SOLEDAD SEVILLA. CUANDO NADA QUEDE

SOLEDAD SEVILLA. CUANDO NADA QUEDE

Texto publicado en el catálogo:
“Espacios Imaginados”
Madrid, 2006: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 203-228
[Intervenciones de Chema Alvargonzález, José Manuel Ballester, José Manuel Broto, Alicia Martín y Soledad Sevilla, en el contexto de ARCOmadrid 2006.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].
   

SOLEDAD SEVILLA: CUANDO NADA QUEDE

 

 

Quizás dos o tres lectores pongan en duda la veracidad de este cartel, diciéndose que no se puede creer una cosa así

Robert Walser

 

Nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos,
pero es al menos igualmente cierto que en los sentidos hay muchas cosas
que no penetran nunca en la mente. Nos afecta principalmente lo que dejamos que nos afecte.

Edwin Panofsky (citado por Soledad Sevilla)

 

Y es hoy aquel mañana de ayer

 Antonio Machado (citado por Soledad Sevilla)

 

Hacerse un sitio allí, en la maleza
azulada, un hueco donde ver
cómo es cosa de poco nuestra vida
y no ser vistos.

Andrés Trapiello

 

En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.

Gustavo Adolfo Bécquer

 

Los simulacros del escaparate

Louis Aragon, “El campesino de Paris”, 1926

 

El mundo (tan oscuro)

Eusebio Sempere

 

¿ A qué llenar la calamidad de palabras ?

William Shakespeare, “Ricardo III”

 

 

Pintura como un vislumbramiento poético. Evocaciones, luz efímera, sombra que no volverá.  Infinito espacio imaginado.  Tibia ebriedad -que ya se dijo: es don- del fulgor entrevisto. Soledad de siete días.  Instante recreado, haz incandescente y maleza, pájaro y grieta, ciprés, tapiz o sombra, fulgor vegetal.  Tierra roja, negra, sal y cobre.  El agua que titila con su luz de música nocturna.  Gota que pende, eterna, en la niebla.   La ciega luz que filtra el aire de una inmemorial celosía a la hora de la siesta.  Y, al cabo, en su centro, el cuadrado que pintara el de Kiev: cuadrado blanco sobre fondo blanco (1918). Ígnea tristeza, inabarcable dolor que nadie fotografía: el de un ser acurrucado con un zorzal muerto.   El perfume que está en el aire.  La luz del altar de la infancia.  Fuente y origen, leche y sangre.  Instante efímero como la vida es efímera.  Sólo el mar en los ojos.  Pájaros exhaustos por el calor sofocante.   Sólo el mar en tus ojos.  Callejón, ruina, y puerta cerrada.  El poder de la tarde que se agota.  Insomnio silencioso y creativo, el mismo que asoló a Pessoa y a tantos creadores que intrigaron en la penumbra del alba de cualquier somnolienta ciudad.  El insomnio como experiencia lúcida, separación de la mente que cabalga en los días frente a otra mente -tan nuestra- que nos escruta con serenidad y distancia. Y otra vez en la noche canta Fray Luis de León: cuando contemplo el cielo / de innumerables luces adornado,/ y miro hacia el suelo,/ de noche rodeado,/ en sueño y en olvido sepultado… 

El interés de Soledad Sevilla (Valencia, 1944) por la instalación, por el arte efímero, tiene ya varias décadas. De ello han dado buena fe numerosas publicaciones entre las que destaca el volumen dedicado a su labor “instaladora”:  “Soledad Sevilla. Instalaciones”, (Diputación Provincial de Granada, 1996).  Tras una estancia en los años ochenta en Estados Unidos, allí realiza la que puede considerarse su primera instalación, en 1980, al desplegar sobre los prados del campus y paredes exteriores de algunos edificios del Massachussets Institute of Technology, sus grandes rollos de papel de imperturbables y serenas tramas geométricas.

Promueve un proyecto de instalación, 1980-1982, en el patio del Fogg Art Museum y se integra en otro impulsado por Guillermo Heras, con motivo del tercer centenario del Teatro Español de Madrid en 1983, realizando su primer trabajo efímero, Espacio Shakespeare en la sala de ensayos del teatro.

El número de creaciones-ceniza desde esta primera se aproxima a la treintena.  Puede en este sentido considerarse, en la edad contemporánea, una pionera de las instalaciones, por lo general ubicadas en ambientes artísticos, en nuestro país.

A partir de la experiencia arriba citada son inseparables en la artista los trabajos efímeros con su trabajo pictórico. Inseparables no sólo por su coetánea realización sino también por ser conceptualmente parejos.  Su trabajo habitual en series se produce a la par en la pintura y en la instalación.   Se entenderá por ello que el trabajo efímero sea siempre alusivo a los diversos ciclos de su pintura: el cuadro en el cuadro, el reflejo, la Alhambra, los toros, la naturaleza, la ruina y su reconstrucción en la luz y la transparencia.

A finales del año 1984 presentó en la madrileña galería Montenegro El poder de la tarde.  Instalación evocadora de un patio con la luz vespertina, “una hoja cuya rama no existe” (Marina Mayoral).   Se integraba en el proyecto “Ambientes” en el que participarían también Eva Lootz y Angiole Bonnani.  Dos años después realizaría en la misma galería Leche y Sangre. Sobre la misma escribía Mar Villaespesa en el catálogo de esta instalación: naturaleza muerta o reflexión simbólica y emotiva que asocia el mundo fugaz de la naturaleza al mundo de la artista, vanidad, desengaño, espejo colgado de las paredes de la galería, en el que también nosotros nos contemplamos tratando de recordar, de alcanzar en nuestra memoria, algo que estas flores nos evocan pero no conocemos: el hortus conclusus, el paraíso, la belleza.  Enfrentamos nuestro universo a este autorretrato, y de su mundo personal, de su Soledad, universalizada con nuestra presencia, emana toda la angustia que siente el ser desde el principio.  En 1987 presentaría  Fons et origo en la Sala Montcada de la Fundació Caixa de Pensions, en Barcelona, en colaboración con Lugán, inspirada en el ciclo pictórico de la Alhambra; Toda la torre -La noche, El día y El cielo- en la Torre de la Algaba en Sevilla en 1990, donde la luz define el espacio a través de unos planos de hilos de algodón tensados.   Este mismo año realiza además Sería la del Alba, (Albright-Knox Art Gallery, Buffalo, New York; Blaffer Gallery, University of Houston, Texas) y La Hora de la Siesta, Minos Beach Art Simposio. Agios Nicholaos, Creta.

En 1991 presenta Nos fuimos a Cayambe en la Sala Luzán de Zaragoza y en el granadino Palacio de los Condes de Gabia, donde con elegancia y melancólica sutileza se aleja de la visión tópica del tema de los toros.  Este mismo año realiza: En Soledad: la que recita la poesía es ella en la madrileña galería Soledad Lorenzo y Sería la del Alba (Queens Museum, Nueva York y Henry Art Gallery, University of Washington, Seattle).  En la galería Manuel Ojeda presentaba también: En las Palmas: la que recita la poesía es ella.

Mayo 1904-1992 se muestra en el almeriense castillo de Vélez Blanco en 1992.  En este impecable trabajo efímero no es la reconstrucción fílmica de la arquitectura lo que importa, sino la luz que transforma lo que ya no está ni estará.

El número de instalaciones realizados en los noventa es muy amplio.   Así en 1993: Soledad Granada (Museo Marugame Hirai, Japón) y El Sueño Recobrado (Centro Cultural Sa Nostra, Palma de Mallorca).  Un año después, 1994,  Y que va llorando (Museu d’Art Contemporani d’Eivissa, Ibiza) y En Roma: la que recita la poesía es ella (Instituto Cervantes, Roma).  Cuatro instalaciones realizaría Soledad Sevilla en 1995 en el madrileño Palacio de Velázquez: En el Retiro: la que recita la poesía es ella (Humo), En el Retiro: la que recita la poesía es ella (Fuego), La habitación de la lluvia, Que su cante me lastima. Tres años después, 1998, presenta Con una vara de mimbre (Llocs Lliures, Javea); El tiempo vuela (Museo Arte y Diseño Contemporáneo de San José (Costa Rica) y Galería Soledad Lorenzo, Madrid) y Casas concéntricas, una mirada sobre la Albufera (Sala Parpallo, Centro Cultural de la Beneficencia, Valencia).  En 1999, Con una vara de mimbre (Instituto Cervantes, Damasco) y El tiempo vuela, en el granadino Palacio de la Madraza.
En 2000 presentó cinco instalaciones en la sala Koldo Mitxelena Kulturenea de San Sebastián: Lur; Casa para la conciencia; Música de agua; Casas concéntricas, y El tiempo vuela.

La obra de Soledad Sevilla ha caminado históricamente en torno a dos asuntos que conceptualmente siempre han estado unidos: la pintura entendida como llama de la memoria, representación de ambientes o atmósferas presididas por un ritmo y la presencia de la luz, siempre mistérica y silente, como factores fundamentales en la evocación del espacio.  Con ocasión de su exposición retrospectiva en el IVAM (2001) presentó dos trabajos efímeros: la instalación Con una vara de mimbre, composición de prismas transparentes sujetos por varas de mimbre alusiva a la fragmentación de la luz artificial. Esta instalación enlazaba con la obra pictórica de la segunda mitad de los setenta, dominada por la representación rítmica de geometrías. Otro trabajo titulado El rompido, contraponía dos muros recorridos cada uno por una gran grieta: una de ellas dejaba ver la materialidad de un fondo de bronce y la otra la inmaterialidad de una luz interior.    Este mismo año mostraba, en la galería Soledad Lorenzo, Casa para la conciencia. Un año después, 2002, creaba Te llamaré hoja porque pareces una hoja, en la galería SCQ de Santiago de Compostela.

En 2003 presentó en Caixa Forum, en Barcelona, Temporada de lágrimas, instalación realizada en el Jardín Secreto del edificio diseñado por el japonés Arata Isozaki, a la par que declaraba que dicha obra reflejaba que ya no es posible la paz sólida de los estanques; vivimos un crepúsculo de la conciencia y de la ética.   En su última exposición en 2005 realizó la instalación Te llamaré hoja en la galería Soledad Lorenzo.

La artista explicaba en 2004 sus intenciones y la interrelación estrecha entre pintura e instalación: la pintura siempre la hago por series, algo corriente en los artistas, y cada serie casi siempre tiene una instalación, que surge después, antes o en paralelo. Ésa es la razón por la que al exponer mis cuadros me gusta que a la vez esté la instalación, porque forma parte del mismo relato. Las series, en el fondo, son como una novela que se explica por capítulos y la instalación es uno de ellos. Hacer cuadros e instalaciones no me supone ningún conflicto creativo (…) tengo un sentido espacial, me gustan las cosas en el espacio, y la instalación se desarrolla en tres dimensiones, mientras que la pintura lo hace en dos. Me gusta apoderarme del espacio, que la obra no sea una cosa con un principio y un final, como acotada e independiente, y las instalaciones tienen algo envolvente, que invade el espacio, igual que la luz, el olor o el sonido… Es lo efímero, que las cosas sucedan, emocionen y desaparezcan, lo mismo que una flor, una puesta de sol, un concierto, el ballet o los toros. Son cosas que ocurren temporalmente y luego, se acabó. Y tienen la misma importancia, generan la misma emoción y tienen el mismo carácter de obra de arte que cualquier otra cosa. Lo que pasa es que los plásticos tenemos ese concepto de que el arte es algo sólido, duradero y eterno, y a mí me parece que es un concepto superado, afortunadamente. El tiempo dirá lo que tenga que decir sobre cierto tipo de arte (Entrevista de Susana Basterrechea para “La Voz de Galicia”, A Coruña, 6/VIII/2004).

Soledad Sevilla termina sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia en 1960. Al año siguiente se traslada a Barcelona para cursar estudios complementarios en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Jorge hasta 1965, trasladándose a Madrid en 1967. Aquí se vincula a otros artistas interesados en plantear de modo conjunto la problemática del arte geométrico. En 1969 participa en las actividades de Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid.  Durante los años setenta su obra indaga en torno al desarrollo de ritmos pictóricos generados a partir de secuencias geométricas. Los cuadros de los años noventa presentan un común denominador: la representación de muros sobre el plano pictórico. Así sucedió en series de trabajo como Vélez-Blanco, En ruinas o las ruinas vegetales o las Malezas presentadas en su última exposición en la galería Soledad Lorenzo (2005).

La artista ha declarado impresionarse por las edificaciones ruinosas que emergen y se sumergen entre la maleza que en su inquietante avance transforma todo lo que atrapa en maraña vegetal, y en esa acumulación se percibe una silenciosa gravitación semejante a ese silencio hecho de calor que sólo el zumbido de los insectos hace sensible. Es un silencio misterioso, allí todo está marcado por lo imaginario y lo fantástico, y de esa conexión emocional con el paisaje surge la necesidad de la creación y el lento proceso de contemplar las relaciones entre las imágenes ofrecidas por los fenómenos naturales y la abstracción de las estructuras en que se sustentan los procesos mentales de la creación. No se trata tanto de transferir la configuración compleja de los primeros a los códigos de expresión de las segundas como de explorar su mutua relación y elaborar obras que manifiesten la tensión entre ambos mundos.

Dar forma a esos signos, condensar en trazos precisos, toda la tensión acumulada en la línea del horizonte, la profundidad de una sombra, el concepto de la ruina como símbolo y metáfora de la fragilidad del hombre, los espejismos de la lejanía, o los propios ciclos vitales de la naturaleza en la alternancia de vida y muerte son las tareas de la experiencia artística que sólo puede comprenderse desde su condición de trance

(…) El impacto del lugar, la luz, el tiempo y los cinco sentidos son el vehículo que me permite hallar ese referente. Paralelamente la admiración por las cosas minúsculas y la evolución orgánica de la naturaleza (…).  Una creciente y evidente ansiedad, y serias dudas sobre el curso actual de los acontecimientos humanos, se manifiesta incorporando a los alambres mediante resina, un mar de lágrimas, de ahí su título: Cuando nada quede / Sólo el mar en los ojos (Galería Soledad Lorenzo, “Soledad Sevilla. Cuando nada quede”, Madrid, 2005).

Sobre la evocación del muro, tan fundamental en su obra, Soledad Sevilla recogió en su catálogo “La Grieta” (Galería Estiarte, Madrid, 1999) el siguiente texto del libro de 1969 “Comunicación sobre el muro” realizado por Antoni Tàpies y José Ángel Valente: …¡Cuántas sugerencias pueden desprenderse de la imagen del muro y de todas sus posibles derivaciones! Separación, enclaustramiento, muro de lamentaciones, de cárcel, testimonio del paso del tiempo; superficies lisas, serenas, blancas; superficies torturadas, viejas, decrépitas; señales de huellas humanas, de objetos, de los elementos naturales; sensación de lucha, de esfuerzo de destrucción, de cataclismo; o de construcción, de surgimiento, de equilibrio; restos de amor, de dolor, de asco, de desorden; presagio romántico de las ruinas; aportaciones de elementos orgánicos, formas sugerentes de ritmos naturales y del movimiento espontáneo de la materia; sentido paisajístico, sugestión de la unidad primordial de todas las cosas; materia generalizada; afirmación y estimación de la cosa terrenal; posibilidad de distribución variada y combinada de grandes masas, sensación de caída, de hundimiento, de expansión, de concentración; rechazo del mundo, contemplación interior, aniquilación de las pasiones, silencio, muerte; desgarramiento y torturas, cuerpos descuartizados, restos humanos; equivalencias de sonidos, rasguños, raspaduras, explosiones, tiros, golpes, martilleos, gritos, resonancias, ecos del espacio.    Meditación de un tema cósmico, reflexión para la contemplación de la tierra, del magma, de la lava, de la ceniza; destino efímero…, y tantas y tantas ideas que se me fueron presentando una tras otra como las cerezas que sacamos de una cesta. ¡Y tantas  y tantas cosas que parecían emparentarme con orgullo a filosofías y sabidurías tan apreciadas por mí!.

La pieza presentada por Soledad Sevilla en el escaparate de la calle de Serrano, habla de numerosas cuestiones, algunas de las cuales se esbozaban en sus trabajos anteriores.  “Nos falta la palabra” es el título de su trabajo.  En él una negra pantalla trasera muestra el texto citado, reproducido en varias líneas, repetido ad infinitum. Texto metaliterario escrito en letra “Times”.   Una pantalla delantera, también negra, levemente ondulada, en la que se recortan las palabras mediante medidos cortes rectangulares, deja ver una suerte de partitura contemporánea, de vocación constructiva, al fondo de la cual se entrevé el texto situado al fondo.   En esta última pantalla con las palabras recortadas, asoman, en su fondo negro, restos esparcidos de los trazos de las mismas. Evocación la de este plano frontal, en su construcción, de las antiguas fichas informáticas perforadas que Soledad Sevilla debió conocer durante sus trabajos en el madrileño Centro de Cálculo a finales de los sesenta.   Tomás García Asensio lo evocaba recientemente (“Breve descripción del Seminario de Generación de Formas Plásticas del Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid”, en “El Centro de Cálculo 30 años después”, Elche, 2003).

Construcción que emula a las pizarras escolares y sus gastadas frases escritas con desgana hasta el hartazgo.  También serialidad, algo que siempre ha sido caro para la artista, quien ha escrito que la serialidad es una prolongación que te permite una expansión infinita en todas las direcciones, y eso me interesa mucho (en el catálogo Yolanda Romero, “Una conversación con Soledad Sevilla, Valencia, 2001).  Serialidad, repetición, una de las claves del arte, de la creación en general, contemporáneo.  Quizás se hayan dado repeticiones aquí y allá.  Pero he de confesar que veo la Naturaleza y la vida humana como una serie tan hermosa como encantadora de repeticiones, y además quisiera confesar que contemplo esa misma manifestación como belleza y bendición.  (Robert Walser, “El Paseo”, 1917).

Negras pantallas que recuerdan la admiración de la artista por las pizarras de Cy Twombly.   Reiteraciones que evocan al Baldessari de los años setenta cuando declaraba, a modo de castigo escolar: “No haré más arte aburrido/ No haré más arte aburrido/ No haré más arte aburrido/ No haré más arte aburrido”….

Ritmos escritos que recuerdan las piezas de John Cage. Obra muy conceptual, también muy musical, que se instala en un silente espacio  en el que se logra la ilusión de infinitud a través de un sistema de espejos.    En los extremos de los espejos diversos halos luminosos añaden una sensación de espacio vago y etéreo, lugar sin límites.

Soledad Sevilla ya había trabajado con textos y signos en diversas instalaciones.  En sus primeras creaciones, realizadas en los Estados Unidos.   Otrora en la obra que ejecutara para Caixa Forum en 2003.   El mundo de los espacios inasibles trazados mediante espejos, en una artista impresionada por el mundo infinito de las aguas de la Alhambra, evoca también reflexiones recientes tratadas en instalaciones como “Fons et Origo” (1987) en la Sala Montcada de la Fundació La Caixa en Barcelona.  También en “Casa para la conciencia” (2000) de la Salda Koldo Mitxelena de San Sebastián.    Otrosí en su primer trabajo en España, el Espacio Shakespeare (1983) del Teatro Español había utilizado espejo y cuadrícula para acentuar la impresión austera.   Hay que pensar que la cuestión del reflejo de la realidad, tan contemporáneo -recuérdese a artistas como Per Barclay-  había sido tratada también por  la artista en intervenciones en las que el agua era protagonista: “Música de agua” (2000).  En este caso el espejo sirve para la ampliación gigantesca del infinito espacio provocado por los reflejos.   La dimensión del escaparate, en el sentido de envolvente caja cerrada, sólo espacio, añade una nueva reflexión.  El espacio permanece así callado, eco mudo del misterio del mundo, sin reflejo del espectador, escenografía multiplicada, como la imperturbable representación de una idea.

En todo caso, vuelven asuntos como la grieta (en este caso la oquedad tras la que se adivina la sustancia) y la luz -ahora en forma de texto- que aparece tras el agujero.  También la dicotomía, la irónica reflexión poética, la paradoja, el espacio para la calma y la contemplación ética.   Vuelve también Soledad a su labor callada, minuciosa y paciente, a su vocación normativa de cuidadosa ejecutora de ideas, frecuente en sus trabajos de los setenta.

Soledad Sevilla ha tratado siempre de ofrecer una dimensión ética a sus trabajos.  Bajo la apariencia delicada se asoma el implacable temblor de la agitación.  Es voluntad de la artista el que sus creaciones, además de lugar de encuentro y contemplación, ofrezcan al espectador instantes de reflexión, ésos de cuya ausencia en el mundo contemporáneo -la de una dimensión ética de la existencia- se queja con frecuencia la artista.  Más que nunca en su caso se logra el objetivo de uno de los artistas de los escaparates de 1963, “conseguir el silencio en la gran ciudad”.   Silencio no vano, en este caso, lleno de muda reflexión, de inquietante y poética incertidumbre.  Comenzamos este texto con la cita de Walser:  quizás dos o tres lectores pongan en duda la veracidad de este cartel, diciéndose que no se puede creer una cosa así.

  Pensamiento el de Soledad, pleno de la asombrada interrogación wittgensteiniana recogida por una compañera del orden artístico, Elena Asins: ¡qué difícil es para mí ver lo que tengo ante los ojos !.   O, como ha escrito la artista sobre su intervención: Un texto sin palabras, una ola sin retorno. El espejo como elemento de reflexión sobre la imposibilidad de esos hechos y la pérdida del movimiento y la palabra.

 

“Soledad Sevilla : cuando nada quede”  en El arte ceniza. El arte contextual en España, texto extraído del catálogo : Espacios Imaginados, Madrid, Febrero 2006, pp, 203-228.