SALVADOR VICTORIA. LA HUIDA HACIA EL FUTURO

SALVADOR VICTORIA. LA HUIDA HACIA EL FUTURO

Salvador Victoria. Presentación página web en el MNCARS.
Madrid. 22/IX/2008

SALVADOR VICTORIA
La huida hacia el futuro

 

Alfonso de la Torre
MNCARS, lunes, 22 de septiembre de 2008

 

Hay una cierta tendencia a contar la historia reciente del arte español a través de un proceso que puede ser considerado de simplista o, algo más contemporáneo, ser visto bajo una directriz única.   Una especie de canon en el que la renovación artística brotaría a finales de los cincuenta.  En esa fecha, parecerían aunarse, en suerte de birbibirloque, la ruptura en lo plástico con la inmediata asimilación oficial de dicha ruptura.  Llegando así, veloz paso seguido, a la difusión internacional del arte español.   Preguntas y respuestas que proseguirían planteando las razones de dicha asimilación.

Las explicaciones tienden a clarificar que la renovación artística tendría que ver con la apertura económica de finales de los cincuenta, la llegada de los tecnócratas y el turismo, etc.   Vislumbrador, el Régimen habría percibido los cambios que se avecinaban de los que el arte contemporáneo parecía ser naturalmente una parte.

Historia ésta en la que habría ciudades importantes y algunos personajes oficiales escindidos desde el Régimen que situarían a los artistas abstractos informales, por fin, en la ruta de la historia universal del arte contemporáneo.

En esta historia bonita, dos únicas ciudades: Barcelona y Madrid.  Serían las sedes en las que se desarrollarían los ‘acontecimientos’.  ‘La Renovación Artística’ sería impulsada por los audaces promotores de la modernidad. Encarnados en dos nombres: Eugenio D’Ors y Luis González Robles.    Intelectuales comprometidos, además,  con la modernidad, en una suerte de contradictoria Misión Renovadora desde el seno, por cierto, de la más rancia oficialidad.     Uno de los símbolos de esta ‘renovación’ serán las bienales hispanoamericanas celebradas a partir de 1951.

Pero nada es tan sencillo como ofrecen los manuales al uso.  Debe comenzarse recordando la rémora de un país diezmado, también culturalmente, por la tragedia de la muerte y el exilio.     Es cierto que los cincuenta fue una década crucial para el desarrollo del arte español.   Pero también lo es que fueron años en los que nada sucedía por casualidad, mucho menos de repente, y en donde confluirían una serie de complejos procesos.  Algunos de ellos, que habían venido gestándose en lustros anteriores, han quedado casi -aún hoy- invisibles.

La renovación abstracta, y plástica en general, de los cincuenta no sólo se gestó en Madrid.   Hay también otros lugares no menos importantes en estos años cuarenta  y cincuenta, como Paris, histórica  patria del transtierro, temporal o permanente, de muchos de nuestros artistas.  Mediados los cincuenta el número de artistas hispanos residentes circunstancialmente en esta ciudad era prácticamente comparable al de presentes en la capital de España.

En la historia ortodoxa, canónica, por la que comenzamos, hay artistas que parecen no haber existido o no encajar por diversos motivos: su ausencia de España o una actitud no inserta en el canon informal en lugares prioritarios.

En todo caso queda por hacer la revisión de lo que ha sido la historia del arte hispano en la que tengan por fin encaje personalidades ajenas a la tendencia hegemónica.  Ejemplos simbolizados en creadores que como Salvador Victoria excedían los tópicos.  Pero también, Eduardo  Chillida, Francisco Farreras, Manuel Hernández Mompó, Lucio Muñoz, Pablo Palazuelo, Gerardo Rueda, Eusebio Sempere, Gustavo Torner o Esteban Vicente.  Son todos ellos ejemplo de artistas de ese otro arte, también.   Artistas a los que a veces adscribimos a lo que hemos denominado la generación del silencio y que frecuentemente, algunos de ellos, los hemos asociado al llamado grupo de Cuenca.   Es en este contexto de poesía del espacio, silencios de la naturaleza, escritura abstracta, cuando, al fin, es posible comprender la presencia de colectivos o artistas ‘anómalos’, en el sentido de poco aferrados a la que es considerada como la tradición hispana.  Algo que quedaría simbolizado citando algunas de esas ‘anomalías’ como ‘Equipo 57’ o ‘Parpalló’, refiriéndonos a actitudes grupales o, en el caso de individualidades, permitiría  comprender a un artista tan significativo y complejo como Salvador Victoria.   Sin duda este argumento -su no entroncamiento con la recia oficialidad de la tradición  hispana- explica, también, el absoluto desconocimiento sobre su persona

Salvador Victoria huyó a Paris, desde una España pacata.   Una España que en lo plástico se debatía, inútilmente, entre la figuración y la validez de la abstracción.  Estudiante en Valencia, el camino de huida seguiría el de otros muchos contemporáneos valencianos: Sempere o Mompó, entre otros.

Rancia España, aún de charanga y pandereta, esta de los cincuenta, en la que un artista íntegro sólo podía hacer una cosa: marcharse.   Así lo entendió y escribió Victoria, y les leo:

“Frente al panorama desolador, ¿qué le podía quedar a un joven pintor inconformista?.  –se pregunta Victoria respondiéndose-. Más que la certeza, la intuición de un mundo distinto más allá de nuestras fronteras (tanto geográficas como mentales) y una opresión espiritual insostenible.  El ansia de huir hacia el futuro (…)”.

Tras la presencia en Paris en años anteriores de Bores, Domínguez, González, Manuel Ángles Ortiz o Picasso, en los cincuenta, el Colegio de España en la Ciudad Universitaria parisina, en el que residirá Victoria, sería visitado por, prácticamente, lo más granado de la futura plástica española.  Las “Crónicas de Paris” de Julián Gállego, iniciadas en 1954 para la revista “Goya”, fueron la corresponsalía que ha guardado la memoria de esos tiempos de grisura endulzados en “La Coupole” o “Dôme”.

En la web de Salvador Victoria que hoy presentamos he encontrado el término “diáspora”, por él utilizado en un texto de 1990, para recordar a tantos artistas residentes en Paris en esos años.  Término ajustado.  Recordemos a Eduardo Arroyo; Eduardo Chillida;  Luis Feito;  Luis Fernández; Amadeo Gabino;  Luis Gordillo; Baltasar Lobo, José Ortega; Pablo Palazuelo; Antonio Saura;  Eusebio Sempere; Antonio Suárez o Xavier Valls.

La impresión que muy a menudo tengo, cuando miro hacia la década de los cincuenta, es de admiración ante el arrojo de los artistas españoles de este tiempo.    Y en ese elogio del arrojo, he de hacer mención en lugar prioritario a Salvador Victoria.   Arrojo para afrontar la creación, en tan difícil situación, para marcharse y también para, ético arrojo, dejarnos el recuerdo de aquellos tiempos difíciles.

En fecha reciente tuve, gracias a Marie Claire y Jesús, oportunidad de encontrarme ante las pinturas de Victoria de estos años cincuenta, vistas en su estudio. Una emocionante oportunidad que les agradezco ahora.   Obras muy desconocidas, de ácidos colores y sinuosas líneas, surgidas desde una cierta conmoción surreal.        Ecos de Masson o del mejor Matta, que justifican lo peculiar de su paso por el informalismo.   Un informalismo otro del que siempre se despegaba a través de la presencia de notas de luz y color, también de un cierto elogio de la escritura, otrosí por su emocionado sentido de un automatismo construido.

He defendido siempre que Victoria es un artista desconocido, ocultado tras sus creaciones más transitadas.   En ese sentido, la recuperación por ejemplo de sus orígenes, de la llamada época de Paris, sería sin duda un primer paso que les aconsejo den, ¿por qué no?, a través de esta excelente web, realizada por Alfredo Delgado,  que hoy presentamos.   También sus escritos entre los que les sugiero “La luz en el museo” (1988) o “Acerca de la generación de los sesenta” (1990).     Les aconsejo también algunos otros capítulos de esta web, la muy bien construida biografía, la selección de textos críticos o el muy hermoso texto de Jesús Cámara “Una generación irrepetible”.

Concluyendo, vuelve ahora a mi memoria, la frase de Salvador que antes citamos, vislumbrador, recuerden, escribió sobre la necesidad de huir hacia el futuro, éste que, con su web, es hoy.