LA ESPIGA DE CRISTAL

LA ESPIGA DE CRISTAL

La espiga cristal-XVII Certamen de Pintura
Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, Madrid, II/2006, Jurado

LA ESPIGA DE CRISTAL

 

Me dicen: la ciudad. Y yo respondo…: el campo. Con las emociones que dan las gredas, las arenas y los cuarzos: con las tierras de almagra alcalainas, oliendo a mejorana, entre vegetales de sándalo, con las hojas secas de lija, y un arroyo de juncos con puntos de acero galvanizado; con las tierras de la Sagra toledana y los olivos, de tordos negros cuajados; también un sapo venenoso con amargor de retama y sabor de rana viva; y en el río, un pez saltando perseguido de lombrices… que a todo ello lo mojan las lluvias y el sol lo vuelve cieno; que todo tenga olor de tormentas y de rayos partiendo higueras; que se vuelva verde de légamo el picotazo de un mosquito; que hagan al cieno sonido los murciélagos en las erosiones del tiempo, y al atardecer, en otoño, con una gigantesca nube y el cielo negro… Y cuando, salpicado de barro, voy pisando los negros abismos y un ala misteriosa roza los oídos, ver y sentir la noche cerrada en durísima y trepidante tormenta, guiado por las líneas blancas de los rayos, seguido de lechuzas, mochuelos y cornejas cantando, y el viento cortando mis pasos.

Alberto Sánchez, “Palabras de un escultor”, Revista Arte, junio de 1933

 

La espiga de cristal desgrana en las hierbas su cosecha transparente

René Char, “Fureur et mystère”, Gallimard, Paris, 1962

 

Días de 1927.  Ese año había muerto José Victoriano González, Juan Gris. Evocaciones de la pintura y del campo: un año antes el madrileño pintaba “Campesina” (Kunstmuseum, Berna).  Joan Miró crea en los veinte su telúrica obra “La Masía” remembranza de un campo habitado por el espíritu. Y los poetas homenajean a Góngora.  Luis Cernuda publica en Litoral “Perfil del Aire”.  Agitados esos años, tránsito del veinte al treinta, en los que Einstein ha visitado Madrid.  En 1925 se celebra la “Exposición de Artistas Ibéricos”.

Madrid inicia su camino hacia una ciudad moderna, aún con calles empedradas y carros con toneles: nuevos tranvías, edificios, líneas de metro.   Los vehículos comienzan a ocupar una ciudad que se acerca al millón de habitantes.  Sinfonía de una urbe, el arquitecto Walter Ruttmann ha estrenado este año su película evocadora de un día del Berlin moderno.  Fritz Lang estrena “Metrópolis”…

En Madrid, tres y media de la tarde del veintisiete.   Indiferente para ellos es la templada luz soleada o el carámbano gélido del diciembre madrileño.  Los tranvías indiferentes anuncian el reconstituyente “Vino Tónico Vial” en un glorieta de Atocha con verbena y estatua de Don Claudio Moyano en su centro.  Dos artistas de apenas treinta años, Benjamín Palencia (1894-1980) y Alberto Sánchez (1895-1962), se encuentran junto al edificio del Ministerio de Fomento, en la glorieta de Atocha.  En el “malecón” de Atocha escribió un artista.   Edificio equilibrado y ecléctico y de vocación moderna construido años atrás, hoy sede del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación.  Próximo a los “Campos Elíseos Madrileños”, sicum Josep Pla, que es el Paseo del Prado.

Al fondo del Paseo de la Infanta Isabel, en los veinte bulevar arbolado, otrora olivares y arroyo, la calle llamada entonces de Pacífico.   Tras la luz despejada, tan cristalina en las tardes del Este, se ofrece el descampado casi deshabitado hasta el barojiano vado del Abroñigal.   Apenas dos colonias de casas, la Colonia Frisch a la izquierda y “La California” a la derecha.  Visto desde el alcor madrileño, en el horizonte se elevan con modestia el Cerro Negro y el Cerro Almodóvar.   Y dos pequeñas poblaciones rurales: Villaverde y Vallecas.

Los artistas transitan a veces junto a la vía del tren, serpenteante al lado un límpido río Manzanares (Buster Keaton ha estrenado este año “El maquinista de La General”).   Otrora por la carretera de Valencia atravesando posteriormente los campos, encontrando la Villa de Vallecas que se divisa desde el promontorio de las vías del ferrocarril de Barcelona.  En ocasiones, raras, el viaje se hace en metro por quince céntimos, línea hasta Puente de Vallecas recientemente inaugurada.   La boca de metro se situaba en el centro de la glorieta de Atocha.

Es la fascinación por la ciudad que tan bien retrató en estos años, 1926, Louis Aragon en “El campesino de Paris”.    Ese paisaje urbano, muy visto, que no ve el habitante de la ciudad.  El poeta Aragon recrea la mirada campesina, la mirada original, asombrada y fascinada por los pasajes, espejos, olores, carteles, escaparates (“los simulacros del escaparate”, escribió)… el collage de la moderna urbe, “la luz moderna de lo insólito”.   La maravillosa contradicción que aparece en lo real.

Josep Pla evocaba el Madrid que se ve desde el Ministerio de Fomento, edificio que tan poco le agradaba.  Ese Madrid en el que se comían, en la glorieta de Atocha, pajaritos fritos en la taberna “Nueva Parrilla”.   Un Madrid “pobre, pelado y postagrario”, de luces lejanas, tan distintas a las “nobles” del Guadarrama, al norte, pintadas por Velázquez.   Recordaba Pla a Valera quien escribía sobre “la aridez y tristísimo aspecto de estos campos que no dan sino desconsuelo al corazón”.  Urbanismo de suburbios frente al que “se extiende un horizonte amplio, ondulado, muy pelado -un mar de tierra-.  Es el paisaje de la Mancha.  Es una tierra clara, de una dulzura lineal (…) su dramatismo proviene, en definitiva, de que es una tierra postagraria, agotada, arrasada (…) Veis que entre la tierra y la vida no hay solución de continuidad” (Josep Pla, “Madrid, 1921. Un dietario”, Barcelona, 1929).

Contradicción emocionante la sentida por los dos artistas, Palencia y Alberto, al vislumbrar los cerros del sureste.  El vallecano paisaje desértico presidido por la espadaña de su humilde iglesia, campo ya mesetario, apenas árboles, sólo bajas casas de labor y tierras con melonares, rastrojos y barbecho.  Campos que en los momentos de trilla son contemplados con moderna y bucólica admiración por los artistas. Es sabido que el destino es el último Cerro, Almodóvar, al que bautizan como “Cerro Testigo” pues pretenden sea emblema, el origen, de un nuevo arte español.    Un cerro con minas de sepiolita y tortugas fósiles emblema de la modernidad… Y evocamos la pasión de Breton por los minerales en aquellos años, 1934, que reprodujo -fotografías de Brassaï- en el número cinco de “Minotaure”, en su mítico artículo “La beauté sera convulsive”.

En un mojón del mismo escriben, Benjamín y Alberto, sus principios estéticos.   Una tercera cara se la dedican a Picasso y la cuarta a diversos nombres que vinculan con la modernidad: El Greco, Zurbarán, Cervantes, Velázquez y otros.

Junto a un melonar celebra, ya en los años cuarenta, Benjamín una de sus ceremonias profanas -y surrealistas-, concluidas con vino. Palencia fue, con las actividades de la “Escuela de Vallecas”, nuestro bretoniano agitador de las conciencias artísticas.   Como Breton, lideró con indudable carisma y mano firme a los jóvenes artistas de los cuarenta.  Presidiendo su ceremonia, un pequeño altar sobre un taburete junto a reproducciones de pintura y unos cardos que se instalan geométricamente.  Con una mezcla de filosofía platónica y poesía franciscana -estas palabras y otras que siguen las inspira la memoria de Álvaro Delgado- muestran, tras la guerra civil, el descubrimiento a otros pintores.   Ese paisaje de mesetas de greda y cal.  Delgado ha narrado una excursión surgida en Atocha: El aire olía a humo de lela y a plantas silvestres.  Algunos pares de mulas retornaban del trabajo a la cuadra cabalgadas por hombres del campo, sin edad.  Entramos en el pueblo, deambulamos por las calles y pasamos a un viejo café que había en la plaza, junto al Ayuntamiento y donde un grupo de campesinos se calentaba junto a la estufa. El propietario reconoció a Benjamín y se acercó cordial a saludarle.  Se abrazaron y hablaron de la guerra, de amigos comunes, de los supervivientes y Lorenzo, que así se llamaba el dueño del cafetín, preguntó «qué había sido de aquel joven moreno y simpático que él creía recordar que era poeta». Palencia nos dijo que se refería a Federico García Lorca, lo que nos dejó estupefacto. Al cabo de un rato salimos camino de la iglesia, donde entramos en el momento en que comenzaban los oficios de la tarde. Estaba poco iluminada y un extraño personaje parecido a un pájaro triste envuelto en su abrigo, era acompañado en sus cantos con un viejo armonium por una mujer rubia y madura que nos miró de soslayo. Se oía el roce de los rosarios y el murmullo de las oraciones. Por la puerta, entreabierta, nos llegaba el sonido de las esquilas del ganado, el ruido de las caballerías y retazos de conversación de la gente que pasaba.  La ceremonia, el ambiente, la música religiosa, el olor del incienso…, todo contribuyó a crear en nosotros un estado emocional que sumado a lo hermoso del paseo y de la tarde nos hicieron afirmar que si Benjamín era el Maestro, aquello era el Paisaje. Estaba decidido, sería nuestro domicilio.

Estamos pues en uno de los epicentros de la pintura moderna española, la que da origen a las metafóricas excursiones de “Escuela de Vallecas”, conjunto de pintores que simbolizaron el intento por emprender una vía pictórica alejada de lo taciturno del noventa y ocho.  Este lugar vio el inicio de un peregrinaje a la búsqueda de música de ramas y ruidos de pájaros entre altísimas piedras.  En ese sentido está justificada la presencia, tan próxima a Agricultura, de la réplica de la escultura del panadero-artista, Alberto Sánchez, en la plaza que preside el Museo Reina Sofía.   Escultura del Pabellón Español de París en 1937, compañera del “Guernica”, “El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella”.  Se preguntaba Picasso en 1964 dónde estaría esa escultura.

En nuestros días los dos cerros vallecanos pertenecen, yermos y silentes, más bien a un paisaje a lo De Chirico, ése que tanto aman la couple “Botto & Bruno”, y duermen evocando tan antiguos, pastorales y románticos modernos empeños: el Cerro Almodóvar yace agostado exhausto, tras haber sido explotado su yacimiento mineral.   El Negro acoge ahora otro emblema de la modernidad:  símbolo geográfico que hubieran amado los futuristas: los trenes más modernos.

El campo ha generado en la historia de la contemporánea pintura española un amplio capítulo pictórico.   No sólo, es obvio, en el mundo de la representación. También en el mundo abstracto.    Además de los pintores de la Escuela de Vallecas y la llamada “Escuela de Madrid”, recordamos, contemporáneamente, las facetadas planicies de Caneja; los felices campesinos de Mompó que jugaban a la rana; los entrevistos verdes de Laffón; los lagos y luces vibrantes y minúsculas de Valls; las conquenses moles pétreas que recordara Torner; las tierras, trigos y semillas, que utilizara Guinovart en sus pinturas; los mágicos vislumbres de Ángeles Santos; los campos dorados de Carrascosa del Campo, que viera y pacientemente pintara Sempere; los bosques celtas, ebrios y noctívagos, de Adolf Schlosser; las luces ebrias de Tarancón, evocadas por Zóbel; los campesinos con frutas o en cosecha pintados en los cincuenta por Manolo Millares; los campos de luz abrasante de Jaime Burguillos; las “pubas” que arden en invierno en el Campillo de El Escorial, rememorados por Marta Cárdenas; los lazos vegetales, metafísicos nidos de Laura Lío; las inexistentes casas con palmera de Eva Lootz; las fotografías castellanas, tan sobrias, de Dolcet o Müller; las evanescentes y metafísicas ovejas de Elena Asins; los verdes paisajes de Pijoan…y las esculturas-arado de los orígenes de Chillida.     Y en el mundo de la figuración contemporánea, los campos camino de Mosqueruela de Rosa Torres; las malezas vistas por Soledad Sevilla; los cráneos-semilla de Miquel Barceló; los ubérrimos paisajes de Taormina pintados por Juan Antonio Aguirre; los verdes, a punto de la difuminación, de Aquerreta; los petit-point vegetales de Alcaín; las tierras almagras de Aparicio; las románticas y noctívagas vegetaciones de Alfonso Galván; los renacientes paisajes ojo de pez, ojo de cíclope, de Joaquín Risueño…

Los artistas premiados en el XVII Certamen de Pintura convocado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, tienen varias notas en común.  Una visión silente y despojada de la naturaleza; la ausencia, en su representación, de seres humanos; la insistencia en sus motivos; la  presencia de trasuntos literarios en su visión; la preocupación por meditativos cielos… También comparten un objeto común de representación: la naturaleza, en la que se adivina -lejana eso sí-, ya se dijo, la presencia humana.    Uno de los artistas -el primer premiado- ofrece una visión de un pueblo andaluz presidido por un campo exhausto.   Visión que nos ha hecho recordar los campos asolanados vistos por Gerardo Rueda en los cincuenta; otro, un enclave tunecino, bóvedas fundidas entre tierra y cielo; otro, unas ausentes estatuas en un yermo paseo del Retiro con la luz pálida de noviembre.  Y el cuarto, bouquet de lilas de la autora de una obra también finalista, el edificio, también de doradas luces otoñales, del Palacio de Fomento.

Heliodoro Fernández, trabajador jubilado de la Consejería de Agricultura y Pesca de la Junta de Andalucía, galardonado en pintura, presentó dos obras.  Una primera, no premiada, hermosísima vista de un despoblado pinar agitado por vientos intemporales.  La segunda, la seleccionada para el Primer Premio, es una vista de un pueblo de Huelva, Paterna del Campo, presidido por la torre mudéjar de la iglesia de San Bartolomé Apostol.   Vista evocadora de los campos de Tejada, de ritmos cubistas y deudora -desde otra visión pictórica- de la fragmentada mirada de Caneja.   Sabemos de la insistencia de Heliodoro en la pintura de idénticos temas que repite y repite ofreciendo cada vez nuevas variaciones.   Sabemos que la insistencia, la variación en torno a temáticas que obsesionan al artista, lo comentábamos con Alfredo Alcaín en este concurso, es una de las claves de la creación.   No es preciso recordar nombres o bien evoquemos tan sólo a aquel discreto pintor de Bolonia…

Maria Elvira Montero ofrece un cuadro, Segundo Premio, titulado “Nefta”, con vocación de pintura de dos partes.  Leemos siempre su destino laboral -como hicimos con Heliodoro- pensando en las luces que ven, cada día, los artistas.    Maria Elvira trabaja en la dependencia de Agricultura y Pesca de Gerona.

Su pintura nos ha hecho recordar la base de la pintura negra de Goya, aquélla del perro semihundido, tan querida e interpretada por Antonio Saura.   También las pinturas de Torner de los sesenta: tierra y cielo.   Otrosí, deudora quizás de la pintura de la escuela francesa de postguerra, Jean Fautrier principalmente, su pintura tiene en la mágica captación del instante evanescente su principal cualidad.  Es la suya pintura de atmósfera, pintura del momento no en mera representación sino transportado éste por la luz de la memoria.   Pintura de un enclave tunecino ubérrimo, el que da título al cuadro, en el que se asentaran otrora, antes del turismo, los sufíes.  Su pintura parece así hablar, evocando, también de la antigua calma trascendente de Ibn Adham, aquel místico asentado en Nefta que aconsejaba no desear nada de este mundo, ni del próximo.

Javier Zorrilla pertenece al cuerpo Auxiliar de los Organismos Autónomos en Madrid.  Pintor de luces interiores, su obra ofrece una vista casi deshabitada de un otoñal Paseo de las Estatuas del parque del Retiro.    Es el Primer Premio de acuarela de este Certamen.  Acuarela sobre papel de pincelada sabia, apenas dibujo, desde una visión conocida su obra parece caminar hacia la desaparición final.     Luz de atardecer, de grises lejos, acuarela de luz fugitiva, su mirada habla de un paisaje común para tantos en nuestra memoria.   Vista intemporal, la misma que en nuestra infancia vimos atravesar con las bicicletas de alquiler de la Chopera.   La misma que ven los amantes que lo recorren, eternos, entrecruzadas las manos.   La misma que verán otros amantes.

Zorrilla presentó además otra acuarela: una vista del Palacio de Fomento. Esta vista del edificio, recreado en el comienzo de nuestro texto, es el objeto de una fragmentada composición que resultó finalista.  Observando la vista del Palacio de Velázquez Bosco, funciona lo que dijimos sobre Heliodoro Fernández: el valor de la repetición en el arte, también la fértil insistencia creadora mediante la aportación de diversas caras de la misma realidad, las esculturas basadas en las originales de Agustín Querol que coronan el edificio.   Visión transformada por la permanente modificación de leves ángulos de visión.   Gloria, Ciencia y Artes, objeto de las esculturas, son transustanciadas en objeto de la creación de Zorrilla.   Ausencia del ser humano, cielos brumosos con árboles dorados y otoñales, su obra convierte el espacio real del edificio en una suerte de mágica mansión surreal.  Mansión coronada por el grupo de Querol parece que agitado y a punto, Pegasos portadores de próximos rayos y relámpagos, del despegue hacia la luz del Olimpo infinito.

Carmen Bombín presentó dos obras al certamen, una silente “Lilas”, galardonada con el Segundo Premio de acuarela y una composición que podría calificarse de evocadora de la manera negra, con diversos dibujos de rostros.  Rostros estos últimos de remembranza goyesca, de un trazo como de humo. Destreza y mano luminosa en ambas obras de Carmen Bombín, las dos de vocación silente y que se entienden bien en una trabajadora de la casa vinculada a sus publicaciones.   En este sentido, puede decirse que su obra es culta, quietista, de resonancias literarias.   Pintura de quien parece es -además de excelente acuarelista- una gran conocedora de la tradición pictórica.

Luces lejanas de campos eternos que han sido origen de la creación poética.   Evocación prístina del entrevisto instante que no volverá.  Albas y anocheceres trasunto de la creación de altos vuelos.  Remoto recuerdo, sueño y espiga de cristal, torbellino o espuma, espacio y luz, miel que liban las abejas y polvo, sonido o nieve, tiempo fugitivo y eterno, alas o nubes.  Acción del hombre y ausencia de éste en la inmaterialidad lábil de lo no hollado.   Vuelve, dijo Rodenbach, reinando, de nuevo el silencio.

 

Alfonso de la Torre

Madrid, diciembre de 2005