TIM WHITE-SOBIESKI !OH DICHA DE PENSAR!

TIM WHITE-SOBIESKI !OH DICHA DE PENSAR!

Texto publicado en el catálogo:
“En torno a lo transparente”
Madrid, 2008: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 100-110
[Intervenciones de Eva Lootz, Javier Pérez, José María Sicilia, Tim White-Sobieski, en el contexto de ARCOmadrid 2008.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].
 

TIM WHITE-SOBIESKI: ¡OH DICHA DE PENSAR!

“The true artist is the grindstone of the senses;

he sharpens eyes, mind, and feeling;

he interprets ideas and concepts through his own media.”

László Moholy-Nagy

“Debí reconocer que no era capaz de formar un relato con estos acontecimientos.  Había perdido el sentido de la historia”

Maurice Blanchot, “La locura de la luz”, 1973

 

 

La anterior cita de Moholy-Nagy abría una de las últimas exposiciones de White-Sobieski (Polonia, 1967), “Deconstructed Reality”, en Lyon.   Una exposición celebrada en 2007 en la que a través de de cajas de luz, vídeos y fotografías,  vindicaba ese interés del artista por lo que podríamos llamar la solemne y medida desviación del mito.   White-Sobieski señala con frecuencia que lo que habitualmente llamamos “real” no es más que una apariencia que él insiste en deconstruir a placer.  Volviendo, de nuevo, a construir dicha apariencia a través de un muy personal lenguaje expresado en diversos “tempos” y ritmos.   En un contemporáneo discurso en el que parece erigirse la defensa de la necesaria hibridación entre la fotografía, el vídeo y la pintura, alcanzando así una suerte de “happening” movido.

Para este artista, el universo, la realidad, la propia condición humana, es de difícil predicción y llena de dudas.   Por ello, y en paralelo, construye nuevas realidades que en ocasiones evocan el sueño, lo imaginado, y que se insertan en un concepto diferente, por inusual, de lo espacio-temporal.

Se ha citado en otras ocasiones a Maurice Blanchot para analizar la obra de White-Sobieski.   Nada parece más acertado que traer aquí a quien parecía delectarse en la pérdida del sentido del relato. El escritor aficionado a la soledad de las palabras que escribiera: “yo la veo, esta luz, fuera de la cual no hay nada” (Maurice Blanchot, “La locura de la luz”, 1973).  Aquel que relatara que escribir, crear, es “entrar en la soledad o en la amenaza de la fascinación.  Es dejarse al riesgo de la ausencia del tiempo, donde comienza lo eterno” ((Maurice Blanchot, “L’espace littéraire”, 1955).

Como sucediera en algunos de los fructíferos episodios que pusieron en pie los orígenes de la pintura moderna, el cubismo o el surrealismo principalmente, White-Sobieski cuestiona a través de sus modelos creadores la percepción de la realidad.    Como los surrealistas, White-Sobieski articula sus vídeos o fotografías mediante procesos creativos en los que es muy frecuente la aparición de un mecanismo de  levísimo desplazamiento sobre la realidad que, entonces, provoca la convulsión que comúnmente llamamos “creación”.    Para ello se sirve de muy diferentes medios, lo que en su caso, evocando a Blanchot podríamos llamar la soledad de las imágenes.

Entre sus discursos creativos destaca una transformación de la idea tradicional del vídeo como un simple y pasivo emisor de imágenes, más bien lo convierte en una suerte de narración, juego de palabras en permanente movimiento, idas y venidas pero también de súbitas detenciones.  Ejemplo de una arrebatadora y continua energía.  Reuniendo, entonces sinérgicamente, en ocasiones vídeo y fotografía (esta última a modo de una suerte de instante congelado) junto a instalación, el resultado es un  conmocionante espacio para el pensamiento.   Creación pues como lugar erigido a modo de un punto ineludible para la reflexión y el cuestionamiento de lo que nos rodea, de la existencia, en lo que podría calificarse de un permanente diálogo, también, consigo mismo.   De ahí el título de este texto, que alude a la conocida frase borgiana, que tanto gustamos en citar: “¡Oh dicha de pensar, mayor que la de imaginar o la de sentir!”.

La obra de este artista, ya dijimos muy contemporáneo, ha de sentirse como llamada también a la reflexión del espectador desde un medio, el audiovisual, de extraordinaria extensión en la vida actual.   Una llamada a la reflexión que no es de raigambre, sólo, intelectual, sino también sensible, y en la que hay una conexión con lo que podríamos llamar la reacción emocional de quien lo contempla.   Desde la comprensión de existir un vocabulario contemporáneo, común, un lenguaje compartido.

La obra de White-Sobieski pudo verse el pasado año en Madrid (Galería Pilar Parra & Romero), bajo el título: “Cities of The Worlds – Deconstructed Reality”.  En esa exposición se defendía la parte de construcción y juego que hay en la percepción en los momentos en que una crisis intelectual o emocional provoca la puesta en cuestión de la realidad.

En su trabajo White-Sobieski baraja también cuestiones tales como lo múltiple y lo anónimo de muchas de las imágenes, en muchos casos de clara vocación urbana, que emplea.    A la manera de los pintores clásicos, este artista defiende cómo el arte puede cooperar en la ordenación de la confusión de la realidad, aunque en muchas ocasiones lo sea a base de mostrar sus paradojas, que al delatarse evocan una permanente, también, tensión.  Sabido es que el arte vive de tensiones y muere de distracciones.   White-Sobieski parece así poner, en tabula rasa, la coherencia y la incoherencia de lo que nos rodea, rememorando aquella conocida frase pirandelliana sobre lo cierto-reales que son algunos absurdos: “la vida está llena de absurdos que parecen tener la desfachatez de no parecer verdaderos.   ¿Y sabe por qué, señor director?.  Porque estos absurdos son ciertos”.

El artista analiza con frecuencia la inserción del ser humano en la arquitectura de las grandes ciudades, desde una visión nostálgica de la que no está lejana ni la incertidumbre ni la melancólica visión del presente.   En esta visión perviven ciertos lugares comunes del desastre.   Entre ellos debe destacarse esa suerte de balada electrónica sobre la muerte que fue “Terminal at Night” y a la que más tarde nos referiremos.   Sobre asuntos bélicos trataron obras suyas como: “Presence/Runner” (1998), “God Bless America” (1999) o “Animal Farm” (2001).    Para White-Sobieski la tragedia no ha de mostrarse en sus aspectos más descarnados sino, más bien, a través de la transustanciación estilizada -y reiteramos sensible- de un juego lumínico y visual de entidad abstracta.  Una suerte de elogio de los desvanecimientos, de lo que se percibe en el último instante.  De la ‘luz más luz’ que reclamara Goethe, el mismo que declaraba crear “elaborando de noche, en ordenados sueños”.

Esa  parece ser una de las temáticas recurrentes de este artista, empeñado en un lenguaje que prefiere la intensidad de la sugerencia, el cuidado por el rigor que destila el detalle, a la rutina de lo obvio.

También la instalación de su tercera exposición en Madrid: “New Orleans, After the Flood”, pretendía analizar el  “antes” y “después” de los destrozos del huracán Katrina.   Una cuestión, el “antes” y el “después” que ya había tratado con ocasión del flujo de imágenes que generaría su trabajo sobre el “Queen Mary” (2004).    En esta última obra, White exploraba, a través de la historia de este transatlántico, los azares del devenir.   Sabido es que, concebido como transporte de lujo, durante la segunda guerra mundial y hasta 1946 transportó soldados en un incesante ir y venir entre Europa y América.    De esa metáfora, también de sus fantasmas grises, se vale el artista para, uniendo diversos tiempos históricos, lograr evocar un espacio sin referencias, una suerte de errático buque fantasma.   Que como el del holandés, no puede volver a puerto y parece obligado a vagar incesantemente, con su fantasmal luz, entre los piélagos terrestres.  Rememorando sin duda, los frágiles límites del tiempo y el espacio y sirviendo así para poner en cuestión la verdad de las apariencias.

En este asunto coopera, sobremanera, también el desplazamiento de la dimensión temporal de los asuntos que parecen transitar frente a los ojos a modo de un lento viento pleno de melancolía y nostalgia.   En dicha nostalgia figuran retratados en muchas ocasiones adolescentes, emblemas de la nostalgia más pura, en los que, sin embargo, el futuro parece cernirse a modo de amenaza.  Nostalgia pues corporeizada en  aquellos a los que todo les queda por vivir: “First Love” (2000), “Confession” (2002), “Sweet Dreams” (2003) o “Before they were Beatles” (2003-2004).

En este último trabajo, que abocaba a la rememoración de “La Última Cena” de Da Vinci, White- Sobieski indagaba sobre diversos asuntos en los que ha reflexionado con frecuencia: la irónica puesta en duda del culto a la juventud, la esperanza, el bien y el mal o la inserción de la muerte en la vida.  En todo caso, la mirada de White-Sobieski carece de actitud perversa.    Más bien la muestra de la adolescencia en sus fotografías parece atender a una suerte de mirada que asoma a la tragedia griega.  Jóvenes insertados en la realidad que parecen desconocer lo que la suerte final depara…parece señalar el artista.

Otros trabajos fotográficos suyos, por lo general agrupados en series, que merecen destacarse son: “On the wing”;  “Closer to fall” (2005) y “Down the road” (2007).   A modo de ciclo, de fotografía y vídeo, han de entenderse sus tres “Terminal” (“Day at the Terminal”, “Terminal at night” y “Terminal Dream”).    En estos tres últimos trabajos White reflexionaba, como en España lo han hecho Antoni Muntadas o Juan Carlos Robles, sobre la cuestión de los seres varados durante la espera y el impenitente vagar contemporáneo.   Sin embargo para White-Sobieski, el apunte de realidad es rápido pretexto (en el que hay que citar la ironía del título de este trabajo: “Terminal”) para un viaje a través de una serie de imágenes que aluden, permanentemente, a la luz de la memoria vital. El despertar-luz y el dormir-ocaso, como símbolos del propio devenir.

“New York City” fue el proyecto presentado en el CAC de Málaga en 2006.  En él, a través de un vídeo, reflexionaba sobre el ir y venir silencioso de los neoyorkinos, en una suerte de permanente estado de vigilancia, en una ciudad cuya memoria rememora de modo constante, muy en especial desde los desastres de 2001, la fragilidad humana.

La obra de Tim White-Sobieski propone, de un modo permanente, un inusual flujo de metáforas en el que siempre subyace un cierto y fértil ensimismamiento, un permanente e intraducible elogio de lo invisible.   Torrente quietista de imágenes, algunas de ecos minimalistas, la voz onírica de White-Sobieski es la voz de los silencios, la imagen de luces ciegas y abisales.  Flujo permanente de imágenes, que parece ofrecer la realidad, en la medida en que se utiliza un medio (vídeo o fotografías) y temáticas (la infancia, la ciudad, el desastre, etc.) de extraordinario reconocimiento. Tim White, sin embargo, deconstruye con medida el mundo que es incesantemente sugerido.   Esa deconstrucción, su lenguaje anómalo, sus tiempos ya sea morosos o de vértigo, permiten, a la par, que el espectador pueda hacer una personal asimilación de las imágenes.  El lenguaje de White-Sobieski vive de la realidad, también de la que resulta trascendida.   De la convencional pero también de la alusión a la trasgresión.  Pero no sólo de la emoción, otrosí del intelecto: del cine, del sueño, la literatura… el subconsciente, en definitiva.   De ahí la frecuente adscripción surrealista que, en ocasiones, se le aplique a este artista, también aficionado a la evocación de una cierta luz noctívaga, a la visión fascinada de los fenómenos que suceden en el entorno urbano, a los neones que cautivaran a Tzara o los carteles de “Mazda” de los grandes bulevares parisinos, fotografiados por Jacques-André Boiffard, y reproducidos en “Nadja” (1929)

Flujo de metáforas desde la concepción de una narrativa no convencional y en las que hay frecuentemente alusiones, muy explícitas, al mundo de la pintura.  Alusiones que también en otras ocasiones lo son desde un cierto fingimiento: el retrato de personas o situaciones que parecen emerger desde la luz del pasado.   Ya se citó el asunto de la pintura davinciana, mas también en su última “Down the Road” (2007) hay personajes, muy prerrafaelitas, enfrentados a una pintura que parece asomar entre las sombras. ¿Pintura -de nuevo- o realidad?.  Otrosí, ¿verdad o simulacro?… O, siguiendo las palabras de White-Sobieski que parecen aludir a la serendipidad: “un entorno sagrado que algunas personas llevan consigo todo el tiempo y que algunos no pueden ver” (Max Henry, “Interview with Tim White-Sobieski”, en “Confession”, Riva Gallery, New York, 2002).    Vindicación pues muy pictórica la de este artista que ha indagado con frecuencia en cuestiones visuales que, como en “Terminal Dream” (2003), acaban abocando a sus fotografías o videos a una ensoñación completamente abstracta, evocando unos trabajos que son dignos herederos del expresionismo abstracto más clásico que podría encarnarse en un Morris Louis, por ejemplo.

Flujo de imágenes, algo lógico en un artista que frecuenta la representación de fluidos, de aguas, como sucediera en algunas de las imágenes de “Streams” (“Arroyos”) en la serie “Confession” (2002) o “Search for water” de “Before they where Beatles” (2003-2004).   Aguas como reflejo de realidades oscuras, en el sentido de arcanos enigmáticos.  También para Tim White-Sobieski el agua alude a la purificación, es un elemento más que enfatiza su pasión por la nostalgia de la memoria.   Sabido es que el agua es representación del cambio, de la transformación.  Tim evoca el agua desde la quietud, antes la intensidad del reflejo que el ruido del torrente.   Evocación cuasi religiosa, como en la niña-Ofelia de “In the stream” que “viaja” a lo largo de ese vídeo y que mira al agua y a las reflejos que yacen en su fondo.

“Todo eso era real, sépanlo”, concluía Blanchot en “La locura de la luz”.

 

Alfonso de la Torre, “Tim White-Sobieski: ¡Oh dicha de pensar!”, texto extraído del catálogo : En torno a lo transparente,  Madrid, Febrero 2008, pp. 144-157