GONZALO PÁRAMO - PALABRAS, PALABRAS....

GONZALO PÁRAMO – PALABRAS, PALABRAS….

Texto reproducido en el Catálogo: “Babel”
Palabras, Palabras (en torno a la obra de Gonzalo Páramo)
Fundación Metrópoli, Madrid, X-XI/2006
Reproducido, parcialmente en: Gonzalo Páramo, Tierra escrita, Sala de Exposiciones de Caja Duero, 2007
  

PALABRAS, PALABRAS….

[En torno a la obra de Gonzalo Páramo]

 

Paroles, paroles….

Henri Michaux

 

La obra de Gonzalo Páramo (Burgos, 1971) es la de un artista inclasificable.   Como los grandes artistas del pasado su trayectoria pictórica, a pesar de su juventud, se instala en coordenadas que escapan al habitual repaso biográfico al uso en los textos críticos: estudios, influencias, exposiciones, lecturas, etc.   Acercarse a su obra exige, antes que nada, un cierto desnudo conceptual en lo relativo al mundo artístico y el adentramiento en un análisis mistérico en el que es preciso la cooperación de la ciencia y también de la poesía indescifrable de los enigmas del existir.   También ha de coadyuvar un cierto trance espiritual en el que es fundamental el entendimiento del arte, de la realización artística, no sólo como una vía de expresión sino, otrosí, como una inapelable necesidad vital que ancla sus raíces en el agitado mundo interior.

Nacido en Burgos, instalado en Palencia, errante por diversas geografías del mundo (Tailandia y Londres entre otras), su obra ocupa un espacio propio en el que destaca, como primer elemento de su mundo creador, la complejidad conceptual y el hondo enraizamiento espiritual de sus creaciones.    Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca y habiendo realizado estudios artísticos en Canterbury en la Universidad de Kent, fue becado por la londinense Fundación Wellcome y estudió técnicas de grabado en la Facultad de Bellas Artes de Glasgow.    Desde 2000 ha participado en numerosas exposiciones en la mayoría de los casos en Inglaterra.

Podríamos decir que la obra creadora de Páramo, como le sucediera a otros muchos artistas, y estoy pensando ahora en el conquense Gustavo Torner, parte desde una honda fascinación, de esencia metafísica, por los misterios de la vida natural.   Gran conocedor de ésta, no en vano inició estudios de Biología, es infatigable lector de literatura científica y ser ávido de cuanto sucede a su alrededor en el mundo de lo natural.    Algunas de sus exposiciones se han realizado estrechamente vinculadas al mundo de la ciencia.   Recuérdese a este respecto su participación en “Four Plus: Writing DNA”, celebración artística del descubrimiento de la estructura del ADN (2003, TwoTen Gallery, Londres).

También, sobre este particular, es preciso evocar que una de sus obras más simbólicas, el políptico “Ouroboros I”, se halla expuesta en una de las más prestigiosas bibliotecas médicas londinenses, con un amplio fondo dedicado a la alquimia, The Wellcome Library.  Es este lugar epicentro motivador de algunas de sus creaciones: una de las mayores colecciones de libros, manuscritos y dibujos en torno a la historia de la medicina desde el origen de los tiempos.   Esta biblioteca cuenta con una amplia sección dedicada a la alquimia, volúmenes muchas veces de imposible lectura de los que Páramo ha tomado también el misterio indescifrable escondido en sus arreboladas y herméticas grafías.  “Ouroboros”, la obra del artista, antes citada, que preside esta biblioteca, algunas de cuyas piezas están compuestas a modo de collage con piel de serpiente, evoca el desesperado intento taxonomizador del secreto alquímico.   Más tarde volveremos al asunto de la metáfora del ofidio vuelto sobre sí mismo.

Como Torner, quien empezara su pintura abstracta desde la fascinación por los líquenes, rocas o tocones, Páramo parte de un indisociable apetito por lo científico.    Un amplio capítulo creador de Páramo lo componen un conjunto excepcional de fotografías manipuladas de restos de animales (insectos, esqueletos, pieles, reptiles) fotografiados en muchas ocasiones fragmentariamente.   La conclusión a la que parecen llegar estas fotografías en blanco y negro es la de transmitirnos la honda e indescifrable magia del inapelable orden que se esconde en el mundo natural bajo la esquiva apariencia de las cosas.   Algunos de sus objetos, recipientes oleicos en cuyo interior navegan para siempre restos de aspecto impreciso, muchas veces a modo de bucle evocador de las investigaciones del ADN (“Preserved Code IV”, 2003), otrora restos escritos (“Illumination”, 2000 o “Preserved Thoughts”, 2001), son trasunto de la silenciosa serenidad perturbadora de las inmersiones en formol de los decimonónicos museos de ciencias naturales (“Cerebral Tape”, 1999).   También han de adscribirse al mismo conjunto sus extraordinarios animales inventados, morfocreación de imposibles seres compuestos de metal, silicona o hueso (“Pájaro corredor”, 1997, o “Coelacanth” y “Libélula”, 2000).

Sus reflexiones en torno al mundo científico hablan siempre de enigmas irresolubles.     Tales como los rememorados en obras como “Más allá de las montañas de hielo”, “Hermética” o “Terra incógnita”, todas de 1987, creaciones que parecen indagar en torno a la existencia de una dimensión perdida en la realidad más próxima.  Metáforas visuales de la realidad, aunadoras de certeza y confusión, en las que un aro circular equivale, – y pienso ahora en Borges y en el emperador que quiso tener un plano del imperio- al mundo que habitamos.

Como escribió Octavio Paz refiriéndose a Michaux, la búsqueda de Páramo parece ser una larga y sinuosa expedición hacia algunos de nuestros infinitos en busca siempre del otro infinito.   Gonzalo Páramo se une a indagaciones frecuentadas en la pintura española.   En ese sentido puede decirse que su obra se enraíza con una cierta escuela mental presente en la pintura y no sólo contemporánea, sino de todos los tiempos.   Y estoy pensando en varios nombres obvios: Pablo Palazuelo en primer lugar.   Como éste, Páramo ha indagado en cuestiones relativas al número y la escritura desde una honda esencia poética.   La conjunción de trazos y de pensamientos, en palabras de Jacques Dupin hacia Palazuelo, de las que nace una enorme complejidad de reflexiones creativas o, como escribió el madrileño, la revelación de lo desconocido mediante la imaginación, los sueños del hombre y los “enigmáticos” lenguajes con los que se expresa.      En estas reflexiones subyace siempre el misterio: de la necesidad de lograr conocimiento llega en ocasiones un mundo silente y críptico en el que la geometría -a veces secreta-, el orden, vuelve a convertirse en la explicación de la que surgieron las explicaciones.  Deseo espiritual y consciente de búsqueda, a veces hasta la exasperación, de algo que está más allá de las apariencias formales de las cosas.  La naturaleza, así, convertida en un ente generador de estas preguntas y en las que el número, a veces explícita, otrora a modo de escritura -y sus enigmas- es el punto de partida de muchas de esas indagaciones. En este sentido, Páramo ha reflexionado en numerosas ocasiones sobre los llamados números de Fibonacci, teorizados por Leonardo de Pisa, números y secuencias ejemplificados en numerosas muestras que ofrece, no sin perplejidad, el mundo natural.

Escribió Palazuelo que el número y la escritura se manifiestan conjuntamente en el espacio, engendrando así las configuraciones dimensionales que preceden a toda forma: el espacio así imaginado y pensado es un “espacio viviente”, matriz fecunda de todos los signos, de todos los ritmos y de todas las formas.   Es el lugar de un continuo nacer, de todas las posibilidades y diferencias.    Páramo entonces defiende la primacía del experimento -en ese sentido que hemos citado de indagación espiritual- y la construcción -con el punto de partida de la naturaleza- como generadores fundamentales; su telúrica búsqueda, su permanente indagación de la visión como fundamento místico, su, en ocasiones, críptico lenguaje, su pasión por los secretos de la alquimia y de la poesía sin rostro, otorga a la voz de Páramo una especial luz propia.

Unido a lo anterior, hallamos en Páramo también concomitancias con la obra de Manolo Millares, el artista indagador de subsuelos, fascinado por los mundos abisales más ocultos y amante de los riesgos de la exploración científica (recuérdese su serie dedicada al infatigable científico-viajero Humboldt).   Manolo Millares escribió sobre el particular (“En vísperas del bicentenario de Alejandro de Humboldt”, Revista “Humboldt”, año X, nº 37, Ed. Übersee-Verlag, Hamburgo, 1969):  entre mis lecturas, he tenido siempre especial inclinación por los libros de viajes en cuya base fuera condición previa la investigación y la ciencia.  Porque el riesgo que comporta la exploración, para el mejor conocimiento de la naturaleza y de los hombres, tiene un punto de afinidad umbilical con la aventura creadora del arte en su amplificación, también, del mundo visual que nos rodea.  (…)  Y así, Sir L. Woolley, como antes el gran Sxhliemann en Micenas, hace libro de viaje en la arqueología cuando viaje desenterrando la Ur de los caldeos.  ¿Y qué decir de Darwin, en 1831, en tan largo navegar a bordo del Beagle alrededor de la tierra?.  La aventura se une a la ciencia, seriamente, en su labor investigadora.

Como el canario, Páramo otorga un gran valor a la piel de sus trabajos en los que a veces aparece una demiurgica labor de cirugía no exenta de cortes en los papeles, plegados en su superficie, cosidos de torpe aspecto… No dejan de provocar una honda perplejidad las curiosas coincidencias entre los enterramientos de dibujos de Páramo -a la búsqueda de aplicar “tiempo” por la oxidación consiguiente de tintas, indagación al cabo de origen alquímico- y la pasión de Millares por los mundos enterrados y su trasunto en las arpilleras (recuérdense los sarcófagos redivivos del canario).   Alquimia, -una de las  pasiones de Páramo en Goethe y su Fausto-, y la creación del homúnculo millaresco.  También como Millares, Páramo es un pintor escritural, autor de una amplia panoplia de escrituras -palabras interiores- que, como en el caso del canario, proceden de su acercamiento a antiguos legajos, en el caso del más joven de temas jurídicos.   El resultado es una escritura inventada, muchas veces serpenteante, escritura también evocadora de los ritmos de Henri Michaux.   Escritura que hereda de la alquimia el lenguaje de apariencia absurdo y abstracto, pero también de aquella toma la saturación sígnica y simbólica, en ocasiones bajo el ardid de las apariencias.     En ese sentido hablábamos al comienzo de la necesaria cooperación del espectador para comprender el mundo de Páramo quien parece exigirle pues el tiempo preciso para desentrañar las apariencias y entonces percibir el último sentido de sus trabajos.

Infinito turbulento, coincide también con Michaux en otros diversos asuntos: su pasión por la reiteración, el análisis de los efectos producidos en el papel por la presencia de tintas, la pasión por el mundo esotérico, su acercamiento a las culturas teógenas, la defensa del pensamiento como trayecto antes que obra.  En definitiva Páramo parece suscribir la máxima del de Namur: piensa para escapar.

Mas otros nombres podríamos citar: Zush o Adolf Schlosser.   Con Schlosser parece coincidir Páramo en una cierta preocupación por la creación basada en las apariencias de lo efímero y frágil de la materia, también sus relaciones, encuentros y tensiones, siempre desde la evocación de la naturaleza: barro, hollín, pajas, piedras, ramas en el austriaco madrileño.  Huesos, restos, evocaciones de origen animal en Páramo.  Naturaleza sutil y delicadamente manipulada de la que siempre parece conservarse una cierta apariencia virginal y ecos de ancestrales cultos.    Con Zush, en Páramo, pulsión arrebatadora de lo inconsciente, lenguaje evrugi, palabra visual y filigrana de aspecto automático, escritura propia e indescifrable, modelo de comunicación enfrentado al dogma ortodoxo.   También nomadismo a la búsqueda infatigable de lo desconocido.

Pasión esta por la naturaleza que ancla sus orígenes, mucho tiempo atrás, en la vida del arte.    Recuérdense aquellos años, 1934, en los que André Breton reprodujo en su mítico artículo en “Minotaure”, “La beauté sera convulsive”, las fotografías de Brassaï o la serie de éste “Le langage du mur” (1935-1940).   Recuérdense también las imágenes captadas por Man Ray (“Cadaqués”, 1933) o “Roches” (1935) de Henri Cartier-Bresson. Otrosí, las fotografías de Raoul Ubac, mediados los treinta.   Obras que se acogerían a las afirmaciones del primero en “L’Amour Fou” (Editions Gallimard, Paris, 1937): la vie dans la constance de son processus de formation et de destruction.

La obra de Gonzalo Páramo se caracteriza por la unidad. Es sabido que el estilo en un pintor no siempre consiste en ser reconocido por un patrón formal repetido hasta la saciedad y que provoca el fácil reconocimiento del iniciado o del coleccionista.  No seré el primero que señale no hay que confundir técnica -un cierto uso de materiales comunes- y estilo.   La obra de Páramo es la de un pintor mental.    Su estilo -nunca carente de tensión- no es tanto una forma de hacer sino que éste proviene de su estilo de pensar.  Como tantos artistas de lo que antes he llamado la escuela mental, pone a su servicio una cierta disparidad de técnicas, unas más tradicionales: dibujos y pinturas y otras deslumbrantemente sorprendentes y estoy pensando en sus animales inventados, fotografías o inmersiones en aceites.  Aún cambiando las reflexiones, y por ende, la disparidad técnica, provocando la apariencia caótica, permanece siempre ese proceso mental que ancla sus raíces en cuestiones de tipo visual.  En él es fundamental considerar que son muchas las reflexiones, desde esa honda raíz metafísica que venimos vindicando, que pueden afectar a un creador sin romper, por ello, antes al contrario, la unidad de su estilo.

Un estilo de pensar que exige reflexión en el espectador, algo lógico en un artista defensor a ultranza del conocimiento.    Y, desde éste, la complicidad intelectual.   Al menos la complicidad de dejarse llevar en el planteamiento de los misterios de la realidad.    Algo que, por cierto, no es nuevo no es muy diferente de las indagaciones realizadas siempre en la historia de la gran pintura.     El sobrecogimiento por el misterio de la realidad emparenta a Páramo, ¿por qué no?, con el enigma de las apariencias en Friedrich, Velázquez, Rothko o Degas, por citar cuatro nombres.

En Páramo, la cuestión alusiva, la vindicación de la metáfora, es sumamente importante.   Entre esas metáforas una de las recurrentes es el uso de la serpiente, de la piel de su muda, en sus collages.  Algunos de estos han sido compuestos a modo del “Ouroboros”, serpiente que muerde su cola, constelar símbolo, de nuevo, del círculo ideal sugeridor del equilibrio zen, también del terrenal mundo ofídico autoengulléndose y, por tanto, de lo eterno.   Símbolo también de la necesidad de la destrucción como esencia de la nueva vida, otrosí de la consciencia y la inconsciencia.   Además de su uso circular el artista ha utilizado fragmentos de pieles en las que las retículas de las escamas muestran la inquietante ordenación inflexible del mundo natural.   Es sabido que la metáfora -símbolo generador también de equívocos- se halla en el origen de la creación visual de altos vuelos.   Mundo de equivalencias, los objetos utilizados por Páramo no proceden exactamente del azar del mundo encontrado.  En Páramo es más importante lo que busca que lo que encuentra. Elementos en los que, desde una cierta hipersensibilidad artística, siente la fascinación -no exenta de tensión- que evoca lo que simplemente “está ahí”, aguardándonos en las entrañas de lo que nos circunda.  La viruta de un lápiz es serpiente, el bucle de un papel sumergido es recuerdo y ciencia, tierra como emblema del vacío, potente luz: eco de la existencia de otra realidad, un papel con tinta navegando en el aceite sugiere la profundidad tenebrosa -nunca hollada- del mar.

Frente a las apariencias engañosas de la realidad, Páramo parece suscribir la defensa vindicativa de las apariencias engañosas del arte.    Entre las normas que otorgan rigor a su creación están: la composición meditada, el uso de la escritura desde la presencia del orden sígnico, en ocasiones surgido a modo de redes, patrones o modelos (la serie “Pattern of Thoughts”, 2002-2004), o mediante la aplicación de estructuras, calificadas por él como “mentales”, otrora como “Torrentes” y a veces bucles sígnicos.   Todos ellos subyacen, a modo de norma compositiva, en sus dibujos y lienzos.   También la pasión por la vida natural, ya se dijo, como punto de partida de la indagación creadora.    Pintura surgida del deseo de ordenar lo irracional, de la inquietud por comprender el mundo que nos rodea, poético camino andado hacia la respuesta y permanentemente retornado al origen a la búsqueda de la comprensión.   Pintura vindicadora de la dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir, que Borges vio en “La Escritura de Dios”.   Torbellino luminoso y contención serena.   Gesto inconsciente mesurado, también catalizador de la más desbordante imaginación.

Ha de citarse aquí la pasión por los más diversos materiales como soporte de su pintura en donde el papel, en su más amplia dimensión, tiene un lugar prioritario.  Papeles que son manipulados, perdiendo la esencia original y muchas veces sometidos al gofrado.   Papeles alterados por la presencia de tintas o pigmentos pictóricos.  Ondas y pliegues paciente y sutilmente realizados por el artista con la ayuda de la turba humedecida en la que alquímicamente -sustancia transformada en otra- entierra sus dibujos para su posterior rescate entonces transmutado.   Del taller-laboratorio del artista surgen así textos, escrituras imposibles que así parecen haber sido realizadas desde diferentes “capas”. Tintas oxidadas y textos en los que parece asomarse el hallazgo, gracias a las sucesivas oxidaciones y el uso de diferentes calidades de tintas, de la tridimensionalidad, tantas veces buscada por el pintor tradicional mediante el ejercicio de la paciente sombra, sobre el papel.

Entre las obras más cautivadoras realizadas en los últimos años ha de destacarse la serie “Core” de 2004.    Conjunto de cinco obras a modo de ciclo, impresión de un collage de papeles en tondo mediante gofrado, de una suerte de círculo: centro, núcleo y corazón.   El centro de este círculo evoluciona en la serie desde una menor hacia una mayor complejidad conceptual.  Obras, resulta obvio, concentradas y de estirpe poética.   Es bien sabido que el círculo ha cautivado a numerosos creadores desde la oscuridad cavernaria: figura emblema del orden sagrado es, también, símbolo de lo eterno.    Evocación zodiacal, sol y luna, ojo, metáfora zen, emblema del fin de la vida y principio de ésta, mandala, geometría luminosa del canto en el agua y halo de Venus.   Evocados círculos en “La Divina Comedia”, poderoso emblema de la trascendencia según Jung, borde del mundo, Diosa y Madre, placenta.   Círculos evocadores de los alineamientos primitivos, símbolo del poder del universo, también de la psique.  Círculo: figura grabada en la  eterna memoria de los hombres.   La luz final que viera Noburu antes del postrer té.

Indagador del secreto alquímico, desde el mundo confuso de realidad y apariencia, Páramo parece haber tocado ese estado superior de existencia buscado con fruición por los alquimistas, a través del objeto de arte, -transmutado pues el mundo en creación. El hallazgo tembloroso de su situación privilegiada, el conocimiento nunca exento de pavor, de situarse a solas con su obra frente a las luces ténebres del universo.