EDUARDO ARROYO-UN SOLDADO DE VENTURA

EDUARDO ARROYO-UN SOLDADO DE VENTURA

Texto publicado en el catálogo:
“Pintura-Pintura”
Madrid, 2007: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 85-90
[Intervenciones de José Ramón Amondarain, Eduardo Arroyo, Felicidad Moreno, Daniel Verbis, en el contexto de ARCOmadrid 2007.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

EDUARDO ARROYO: UN SOLDADO DE VENTURA

 

Entonces te llaman por teléfono y te lo proponen, y de alguna manera te obligan.  Hay muchos artistas que dicen “no me atrevo”, “no es lo mío”, o “no me interesa”.   A  mí, cada vez que me proponen las cosas más extravagantes me encanta (…).  Todas las cosas que te solicitan o que se inventan por ti siempre son interesantes, porque siempre hay gente que piensa por ti, y cree que puedes hacerlas (…).  Yo creo que el encargo es fundamental porque es encargo.  Lo que es muy difícil es cuando tú imaginas que puedes hacer algo.  Entonces nunca funciona.

Eduardo Arroyo a Francisco Calvo Serraller, “Los espectáculos del Arte”, Tusquets Editores, Madrid, 1993, pp. 196-197

Yo creo que un artista al que le falte la travesía del desierto es como un ciudadano que no ha salido de su caso.  Un artista que no conoce la derrota violenta, no existe (…)

es dar la batalla (…)

Una imagen muy bella: “soldado de ventura”.  Me parece magnífico para aplicarlo a un pintor. 

El pintor es un soldado de ventura.

(Íbid. pp. 185-186)

“OJO”:

“Los ojos son los locos del surrealismo” (William Shakespeare).  “El ojo es un órgano superficial” (Novalis).  “El blanco -leche o esqueleto- de los ojos” (Alfred Jarry).  “ojos de candelabro” (Saint-Paul-Roux).  “El ojo existe en estado salvaje” (André Breton).  “Los ojos con ojeras como si fueran castillos en ruinas” (Paul Eluard).  “Mi mujer de ojos de agua por beber en prisión” (André Breton).  “He visto los ojos más hermosos del mundo –dioses plateados que tenían zafiros en sus manos” (Paul Eluard).  “Ella tendrá enormes ojos como bumeranes” (Benjamín Péret).  “Tus ojos eran verdaderamente ojos” (Vitĕzslav Nezval).  “Crea tus ojos al cerrarlos” (André Breton y Paul Eluard).  “Ver es un acto: el ojo ve del mismo modo que la mano toma” (Paul Nougé).

André Breton y Paul Eluard, “Dictionnaire abrégé du surréalisme”, Paris, 1938

 

Eduardo Arroyo (Madrid, 1937) muestra inquietante, y siguiendo el título propuesto, a dos personajes “anónimos” que observan -¿ven?- los elementos de un cuadro de “Fernando” (sicum) Léger.    En palabras del artista, los espectadores, los seres anónimos, “renuevan su mirada contemplando intensamente a lo que pudiera ser una obra” del pintor de Argentan.

Personajes “anónimos” los retratados por el artista madrileño, probablemente trasunto de los miles que a diario surcan infatigables la castiza plaza.   Personajes pertrechados de estereoscópicas gafas de cine que miran compitiendo, casi de frente, a los varios cines que pueblan la geografía de la plaza y gran vía madrileña, esa “vía” sobre la que Corpus Barga decía “no va a ninguna parte” (“De soslayo: Paseos por Madrid”, “El Sol”, Madrid, 1922-1923).   Evocación de un instante de relax, pensamiento y melancolía: spleen, actitud a contracorriente muy frecuente en la iconología arroyesca en la que muchos de sus personajes tienen siempre algo de una detención muy gentleman.  Los protagonistas parecen arrebolados, mas pausados en la contemplación artística que ejecutan, ya dice el artista, con intensidad: no hay prisas, ni movimiento y sí muestran haber elegido la delectación -frente al trasiego- en los motivos legerianos.

Recordemos lo que sucede en la representación que ha creado Arroyo para Callao, una plaza en la que, apenas a unos metros, se halla el estudio madrileño del artista.  Lugar, por tanto, muy conocido y transitado por el éste.  Y recordamos ahora aquello, de nuevo Corpus Barga, sobre que “toda la belleza de Madrid está en sus plazas (…), las plazas son aún lugares de ocio (…) las curvas sensuales de la ciudad” (“Plazuelas, calles y plazas”, “El Sol”, Madrid, 30/IV/1926)

En la obra concebida por el artista madrileño, un personaje a la izquierda mira hacia otro de la derecha, ambos con gafas para el esfuerzo -tan ficticio como mágico y cautivador, tampoco exento de ironía- de lo tridimensional.

Para Arroyo, esas gafas dotan a los dos personajes de una especial sensibilidad, del don hiperestésico… ¡oh don de la ebriedad, el de la comprensión del arte!, que les permite, el artilugio.   Aspecto de flâneur el de los dos personajes, -“anónimos” ya se sabe dice Arroyo- que, al modo del cuchillo que exacto hunde su filo, parecen haber sido dotados del instrumento mágico: las gafas de tres dimensiones, que permitirían acercarse a la Revelación de la Verdad Suma del arte.   Gafas activas que, como las reales de tres dimensiones, llevan la imagen al ojo.  Artilugio óptico, levo y dextro, formado por activos átomos que provocan la embriagante y en ocasiones desasosegadora ilusión de realidad bien conocida.

En definitiva, permitiendo hundirse -de ahí lo del cuchillo- “en lo más profundo de la realidad del arte”.  En el centro del plano de la obra -una obra “diurna” en un pintor muy aficionado al retrato de luces nocturnas- la composición de Léger ofrece su intensa visión, en plano principal y sobresaliente a los viandantes que a diario se arremolinan en la madrileña plaza del Callao, en el “entorno ‘natural’ de la ciudad” (sicum Arroyo, de nuevo).   Es lógico que el pintor madrileño muestre su simpatía y elija a Léger, un artista que ya fuera muy homenajeado por creadores como los integrantes del Equipo Crónica.  (Y estoy pensando, por ejemplo, en su serigrafía basada en la obra del artista francés: “Element mecanique dans l’espace” (1951)”, una carpeta colectiva en la que colaboraría Arroyo).

Léger es artista muy hermanado con el espíritu de Arroyo.  Artista autodidacto, de amplísimos registros, que supo ir desde la contención más esquemática hasta el retrato más exuberante de la nueva sociedad.   Siempre desde unos presupuestos de pintura de gran riqueza visual en la que se halla, de trasfondo, un amplísimo conocimiento de la tradición pictórica.  Recordemos que Léger fue artista de extraordinaria producción que como Arroyo, junto a la actividad pictórica, realizó cerámica, ilustró libros (recordemos los de Cendrars o Malraux) o realizó numerosas escenografías teatrales (“Pas d’acier”, con música de Prokofiev o “Bolivar” de Darius Milhaud).

Fue Guillaume Apolinaire (“Méditations esthétiques. Les peintres cubistes”, Paris, 1913) quien refirió algunas de las más hondas características de Léger, y muchos de sus postulados valdrían para definir certeramente los trabajos del madrileño: “la obra de Léger fue a continuación un cuento de hadas en donde sonreían personajes ahogados por perfumes.  Personajes indolentes que, voluptuosamente, transforman la luz de la ciudad en múltiples y delicadas coloraciones sombreadas (…) existe, pues, en Léger, un deseo de extraer de una composición toda la emoción estética que pueda proporcionar,   Así lleva a un paisaje al mayor grado de plasticidad.   Elimina todo lo que no ayude a dar a su concepción el aspecto agradable de una gozosa sencillez”.   También viene a mano la vindicación de su trabajo como pintor-pintor: “pero Fernand Léger no es un místico, es pintor, un simple pintor, y me alegro tanto de su simplicidad como de la solidez de su juicio.  Me gusta su arte porque no es desdeñoso, ni rastrero, ni razonado (…) hay alegría tanto en el proyecto como en la ejecución (…). Un pequeño esfuerzo más y eliminará la perspectiva, esa cuarta dimensión invertida, la perspectiva, ese medio de empequeñecerlo todo inevitablemente (…)”.

Arroyo ha retratado con frecuencia personajes enigmáticos, embozados bajo diversas máscaras, deshollinadores, a veces presentados bajo apariencias fragmentarias que son, al cabo, trasunto del devenir diario.   Sin lugar a dudas Arroyo ha concitado una extraordinaria y muchas veces castiza iconología.

Estos personajes, ocultos, cubiertos con antifaz, agazapados en el anonimato, han marcado siempre su obra con una actitud crítica también en el ámbito de su propio gremio, esto es, el de los pintores y artistas en general. A ello ha sumado el artista una fascinación por el concepto de la máscara, del antifaz, un elemento que dota a sus personajes de una capacidad de ocultación y, como consecuencia, revelación que impregna a sus cuadros una fuerte carga de silente misterio.   Una de las fascinaciones del pintor es, precisamente, la ciudad, lo urbano.  Un escenario en el que los enmascarados o los deshollinadores se camuflan y mimetizan hasta pasar como elementos más del decorado.

Es verdad que Arroyo ha sido cautivado, siempre, por las cuestiones de la visión: “ciudadanos” con gafas o antifaces, moscas de mirada poliédrica, embozados, celosías tras las que se ocultan rostros, boxeadores que protegen sus ojos.     Seres de aspecto huidizo a los que en muchas ocasiones el artista añade nuevos elementos de camuflaje de su esencia, como el sombrero o los tocados.   También es frecuente que el rostro de algunos personajes sea effacé por la presencia de signos sobre el mismo, y estoy pensando ahora en ejemplos como el retrato de Hölderlin de 1998, el poeta que escribió aquello que “otorgado en su interior es a los hombres el sentido”.   Otrosí, los personajes travestidos por diversos disfraces: “Hombre lobo” (1962) o “Piel de toro y piel de cordero” (1994).  Una nueva vuelta de tuerca sobre el asunto del rostro lo suponen los retratos o relieves en los que el personaje ofrece su dorso al espectador (“Fausto”, 1976).     El final de esta escala progresiva de ocultación de la mirada es el máximo extremo: la decapitación: “J.M.B.W” (1979).

También es cierto que el tema del doble, dos seres anónimos en la lona de la plaza del Callao, dotados de gafas (otro doble instrumento), es recurrente en la obra de Arroyo.   Recordemos sus pinturas con pares de calzado u obras como “Ángelus”, “Dama de Baza”, “Madame Butterfly” (las tres de 1994), “El martirio de San Sebastián” (1995), “Piano, místico y cuatro moscas” o “Sin novedad en el frente” (ambas de 2000).  O las dobles esculturas “Dos hermanas (Trimandra I y Helena II)” (1997).   Hermanado con el holandés Maurits Cornelis Escher, Arroyo parece entender la vida como un intrigante juego de dualidades, un reparto de equilibrios en el que el caleidoscópico artilugio de múltiples espejos encierra una de las más recurrentes metáforas del mundo real.  En cierta medida no es tanto el deseo de reflejar la realidad el que mueve a Arroyo, como el interés en construir un imaginario propio, una realidad nueva, creada de su mano y, por tanto, equilibrada.   En la que vindica el infinito creador frente a la limitación existencial: objeto o ser con su contrapartida siempre.

Hemos citado a veces el aspecto “castizo” de la obra de Arroyo.    Casticismo surgido de una suerte de amor-odio, otro tándem, tan caro a los que habitamos esta “ciudad de los sentidos” (sicum el artista).   Una obra como “Viva Madrid que es mi pueblo, homenaje a la capital mundial del ruido” (1999) recoge muchos de los emblemas de la capital, el pueblo en el que realmente nació este artista.   Allí está el símbolo del “Metro”, la silueta de los diversos edificios del singular skyline madrileño, los animales noctívagos: búho, murciélago o gato que parecen simbolizar a los que velan, lúdicos o imprescindibles, la noche.    Los numerosos instrumentos musicales a modo de silueta superpuesta -homenajeadores del ruido de la ciudad-….y los tipos variopintos que componen el paisaje urbano.   Eso que Arroyo ha llamado las “solicitaciones externas”: “las estrategias creativas son difíciles de explicar, porque son múltiples (…).  Es como si tú llamaras a varios teléfonos al mismo tiempo y te llegaran cosas (…) solicitaciones externas, la calle, viajes, pensamientos, imágenes que llaman a otras imágenes (…). Lo que es seguro es que el cuadro es la gran catástrofe” (Francisco Calvo Serraller, “Los espectáculos del Arte”, Tusquets Editores, Madrid, 1993, p. 201).

En todo caso, la apropiación castiza de Arroyo lo es siempre desde su peculiar posición de implacable memoria fustigadora.   Su interpretación contiene idénticos ingredientes -no exentos de teatralidad- en los que combina afecto apasionado, inexcusable enamoramiento de muchos de los estereotipos de lo español) que parece sentir como irremplazables y propios), al igual que una cromosómica y dolorosa parodia.   Al asunto del amor-odio por la vida madrileña le ha dedicado Arroyo varios cuadros.  Piénsese en su cartel homenajeador del año 1982 o en la pintura retrato del nómada contemporáneo: “Madrid-Paris-Madrid” (1985)

En todo caso, se lo dejaba claro a Marga Paz: “Madrid siempre me ha inspirado. He querido hacer un cuadro que diga lo que de una manera bastante irónica, un poco irritada, es esa mirada que tengo sobre la ciudad hoy (…). A lo mejor es una mirada crítica, pero no quiero que sea negativa ya que creo que Madrid, a pesar de la cantidad de gente que se la quiere cargar, es una ciudad muy curiosa, muy mezclada. Su aspecto exterior me gusta, me gusta su gente. El sentimiento que tengo es mucho más positivo que negativo” (“Cadáver exquisito entre Eduardo Arroyo y Marga Paz”, www.masdearte.com)

Algunos de los símbolos de Arroyo han sido recurrentes en su pintura.   Con las mágicas gafas de nuestros anónimos de la plaza del Callao miran expectantes los personajes de “Pasarela Cibeles” (2000).   Gafas de tres dimensiones y el símbolo de nuestro castizo suburbano aparecen en una de sus serigrafías de 2002, “La ciudad de los sentidos”.

En esta misma obra aparecen también dos de sus iconos favoritos: la farola y el gato.   Farolas madrileñas, de amarillenta luz de gas, que reitera en sus varios cuadros homenajeadores de la llegada del “temido” año 2000 (cuadros en los que es frecuente la huida de los personajes por un borde de su formato de extrema vocación vertical).

El surrealismo -una de las grandes influencias declaradas de Arroyo-, también su gran pasión lectora, permiten al artista esa visión algo burlesque de la realidad pictórica, visión irónica, socarrona, culta, que le lleva a “entrometer la literatura en el interior del cuadro”. (FCS, Íbid., p. 173).

Para Arroyo, un pintor escapa del concepto de la vanguardia, un pintor lo es “desde la primera pincelada a la última, y debe ser juzgado como un todo” (FCS, op. cit., p. 199).  Declaradas las influencias del surrealismo y el expresionismo alemán, también de artistas como Picasso, Picabia, De Chirico o Giacometti, Arroyo ha declarado sentir el espíritu de estos pintores de un modo conceptual: “las influencias mías son casi siempre conceptuales, exteriores a la pintura en sí”.

Refiriéndose el madrileño a Picabia, ese pintor del que escribió Apollinaire (“Méditations esthétiques. Les peintres cubistas”, op. cit.) que “había transformado la luz en colores”, ha declarado su fascinación al ser capaz de tener “la idea de poder pintar un cuadro malo”.

De Picasso ha considerado extraordinario “las cosas incluso negativas que hizo”.

Admira de De Chirico su capacidad para rechazar el juego, abandonando “el éxito cuando está en el punto álgido del vanguardismo (…) no (…) rechazando la modernidad, sino que por el contrario, se vuelve moderno, porque la pone en cuestión”.

Castizo hijo del pop, cuya lectura está dotada de una indudable impronta personal y excéntrica, algunos de los clisés que elige son diseccionados desde una perspectiva implacable en la que siempre está presente una cierta lectura moral.   Artista que pretende ofrecer luz en el vértigo inapelable del hoy, no dudando en mostrar las cosas por su nombre.

A la hora de hacer un repaso por las características esenciales de la producción de Arroyo habría que citar su desenfadada esencia irónica.  Artista versátil (recuérdese su pasión por los toros o el boxeo, entendiendo siempre éste como metáfora de la vida) puede considerarse un narrador nunca exangüe.   Su iconología surca, con humor y desparpajo, toda la retórica social exigiendo, en el espectador, la más absoluta complicidad.

Eduardo Arroyo declaraba en 2001 (“Blanco y Negro Cultural”, Madrid, 4/IX/2001) que su “escepticismo siempre es optimista.  Es una contradicción muy grande.  La procesión va por dentro, son cuestiones más íntimas y, seguramente, nosotros damos una imagen que no tiene nada que ver con lo que en realidad pensamos de nosotros mismos (…) hoy ya soy un pintor muy clásico, maduro, que ya está en un deseo de superación muy íntimo, muy reservado (…) soy un artista maduro que ha hecho una obra y que va a querer seguir haciéndola, pero que no tiene ninguna veleidad de mezclarse en la gran batalla de la novedad.  Lo que tiene interés para mí es si soy capaz de modificar ese yo en el interior de la pintura. (…) Soy un pintor clásico al que sólo le interesa saber si es capaz de ir más allá”.

Otrosí, para Arroyo, la creación es el hecho fundamental del existir: “Allí reposa, diría, toda la idea de la vida.  Allí es donde está todo” (FCS, op. cit., p. 200).

 

“Eduardo Arroyo, un soldado de ventura”, texto extraído del catálogo Pintura, pintura, Madrid, Febrero 2007, pp, 85-90.