JOSÉ MANUEL BROTO. EN EL UMBRAL DE LA NOCHE

JOSÉ MANUEL BROTO. EN EL UMBRAL DE LA NOCHE

Texto publicado en el catálogo:
“Espacios Imaginados”
Madrid, 2006: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 118-39
[Intervenciones de Chema Alvargonzález, José Manuel Ballester, José Manuel Broto, Alicia Martín, Soledad Sevilla, en el contexto de ARCOmadrid 2006.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].
 

JOSE MANUEL BROTO. EN EL UMBRAL DE LA NOCHE

  

¡Oh noche, que guiaste! / ¡Oh noche amable más que la alborada!

 

Oh, lámparas de fuego

San Juan de la Cruz

 

Mantén tus manos extendidas, sube por la escalera negra, oh consagrada

belleza, voy a tu encuentro en la soledad del frío.  Tu lámpara es rosa, el viento brilla.  El umbral de la noche se hace más profundo.

René Char

 

Más luz

Goethe

 

 

            Que lo que digas valga más que tu silencio o, redundando, las palabras hermosas nunca expresan la verdad, escribió Lao Tse.  Tempestad de blancura y atmósfera esencial, vívida luz, mas no capa de aire.  Gesto ígneo en un espacio desolado -que  no desierto- poblado de antiguos signos misteriosos.    Visión de cielo nocturno sugeridor de arcanos.   El silencio impalpable de la lluvia que emocionó a Erik Satie.  El misterio, evanescente e inasible, de lo que sólo se intuye.   La memoria vaga de lo soñado.  Cosmogonía silente y naturaleza interna: la realidad desde el interior del alma humana, la verdadera realidad: partículas y sombras.  Y la música de las estrellas.  Búsqueda del orden entre el hombre y las horas. En el vértigo del tiempo, la música callada, la soledad sonora, evocadas por San Juan de la Cruz.  Pintura como desolada respuesta de vida al fin, a la muerte, a la última luz que veremos.

Luz, más luz, dijo expirando Goethe.

 

José Manuel Broto (Zaragoza, 1949) realizó unos primeros trabajos, a finales de la década de los setenta, vinculado a la experiencia conquense, a la estela de lo sucedido en torno a la creación, 1966, del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca. Trabajos basados en formas y estructuras geométricas elementales, de vocación tridimensional, con mudos campos monocromos de color.  Como tantos otros creadores jóvenes, sophisticated tourists (Fernando Zóbel), del museo conquense, su obra se vinculaba así a la de ciertos artistas del llamado grupo de Cuenca, reivindicadores de la azoriniana España clara, alejada de los ejemplos más paroxísticos de nuestro informalismo-veta brava, tan del gusto de los hispanistas franceses que nos “descubrieran” en el siglo XIX. Algunos de estos trabajos de Broto, como su esencial “Composición” de 1969, pudieron verse, en buena lógica con lo anterior, dentro del capítulo “La Estela de Cuenca” en la exposición “La poética de Cuenca”, mostrada en Madrid en 2004.   Broto, silencioso, enlazaba así con el artista creador de una disciplinada tempestad de blancura, el zurbaranesco madrileño Rueda, y con sus epígonos, tan ligados también al museo abstracto, Teixidor e Yturralde.

Broto se vinculó en los setenta al grupo “Trama” que mostraría sus obras (junto a Javier Rubio y Gonzalo Tena) por vez primera en la zaragozana galería Atenas en 1974. Esta exposición puede considerarse como la primera muestra de pintura-pintura realizada en España.  “Trama” expondrá en 1976, sumándose Xavier Grau, y con la celebración de Antoni Tàpies, en la barcelonesa Galeria Maeght, editando dos números de una revista con el mismo nombre.  Al grupo se irán sumando, en sucesivos proyectos, artistas como Carlos León, Jorge Teixidor, Pancho Ortuño o Gerardo Delgado, considerándose la exposición “En la Pintura”, celebrada en Madrid en 1977, como su hecho capital y prácticamente obituario -por fin de ciclo- del grupo.   En esta muestra Broto, con cuadros analíticamente titulados mediante sistemas ordinales, presentaba su Serie Blanca, ascético conjunto pictórico esencial y minimalista. Evocando al Rueda espacialista, el de 1964, algunas de sus obras se sitúan entonces en torno a ciclos de óvalos.  Pinturas monocromas, las del madrileño, de dominante blanca, generalmente surcadas por notas o comas, formas de óvalo, trazos de evocación musical, relieves de apariencia mineral.   Mas sin duda los óvalos de Broto daban un paso más, en su despojadísima poética a lo Ryman: en él podría hablarse, como dijo el poeta y crítico de arte portugués Jose-Augusto França del último Millares, el Millares cegado por el desierto del Sáhara, (los esqueletos de animales en las pistas y el deslumbrante fulgor del sol inclemente), de la victoria del blanco.

A finales de la década de los años ochenta Broto impulsó un cambio sustancial en su pintura. Si en sus lienzos de los años setenta, ya dijimos, se mostraba la impronta minimalista de la pintura-pintura, esto es, de los postulados support-surface, según los cuales el único objeto de la pintura debe ser ella misma, a partir de mediados de los ochenta su obra evoca una contenida poética gestual, construida gracias a líricas remembranzas geométricas.   En su pintura, de colorido sensual y oriental vocación, aparecen metáforas de elementos de agua, ríos o cascadas, evocaciones monumentales, celosías, su totémica espiral, mágicas apariciones paisajísticas, nocturnos azules: me parece que la pintura, tal y como yo la veo ahora, -afirmaba el propio artista-, tiene que plantear referencias ajenas a su propia constitución técnica. Arte hecho de metáforas, pincel guiado por el espíritu, aquello que Shitao escribía sobre la pletórica concentración que desemboca en el vacío animado por el aliento pictórico. O siguiendo a Zhang Zao: “afuera, discierno el modo de la creación; adentro, capto la fuente de mi alma”.   Acto el de pintar, el de Broto, de enfrentarse al lienzo o al papel, que convoca la reunión del pincel y la pintura y supone comenzar a ordenar el caos: “que en el corazón del caos se instale y estalle la luz” (Shitao).  La felicidad creadora en el seno del desorden del existir, también la conciencia del hombre como “ojo iluminado” de la naturaleza.

Desde esta actitud próxima al más clásico expresionismo abstracto, pese a que de impresionismo abstracto prefería el artista calificar su obra, Broto redujo el “ruido” pictórico al final de los ochenta. Trasladado entonces a Paris, lejanas las templadas luces mediterráneas, desde su taller en Montrouge limita el goteo pictórico, la pincelada entusiasmada, a un número limitado de factores, entre los cuales, de forma casi excepcional, se incluye cierta evocación onírica. En 1988 realizó su serie-homenaje a Johann Sebastian Bach, presentada en la barcelonesa galería Maeght.  La que rememoraba a este músico, también lo hizo a Stravinsky, Debussy, Satie o Messiaen hablaba del silencio, sólo roto por la luz de la música a la que homenajea.  En cierta medida huía Broto de cualquier apego a la realidad tangible, ésa con la que, aún a distancia, había trabajado en etapas anteriores. Transustanciado en espíritu presentaba ahora cuadros-maraña, creaciones del ritmo, redes de pintura evocadoras de las tramas musicales. Translación a la pintura, en definitiva, del inmenso e intangible poder de la construcción perfecta de la música.  Broto suscribiría así la afirmación de Igor Stravinsky, músico por él evocado.   Creación pictórica solitaria con el solo fin de instituir un orden en las cosas, lo que aquí comprende un orden entre el hombre y el tiempo.

En este momento Broto reivindica la luz generosa del misterio, tan fructífera en la creación y se hermana con Georges Braque, quien escribiera en “Le jour et la nuit” aquello de que “en pintura lo único que vale la pena no se puede explicar con palabras”.  Émulo también del francés, Broto comenzaba entonces una larga travesía en la que defendía, como el primero, que “en arte no se progresa venciendo limitaciones, se progresa conociéndolas a fondo”.  Series pictóricas en las que se hablaba de memoria, de reencuentro con sus orígenes pero también de inmaterialidad, de pintura hecha espíritu, de recuerdos antes que certezas. “Vestigia vitae” fue el título de la muy fundamental serie con que iniciara este nuevo camino en la exposición de 1991 en el Banco Zaragozano.  “Les Échos” el de otra telúrica serie que presentó en la Sala Amós Salvador en 1997.  Toda interrogación y enérgica serie esta última.  Reflexión y pensamiento aunados en la desconcertante certeza del poder enigmático y azaroso de la realidad.   Como Juan de la Cruz, a quien también homenajeara, la pintura de Broto emerge de las cavernas sin sentido cual lámpara de fuego.

Con ocasión de la exposición en la Galería Soledad Lorenzo de Madrid, en el otoño de 2001, en la que se mostraba la pintura del mismo año, Broto declaraba que he recobrado la libertad en la elección de los colores.   Este año el artista venía de exponer su impresionante ciclo de papeles mostrado en el verano en el monasterio de Santo Domingo de Silos.   Reivindicando el término “pintura abstracta” utilizado para titular sus cuadros, la pintura de Broto en 2000 habla a las claras y sin ambages, sobre una gozosa vindicación, de silenciosa estirpe oriental -y por ende de vocación religiosa- de la creación plástica.   Muy lejos quedaron los analíticos sistemas de titulación ordinal de sus orígenes.  Sobre este mismo asunto escribió Fernando Huici (“El Pais-Babelia”, Madrid, 27/X/2001):  para concentrar las miradas sobre ese eje, el pintor aragonés abandona aquí radicalmente las evocadoras resonancias apuntadas por las claves de denominación que su obra anterior introdujo a partir de los ochenta, para circunscribir el título de cada obra actual a la reiteración del término, de tan engañosa neutralidad, de pintura abstracta seguido por la correspondiente numeración en neutralidad serial.   Huici destacaba que lo que en primer lugar nos impacta al contemplar el deslumbrante giro desplegado en estos lienzos de ultimísima hornada es la audaz, enrevesada y, a la par, tan grácil y, en apariencia, fluida libertad que la primacía del color cobra en la deriva actual del hacer de Broto.  Luminosa eclosión festiva que (…) como en la destreza del ilusionista, troca en prodigiosa naturalidad articulaciones cromáticas de alto riesgo.

En 2004 Broto realizó la escenografía para el Teatro de La Abadía de La Noche y la palabra de José Manuel López López y guión de Gonzalo Suárez. La obra se presentó un año después en el 49º Festival Internacional de Música Contemporánea, dentro del ámbito organizativo de la 51 Bienal de Venecia.   Para la realización de esta escenografía el artista recurrió a un sistema de proyección de imágenes -huellas, rastros y motivos de color- que recreaban el ámbito imaginario, la atmósfera impalpable y lejana, -pues: memoria-, del encuentro entre Moctezuma y Cortés.   Reino, el de Broto, como el de Rodenbach, del silencio.

El proyecto que ha realizado José Manuel Broto para “Espacios Imaginados” lleva por título “Más luz”.   Alusión, ya citada en varias ocasiones a las últimas palabras que pronunció, expirando, Goethe.

“Más luz” se trata de una triple proyección en “décalage”.   Sus contenidos: signos, envolventes rasgos, coloridas luces, ficciones que caminan proyectadas hasta el fundido final en negro.   El artista sugirió que las proyecciones se realizaran en un estado de limpieza visual absoluta, por lo que se decidió crear una suerte de passe-partout para las pantallas, de tal modo que se obtuviese el efecto deseado: el centrado de las pantallas y la supresión del aspecto externo de los escaparates.    Los ritmos de la proyección de Broto, a veces sinuosos, otrora como flashes, delicados o fulgurantes, iluminan al caer la noche, el promontorio de la plaza junto a la calle de Maestro Victoria.  Pueden también contemplarse desde la plaza de las Descalzas Reales.   El barroco estilo de la ornamentación del Monasterio, y el mundo de Pompeo Leoni, se entiende bien con las proyecciones de Broto.   Futuristas proyecciones ornadas y abundantes que tampoco le hubiesen disgustado a otro vecino que fuera próximo, Rubén Darío, habitante de la cercana calle de las Veneras. Más luz –ha escrito el artista sobre su proyecto– es una invitación cordial a mirar y a ver sin la presencia obligada de un argumento previsible. Un tránsito entre la indiferencia y el color, un nudo sencillo sin trampas, transparente. Y al fin la luz: un nido de paciencia ofensiva para salir de la oscuridad y de la sombra de ese gris discreto.  Hablar de pintura es traicionar un principio elemental, el silencio, que es lo que mejor acompaña

 

“José Manuel Broto : en el umbral de la noche” en El arte ceniza. El arte contextual en España, texto extraído del catálogo : Espacios Imaginados, Madrid, Febrero 2006, pp,125-139.