FELICIDAD MORENO-EN BUSCA DEL OTRO INFINITO

FELICIDAD MORENO-EN BUSCA DEL OTRO INFINITO

Texto publicado en el catálogo:
“Pintura-Pintura”
Madrid, 2007: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 141-146
[Intervenciones de José Ramón Amondarain, Eduardo Arroyo, Felicidad Moreno, Daniel Verbis, en el contexto de ARCOmadrid 2007.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

FELICIDAD MORENO: EN BUSCA DEL OTRO INFINITO

 

Espirales agitadas las de Felicidad Moreno (Lagartera, 1959), muestra del convulso temblor que agita la producción de esta pintora de mundos espectrales. De ácidas luces abisales, filamentos, anillos, vértigos infinitos, amasijos florales y desérticos paisajes planetarios.   De fuegos y aguas: llamas y anémonas de relampagueantes matices pictóricos, blandos corales.

Pintura constelar, pero también de fluidos: “esa pintura es líquida, el mar, la sangre, los ríos, la lluvia, un vaso de agua y también nuestras lágrimas, con el sudor de los grandes esfuerzos y de las largas fatigas, y la humedad de los besos” (Guillaume Apolinaire, op. cit.)

Felicidad Moreno parece suscribir la máxima de Lao-Tse: que tus palabras, o sea tu pintura, valga más que tu silencio.   En ese sentido se entienden bien acciones tan radicales como la que ha supuesto la última edición de su libro para el MUSAC, editado por Turner este año: ni una palabra figura en esta suerte de políptico editorial.   A modo de título un óculo muy duchampiano.

Tras lo anterior queda justificada su deliberada vocación ágrafa.   Voz quieta que no muda, pues es sabido que su modo de expresión, inapelable, es la pintura, evocadora de aquellas palabras de su “Dialogo con Leucó” que hallaron al poeta Pavese: “Ni una palabra, no escribiré más”.   Evocador también de la voz elevada en el páramo del Eliot de los “Four Cuartet”.   Vegetación surgida tras el big-bang, pintura como ecos de pisadas en la memoria, quedando sólo, como eterna posibilidad, el mundo de la especulación.

El timbre pictórico de Moreno tiene algo de agitada convulsión serialista: creación siempre nueva pero mediante elementos concentrados, de frecuente reiteración: círculos, tramas, bandas, bucles, espirales y curvas en general, fondos negros, entre los más recurrentes.    Felicidad logra algo personalísimo: desaparecer mediante un ardid.   La apariencia de barroquismo desde un lenguaje ubérrimo, mas muy contenido, tras el que parece ocultarse la creadora.

A este particular, luego insistiremos, coadyuva su forma de pintar, con la obra en el suelo y posteriormente levantándola, como Pollock.  Lo que habla también de una actitud: espontaneidad reflexiva y drippings contenidos.   Algunos de sus meditados drippings puede considerarse son de estirpe hockneyana: nada hay más reflexivo que el estudio de lo que va a hacerse a los pies, está realizándose en el suelo y posteriormente ha de -inapelablemente- levantarse, convirtiéndose entonces el creador en su primer, y sin duda más crítico, espectador.

Tal sofisticación creadora, propia de los elegidos, alcanza su cenit en la obtención de una imagen y una voz personalísima, reconocible y muy contemporánea,  en donde parece asistirse al más lúcido vislumbramiento de certezas, antes que a las certezas mismas.   Por ello, la puesta en duda de todo, también el arrojo de continuar en sus trece, he escrito lo de “contemporánea”.

Ebria voz vertiginosa y lúcida, voz enérgica que antes habla de la imperiosa necesidad de expresarse que de la asunción del terrible silencio.     Pinturas de un nuevo imaginario, pero también de ensueños, en las que parece cernirse siempre el deseo de habitar de luz del vacío.   Luces que evocan el mundo que el ojo no ve, pero también el mundo natural, el inconsciente, el vértigo del vacío, la muda rosa que se marchita, el agua que fluye eterna, el abismo y la alucinación, la materia y la naturaleza, el ouroboros y la llama,  la lágrima y la sangre, la explosión, la celosía y el espejo, la nieve y la pluma, el microscopio y el quirófano, los planetas y la diana, el ADN y la ameba.  La feliz desbordante ebriedad y el ocaso más tenebroso.

Pintura de luz pero también de sombras, pues es sabido que en muchas ocasiones la técnica de la pintora consiste en situar objetos: cuerdas o plumas entre sus favoritos, que rocía de spray y, al retirarlos, muestran la evanescente carnalidad que le precedieron.  Pintura de luz y sombras, pintura carnal, pero también pintura de memorias alejadas, pintura de ausencias: de objetos que estuvieron y que, al modo de los restos fosilizados de un páramo desolado, muestran el verdor que otrora estuvo.    Pintura de huellas luminosas, de óculos de luz y de indagación microscópica.  Pintura de gestos metafísicos y contenciones.   Y de drippings, palimpsesto de efluvios también contenidos.  Perplejidad pictórica, la de esta artista que parece estar fascinada ante los misterios creados, y el permanente incesante cambio, por la vida natural.

Pintura de apariencia gestual, pintura de luz y movimientos, pero no de aspavientos: su uso de la materia es de tipo intelectual, de estirpe pictórico: es el peso del espíritu lo que manda.   No olvidemos el ya conocido texto de Borges: “Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir” (“La escritura de Dios”).   Junto al torrente de imágenes, Felicidad hace siempre vindicación del sentido de la contención y de límites.   Pintura como pensamiento en la pintura que abarca un amplio registro: desde el áscesis contemplador hasta el más inquietante y oscuro análisis del lado más ténebre y mistérico de la conciencia y los arcanos que subyacen, rodeándonos, en nuestro existir.

Pintura -como siempre en la creación de altos vuelos- surgida del deseo de ordenar lo irracional, de la inquietud por comprender el mundo que nos circunda, poético camino andado hacia la respuesta y permanentemente retornado al origen a la búsqueda de la comprensión.   Arrebolada acción de un inconsciente mesurado, también catalizador, el cuadro, paisaje de la más desbordante imaginación

Como Pollock, decíamos más arriba, Felicidad pinta en el suelo, transita sobre sus obras para después situarlas en la posición de la visión.  Pintura-danza en la que resuenan las palabras de Jackson: “mi pintura no sale del caballete (…), sobre el suelo estoy más cómodo, me siento más cerca, más como una parte de mi propia obra porque puedo dar vueltas y literalmente estar sobre mi pintura”.    Lo cual es algo más que mera técnica pictórica y habla mucho de la posición, también ética, del artista frente a la pintura.    En ella se produce una auténtica comunión con la obra.  Invasión all over del artista al desplazarse, idas y venidas muy reflexivas, sobre -o en sus márgenes- la pintura.

Psicodélicas guirnaldas, óculos, racimos, planetas, desbordante efusión de signos. Algo que parecería evocar la embriaguez de Alicia descrita por Lewis Carroll: “así pues, estaba pensando (y pensar le costaba cierto esfuerzo, porque el calor del día la había dejado soñolienta y atontada) si el placer de tejer una guirnalda de margaritas la compensaría del trabajo de levantarse y coger las margaritas, cuando de pronto saltó cerca de ella un Conejo Blanco de ojos rosados”.

Nudos, peines, ondas, plumas, lágrimas, burbujas, labios, mil-rayas, historia pictórica hecha de rotundos fragmentos, manantial habitado.

Pintura “HipnOtica”, en las palabras ya aludidas de la artista.  Lúcida pintura escritural en la que parece extenderse la creencia de la necesaria huida del vacui horror.  Como Michaux, Felicidad parece defender la máxima de uno de nuestros presos más conocidos: camina, pictóricamente hablando, o revienta.   O las palabras bien conocidas de Octavio Paz refiriéndose al universo de Michaux: “una larga y sinuosa expedición hacia algunos de nuestros infinitos en busca siempre del otro infinito”En ese sentido su producción supone una amplia panoplia de gestos expresivos en los que subyace siempre una pintura de constantes controladas.   Aspecto de pintura expresiva pero vocabulario amplio y sostenido: bucles, espirales, bandas, diagonales… lejanas luces que evocan experiencias ultrasensoriales, voz pictórica hecha de fogonazos de acierto creador.  Luz cautiva atrapada entre las apariencias de la realidad.

Pintura de ácidos colores, con un cierto aspecto visual de sobrexposición, pintura deslumbrante, fuerzas bullentes en un campo, algo no muy extraño en una artista indagadora de fabulosas constelaciones inventadas.  Mundos subacuáticos más bien abisales, auroras boreales, crisoelefantinos protozoos, estrellas de hilos convertidos en paisajes estelares, pieles de cielo, reflejos y esplendores…

Felicidad Moreno crea, con un frenesí próximo a veces al paroxismo, signos escritos dispuestos a borbotones.  Signos en los que parecería destruirse la significación, el texto convencional (“palabras, palabras”, escribió Michaux) o en ocasiones aparecer un desolador espacio desnudo, a modo de un campo de batalla en el que surge la creación.   Una creación insistente, experiencia de ebriedad mas siempre alejada de lo que podría considerarse una repetición a la búsqueda de la perfección: más bien se trata de una persecución sin destino (“piensa para escapar”, escribía Michaux).  Ritmos frenéticos, a veces parejos y siempre distintos.  Una permanente deconstrucción pictórica como llegando a aquel emblema del de Namur: “¿qué destruirás cuando, por fin, hayas destruido lo que querías destruir?.  La barrera de tu propio saber”.  Octavio Paz escribió (1977): “mirar se vuelve una negación, un ascetismo, una crítica.  Mirar (…) es deshacer el nudo de reflejos en que la vista ha convertido al mundo.  Mirar así es cegar la fuente (…), caminar hacia atrás, desandar lo andado, retroceder hasta llegar al fin de los caminos.  Llegar a lo negro”.

Y evocamos entonces sus tondos sobre terciopelo, de intenso espacio negro, fondo oscuro de fondos infinitos, sobre los que aparecen, a veces a través de enigmas concéntricos, las ebrias luces del color.   Tondos que a veces se adivinaban en ciertas composiciones en las que un círculo se instalaba a modo de centro y estoy pensando en obras como “Reflejos” o “La Piel del Cielo II”, ambas de 2003.

Ya se ha señalado muchas veces que el tondo es representación y emblema de perfección.   Introspectiva y esencial figura frecuentada en la tradición pictórica, su simbología alude al centro y al Todo.  Y estoy pensando en tondos como las “Madonna” de Botticelli y Miguel Ángel que pueden admirarse en los Uffizi o en el existente, de El Bosco, en nuestro Prado.   Masaccio también cultivó esta forma circular.  En la edad contemporánea lo han realizado, entre otros y evoco de memoria, Francesco Clemente, Victoria Civera, Fritz Glarner, Laura Lío, Dario Urzay o el equipo “AES+F”.

Luz y sol, tondo-mandala, energía y meditación, origen y final, boreal y mercurio.   Ojo y vaso en el que posar las esencias tras la música de los signos a los que nos acostumbra Felicidad.  Mandala o círculo, es sabido que esta palabra de origen sánscrito, más extendidísima en el inconsciente colectivo, remite a la forma que define con vehemencia la noción integradora de la naturaleza.

Una de las pasiones frecuentes de Felicidad Moreno es lo textil: sus nudos y collages con hilos sobre fotogramas, cuerdas fósiles, fondos de terciopelo.   La evocación de impresiones estampadas, mil rayas, que traslucen algunos de los cuadros.   El aspecto de hilatura que tienen algunas de sus composiciones en las que aparecen bucles y rizos junto a un ojal-óculo.  Y peines, al cabo otro utensilio vinculado a los humanísimos hilos que nos penden. Y plumas, otros hilos de la naturaleza.   Lo textil ha de entenderse así como metáfora: emblema del paciente existir, símbolo de la forma informe útil a la creación, trazo tembloroso, calma action

Imágenes, las de hilos, rememoración de cable y vena.  Microbio y glóbulo.   Conexión a la vida y nuestro hermano el gusano, e imagen anterior al comienzo de los días.   Viaje hacia delante evocando lo que siempre estuvo, desde antes del origen de los tiempos y que parece permanecer en la memoria de la artista, convertida entonces en médium generadora de luces catárticas.

Felicidad Moreno retrata también un imaginado viaje primigenio.   El que supone eliminar el peso de los tiempos y el dolor de sus silencios.   Paisaje del Todo para quedarse en la Nada.  Poético viaje autorreferencial, espacio sin límites, ferviente magma de esperanzas no holladas, sin resto humano, ni historia, escritura o arquitectura visible.  Viaje de líneas envolventes, lúdico, creador de nuevos horizontes, nuevas realidades que no parecen ajenas.  Resto del diluvio, paisaje alucinatorio, alejado del diario sopor y en el que la luz y el color estallan como dos realidades esenciales y sobrepuestas a todo lo demás.

Color, el de Felicidad, como declarado alejamiento del abismo, como victoria frente al negro, entendiendo este no-color como metáfora y huída del fin.   Del abismo y el terror, que lo atrapa, en su fondo humanísimo, todo.   “¿No será el color -sentenciaba irónico, solitario y también con el hiriente humor de la tragedia silente, un clásico abstracto- la guinda de la tarta?”.

En fecha reciente leía estupefacto la justificación del famoso túnel que cuentan el ser humano encuentra en los momentos previos a su muerte.   Viene ahora a mi memoria: se explicaba allí que en ese instante, apagados los órganos vitales, los últimos resquicios de vida quedan en los bastoncillos que dan luz al nervio óptico y que son los últimos en acabar.   Y recordamos los versos de José María Prieto: “Oh, cuánta lejanía / para volver de nuevo a no cerrar los ojos” (“Círculo Ciego”, Adonais-Rialp, Madrid, 1973).

Es entonces cuando, postrer hálito, el cerebro exangüe percibe a modo de aura y despedida, fosforescencias, imágenes similares a neones que se encienden y apagan, destello y tiniebla.

También vastísimos espacios de imposible luz sobrenatural, paisajes no hollados, titilantes espacios luminosos.

El consuelo y eterno alivio de una cegadora lejanía, sobreexpuesta, luminosa e infinita.

“O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo tiempo sobrado para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a suceder después”, concluyendo sicum Carroll.

 

“Felicidad Moreno, en busca del otro infinito”, texto extraído del catálogo Pintura, pintura, Madrid, Febrero 2007, pp, 141-146.