EL ORDEN SENSIBLE. CARUNCHO, IGLESIAS, RUEDA

EL ORDEN SENSIBLE. CARUNCHO, IGLESIAS, RUEDA

Programa de mano de la Exposición en la Galería Peironcely
El orden sensible
Madrid, II/2007
 

EL ORDEN SENSIBLE (y II)

SOBRE LA PINTURA DE CARUNCHO, IGLESIAS y RUEDA

 

“Orden” y “sensible”.

Y nos preguntamos ahora, veinte años después: ¿existe el orden, elevado y puro sobre la realidad?, ¿existe, per se, lo sensible alejado de estructura que lo acoja?.

¿Expresa el orden la quietud o, más bien, no habla el orden -en explícita e ígnea mudez- del dolor y el caos?.

Mas, ¿podrían remitir las estructuras que componen el orden a la matemática y a la par a la música y al paisaje?; ¿si sabemos lo inefable de lo naturaleza, no será toda la pintura abstracción y, por ende, orden y rigor?; ¿expresa la sensibilidad algo que no exprese el orden?; ¿no existe el orden en lo informe?; ¿no destila la despojada luz quieta del artista minimal una lacrimosa tristeza?, ¿no era el dolor, se dijo, un gran espacio?…

¿No es el título “el orden sensible”, redundante epítome de algo obvio?; ¿no existe tremor en los cuadros de Mondrian, Mister Boogie Woogie Man?; ¿no expresan orden los soldados derribados en el fragor de las batallas de Ucello (o en la despojada hendidura al infinito de Fontana)?…

Pocos artistas hay tan explícitamente sensibles como los que optan por, deliberadamente, agazaparse bajo las apariencias del orden.   Habiendo conocido a los tres puedo afirmar sin ambages que han sido artistas a los que podría calificarse, más bien, de hipersensibles en las cuestiones que afectan a la voz del arte y que han reivindicado en muchas ocasiones, valga como ejemplo su declarado afecto por la poesía, dicha extrema sensibilidad.

La exposición “El Orden sensible” tuvo lugar en la galería Peironcely entre el 4 y el 30 de junio de 1987.  En mi opinión, la unión de los dos términos citados era claramente vindicativa y escapatoria.  Los tres artistas pretendían así huir de la habitual casilla clasificatoria (que tan poco dice, como toda la varia artística), del “constructivismo” al uso.   Es sabido que bajo este epígrafe suele colegirse, por el común de los entendidos poco proclives a mayor indagación, un grupo de artistas que evitan mostrar, en sus apariencias, el temblor del trazo y, por ende, se supone, las cuestiones de la sensibilidad. También es cierto que el cajón constructivista no ha sido siempre en exceso depurado.  Entendiendo pues el carácter reivindicativo y su anterior declaración de principios, ha de leerse la citada suma de términos.

Es sabido que dos de los artistas que entonces estuvieron presentes, José María Iglesias (Madrid, 1933-2005) y Gerardo Rueda (1926-1996) ya  no están entre nosotros. Ambos se habían encontrado en 1960 en la madrileña Sala Abril.   Felizmente Luis Caruncho (1929), uno de los principales impulsores de esta reunión, entonces y ahora, sigue entre nosotros ofreciendo un arte de esencia luminosa.

El primero declaró en el programa de mano de nuestra exposición, irónica y estoicamente, ser “adicto” a la pintura y, también, que la creación era lo que más le entretenía, “mientras espero la muerte”.  Iglesias desarrolló además junto a su tarea de artista plástico una infatigable y honda labor crítica y poética. Artista muy contemporáneo, sus registros eran amplísimos: conferenciante, comisario de exposiciones, autor de libros de artista, ensayista o diseñador de publicaciones.

Sin duda -otra nota común de la tríada- su trabajo excedía el tópico del artista español de postguerra y su voz, cada vez más, le situaba en un horizonte muy contemporáneo.   Así, algo parecido podría decirse de Caruncho y Rueda a quienes unió además una cierta noción integradora de las artes, en España muy pionera, desde una visión de la creación en la que participan los contenidos de la arquitectura.   Artistas coincidentes en numerosos proyectos, mantienen varias notas comunes entre las que selecciono: irónicos, amantes de la poesía y del paisaje, rigurosos, claros, vindicadores de la duda, interrogativos pues más que exaltados, defensores del pensamiento y del más allá de las apariencias, enigmáticos y sensibles.

En el caso de Caruncho no ha de escaparse tampoco su amplia trayectoria como impulsor de infinidad de aventuras en el mundo de la cultura que son de referencia inexcusable en la reciente historia artística española.

La obra de Caruncho ha caminado siempre dentro de un proceso de articulación racional pleno de riquísimos juegos visuales: transparencias, sombras, líneas, planos, luz interior.  Obra ambigua, en el sentido de llena de sutiles caminos, su pintura es la de un pintor depurado cuyo único objetivo es llegar, a través de un rigor sensual, a lo esencial.

Puede añadirse, en este punto, que los tres artistas reunidos dejan claro algo que hemos reiterado a menudo: el amplio espectro pictórico de la pintura reciente y la existencia de otros lados de la realidad, más silentes, no tan frecuentemente narrados en el discurso oficial de la historia del arte español contemporáneo.   Tres artistas que contaban, en su bagaje común, además de la ya citada lúcida ironía, un sentido también muy lúdico del existir.    Arte para escapar de la muerte, arte como forma inexcusable de vida.

La actividad de los tres artistas allende nuestras fronteras vindica también algo sabido por algunos: que la pintura española, también desde la postguerra, tuvo estrechos lazos internacionales.  No podía ser de otro modo.

Fue Iglesias admirador declarado, también en el texto que antes citamos, de los otros dos artistas presentes. Puedo dar fe que las obras de Iglesias y Caruncho formaban parte del imaginario del museo más exigente de Gerardo Rueda.    La reunión que venimos recordando, rediviva ahora, estrecharía los vínculos.   Así ha de entenderse su participación conjunta en la carpeta, editada también por esta galería, con texto de Camilo José Cela, “Homenaje a Torres Quevedo” que, un año después, 1988, presentaría José García Nieto.   De nuevo volvía a mostrarse, colaborando con nuestro Nobel, la huída del tópico constructivista.

Ni “orden”, sensu estricto, ni “sensible” -sin más-, para terminar con la voz de José Hierro (amigo y glosador de los artistas que hoy muestran sus obras) refiriéndose a Caruncho: arte misterioso, ordenado mas sensible, a fuerza de claridad.

 

Alfonso de la Torre

Febrero de 2007

  

GERARDO RUEDA (Madrid, 1926-1996)

PASIÓN Y ESTILO

 

            En 1942, con dieciséis años, escribía Gerardo Rueda en uno de sus cuadernos escolares: la pintura es uno de mis mayores deleites.     En 1996 Rueda escribiría que pintar era el deseo de su infancia que le había acompañado toda su vida.

            Gerardo Rueda había nacido en Madrid en 1926.   Su madre era originaria del país vasco francés.    Los primeros estudios de pintura los realizó en los inicios de la década de los cuarenta a la par que recibía clases de iniciación musical.   Sus primeros collages, de inspiración cubista, son también de las mismas fechas.   Desganado estudiante de Derecho por imposición familiar trabaja en la empresa de curtidos de los Rueda a la par que realiza sus primeros dibujos y collages.

Rueda expondrá por primera vez en Madrid en la Galería de la Revista de Occidente en 1949.  Durante la década de los cincuenta estrecha su amistad con la galerista y librera Carmina Abril (donde expone desde 1953) y entra en contacto con el mundo intelectual y artístico.        Es visitante asiduo de las exposiciones parisinas desde los años cincuenta (en 1957 muestra sus obras en la Galerie La Roue).      En 1958 expone sus cuadros de influencias staëlianas en el Ateneo de Madrid, participando en 1960 en la XXX Bienal de Venecia.   Es precisamente en los inicios de esta década cuando Jean Cassou adquiere uno de sus cuadros para el Musée d’Art Moderne de la Ville de Paris.

Rueda había conocido a Fernando Zóbel en 1954.  Sin duda esta amistad marcaría el devenir de Rueda.    En 1966 abre sus puertas el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, museo en el que Torner y Rueda ejercerían una amplia labor.

En 1995 es nombrado Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, preparando el discurso, no leído, bajo el título: Verdad y tamaño en el arte contemporáneo actual o El arte y la cultura de la(s) referencia(s)

Haciendo valer la emoción como punto de partida de la relación entre el espectador y la obra de arte Rueda expuso a partir de 1960 en las galerías Biosca y Juana Mordó.   Junto a su labor artística realizó el montaje de exposiciones tales como Goya. Obras maestras en las colecciones madrileñas en el Museo del Prado en 1983.

En 1992 Rueda recibió el encargo de realizar dos monumentales puertas para el Pabellón de España en la Exposición Universal de Sevilla, años en los que realiza las vidrieras de la nave central de la Catedral de Cuenca.

A partir de 1994, fecha en la que Polígrafa y Cercle D’Art editan la monografía que sobre el artista escribe Juan Manuel Bonet,  Rueda realiza una gran exposición retrospectiva, Trayectos, que recorre los principales museos nacionales de Sudamérica.  Su obra está presente en numerosos museos y colecciones públicas del mundo.

En 1996 el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) realiza en su centro Julio González la que será su última exposición en vida.  Tras su fallecimiento se muestran sus collages en el MNCARS (1997).

En el año 2001, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía presentó, comisariada por Tomàs Llorens y Alfonso de la Torre, la primera retrospectiva en España de la obra del artista en un museo nacional.