JOSE MARÍA SICILIA LAS MARIPOSAS DEL INTERIOR

JOSE MARÍA SICILIA LAS MARIPOSAS DEL INTERIOR

Texto publicado en el catálogo:
“En torno a lo transparente”
Madrid, 2008: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 100-110
[Intervenciones de Eva Lootz, Javier Pérez, José María Sicilia, Tim White-Sobieski, en el contexto de ARCOmadrid 2008.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

JOSE MARÍA SICILIA: LAS MARIPOSAS DEL INTERIOR

 

«Le papillon -escribía Nerval-, fleur sans tige, qui voltige, que l’on cueille en un réseau ; Dans la nature infinie, harmonie entre la plante et l’oiseau !…».    Mariposa: surrealizante armonía mas también emblema de la confusión entre lo vegetal y el pájaro. Extraño encuentro en el azar de lo real,  el de este insecto ornado con signos y coloridos más próximos a la botánica que a la dura piel, coraza y pelo, extendida en el reino animal.    Ser viviente de esencia fugaz y agitado vuelo que, extraordinario, pasa raro como una fugaz visión.   No es extraño que, además de mover la inquietud de otros creadores (en nuestro texto citamos a algunos de ellos: Lorca, Dalí, Breton, Óscar Domínguez, Joseph Cornell, Jean Dubuffet, Pablo Picasso, Joan Miró o Andy Warhol), haya conmocionado la mirada de José María Sicilia (Madrid, 1954), un artista de espíritu quietista, mas pleno de energía creadora, que ha fijado su visión –entre otras cuestiones- en una cierta poética de los misterios de la fugacidad y del tránsito.   El sueño, la luz del anochecer, los cantos que susurran en la naturaleza, los arcanos de las cifras de estrellas, los pétalos que caen, las flores que dibujan el río, la gota que pende…

La hermosa y efímera mariposa del aire que vaga sobre los cuadros de la pintura flamenca, como en ciertas naturalezas de J. G. Christian Coclers.  Mariposa errabunda sobre la que Lorca preguntaba, enigmático: “¿estás ahí?”.  La lorquiana mariposa del maleficio, la mariposa “clavada que medita su vuelo” de la “Oda a Salvador Dalí”, otro pintor que retratara mariposas de la psique, y sus sombras, en 1956. “Por mi amigo, el doctor Pagès, conozco a fondo las mariposas.   Estos insectos poseen verdaderos síntomas de antigravitación (…) Las mariposas son las máquinas del futuro”.  (Salvador Dalí a Alain Bosquet, “Entretiens avec Salvador Dali”, Editions Pierre Belfond-Ediciones Paidós, Buenos Aires, 1967, p. 82).

Mención a Manuel Rivera, el pintor de las metamorfosis y las crisálidas, alusión a Kafka pero también, como expresaba Rivera, a “la infinita posibilidad de un universo cambiante que se va desarrollando hasta acabar en otra cosa”.   También Antonio Saura realizó  “Metamorfosis” como emblema de lo que “refiriéndose a determinada y terrible belleza, se transforma en prolongado ladrido”.  Recuerdo a los assemblages de Jean Dubuffet, efímeramente realizados circa 1953, con alas de mariposas o las “Butterfly box” de Joseph Cornell.  Sobre los assemblages de Dubuffet escribiría este artista unas palabras que encierran algunos de sus elementos creadores, la extraña irrealidad que cita el francés y que ha aludido también Sicilia: « Cette nouvelle série d’assemblages d’ailes de papillons fut pour mes travaux ultérieurs déterminante. Le matériau employé lui-même (très insolite) et le jeu des nervures alimentaient le tableau d’un apport d’irréalité étrange, s’imposant cependant avec autorité du fait de l’impression de cohérence, de nécessité, de logique inexplicable mais très impérative qui s’en dégage, apportant là le système de raisons étranger aux raisons propres des objets figurés. J’allais conserver de ces mécanismes une nostalgie avec l’idée obstinée d’en retrouver ensuite dans mes peintures quelque équivalence.  Après cela les couleurs, de régime très particulier, que présentaient ces tableaux d’ailes de papillons m’impressionnèrent aussi beaucoup. J’eus loisir d’observer, par les ajouts d’aquarelle que j’avais à faire autour des ailes collées pour les lier entre elles et faire des effets de masses, que les coloris des papillons, bien loin de ce qu’on croit, ne sont pas très vifs : plutôt très fins et éclatants ; et mes petits tableaux présentaient une couleur d’ensemble nacrée, irisée, où la notion d’éclat subtil vient remplacer celle de couleur proprement dite et lui substituer un scintillement que j’allais après cela m’efforcer avec entêtement d’obtenir dans mes peintures « Jean Dubuffet.  Seconde série de petits tableaux d’ailes de papillons», en  « Prospectus et tous écrits suivants », Éditions Gallimard, Paris, 1967, tomo II, pp. 112-113).   Las mariposas y otros insectos de Odilon Redon, otro pintor que vivió la fascinación fantástica de la naturaleza desde su última residencia en Bièvres.  El artista que escribiera (1910): “Je parle à ceux qui cèdent docilement et sans le secours d’explications stériles, aux lois secrète et mystérieuses de la sensibilité du cœur”.   La mariposa que se asoma en « La Menace » de Oscar Domínguez (1943).

Mención también sobre la cuestión de las mariposas, al raro cineasta norteamericano Stanley Brakhage y su “Mothlight”, (1963), en la que pegó sobre la superficie de la película alas de este insecto y pétalos de flores. También a los insectófilos Evru o Joan Ponç.  Este último recordaba los insectos desde su infantil memoria, cazados y luego contemplados “con intenso placer cuando se retorcían de dolor” en su cazo-mazmorra.  Los insectos grabados en 1974 por Bonifacio Alfonso.  O los dibujos de insectos y moluscos de Miquel Barceló.

Fue Breton el poeta que utilizó con mayor frecuencia, contemporáneamente, el simbolismo de la mariposa, que aparece en su “Arcade 17” (1944), como emblema del amor y de la resurrección.  La mariposa que se posa en sus incontinentes labios en el poema “Au lavoir noir” (1936).   Las mariposas que el irado impulsor del surrealismo cree ver revolotear en los cuadros de Kandinsky.  El amor era “una estera de mariposas”, escribió Breton en “Poisson soluble” (1924).  Mariposas varadas sobre estrellas rosadas en “Claire de terre” (1923).   Con Eluard escribió en “La Inmaculada Concepción” (1930) sobre la cósmica relación de mariposas y pájaros: “los pájaros del exterior no hacen sino unirse a las mariposas del interior”.  La mariposa pegada por Picasso en Boisgeloup (“Composición con mariposa”, 1932. Tejido, madera, vegetales, bramante, chincheta, mariposa y  óleo sobre lienzo, 16 x 22 cm.).   La mariposa que aparece desde lo desconocido en el aire mortal de la cuadra de Platero.

En su exposición del artista de 2006, titulada “Eclipses” en la Galería Soledad Lorenzo, Sicilia  hacía referencia a una red textural que a su vez aludía a las alas de los insectos.  Siempre con la sugerencia de la aparición y el ocultamiento como metáfora de dos de sus temáticas recurrentes: la luz y la oscuridad.   Luz frágil y parpadeante, luz entrevista que alude no tanto a la cuestión física sino, también, a la imagen interior que se proyecta desde el individuo. Luz como visión de lo externo u oscuridad como transcripción de arcanos.  Luz como vindicación de una oscuridad menos oscura.

“Eclipses” de óleo y cera, realizados este 2007 y que se reproducen en esta publicación (Cortesía Galería Edward Tyler Nahem, Nueva York) y que el artista encabezaba en su catálogo en la exposición del año 2006 con la siguiente cita de Ali Ahmad Said Asbar, el poeta Adonis (1930): “El abismo me enseñó que solamente se puede entender un problema por medio de otro problema y a través de éste, como si el hombre no hubiera avanzado en su camino desde la oscuridad hacia la luz, tal y como pensamos, sino habiéndose dirigido hacia otra clase de oscuridad, menos espesa. Esa diferencia entre dos oscuridades es lo que llamamos luz. Afortunadamente para el hombre y para la poesía, no existe bastante claridad para borrar lo oscuro del hombre y de las cosas. Si la claridad fuera maestra del mundo, la vida se trastornaría y la poesía se descompondría”.   Texto del poeta que ve las cosas “en un cerco de humo” y que sabe “que la luz de las estrellas, / el rostro de las nubes / y el gemido del polvo / son una sola flor…”.

Muchos de los “Eclipses” de Sicilia parecen provenir de detalles, que en su proximidad hacen desaparecer el objeto primero de la imagen.  Muestra, una vez más, de trémula perplejidad fascinada ante los misterios creados, el permanente e incesante cambio, y por la vida natural. Obras, que evocan las misteriosas fotografías realizadas por Torner circa 1955 (como “Álamo con inscripciones”, “Piedra con líquenes blancos y negros”, o “Toza de pino”) que están en el origen de su obra posterior.  Recuerdo de una visión despojada y sublime, oscuridad y zozobra, de la naturaleza.

Lenguaje, el del artista, viajero entre la noche y el día.   Entre la poesía y la pregunta, el don de la ebriedad y la desesperación, a sabiendas de que el espacio es un límite débil.    “Resto de un sueño (…) son los rayos de luz que, cuando era pequeño y vivía en Madrid, veía entrar por la ventana. Me quedaba fascinado mirando cómo se iluminaban los muebles. Creo que esa misma luz está en los polípticos (…) Yo no experimento. Juego. Trabajo con los materiales que me gustan y con los que veo que puedo hacer las cosas que quiero, pero en esto es ya difícil hacer grandes descubrimientos”, en palabras del artista (Ángeles García, “La luz protagoniza la exposición que José María Sicilia presenta hoy en Madrid”, “El País”,  Madrid, 12/IX/1996).

Evocación de instantes vitales del vuelo de mariposas, y su constante ir y venir, tan representativo del tráfago humano y que Sicilia presenta en su trabajo en el vídeo de 2008.  El movimiento, el aleteo de los insectos, se ha convertido en una suerte de fragmento capturado, esquiva realidad ahora trasformada y trascendida: el cerco de humo que refiriera el poeta, metáfora muy abstracta y evocadora de una inaprensible y muy lejana realidad.  El sueño, evocado por Borges, en el que Chuan Tzu creyó ser una mariposa y no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o si bien era una mariposa que soñaba entonces ser un hombre.

Mundo pictórico extraordinariamente relacionado con sus representaciones con mirada puesta en las abejas y en sus encapsulamientos de cera.   Elogio del vacío a través de un material, la cera, la “líquida luz” que elogiara Neruda, fundamental en su producción por los diversos matices e intensidades que ofrece.    Material utilizado en la historia del arte desde la antigüedad, simbólico elemento por su procedencia natural, también por la alquimia de que goza como material creador: acuoso vertido fluyente sobre el soporte pictórico posteriormente endurecido y ofreciendo, según pasa el tiempo, su especial metamorfosis de la luz.

Obras en las que un noctívago Sicilia, escrutador de la noche oscura del alma, refería su honda fascinación de esencia metafísica, por la fragilidad del mundo natural y sus misterios.  Fascinación emula al festival de luciérnagas que narrara Durrell en “Mi familia y otros animales”, el escritor melancólico que citara en esta obra el “aleteo borroso” de las mariposas y hablara de su carácter pulcro y esbelto.

Paisaje el de Sicilia como iniciación e iluminación interior, sentimiento semejante a la que conmoviera al Masson de espacios magnéticos perdido frente al abismo en la cima de Montserrat: el lugar en el que Masson declaró haberse comunicado con la tierra, colocando “la cabeza en la hierba mientras miraba lo que ocurría. Así empieza mi serie de cuadros sobre insectos”.  El Masson que desciende de mañana a la abadía y encuentra el coro de los niños que cantan y que siente como un totus único su experiencia sensorial y espiritual.

Sobre la pasión por los insectos de Masson, otra pasión compartida con Sicilia, escribía Michel Troche: “sólo se puede comprender esta afición por los insectos – y más tarde en particular por la «mantis religiosa» – teniendo en cuenta la hondura de una visión más profunda que concierne a la vida (su juego, su lucha) y en la cual se desarrolla una relación inevitable entre el amor y la muerte. Con lo cual, lo que se dice a propósito de los insectos podría, por otra parte, explicar el conjunto de su obra. Los referidos insectos no son únicamente lo que parecen. En nombre de la evolución pueden simbolizar el combate vital: jugar como guerreros, aniquilarse o amar; asemejarse a hombres, en España a toreros; y por lo que se refiere a aquellos, bailar como insectos (Michel Troche, “El insumiso Masson” texto en el catálogo nº 59 de la exposición “André Masson en España, 1933-1943”, Centro de Exposiciones y Congresos, Ibercaja, Zaragoza, 1992).

Desde su sensibilidad extasiada por lo ignoto, lo que no se aprehende y se escapa entre los dedos, por lo fantasmal, Sicilia siente una tensa fascinación que es evocadora de lo que simplemente parece estar aguardándonos en lo que nos circunda.   Mas no por lo obvio, lo que se ve, sino por la luz ténebre que emana impalpable en lo invisible: agazapado eco de la existencia de otra sombría realidad presagiada, mas no hollada.   Cavernaria luz y desesperanzada sombra como dos caras de una misma realidad que nos sumerge, a la par que nos aleja de la misma.   Emblema, este duplo zozobrante, del acto de pintar.   Elogio de lo inmóvil y elogio del camino que el pintor transita desde la tensión de la oscuridad del pensamiento a la extasiada tiniebla de la pintura. El poema XV, de los “Cantos de Vida y Esperanza” de Rubén Darío que expresa: “¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito! / Es como el ala de la mariposa / nuestro brazo que deja el pensamiento escrito”.

Que uno de los objetivos de la pintura de Sicilia ha sido siempre encerrar la luz, es bien sabido.    Toda su trayectoria más reciente ha indagado en una suerte de ‘cloisoné’ pictórico en el que ha reflexionado sobre la captura de su particular cartografía de sombras, vindicando así la importancia de lo cambiante como esencia de la revelación.  El misterioso tiempo y sus sombras en el que al modo borgiano “surgen fatales e ilusorios los días”.   Ya hemos señalado la evocación que Sicilia hace de la mística española y de su noche secreta, mas pintura en perpetua ignición que también mira a la música del vacío, a los interminables silencios de John Cage.

Así, espejos, luces que se apagan, blancuras de días sin presente, la inmovilidad de las flores, el incalculable tapiz de la esfera celeste callado al anochecer, el silencio dibujado de plegarias, las hogueras apagadas, los florecidos abismos, las sombras habitadas por el sueño, los párpados agitándose alrededor de la lámpara, los ardientes jardines, el canto de los pájaros como un diamante de infinitas caras, los reflejos inasibles, viento, nieve, humo, fango, el apagar la luz, las manchas de luz que recorren la estancia… Emblemas, metáforas todas ellas propuestas por el artista como decálogo de ese ardiente deseo de atrapar lo inasible, de entretejer y hacer palpables las sombras.  “Vivo entre formas luminosas y vagas / que no son aún la tiniebla”, escribió Borges en “Elogio de la sombra” (1969), un libro dedicado “a los espejos y a los laberintos”, escrito entre tierra y cielo, espíritu y raíz, en cuyo límite se hallaba su penumbra, “esa sombra que se parece a la eternidad”.   Libro de crepúsculos, albas y tardes gastadas en la “profunda caverna del sentido” que señalara San Juan de la Cruz.   Catálogo de preguntas, compartido con Sicilia, sobre lo que será, el es, el fue.   “Lo maravilloso -escribió Antonin Artaud- se encuentra en la raíz del espíritu”.

Sombra perdida por Peter Pan en la habitación de Wendy, las sombras que el protagonista de “Jack of Shadows” de Zelany manipula mágicamente, el “Mordor”, la tierra oscura “donde mueren las sombras”, el territorio, escoltado por la sombra y la ceniza, de Tolkien.  Permanente llamada a la confusión de los sentidos, a la indagación, a la creación de duda como sendero más firme de la realidad, antes que a la petulante expresión de certitudes.   Llamada también al sentido atento, ajeno a la lógica de la realidad y ubicado más en lo irracional que en el transcurrir cotidiano, a la captación de lo que no está escrito, ni tiene lógica, ni sucede según lo previsto, recordando entonces las palabras del poeta neoyorkino John Ashbery sobre el poder visionario del azar: “me gustaría reproducir la facultad que los sueños poseen de persuadirnos”.

Las mariposas son insectos que Sicilia ve como visita que presagia sucesos de difícil explicación y que describe con el tembloroso hálito de una incontenida perplejidad: “Como gotas de lluvia han ido llegando, golpeando el cristal, atraídas por la luz del cuarto, un abrevadero, tac, tac, como si alguien nos llamase agitando la mano, adiós o ábreme, pero es de noche, y sólo son ellas, aturdidas, entre el abismo y la ascensión de los pétalos, dibujan un collar que nunca se cierra, una red de espejos, un tapiz de agujeros donde asomarse” (José María Sicilia, texto en el catálogo “Eclipses”, Galería Soledad Lorenzo, Madrid, 2006).   Representación muy enriquecedora de un juego visual, el de este artista, en el que desde la aprehensión de un cierto tema de la pintura, mueve al espectador hacia la tensión visual: un estado en el que la percepción trastornada torna a la duda sobre lo reconocido.   La incertidumbre, la duda perceptiva, el viaje hacia la desesperación que encarna este artista, es sabido es camino fértil, energía que conduce al planteamiento de preguntas y, desde ahí, al conocimiento.   Puerta incierta que se abre a la noche, mención al encuentro percibido por René Char: “Mantén tus manos extendidas, sube por la escalera negra, oh consagrada / belleza, voy a tu encuentro en la soledad del frío”.

Al cabo, percepción de la duda de la débil imagen, que es transustanciada en muchas de sus obras en las que ciertos elementos parecen sepultados en un silencio compacto.   Por lo que no es claridad sino más bien, un nuevo elogio de la sombra, en el dintel de la espera, que escribiría el artista, ofreciendo a la mirada, también a la imaginación, el quehacer de completar lo que palpamos, esa suerte de difusa claridad de la indescifrable vida de un mundo fingido.

Como escribía Georges Didi-Huberman, con motivo de la exposición del artista en la galería Chantal Crousel en 2007: «on pourrait presque risquer l’hypothèse qu’à chaque dimension fondamentale de l’image correspond rigoureusement un aspect particulier de la vie des papillons: leur beauté et l’infinie vérité de leurs formes, de leurs couleurs; la tentation et l’aporie d’un savoir exhaustif sur ces choses fragiles et proliférantes que sont les images et les papillons; le paradoxe de la forme et de l’informe contenu dans la métamorphose » (Georges Didi-Huberman, « L’image papillon », dans « José Maria Sicilia, Eclipses », Editions ASSN, Galerie Chantal Crousel, Paris, 2007).

Buen ejemplo de su quehacer es la serie “Un despertar sin imagen” es un conjunto de doce composiciones de gran formato, realizadas entre 2000 y 2001 (en las que se incluían drapeados de telas, mezclados con óleo y cera) y quince dibujos de formato más reducido creados, como el de la colección, entre 2002 y 2003.    El resultado es una obra de gran emotividad, de extraordinaria intensidad visual, de enormes y litúrgicos silencios (“no seremos, parece decir la luz”, escribía el artista el 22/X/2001), en las que apenas un destello de luz invita a la contemplación más pura: “día blanco, una única nube cubre el tapiz, esta blancura me da un día sin presente, la inmovilidad de las flores hace que mi respiración se intensifique” (José María Sicilia, 21/X/2001), contemplación en la que parece alcanzarse el extasis: “el tapiz ha amanecido callado al anochecer, una voz canta más allá de los almendros, mi voz se une a ella, nada me parece más bello que fundirme en el canto con los otros” (Ibid., 17/XI/2001).

En la obra de Sicilia, Premio Nacional de Artes Plásticas en 1989, se muestra una preocupación evidente por las cuestiones esenciales de la percepción.   Lo sutil -la estela generada por las texturas- de la acuarela en contacto con el grafito y sus evocaciones poéticas llenas de misteriosas resonancias es ahora el verdadero protagonista: “su murmullo cubrió el cielo, una confesión, un diamante de infinitas caras” (Ibid., 22/IV/2002).

“Cantaremos -escribió Adonis- / para que el tiempo que despunta sea puerta / y el viento sea llave”.

 

Alfonso de la Torre, “José María Sicilia: Las mariposas del interior”, texto extraído del catálogo : En torno a lo transparente,  Madrid, Febrero 2008, pp. 100-110