrayando así las íntimas relaciones de las cosas.  Al cabo, a ello se referiría Picasso cuando pintara el ojolámpara del “Guernica”, sempiternamente empeñado en mostrar su luz -unido a la antorcha próxima- sobre el horror.  Mención quizás de Pablo a Maar, nueva amante de estas fechas, en esa pintura fotografiada, work in progress, -casi segundo a segundo (uno de los primeros cuadros retratados contemporáneamente durante su proceso de ejecución)-, por la artista y fotógrafa Dora Maar… Picasso, el primer artista que viviera entre fotógrafos, creador inmenso que supiera, antes que nadie, de la importancia de pervivir en la memoria a través del objetivo de los más destacados fotógrafos (recuérdese también su permanente amistad con los grandes artistas de la imagen en el siglo XX que le retrataran ya desde el inefable recuerdo del estudio de Grands-Augustins, rememorado por Brassai).

Incendio, el conocido que supone la imagen.

Y sus cenizas, trasunto de la fotografía, así, tal un milagro: “dejará la memoria, en donde ardía”.    Y, tras lo quevediano, tan al punto, puede afirmarse que todas las fotografías portan una estirpe melancólica, un pálpito sombrío.   La incierta sospecha de hallarnos, -tanto más incluso en el caso del elogio de la felicidad a lo Doisneau-, frente a un inquietante descubrimiento.   Revelación en la que permanentemente se acusa la melancolía, pues la imagen porta así indeleble, pertinaz, infatigable, la amargura de la memora del momento irrepetible, convertido así en un memento mori.  Nada más triste que contemplar la felicidad de infancia, amor o el existir que ya no es, todo huido, congelado en las breves dimensiones de un rectángulo en blanco y negro, sepia, o desvaídos tintes.

Mas, hay que añadir, y en ese mismo sentido, que la fotografía no se limita a parcializar la mirada, ofrecer un fragmento encapsulado del tiempo sino que, más bien, propone sobre el transcurrir de las horas una nueva forma de mirar, distinta de la mirada propuesta por la fisiología ocular, aquella que indolente vaga aquí o acullá, sin hallar descanso.   De tal modo que el artista fotógrafo será siempre, no tanto un arriesgado portador de una cámara que fuere disparada entre el caos sino, más bien, un elogiador del ejercicio de la concentración silenciosa ejecutada meditadamente sobre el procesus constante, e infatigable, que es la vida.   Reflexión desarrollada siempre a través del mundo de las ideas, de la imaginación activa -esto es, potenciadora de lo real-, depositada -en el sentido de fijada- en la limitación estrecha de la fotografía.  En el arte de lo visible es sabido que no hay imagen fotográfica sin imaginación, y por ende el vínculo del autor de una fotografía con una imagen es una relación no interferida y el fotógrafo actúa, por lo general, sin intermediación, desde una corta línea, siempre frágil pero -si es exitosa- inapelable, que va desde el cerebro y su ojo, hacia la realidad.   El mundo existe, para el creador fotográfico, para ser fotografiado, enunciando así entonces otra forma de ver el mundo. Proponiendo otro mundo, pues.  Por ahí, justamente, habíamos comenzado.

Inclusive cuando la fotografía sea lo que convencionalmente se llama “realista”, el fotógrafo de altas miras lo concebirá no tanto como un reflejo veraz de lo que nos rodea sino más bien como ocasión, pintiparada, para descubrir los intersticios más secretos que se hallan bajo las apariencias, a veces temibles.  Tras los inquietantes enigmas agazapados en la familiaridad de la realidad, llegando incluso a lo que podríamos calificar de una cierta apropiación de los elementos surreales que contiene la realidad o bien concibiendo una nueva relación entre lo que comúnmente se llama “imagen” y lo que denominamos “realidad”.   Incierta revelación de los desequilibrios de lo que vemos, inquietante momento ocultado entre los nuestros, precisamente uno de los elementos de mayor atractivo de la fotografía es su capacidad de promover la adicción a las imágenes.   Eso que en castellano se ha llamado siempre, al enfrentarnos a una publicación, “mirar los santos”.  Esto es, escudriñar algo más a través de las imágenes desde la desconfianza, propia del ser inteligente, sobre que lo que percibimos, la científica torpeza del sentido de la vista, no es más que una aproximación incierta a lo que vemos.  De este modo, la realidad sería una suerte de escritura pendiente de transcribir y la fotografía, erigida al modo de un acto de redención, podría ser así uno de sus más certeros medios.   De hecho, algunas fotografías de los orígenes de este arte visual, han estado ligadas a ese concepto de “grafía”.  Recuérdense, a este respecto, las tiernas rayografías de Man Ray o las imágenes reproducidas por Breton en “Minotaure”, mediados los treinta, de esa suerte de escritura de la naturaleza que produce el grafo del rayo en la pizarra oscura de la noche…o la tentación de las letras, iluminando las ciudades, las fotografías de Jacques-André Boiffard que se reprodujeran en “Nadja” y que a nuestros días han llevado, inefablemente, Coppola o Plossu.  En ese sentido la fotografía ha sido, tradicionalmente, lugar del pálpito de obscuridades varias y, si se quiere, el espacio en el que, tras la pintura o la literatura surrealista, ha pervivido la intrépida capacidad del fotógrafo-artista para recrear la cierta noción, la impalpable realidad, de un mundo escondido: ya fueren las estelares constelaciones lejanas o, bien, las fuerzas que se desarrollan agazapadas en espacios ignotos, tal a los microscópicos, a los que jamás llegará la visión.   Permitiendo descubrir así no sólo la realidad, sino el latido invisible de la belleza en ella alojada, la nunca vista.

La reciente visita a la exposición de Kertesz de 2010 en el Jeu de Paume nos hace recordar ahora los juegos del ver que subyacen en una realidad pareciere sometida a los espejos curvos deformantes, “distorsiones” las llamó, al modo del recuerdo de paseantes sempiternos del callejón de Álvarez Gato.  Distorsión no muy distinta, por cierto, a la que se aloja en la ebriedad de una noche de exceso o en la realidad de las pesadillas en el sueño.   Así, inclusive, cuando el fotógrafo refleje un mundo que nos parece común, propuesta de una tautología aparentemente al alcance de cualquier mirada, será esencial su disposición a mostrar un aspecto de inquietud frente a lo que nos rodea, su capacidad -en definitiva- para hacernos reflexionar. Inclusive reconociendo no tanto el poder de la fotografía para mostrar sino, también, para proponer la ocultación de lo que pareciere ser exhibido a las claras, de un modo indudable, llegando en este punto, incluso, a desentenderse de los cánones tradicionales de lo que comúnmente se llamó “belleza”.        Pues si podría pintarse con lo que se quisiera, dixit Apollinaire en los comienzos del veinte, por ende la majestad del orbe, habría escrito Whitman, estaría latente en cualquier minucia pululando por el mundo: esclavos, enanos, insectos y personas comunes, dixit Walt.  “Un atlas de instrucción”, dijo Walter Benjamin sobre las fotografías de August Sander.  Hojas, páramos, ciénagas, nubes posándose en el suelo, vistas por Fox Talbot….

Mirar, crear, es plantear interrogantes, uno de los más inquietantes precisamente lo es sobre la existencia de otros mundos dentro de éste.  Frente a las propuestas de verosimilitud de las pinturas realistas, de los primorosos pintores del detalle, la fotografía contemporánea ha ofrecido desenmascarar las apariencias del mundo ofreciendo la posibilidad a los coleccionistas de imágenes de construir un referente real, empero más alejado de las apariencias visibles del mundo.  Y, a la par, el mundo contemporáneo ha aceptado, mal que le pese a Baudelaire, que la fotografía no es, exactamente, enemiga de la pintura sino un género cuyo concepto propone hacia nuestro tiempo no tanto un mundo canónico, como un despliegue, abierto, quizás desparramado en infinitas posibilidades.  Curiosamente Baudelaire, enemigo declarado de la fotografía, generaría la visión extendida sobre lo real a través de la figura del flâneur y su mirada expandida.

Comenzamos con Barthes y a él nos referimos concluyendo: “esta fatalidad (…) arrastra la fotografía hacia el inmenso desorden de los objetos –de todos los objetos del mundo: ¿por qué escoger (fotografiar) tal objeto, tal instante, y no otro”, escribiría en su “La cámara lúcida”.    Mundo dislocado también, mas decididamente moderno y que volvía a mirar hacia otro comienzo que ha inquietado al mundo desde la épica cavernaria de Platón: la desconcertante panoplia de las imágenes.

El mismo apotegma que hiciera a Giacometti vislumbrar que la lucha titánica de toda su trayectoria frente a lo que habitualmente se llama “realidad” había sido la dificultad de aprehenderla y, en todo caso, la incapacidad de compartirla, justamente.  Celebración, por cierto algo melancólica, de un yo crepuscular.

El pasado 2010 tuvo lugar la quinta convocatoria del PREMIO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA PILAR CITOLER.   El Ayuntamiento de Córdoba y su Delegación de Cultura; la Fundación Caja Rural; la Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí de la Diputación de Córdoba y la Universidad de Córdoba través de su Vicerrectorado de Estudiantes y Cultura.   También “Córdoba 2016”.  Todos ellos, con la cooperación del Parque Científico Tecnológico de Córdoba ‘Rabanales 21’, han impulsado un Premio plenamente consolidado en la llegada de este temprano 2011 (www.premiopilarcitoler.es).

Es sabido que éste, lo recuerda la coleccionista Pilar Citoler en el texto que nos antecede, se presentó por vez primera en 2006 en Paris en el marco de “Paris-Photo”.   De esta Feria, el principal evento europeo en el mundo de la fotografía artística contemporánea, recibió un indudable respaldo que fue reiterado el pasado año difundiéndolo de nuevo.  No en vano será preciso recordar algunas de las cifras que concita.   El pasado 2010, con Europa Central como invitado, “Paris-Photo” contaba con ciento veinte expositores de veinticinco países.  En este ámbito mundial se quiso dar a conocer el Premio.  El éxito de la convocatoria parisina permitió su presentación haciendo extensiva su vocación internacional.  Afluencia record a esta Feria que se sitúa en torno a los 40.000 visitantes.  Siendo la quinta cita del Premio hay que decir que la respuesta ha sido excepcional habiéndose presentado ciento setenta y dos artistas, siendo uno de los de mayor número de presentados al Premio.

Con presencia de fotógrafos españoles, remitieron sus fotografías al Premio creadores de muy diversos países y continentes.  La mayoría de los fotógrafos que han concurrido tienen una consolidada trayectoria.

El PREMIO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA PILAR CITOLER, es sabido, no nació como un premio más al uso.  Es uno de los de mayor dotación económica y entre sus objetivos se encuentra el apoyo indudable a esta manifestación artística de nuestros días.    Supone el inicio de una colección de fotografía contemporánea que albergarán las instituciones convocantes.    En sus ediciones anteriores ha sido ganado por Begoña Zubero (2006); Félix Curto (2007), Manuel Sonseca (2008) y Juan del Junco (2009).  A ellos se suma ahora, en su quinta edición, Karen Knorr.

También es el origen de una serie de monografías sobre los artistas visuales premiados que es ya referencia en el mundo de la fotografía contemporánea.  El primer volumen, editado en 2008 dentro de la colección “El ojo que ves”, fue dedicado a Begoña Zubero (Bilbao, 1962).  De laboriosa ejecución, fue realizado bajo la tutela de Ediciones del Umbral, incluyendo un extenso ensayo de Ramón Esparza: “Lo surreal y lo real” y Alfonso de la Torre “La luz de la memoria”.   El libro de Félix Curto (Salamanca, 1967), segundo volumen por tanto de la colección fue impreso en Córdoba en Gráficas San Pablo.   Trabajado cuidadamente por el propio artista, incluía un texto del crítico Abel H. Pozuelo con el título “Siguiendo la estrella”.

La monografía de Manuel Sonseca (Madrid, 1952), tercera, bajo el título “Manuel Sonseca en blanco y negro”, contaba con una entrevista del artista realizada por Alejandro Castellote y un texto de Juan Manuel Bonet titulado: “Manuel Sonseca, peatón con Leica”.   Todo el volumen, bilingüe como la totalidad de la colección, fue impreso en Brizzolis y bajo el cuidado editorial de Mauricio d’Ors.

Finalmente, el cuarto libro, que presentamos este año, es el de Juan del Junco (Jerez de la Frontera, 1972), que contiene un texto de Javier Hontoria (“Filopatria de las imágenes”) y Sema d’Acosta (“Taxonomías”).   Ha sido realizado bajo el extraordinario cuidado de Alberto Martín e impreso en Salamanca por Gráficas Varona.

No se trata de convocar y premiar, sino de dar un apoyo sin dudas a la fotografía contemporánea.    En torno a él se realizan numerosas actividades: se inicia una serie de monografías y se realizan exposiciones tanto del premio como del artista premiado ese año.

El jurado de este Premio estuvo en 2010 presidido por Pilar Citoler, coleccionista creadora de la Colección Circa XX, y contó entre sus miembros con los fotógrafos José Manuel Ballester y Juan del Junco.   En el jurado estaban también presentes Pilar Serra, galerista; Giulietta Speranza, directora de la feria MADRID-FOTO; Jaime Brihuega, crítico de arte y quien suscribe.

Como miembro del Jurado tengo que subrayar el apoyo que hemos recibido de las instituciones: el Ayuntamiento de Córdoba y su Alcalde Andrés Ocaña; su Primer Teniente de Alcalde de Relaciones Institucionales y Cultura, Rafael Blanco Perea y el Coordinador General de Cultura, Luis Lorenzo Seco.  Mención a la Fundación Caja Rural, presidida por Manuel Enríquez García y al Director de la Fundación, Enrique Aguilar Gavilán, también a su jefe de Comunicación y Relaciones Institucionales, Luis Cabrera Fernández.

Apoyo extraordinario, también, de la  Diputación, a través de la Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí, su Presidente Francisco Pulido Muñoz, su Vicepresidente, José Mariscal Campos y el Gerente, Diego Ruiz Alcubilla.  También por parte de la Universidad su magno Rector, José Manuel Roldán Nogueras y el Vicerrector de Estudiantes y Cultura, Manuel Torres Aguilar.  Mención, finalmente, al Directora de Cultura de esta Universidad, Carmen Blanco Valdés.   También a todo el equipo universitario, infatigable colaborador, simbolizado en los nombres de Cristina Coca y Alexandra Polit.  Del Parque Científico Tecnológico de Córdoba Rabanales 21, nuestro agradecimiento a su Presidente, Manuel Pérez Yruela, a su Directora General, María Isabel Caro Gómez y a la Directora de Proyectos, Rocío Muñoz Benito.

Tenemos que añadir que las deliberaciones del jurado, ante el extraordinario conjunto de fotografías presentadas, fueron en extremo laboriosas y llenas de una gozosa insatisfacción poco habitual en los Premios.   Es sabido que la labor de los jurados en muchos certámenes no pasa de ser una búsqueda de aguja artística en pajar desordenado.   No fue el caso.

Agradecimiento pues, también, a todos los artistas presentados y muy en especial a los seleccionados quienes han aportado, además de la excelencia de su trabajo, sus reflexiones sobre el mismo en esta publicación.

La vocación del Premio tiene un doble sentido: su contemporaneidad y su deseo de internacionalidad.   No es un Premio destinado al hallazgo de nuevos valores artísticos sino más bien se desea subrayar una trayectoria ya consolidada dentro del mundo de la fotografía contemporánea.   Es sabido que es misión insoslayable de cualquier certamen similar el aportar luz sobre trabajos silentes o no del todo conocidos.

En este sentido todos los miembros del jurado consideraron que otorgar el Primer Premio de esta V Edición al quehacer y trayectoria de Karen Knorr redundaba, con extrema justicia, en el objetivo antedicho.  Así lo hizo constar el jurado en el acta de modo unánime.  El premio se le otorgaba por ser “capaz de aludir a un exotismo limpio de frivolidad, mediante una singular lectura que la inscribe plenamente en la modernidad.  Se trata de una obra que rescata la poesía de los semitonos cromáticos del simbolismo, dotándola de un contundente vigor espacial.  “Flight to freedom” no es una experiencia aislada, sino que se inscribe en una serie rica y coherente”.

Elogio de la observación interior, fotografía que parece recordarnos una cultura que, en ciertos elementos, parece dormir a salvo del tiempo mas, también fotografía cuestionadora de los elementos simbólicos de la mujer, de su posición aherrojada en ciertas sociedades tradicionalmente patriarcales y  vindicadora, por tanto, del papel de la mujer en nuestro tiempo.  Aconsejamos la lectura del hermoso texto que Karen Knorr ha escrito en este catálogo sobre su fotografía, y del que escogemos un fragmento: “‘Flight of freedom’ (‘Vuelo de libertad’) fue fotografiado en el Durbar Hall, en el antiguo palacio, el Juna Mahal en Dungarpur donde el maharajá celebraría sus reuniones.   En esta sala he ubicado una garza blanca (mujer) que camina libremente hacia una habitación simbólica (…)  En esta fotografía deseaba utilizar la alegoría como un camino para subvertir las castas y las distinciones de género en India, introduciendo un elemento impuro (pájaro) contaminador de un espacio controlado por leyes patriarcales. Los títulos, en esta serie, tienen un aire lúdico  y mi trabajo está abierto a las interpretaciones del espectador….”.

Los  otros nueve fotógrafos seleccionados, que presentaron fotografías fechadas entre 2008 y 2010 (una buena parte de este último año) fueron: Teté Álvarez; Almalé/Bondía (Javier Jesús Almalé Pascual y Jesús Pérez Bondía); Baylón; Sergio Belinchón; Magdalena Correa; Gerardo Custance; Ignacio Llamas; Gonzalo Puch y Álvaro Sánchez-Montañés.   Éstos explican, o han colaborado en que otros lo expliquen, sus intenciones creadoras en el catálogo junto a la fotografía presentada al Premio y muestran sus obras en la Sala Puerta Nueva de Córdoba entre los meses de febrero y marzo de 2011.

El Premio, es sabido, se vincula al nombre de la coleccionista Pilar Citoler.   Colección la suya que muestra el transcurso de la historia de la fotografía.   Entre otras muchas exposiciones que han tenido lugar en Córdoba, relativas a su colección, hay que reseñar la última, celebrada en 2009, bajo el título: “MODERNSTARTS-ARTE CONTEMPORÁNEO EN LA COLECCIÓN CIRCA XX-PILAR CITOLER”.   Exposición muy concurrida, tuvo lugar en las salas expositivas de CajaSur, Diputación, Vimcorsa y Teatro Principal.    Subrayando tan sólo las dos exposiciones que tuvieron como eje principal la fotografía, bajo el título de “Dentro/Fuera”, mostrando fondos de la colección fotográfica de Circa XX (excluyendo el vídeo y alguna otra obra aneja que mostrada en el Teatro Principal).    Viaje fotográfico, del exterior al interior, simbolizado en una parte del título de la exposición “Dentro/Fuera”, tanto monta, y que se resumiría en obras que analizaban tanto el retrato como el mundo exterior en las fotografías.  “Ceci n’est pas une photographie”, en el Teatro Principal, ofrecía -desde una cierta y provocadora ironía- un paso más, al analizar a los artistas que han utilizado la fotografía como recurso pictórico…viaje desde la fotografía hacia el mundo de la pintura y la videocreación contemporánea.

En 2005 Pilar Citoler recibió el Premio ARCO al coleccionismo privado en España y en diciembre de 2007 la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.   Presidió el Patronato del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, del que sigue formando parte, entre 2005 y 2010.

Sobre lo antes citado, el apoyo otorgado por Pilar Citoler al Premio de Fotografía cordobés, escribió la coleccionista con ocasión de su presentación en Paris hace unos años unas palabras que, aunque ya citadas en otras ocasiones, merecen ser reiteradas: “supone depositar vuestra confianza en el presente y en el futuro del Premio, apostando por una empresa llena de ilusión, en la que todos deseamos tenga la proyección que merece como premio español, dentro y fuera de nuestras fronteras. Vuestro apoyo, reflejado en esta presencia, es decisivo para su consolidación e importancia futura.  La Universidad y la Diputación de Córdoba (…) como instituciones vivas y solidarias, de máxima influencia en la sociedad cordobesa, deciden unir esfuerzos para divulgar la cultura más actual y hacer patente su vocación y trayectoria universalista.  El trabajo de ambas Instituciones es amplio y tenaz.  Han elegido dentro de las Artes Plásticas un Premio de Fotografía para hacer patente su interés por las técnicas artísticas más actuales y vanguardistas.  Córdoba, ciudad de encantos, poética y mágica, donde cada calle y rincón es un mensaje constante de su legado cultural y artístico, quiere trascender de su propia herencia, cargada de historia, y persigue una nueva dimensión: el encuentro y búsqueda de la modernidad.  Bisagra de culturas, heredera de siglos de civilización y con el don de la concordia y la yuxtaposición, respetando la esencia de cada una, ha engrandecido el pensamiento y el alma de sus gentes.  Generosos, activos, afables, imaginativos y siempre anteponiendo la amistad, por encima de toda adversidad.  Partiendo de todo ello, Córdoba quiere transmitirnos su riqueza de sentimientos, su visión de la vida y su grandeza.  La creación  del Premio Internacional de Fotografía, no es más que el reflejo de todo ese potencial anímico, de su vocación de entrega y transmitirnos su visión de futuro. Córdoba apuesta por esa modernidad apoyándose en la fuerza y seguridad que dan, sus siglos de historia y cultura”.

“Larga vida al Premio Internacional de Fotografía Contemporánea, podremos concluir si, como se colige de lo anterior, es, antes que nada, fruto de esfuerzo -y la ilusión- de todos”, ha escrito Citoler páginas atrás de éstas.   Queda todo el futuro por hacer pues es sabido que el Premio prosigue su andadura y se preparan nuevas presentaciones de la sexta convocatoria para este recién iniciado 2011.   Premio que nace con el éxito de las ediciones anteriores, el entusiasmo de las instituciones convocantes, su indudable presencia internacional y el apoyo de la coleccionista que da nombre al Premio.     Con esta imagen de Knorr, “Flight to Freedom”, el Premio desea subrayar su extraordinaria implicación con la elección de Córdoba como Capital Cultural Europea en 2016.