EUSEBIO SEMPERE-EL FRACASO COMO CREACIÓN

EUSEBIO SEMPERE-EL FRACASO COMO CREACIÓN

Conferencia:
Museo Salvador Victoria, Rubielos de Mora, 6/IX/2008-25/VII/2009
 
EUSEBIO SEMPERE: EL FRACASO COMO CREACIÓN

 

Había previsto hacer una conferencia al uso basada en mi trayectoria junto a la obra de Sempere y cuyo punto de inflexión personal posiblemente sea mi colaboración con la exposición que el IVAM presentara sobre su obra en 1998, en la que escribí el texto “Ida y vuelta”, un análisis sobre los años parisinos de Sempere y su retorno a España. También las varias que, en 1997, 1998 y 2004 he realizado en torno a la poética de Cuenca, de la que él fue protagonista capital.  Recordemos que sería, como se reconoce en el primer catálogo del Museo de Arte Abstracto, uno de los tres viajeros, con Abel y Zóbel, que busca en los inicios de los sesenta, en una apática Toledo, lugar para colgar la colección de arte abstracto español.

Mi conferencia podría haber recorrido, más o menos tópicamente, la vida de Sempere.

Su recorrido vital es empero por todos sabido: nacimiento y muerte en Onil (1924-1985).  En ese pueblo, ciego del ojo derecho, nacerá Sempere.   Sepultura en Alicante, en la tierra que venera por cierto una reliquia como la Santa Faz, metáfora del primer grabado -el más trágico si seguimos la simbología cristiana- de la historia de la pintura.  Emblema, representación viva de la muerte, imagen poderosa venerada por Sempere.

Seguimos huyendo veloces de la conferencia: estudios, monótonos y poco fructuosos, en la escuela de Bellas Artes de una provinciana y vulgar Valencia (cito a Sempere), años de tristeza, años malos, muy grises (sigo citando a Sempere).  Años de sufrimiento y terror, terror (cito a Sempere).  La huída y la miseria en Paris y el retorno a Madrid, la ciudad del millón de cadáveres que citaba Dámaso, con el engaño del taimado comisario del régimen Luis González Robles. Y el consabido paso por dos ciudades capitales en su historia, Cuenca y Alicante.   En fecha reciente leía una entrevista, de 1974, a Fernando Zóbel.   Refiriéndose al transtierro parisino de muchos artistas, recuérdese a SVictoria, respondía: “Los artistas españoles viajaron en numerosas ocasiones a Paris, habitualmente con un gran sacrificio.  Sempere, por ejemplo, residió en Paris y está todavía sufriendo los efectos de su estancia[1].

Historia de un fracaso personal, uno tras otro.   Mas el fracaso nunca  ocultado, sino expuesto, casi vindicado, como incentivo de la creación.  Fracaso como motor, como digna forma de vida, como símbolo de una dignidad otra en un pintor defensor acérrimo de la honestidad.

Pobreza física en Paris: ahora me dejaría morir -decía Sempere- en un rincón, si tuviera que soportar lo mismo a lo que me obligaron (…) y esperaría pacientemente la muerte.   Fallecimiento de su madre, en 1957, de la que señalaría: Lo que más recuerdo es su olor; el inconfundible y querido olor a madre y a la que emocionado homenajearía en un delicado gouache de lágrimas de líneas.

Fracaso en el intento de mediar ante Arp y Vasarely para el ingreso de sus obras en las pobres colecciones nacionales españolas (1957).    Fracaso vital desde el intenso sentimiento de sentirse agredido por el mundo: por los motivos que sea, desde pequeño me he sentido agredido por el mundo.  Me agreden los árboles, la primavera, el otoño, el sol, el verano, el metal frío.  Cuando hace frío, siento un frío que cala.  Cuando hace calor me asfixio (…) de ahí que prefiera un lugar lejanísimo, que el hombre no lo haya pisado, que miras y es siempre verdoso…: me sumergiría en él para toda la vida (…) vivir allí otra vida diferente a la que he tenido que vivir, a la que me he obligado y me han obligado a vivir.

Miseria, a su llegada a Madrid, 1960, residente en la Avenida de Donostiarra, sin camas ni sillas y una incomprensión sobre su persona, su obra y su sentido amoroso, que aún no ha restituido y me temo no lo hará jamás, la historia.

Serán años duros, esos inicios de los sesenta, para un artista reconocido por éstos pero invendido por su galerista Juana Mordó, según el testimonio de Cirilo Popovici (1973), apenas logrará venderle algunos gouaches en dos o tres años.  A las dificultades de ventas se unirá otra temprana desesperanza para el recién llegado Sempere, el fracaso de sus proyectos luminocinéticos de la Basílica de Aránzazu (1962).

Fracaso tras fracaso, suma y sigue: un museo en Alicante, la Asegurada, 1977, con su colección, ejemplo de generosidad destilado de la luz conquense, inaugurado hace treinta años y que es posible vea -al fin- la luz en estas fechas.

Otros hitos que podrían componer una conferencia al uso podrían relatarse a través de algunas palabras-clave: Roberta González, Loló Soldevila, Wifredo Arcay –y la obra gráfica por tanto-, Lucio Muñoz, Berta Schaefer, el padre Roig, Meliá…Las experiencias en el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid.

En lo artístico, citemos también algunos de estos hitos: el encuentro con Braque, circa 1949, el Gary Cooper de la pintura escribió Sempere.  La experiencia kleeiana y su admiración por obras como la de Chillida o Palazuelo, la obra más dura de Picasso o Luis Fernández.   Los gouaches de Paris, las cajas de luz o lámparas surrealistas como las llamó Sempere, también sus esculturas y rejas metálicas como la llamada “Latido”, que preside el acceso al museo conquense, ejemplo palpable de la invención de la metáfora, que escribiera Juan Antonio Aguirre.

Para mí Sempere es ese artista inconmensurable que ha hecho la parte capital de su trabajo antes de ser ‘oficialmente’ artista: en los Tiempos de Paris, los denominó melancólicamente Sempere.  En los cincuenta ha realizado el ciclo que conocemos como los gouaches de Paris, los quesitos, como los denominaba el de Onil y cuyos hallazgos, en el sentido de hondísima indagación artística, -el arte como obsesión, que dirían Sempere y antes Pavese-, serán difícilmente superados en su trayectoria posterior.

He tenido la suerte de cooperar en la reconstrucción de su figura a través de diversos proyectos, uno de los más simbólicos quizás el escaparate que realizara en 1963 por encargo de Manrique para ‘El Corte Inglés’ (Millares, Rivera, Rueda, Sempere y Serrano serían los compañeros de la aventura de lograr, en palabras de uno de ellos, un minuto de calma  en la gran ciudad).

He paseado por su casa conquense, actualmente propiedad de la coleccionista Pilar Citoler y pisado los merz-collages de azulejos de Mosqueruela llevados por Abel a los dormitorios conquenses. Y visto la vista del Júcar ante la cual seguro Sempere extasiado pasó sus días rememorando, y luego pintando, esos verdes de los que Zóbel decía que no tienen precedente en toda la historia de la pintura.

Y he recordado esa casa, en vida de Sempere, presidida en su vestíbulo por dos obras de arte, ¡ y qué dos símbolos !: un Cristo humanísimo de Julio López, emblema carnal del dolor, y por un artefacto de Millares, excelso emblema de la protesta, contraconmemoración de los torvos oficiales veinticinco años de paz en quien nunca la encontraría.

Sin embargo, tan cerca de Mosqueruela, el lugar donde naciera su querido Abel, no me sustraigo a hablarles, siquiera brevemente, de otra cosa, algo diferente.   Intento de aproximación a un artista que se preguntaba: ¿cuándo las palabras han cambiado el mundo?.   Recogiendo algo, en su sustancia, del reto de una pregunta que me hiciera en fecha reciente Marie-Claire Victoria: ¿conoces la poesía de Sempere?.  Ardiente pregunta lanzada desde la voz serena de la inteligencia.

En arte, en los grandes artistas, es sabido que lo sustancial es, justamente, lo que se nos escapa, lo que no se aprehende, lo que creyéndose sabido se evanesce  como el agua fina entre las manos…  Intentaremos esta aproximación a la obra de Eusebio Sempere desde lo sensible irracional por él transitado.

Poco amigo de manifestaciones artísticas, muy nihilista, tengo aún serias sospechas de que la pintura no servirá de nada (…) la sospecha siempre de la inutilidad (le diría a Trapiello).  Recuerdo ahora su “Maquinaria inútil” como título de su intervencion en 1963.

Creo que a todos los que amamos a Sempere, lo que justamente más nos atrae, en el sentido de que nos conmociona, es ese mundo delicado y tortuoso que asoma tras el creador.  Y que, por una rara vez, une pensamiento y obra.   Si el arte constructivo tiene su tópica y teórica esencia en el orden, podemos plantearnos un sinfín de preguntas que no esquivan el tópico de la difícil relación entre orden y sensibilidad.

Les leo algunas de ellas que publiqué en fecha reciente y que reflexionaban sobre este asunto.

-¿existe el orden, elevado y puro sobre la realidad?, ¿existe, per se, lo sensible alejado de estructura que lo acoja?.

¿Expresa el orden la quietud o, más bien, no habla el orden -en explícita e ígnea mudez- del dolor y el caos?.

Mas, ¿podrían remitir las estructuras que componen el orden a la matemática y a la par a la música y al paisaje?; ¿si sabemos lo inefable de lo naturaleza, no será toda la pintura abstracción y, por ende, orden y rigor?; ¿expresa la sensibilidad algo que no exprese el orden?; ¿no existe el orden en lo informe?; ¿no destila la despojada luz quieta del artista minimal una lacrimosa tristeza?, ¿no era el dolor, se dijo, un gran espacio?…

¿No es la afirmación “el orden sensible”, redundante epítome de algo obvio?; ¿no existe tremor en los cuadros de Mondrian, Mister Boogie Woogie Man?; ¿no expresan orden los soldados derribados en el fragor de las batallas de Ucello (o en la despojada hendidura al infinito de Fontana)?…

Efectivamente, pocos artistas hay tan explícitamente sensibles como los que optan por, deliberadamente, agazaparse bajo las apariencias del orden.

De esa extrema sensibilidad, de ese arte misterioso a fuerza de claridad, dan fe numerosos testimonios: su intensísimo sentido vital, el mismo que encerraría en la cárcel en alguna ocasión a ese ser fragilísimo, apocado y tuerto que no soportaba, rebelándose, la injusticia.  El sardónico incitador surreal de la toma de la madalena.  El hombre de estigmas místicos mas que declara no creer en Dios.  El místico y callado revolucionario y tímido ateo que tiene fe en que un día la mayoría arrebate el poder a la minoría.

Sempere concitaría algunas de las afirmaciones más intensas que se han producido en la pintura contemporánea española.  Por lo general nacidas antes de la poesía que de la crítica al uso.   Sobre Sempere escribiría Aleixandre en una carta, creo inédita, que tuve ocasión de leer (Todo es luz en mi espíritu, que percibe, absorbe y se enriquece con el arte de Vd./(…)la cueva iluminada por una luz diferente); Manuel Hernández Mompó (todos los colores del mundo extendidos en líneas de amor), Eduardo Chillida (Con ojos débiles/Visión perfecta/Delicado y tenso/Eusebio generoso), o Ràfols Casamada (Espacio múltiple/Unificada discontinuidad/Surcos en el infinito/Entrañas del paisaje/Bisagras del tiempo/Imágenes del aire/Obstinada perfección) y Pablo Palazuelo (Una tras otras por el ancho/ espacio, franjas, concurrencia/en el horizonte numeroso/lindero a su vez/campo).

Pintor noctívago, no es extraño que Eduardo Chicharro le dirija su Carta de noche, aludiendo, justamente, a ese momento del día[2], o que Francisco Brines le dedique su Respiración hacia la noche, o que en el poemario escrito con Edmond Jabes se pueda leer: Acabas de escuchar la noche./…No la noche, sino el vacío receptivo alrededor de una estrella; algunas claras sentencias caídas sin hacer ruído desde la estrella[3], o que José Miguel Ullán hable de la geometría salmodiada por el lábil y asiduo desencanto/ que la noche perfuma[4] .

Para mí, evocar a Sempere es recordar al pintor postrado a quien visité por última vez una semana antes de morir.   Postrado desde hacía años y ya prácticamente ciego. Vindicación del sufrimiento que llevaría a padecer su vida, y la de su amado Abel, con un devenir trágico.  Era el mismo Sempere que había respondido con un dolor sin tabú a Andrés Trapiello (“Conversación con Eusebio Sempere”, 1977) en uno de los memorables libros de la historia del arte contemporáneo español que venimos citando desde el inicio.  Ahí está el Sempere-prístino que nos permite abordar, en primera persona, diversas de sus cuestiones vitales.

Sobre el fracaso que supuso su marcha, en desaforada busca del éxito (como testimonian las cartas al padre Roig), a París, y el posterior retorno a España, Sempere se sinceraba con Trapiello: No hay derecho a que la gente sufra tanto.  Estoy hablando por los años pasados en París.  Lo encuentro como inhumano, demasiado descarnado.  Hasta cierto punto, menos mal que es una pesadilla que uno mismo elige y que se convierte en penitencia que tienes que cumplir.  Pero, con todo es inhumano (…) Era descabellado irse de Valencia a trabajar como peón en París.  Era un sinsentido[5].

Sobre las diferencias entre su creación y la pintura informal, en boga a su llegada a España, el propio Sempere explica bien, desde un profundo respeto y comprensión,  que a la mística del Estado, el informalismo opuso su mística revolucionaria.  A preguntas de Trapiello lo reconoce: No teníamos nada que ver (…) Esa pintura, que yo tal vez veía muy justificada en ellos, en mí no tenía ningún tipo de trascendencia (…) Cada cual íbamos haciendo lo que podíamos.  Ellos su informalismo y yo mis cosas (…) A ellos tampoco les interesaban demasiado las cosas que yo venía haciendo.  No tenía nada que ver de forma directa con esa España imperial que ellos se traían entre manos, sentencia a Trapiello el de Onil.[6]

De ese fervor nocturno que señalarían diversos poetas dijo: Durante la noche puedo dedicarme a mis pinturitas. Durante esas horas, con el ruido de la lluvia al golpear los cristales, sueño un poco y logro alejarme hasta no sé qué lugares, donde hay más paz, y ni las palabras ni los hombres de carne y hueso logran enturbiarlos[7].

En abril de 1985 Sempere marcha a su casa de “La Cova”, en el campo alicantino.    Días antes, el mismo en que marchó a Onil, en los inicios del mes, le acompañaría una tarde en su casa de Madrid en El Plantío. Era su última tarde, en su casa madrileña.   Le acompañamos, junto a Abel al coche.         Vimos partir a Sempere en brazos de Abel, camino del coche, mientras, a lo lejos, la Sierra de Guadarrama, nos regalaba con un atardecer velazqueño, violáceo y violento.  Las últimas nieves mostraban un brillo casi ígneo. El cielo se extendía, anunciando con una luz urgente, la última de la tarde, la nueva estación.  Ese cielo tantas veces cantado por el de Onil, esa estación, también pintada.  Al partir, nos había dicho complaciente mirando el paisaje: “¿véis?”.

¿ Hemos hablado de fracaso, pero quién habló de tragedia en el pintor Sempere ?.

 

 

Niño

nube en agraz

o sangrevino

enséñame a morir

pues no he vivido

sino dentro del lento desleír

dilúyome

oh silbido de órgano

estruendo de razón

sí déjame creer

que soy tu hermano

pues lo mismo tu madre que la mía

vendían leche espesa

 

espejo de tus versos

yo

sé juan que tu mirada robaría

para añadírsela a mis ojos

que al instante florecen

si te veo

en arco de arcoiris

cuando llora

teresa desamor de densa queja

abeja

quiero libar tu miel

y déjame

del lado

de tu silencio

desahuciado

huyo de la incurable

enfermedad

 

lázaro soy

sin cristo que me llame

 

levántame

que se me borran tus cantares

aunque no su verdad

no, no me dejes solo

en medio de la escarcha

de la falsa

geometría

no me dejes caer

hacia lo oscuro

mientras tú flotas

con mi mismo imán

tronchada

rama de la injusticia

juan luz

sin cruz

qué desamparo

¿por qué tu fiel mirar me ha abandonado?

 

Eusebio SEMPERE, De tus ojos quisiera ser techado (A Juan de la Cruz), Madrid, 1983

 

 

AÑO DE CUENCA

Para Eusebio Sempere

 

Rocas con nieves blancas blandas sueño almendros pobres de rodillas mendigos pájaros desnudos pájaros despiertos primavera en el agua veneno verde abejas en primera comunión procesiones moradas latidos de las rocas corderos blancos luna cirios bajo la luz inmóviles ciudad como agavanzo con flores blancas secas perfume de pinares holocaustos al sol silencio absorto pozos de la noche insomnio de una rama rosas blancas errantes doloridas palomas del corazón en las cavernas de la piedra blues de lluvia chopos rojos de sangre ríos de mosto Cuenca como un racimo vino de Dios cerros con sol herido vino rojo cepas de la entraña hiedra sueño abrazo de la tierra grumos de sangre sueño fermentación del hijo en las raíces rescoldo de las casas nidos rosas con nieve blancas blandas sueño.

 

1966

Enrique R. PANYAGUA, Varia Silva, Salamanca, 1987

 

CUENCA

A Eusebio Sempere

 

Hay un camino de brujas

hacia la noche y el miedo.

 

Álamos como gigantes,

la piedra que corta el viento.

 

Una soledad esbelta

y una lentitud sin tiempo

confluyen en sus dos ríos

sin ecos.

 

Manuel CONDÉ, Habitando el exilio, Madrid, 1966

 

 

 

I

Eres sueño o espiga de un oasis sagrado

donde sólo amanece.

II

Eres luz sin raíces que una avispa serpea

con ácida ternura.

III

Eres línea del viento cuando vibra el eclipse

fúnebre de otro amor.

IV

Eres siempre la recta que conduce a las cimas

y, con pródigas alas, nos impide caer

al ebrio mar.

V

Eres la geometría salmodiada por el lábil y asiduo

desencanto

que la noche perfuma.

VI

Eres el lazarillo del milagro, no punto inmóvil, ciega

oración del pincel.

VII

Eres, Sempere, música que, con candor de acordes,

disuélvese en bondad

VIII

Eres lluvia –no espuma- verdadera, caudal de la

virtud

(Llegue la aurora que apresar ya pueda

las eses de tu esfera celestial)

 

José Miguel ULLÁN, A Eusebio Sempere: Memento, Madrid, 1977

 

[1] En Jay Jacobs, “Spanish Abstract Art: The first generation”, “The Art Gallery”, Conneticut, VI/1974. P. 21

[2] Y lanzándole un cómplice ¿Tú me entiendes lo que busco ya a la orilla de la noche?. Recogida en Cuadernos Guadalimar, número 1, Madrid, 1977, en pp. 65-68.

 [3] Editado por la Galería Carmen Durango de Valladolid, 1977.  Versión de José Miguel Ullán, Editions Gallimard, Paris.

 [4] Poema Memento, recogido en Cuadernos Guadalimar, op. cit. p. 40 y 41.  Ullán aludirá, de nuevo en 1983, a esta pasión nocturna de Sempere: Incluso ahora te diré muy quedo que este pintor también escribe versos, cuando cae la noche, en los que todo apunta hacia el chasquido del redondo terror, la ausencia del benéfico pincel, la sombra del leopardo, la esperanza en la falda maternal, la cara de la curz, el silbido o alambre del muñeco.   En Con Sempere, Banco Exterior de España, Madrid, 1983: Sempere en cuatro estaciones, p. 144.

 

    [5] En Conversación con Eusebio Sempere, Ediciones Rayuela, Madrid, 1977, en p. 65.

    [6] Op. cit. en pp. 87 y 88.

    [7] Recogido en el catálogo de mano de la Galería Rayuela, Madrid, 1989.