CITOLER-I PREMIO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA

CITOLER-I PREMIO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA

Texto publicado en el catálogo
Alfonso de la Torre, Primer Premio Internacional de Fotografía Contemporánea Pilar Citoler, catálogo de la exposición del mismo nombre, Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí-Universidad de Córdoba, Córdoba, 2006

 

I PREMIO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA PILAR CITOLER

 

Es este el primer año en el que se convoca el I PREMIO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA CONTEMPORÁNEA PILAR CITOLER.   La Diputación de Córdoba, a través de su Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí, y la Universidad de la ciudad, son las instituciones que han impulsado, con extraordinario entusiasmo, el Premio.

Es sabido que este Premio se presentó en Paris en 2006 en el marco de “Paris-Photo”.   De esta Feria, el principal evento europeo en el mundo de la fotografía artística contemporánea, recibió un indudable respaldo.  No en vano será preciso recordar algunas de las cifras que concita.   Sus ochenta y ocho galerías, cuarenta y un mil visitantes, más de diez mil coleccionistas y superando los mil periodistas especializados.   En este ámbito se quiso dar a conocer el Premio, ante todo el mundo.  El éxito de la convocatoria parisina permitió su presentación sin vacilaciones y hacer extensiva la vocación internacional del mismo.   Una vocación que ha de quedar ejemplificada en los resultados de los artistas reunidos.    La mitad de los presentados de nuestro país.  El resto: Italia y Francia principalmente.  Pero a Córdoba llegaron fotografías de Estados Unidos, Japón, Argentina, Reino Unido, México, Alemania, Austria, Canadá, Chile, Holanda y Venezuela (y cito por orden numérico de participantes).

Siendo su primera convocatoria hay que decir que la respuesta ha sido excepcional, superando el centenar de artistas presentados.    Parece tópico y casi al uso, mas es bien cierto.   La mayoría de los fotógrafos presentados son reconocidos y tienen ya una indudable y sólida trayectoria.   La sola consulta de las actas del Premio -y de los fotógrafos presentados- da buena fe de hasta qué punto la convocatoria puede considerarse un éxito, más aún si sabemos la mocedad de este Premio.

El Premio, es sabido, no nace como un premio más al uso.  Es uno de los de mayor dotación económica y entre sus objetivos se encuentra el apoyo indudable a esta manifestación artística de nuestros días.    Supone el inicio de una colección de fotografía contemporánea que albergarán las instituciones convocantes.   También es el origen de una serie de monografías sobre los fotógrafos premiados que  pretendemos se convierta en referencia en el mundo de la fotografía contemporánea.     No se trata de convocar y premiar, sino de dar un apoyo sin dudas a la fotografía.    No sólo se dota económicamente, sino que en torno a él se realizan numerosas actividades: se inicia una colección, también una serie de monografías, exposiciones, etc.

El jurado estuvo presidido por Pilar Citoler y contó entre sus miembros con tres fotógrafos: Per Barclay, Pablo Genovés y Carlos Pérez Siquier.    Rosa Olivares aportó su sabiduría y experiencia al jurado en el que también estaban presentes Oliva Arauna y quien suscribe.  En este punto, de agradecimientos, hay que citar la mucha colaboración que para la organización de este premio tuvo la ayuda de Nathalie Parienté y Guillaume Piens.  Aunque hemos citado ya a Per Barclay es preciso reiterar que “prestó” una de sus imágenes, procedente de la Colección Circa XX, a la primera convocatoria.   Su generosidad, tan poco habitual en la vida contemporánea, merece, en este punto, las líneas que preceden.   Como miembro del Jurado tengo que insistir en el apoyo que hemos recibido de la Diputación, representada por el Vicepresidente de la Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí, Serafín Pedraza y de la Universidad, y su magno, más aún en este caso, Rector, José Manuel Roldán.

Tenemos que añadir que las deliberaciones del jurado, ante el extraordinario cúmulo de fotografías presentadas, fueron en extremo laboriosas y llenas de una gozosa insatisfacción poco habitual en los Premios.   Es sabido que la labor de los jurados en muchos certámenes no pasa de ser una búsqueda de aguja artística en pajar desordenado.   No fue el caso.

La vocación del premio tiene un doble sentido: su contemporaneidad y su deseo de internacionalidad.   No es un Premio destinado al hallazgo de nuevos valores artísticos sino más se deseaba subrayar una trayectoria ya consolidada.   Una trayectoria dentro del mundo de la fotografía contemporánea.   Es sabido que es misión insoslayable de cualquier certamen similar el aportar luz sobre trabajos silentes o no del todo conocidos.   En este sentido todos los miembros del jurado consideraron que otorgar el Primer Premio a la obra de Begoña Zubero (Bilbao, 1962) redundaba, con extrema justicia, en el objetivo antedicho.

Begoña Zubero Apodaca estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid.  Posteriormente se trasladó a Nueva York, donde residió cuatro años y  estudió fotografía en la School of Visual Arts.  Sus exposiciones individuales han tenido lugar en muy diversas salas.  Entre las más recientes citemos la que acaba de inaugurarse, hace apenas tres días, en la bilbaína Sala de Exposiciones del BBK.

La fotografía premiada forma parte de un proyecto fotográfico llamado “Existenz” que recorre diversos lugares protagonistas de la historia europea del pasado siglo veinte.   La imagen pertenece  a  la serie sobre la ciudad de Berlín y está tomada en la sede  de las oficinas de la policía política de la República Democrática Alemana, la temida Stasi.  Concretamente  retrata la  mesa de la sala principal de reuniones: sala todo triste orden, luces quietas y mudas, ausencia de los millones de papeles que ahora se están reconstruyendo.  Lugar, e intenciones, las de Zubero que parecen estar evocando aquello tan borgiano de “El muro y los libros”: “ciertas medias luces, ciertos lugares, todo ello nos quiere decir algo, o nos ha dicho algo que no debiéramos haber pasado por alto, o está a punto de decirnos algo.  Esta inminencia de una revelación que no llega a ocurrir es, quizás, el hecho estético”.  Mundo, el de esta artista, de inquietantes y silentes luces, en el que la fría asepsia -adornada de silenciosos teléfonos y apagadas bombillas- retrata muy bien el gélido mundo moral del lugar evocado.  En palabras de la artista: “el sentimiento, el dolor, el silencio y a veces, la paz, una extraña e inquietante paz emerge de estos lugares y la intención es transportar estas sensaciones, recogerlas en fotografías…Todos estos espacios irradian luz,  son lugares tramposos, puesto que habiendo perdido su carácter originario, siendo ahora inofensivos, es como si sus estructuras hubieran almacenado durante todo este tiempo aquel dolor y lo han ido transformando en una sensación mística, en ese silencio tan sereno por un lado, tan abrasivo por otro. Un intento de colarse en la ‘vida cotidiana’ de ‘aquella vida cotidiana’ ”.

Esta fotografía de Zubero, mirada hacia un mundo oscuro, congelado y poético universo de inquietantes reflejos, muy caro a nuestro Jurado Per Barclay, retrata un mundo ordenado en el que queda a la luz la pulcritud de este lugar, alma de temidos archivos en el que ni un rastro humano aparece sobre la barnizada mesa.  “Son lugares -ha escrito la artista sobre el particular- que han permanecido en el tiempo muchos años, son extraños y siniestros, fantasmas de lo que muchos quieren olvidar, presencias que otros se ven obligados a conservar. Destilan sentimientos encontrados: recordar /olvidar. ¿Quién quiere verlos? ¿Son museos? ¿Es cultura? Unos están documentados, otros están abandonados, otros recuperados, algunos son todavía útiles para la vida diaria”. Escenario de tragedias ya ausentes, mundo así de espiritual -mas no neutral- silencio, de voces presentidas, mirada contemporánea muy menos es más.   O concluyendo con las palabras de la artista: “quiero que la cámara archive y a la vez participe con cada nueva imagen a la creación de un sentido, a la transmisión de lo que allí ocurrió. El conjunto de las imágenes no es sólo un mural, es un método posible para acercarse a una herencia histórica. La imagen de este modo se convierte en un método de interpretación y análisis, a la vez que nos revuelve nuestro sentimiento como espectadores”.   Diálogo, el de esta artista, “entre la libertad como sueño, como esperanza y la época que nos toca vivir”, conversación con los lugares y objetos que aún quedan como mudos testigos.  Y volvemos a citar el “Elogio de la sombra” de Borges cuando citando las cosas que han acompañado el pasado escribía: “¡Ciegas y extrañamente sigilosas / durarán más allá de nuestro olvido; / No sabrán nunca que nos hemos ido!”.

Los otros nueve artistas seleccionados, que han presentado fotografías fechadas entre 2003 y 2006 han sido: dos equipos: “AES + F” (“Last Riot 2. Tondo # 13”, 2006) y “AGGTELEK” (“Sculptrashformance”, 2006).  Y los fotógrafos: Edward Burtynsky (“Iberia Marble Quarry # B. Cochino Company, Pardais, Portugal”, 2006); Félix Curto (“Il Sorpasso”, 2006); Amparo Garrido (“De lo que no puedo hablar.   Foto nº 1”, 2006); Germán Gómez (“Mariano Eduardo Nidal Lorenzo”, 2004); Anna Malagrida, “(S/T”, 2006); Eduardo Nave (“Mullberry Harbour-Gold Beach”, 2005) y Diego Opazo, “S/T. Serie Solitas”, 2003).

Varios de los artistas seleccionados explican sus intenciones creadoras en este catálogo junto a la fotografía presentada al Premio.   En todo caso haremos un breve repaso.

El equipo AES + F (1987) está compuesto por cuatro autores de origen ruso: Tatiana Arzamazova (Moscú, 1955),  Lev Evzovich (Moscú, 1958),  Evgeny Svyatsky (Moscú, 1957) y Vladimir Fridkes (Moscú, 1957).  Las iniciales de sus nombres generaron el nombre del grupo en 1987, más el añadido, desde 1995, de la “F” de Fridkes.  Puede considerárseles herederos de la cultura pop tamizada por un acercamiento a la fotografía desde la evocación de la(s) historia(s) del arte.  Sin olvidar el peso que otorgan a sus creaciones la parafernalia de los medios publicitarios.   En cierta medida, la suma de las apariencias opuestas antes citadas compone lo peculiar y perturbador de sus trabajos.  Sus historias nos recuerdan siempre, desde una visión muy contemporánea, a los personajes gesticulantes de “La Balsa de la Medusa” de Gericault, mas inscritos en un mundo lleno de connotaciones, a veces perversas, de la realidad más actual.

Modernos narradores de historias en las que se encierra un guiño de fuerte componente ic(r)ónico -ya se dijo- hacia el mundo de hoy y el mareante avasallamiento de la publicidad contemporánea: cualquier producto puede ser vendido si va acompañado de la ternura, bienestar, frescura y evocación de futuro de las imágenes infantiles, en el caso de este equipo de concepción poco tierna.  Concebidas frecuentemente a modo de tondos, impresos sobre lienzo, sus fotografías en buscado trompe l’oeil remiten a los modelos de tondos clásicos.  Creación en un hilo entre ternura y aberración, traición y nobleza, dulzura y terror.  Tramposa belleza, todo ello, objetivo conseguido, muy perturbador.

Ya se ha señalado muchas veces que el tondo es representación y emblema de perfección.   Introspectiva y esencial figura frecuentada en la tradición pictórica, su simbología alude al centro y al Todo.  Y estoy pensando en tondos como las “Madonna” de Botticelli y Miguel Ángel que pueden admirarse en los Uffizi o en el existente, de El Bosco, en nuestro Prado.   Masaccio también cultivó esta forma circular.  En la edad contemporánea lo han realizado, entre otros y evoco de memoria, Francesco Clemente, Victoria Civera, Fritz Glarner, Laura Lío o Dario Urzay.  Luz y sol, tondo-mandala, energía y meditación, origen y final, boreal y mercurio.   Ojo y vaso, mandala o círculo, es sabido que esta palabra de origen sánscrito, más extendidísima en el inconsciente colectivo, remite a la forma que define con vehemencia la noción integradora de la naturaleza.

Sobre la serie de fotografías “Last Riot”, a la que pertenece la obra seleccionada en este Premio, han escrito los autores: “The virtual world generated by the real world of the past twentieth century as the organism coming from a test-tube, expands, leaving its borders and grasping new zones, absorbs its founders and mutates in something absolutely new. In this new world the real wars look like a game on www.americasarmy.com, and prison tortures appear sadistic exercises of modern valkirias. Technologies and materials transform the artificial environment and techniques into a fantasy landscape of the new epos. This paradise also is a mutated world with frozen time where all past epoch the neighbor with the future, where inhabitants lose their sex, and become closer to angels. The world where any most severe, vague or erotic imagination is natural in the fake unsteady 3D perspective. The heroes of new epos have only one identity, the identity of the rebel of last riot. The last riot, where all are fighting against all and against themselves, where no difference exists any more between victim and agressor, male and female. This world celebrates the end of ideology, history and ethic”.

Xandro Vallés González (Barcelona, 1978) y Gema Perales García (Barcelona, 1982) componen el equipo AGGTELEK.  La fotografía presentada al Premio “Sculptrashformance” forma parte del trabajo habitual de esta couple, creadores de un universo, muy personal, a mitad de camino entre realidad y ficción.   O, mejor expresado, creadores de un imaginario propio, que se articula por la inserción en el discurso de las apariencias de unos personajes, muchas veces embozados, creados que padecen el contorsionista entorno de objetos de desecho, embalajes, papeles, cintas, cajas, etc. Collage fotográfico muy conceptual que visto desde cierta distancia emula una composición escultórica.   Personajes embalados, reales, junto a unas maquetas realizadas también emulando seres, que padecen idénticas fatigas a los reales.  Performance congelada por el objetivo fotográfico.  Lo que explica el título: que combina escultura, basura, y “formance”.

El trabajo del canadiense Edward Burtynsky (Ontario, 1955), basado en el reflejo del impacto industrial en los espacios naturales, se ha convertido en los últimos años en un referente de la fotografía actual. Más allá de una mera crítica ecologista a la implantación de instalaciones de reciclado, minas, refinerías, presas y otras acciones industriales que transforman negativamente el medioambiente, la obra de Burtynsky es un profundo análisis de la relación entre el hombre y la naturaleza.

Desde una visión romántica -pero alejada de la corriente clásica que busca la perfección de una naturaleza intacta- sus obras están marcadas por la nostalgia y reflejan la grandiosidad de impactantes escenarios naturales que han sido marcados por el progreso.   Aunque los últimos años Burtynsky ha desarrollado su trabajo fundamentalmente en Asia, ha recorrido diferentes países en busca del efecto de la mano del hombre sobre el paisaje. Entre los proyectos más recientes se encuentran Shipbreaking, que contempla los astilleros de Chittagong, en Bangladesh, y Before the flood, sobre la gigantesca presa construida en las Tres Gargantas, en China.  Los “paisajes manufacturados” de Burtynsky, que forman parte de colecciones públicas y privadas de todo el mundo, tienen el poder visual añadido de un trabajo de laboratorio que satura los colores y del gran formato que utiliza, así como del enfoque, siempre acertado, que sabe convertir cada escena en una imagen impactante.

Se ha considerado a Burtynsky uno de los fotógrafos más  preocupados  por la situación planetaria. Citemos, a este respecto sus estremecedoras series de imágenes de desguaces de grandes barcos, vertederos de neumáticos, ríos de níquel y muchos otros rastros de nuestro paso por el mundo.

Naturaleza habitada las canteras de Burtynsky, como la que presentó al Premio, en las que el trabajo del hombre no es visto, sólo, desde un punto de vista crítico, sino más bien desde el sentido de captación de una nueva realidad.    La visión del ordenado e implacable desgaste a que se somete el paisaje por la acción de la excavación y extracción mineral.   Este artista ha mostrado en sus series numerosas canteras.   En general parecería deducirse, entre las intenciones del trabajo del artista, la impresión del inmenso poder de la naturaleza, superior a las heridas que la actividad humana produce: los citados “paisajes manufacturados”.  O en sus palabras: “these images are meant as metaphors to the dilemma of our modern existence; they search for a dialogue between attraction and repulsion, seduction and fear. We are drawn by desire – a chance at good living, yet we are consciously or unconsciously aware that the world is suffering for our success. Our dependence on nature to provide the materials for our consumption and our concern for the health of our planet sets us into an uneasy contradiction. For me, these images function as reflecting pools of our times”.

Félix Curto (Salamanca, 1967) ha hecho de los espacios naturales de México su habitual lugar de trabajo, junto a la Patagonia y España, creando una suerte de romántico viaje fotográfico, con deliberada vocación de autenticidad, muy a lo Kerouack.  Las fotografías de Curto están pobladas, en apariencia in absentia, de la cultura contemporánea.  Evocación de lo recordado del viaje como experiencia iniciática.  Moderno artista nómada, algo post-dadá, defensor del viaje interior, del sueño “a la orilla del camino” (sicum el artista).  Individual y silenciosa aventura en paisajes desérticos que acaba convirtiendo a sus fotografías en una suerte de ilusión mística.

Camino perdido y errante el que parece retratar este fotógrafo de imágenes silentes y quietas, quizás movidas por la tibia luz del viento.   Naturaleza a veces habitada por el fragmento de un vehículo, una señal, un resto de una carretera.   Evocación frecuente la de Curto de tendencia fetichista pues es usual que de muchos de esos viajes retorne con inverosímiles fragmentos u objets trouvés que aporta a sus exposiciones, de ahí lo de “post-dadá” y en los que siempre se halla una luz muy literaria.

La fotografía presentada, “Il Sorpasso”, al Premio, formó parte de su trabajo “When the Music is over” (2006) en el que insistía en su conocida máxima reinvidicadora del viaje como experiencia iniciática, desde la defensa a ultranza de la realidad que se construye con los recuerdos y la memoria.   Fotografía evocadora de la película homónima de Dino Risi (1962), homenaje por tanto de Curto a un cierto imaginario contemporáneo en el que caben los más diversos repertorios: The Doors, Lynyrd Skynyrd o Tarkovsky.   

Amparo Garrido (Valencia, 1962) ha dirigido su mirada, de modo frecuente, hacia lo más íntimo de nuestra realidad, ya sea el hogar o los lugares en los que convivimos.   Puede decirse ha trabajado en diversas series siempre complementarias que no opuestas, a pesar de las engañosas apariencias.   Y estoy pensando ahora en su muy construida y abstracta “Vacaciones en el mar”, en el que ya existía algo de esa pasión por la mirada sobre los abigarrados lugares de estival convivencia.    Algo parecido sucedía en “Ventanas, papeles y el hombre del saco”, que acentuó en sus barthesianos trabajos posteriores: narrativas visiones interiores, fotografías del alma de las casas de sus anónimos y ausentes amigos con nombre, en las que junto a los libros parece erigirse siempre una fuente de imagen: una suerte de misteriosa ventana abierta a un exterior o más allá.  En cierta medida, estos retratos de interiores, eran también retratos de los ausentes.   La obra de Garrido es una permanente interrogación de dualidades: lo lleno y lo vacío, visión de interior con ausencias, también visión del exterior desde la protectora calidez del interior.   También exterior contenedor de hirvientes grupos humanos, convertido en representación normativa y cuasi conceptual.

La fotógrafa ha declarado en ocasiones su querencia por la representación de la tensión entre los opuestos.  En ese sentido ha de entenderse la fotografía presentada al Premio: “De lo que no puedo hablar” (2006): interrogación sobre los misterios de lo visible.  Nueva dualidad de su obra: lo humano, tratado en series anteriores, junto a lo animal.   Visión de lo animal en la fotografía presentada, animal en humanísima pose, algo que ya pudimos apreciar en su serie “Sobre perros, la mirada y el deseo” (1997-1998).  Entonces, acortando distancias frente al devenir de quienes (des)poblamos el planeta.

Garrido enlaza con numerosos fotógrafos que han tratado, contemporáneamente, la perplejidad ante la intensa vida animal.  Es lógico que un ser como el artista indague en la misteriosa esencia, tan próxima, de la vida de los (otros) animales. Recuérdense ahora, entre otros, a Richard Billingham, Karen Knorr, Hiroshi Sugimoto o William Wegman.

La fotografía de Germán Gómez (Gijón, 1972) “Mariano Eduardo Nidal Lorenzo” (2004) pertenece a su serie “Compuestos” en la que se intercambian en “operaciones” combinatorias varias, diversos fragmentos del rostro de trece individuos.  Fotografía “compuesta” de la pura materia fotográfica, fragmentada y posteriormente unida con hilo.  En ese sentido los retratos del cirujano-fotógrafo-tejedor Gómez son reconstrucciones de porciones de rostros alcanzando, es obvio, un nuevo e imaginario inexistente retratado.  Que, eso sí, tiene su identidad, también compuesta de los diversos donantes al “trasplante” de este nuevo ser: “No puedo concebir la fotografía sin que sea autobiográfica. Fotografío como si escribiera un diario, y mi lenguaje ha sido siempre el del retrato. Y en éste me interesa y me intimida especialmente lo profundo del ojo. Apropiarme de la mirada ha sido y es el hilo que relaciona mi fotografía y mi vida”.

Germán Gómez ha indagado permanentemente sobre la condición humana.  Sus fotografías ofrecen muy diversas e inquietantes lecturas: suerte de retrato robot, ficha policial, travestidos, reconstrucción cadavérica, cirugía estética… Es cierto evocan el facetado mundo pictórico de Francis Bacon: coincide Gómez con éste en la frecuente presentación de un hombre desnudo y despojado.  Si Bacon retrata a sus personajes en interiores asfixiantes y de horizontes curvos, no menos desolados son los espacios inasibles y extensísimos, los negros fondos vacíos de Gómez, en los que nada parece esperarse.   Con ocasión de la serie “Yo, tú, él”, declaró: “Su hilo conductor eran las miradas de los personajes. A través de ellas intento reflejar los sentimientos más íntimos de unas personas cuya única esperanza es ser queridas, acogidas y aceptadas en una sociedad que viaja a la velocidad de la luz, sin tener en cuenta muchas veces que no todos podemos ser tan veloces”.   Sobre la serie “Compuestos”, a la que ya hemos dicho pertenece la seleccionada en este Premio, ha explicado el fotógrafo: “Durante varios años retraté únicamente el rostro de la discapacidad psíquica y cerré esa etapa para abrir la puerta a un tema no menos personal, pero sí algo más íntimo. Con el mismo lenguaje, el fotográfico, y el mismo género, el retrato, comencé a dar respuesta a esas preguntas que surgen en una sociedad que te ofrece todo y que al mismo tiempo te arrebata muchas cosas…Siempre tras el rostro de hombres que se convierten en portavoces de ilusiones, miedos, sueños o pasiones. Personajes que se hacen emisarios de mi intimidad.  Y de este modo nacieron series como (…) “Compuestos” (2004), rozando casi lo escultórico, reconstruyo las cabezas de mis modelos a partir de fragmentos de otros rostros que son cosidos literalmente, formando así una nueva identidad. (…) El dibujo convive con la fotografía despojándola de esa belleza palpable y funciona como una herramienta que traspasa la realidad visible, que orada buscando la “verdad”. La línea se abre camino devorando a la imagen, el dibujo se come los fragmentos de carne fotográfica por medio de violentas costuras de hilo o a través de papeles traslúcidos, líneas de grafito o incluso remaches metálicos. Un proceso de “destrucción” que deja en el aire cuestiones relacionadas con la fragilidad y heridas, con realidad y deseo, evidencias y veladuras, agresión y sutileza… Cara y cruz del ser humano”.

La fotógrafa Anna Malagrida (Barcelona, 1970), presentó a finales del pasado año en el Instituto Cervantes en Paris la exposición titulada “Vista, punto/Point de vue”, en la que se mostraban algunas de sus series más representativas de fotografías de gran formato.  Entre sus trabajos han de destacarse las series de medianerías (“Las habitaciones”) en las que una composición ordenada, por la retícula creada por las ausencias de muros, deja ver las anteriores presencias de los seres que habitaron antes del derribo: papeles pintados, colores, huellas de escaleras, huecos, restos de mobiliario…   Temática de interior, en este caso ya ausente, paralelo de su serie “Interiores (Las fachadas)”, en la que de nuevo una construida visión de fragmentos de fachadas componen una enigmática inquisición sobre los contenidos de los seres-presentes-invisibles de su interior. Malagrida, narradora de historias de difícil aprehensión, y me refiero a las figuras evanescentes que, como sombras, a veces pueblan sus fotografías, ha declarado sobre su trabajo: “fotografío la ciudad en su intimidad, la vida de los edificios al caer el día, escenas en torno a las ciudades. En mis imágenes hay personajes aislados, en sus casas o en el paisaje de la periferia urbana. Fotografiar lo íntimo es exponerse a la paradoja de la imagen, reveladora y escondida, que transmite una cierta mirada voyeur de nuestra sociedad. Entre la ficción y el documental, mis imágenes intentan apropiarse de la realidad para escrutar mejor el imaginario. La fotografía es para mí un lugar de transformación de la mirada y de construcción de uno mismo”.

Conocimos a Eduardo Nave (Valencia, 1977) a través de series fotográficas muy experimentales, y de vocación cuasi abstracta como “Paisajes intermedios” (2000-2005) y “Campos de Arroz” (2004-2005). Entre sus trabajos más conocidos es preciso reseñar su serie “Normandie: Les Rivages du dèbarquement” (2003-2005), poético y romántico análisis fotográfico que muestra las playas y las zonas de desembarco de la contienda mundial.  En ellas la serena belleza del paisaje evoca, in absentia de plácida apariencia, la dolorosa memoria del recuerdo.  La fotografía presentada al Premio lleva por título “Mullberry Harbour-Gold Beach” (2005) y pertenece a la serie antes citada sobre Normandía.   En ella se muestran, todo quietud y apenas ondulación de las aguas, las ruinas de lo que fue una suerte de puerto artificial -muerte y destrucción otrora- para los conocidos fines bélicos.

El paso del tiempo en el entorno natural (virgen o deteriorado por la presencia humana) ha sido una de las temáticas en la fotografía de Diego Opazo (Santiago de Chile, 1966).  Fotógrafo con mucha querencia por lo objetual y por el detritus, por lo aherrojado, de una cierta estirpe surrealizante.  Muchas de sus fotos ofrecen una visión de la realidad en la que parece prevalecer un cierto y contenido asombro ante lo que le rodea.   Compartiendo muy diversas temáticas pero en las que siempre parece prevalecer una virginal perplejidad.   Por un lado el de subrayar la presencia humana en elementos de arquitectura histórica o naturales.  Por otro, vegetaciones en espacios imposibles: entonces vida frente a ruina o cemento, paisajes inefables, junto al mismo trato visual para el vertedero, la chatarra abandonada y bella, el objeto que tuvo vida (butacas y objetos del reposo: colchones y camas)… Se entiende la afirmación del artista respecto al hallazgo casual, en ocasiones rápido, del motivo a fotografiar como -por contra y compartida- la laboriosa búsqueda y espera de la luz debida.   La fotografía presentada (“S.T, Serie Solitas”, 2003) habla de los anteriores asuntos: un contenedor abandonado en un solar a la espera de la presentida luz crepuscular.   La extraordinaria calidad y belleza de su deteriorada herrumbrosa piel metálica evoca un cierto aspecto lucernario: lámpara furtiva de la hora del ocaso.

Los artistas seleccionados muestran sus obras en el marco de la exposición “El ojo que ves”, una selección de las obras adquiridas desde 2000 por Pilar Citoler.  Colección la suya que ejemplifica, de modo señero, lo que ha sido el transcurso de la historia de la fotografía.   Desde sus ejemplos más antiguos (la primera fotografía, cronológicamente es una “rayografía” de Man Ray de 1924) hasta la actualidad del mismo ayer.   En sus rarezas, lo hemos mencionado hasta el hartazgo, la visión, muy certera, sobre el arte internacional, y una extraordinaria intuición, fuera de toda duda, para conformar una colección desde el conocimiento más profundo del arte.   En su colección ocupan lugar de privilegio la fotografía y el vídeo contemporáneos.  El apoyo que ha otorgado Pilar Citoler a este premio que lleva su nombre ha sido fundamental y en este sentido no está de más reiterarle, de nuevo, el agradecimiento de las instituciones convocantes y de los miembros del Jurado.  Ella otorgó la confianza a dichas instituciones organizadoras y sumó fuerzas con el aval de una colección que puede calificarse como una de las más importantes existentes en España.    Un país que, como es sabido, no ha tenido una gran tradición coleccionista.   El que Citoler comenzara su colección hace más de treinta años habla de la seriedad -e intensidad- de sus intenciones.

Sobre lo antes citado, sobre el apoyo otorgado por Pilar Citoler al Premio de fotografía, escribió la coleccionista con ocasión la presentación del mismo en Paris: “supone depositar vuestra confianza en el presente y en el futuro del Premio, apostando por una empresa llena de ilusión, en la que todos deseamos tenga la proyección que merece como premio español, dentro y fuera de nuestras fronteras. Vuestro apoyo, reflejado en esta presencia, es decisivo para su consolidación e importancia futura.  La Universidad y la Diputación de Córdoba (…) como instituciones vivas y solidarias, de máxima influencia en la sociedad cordobesa, deciden unir esfuerzos para divulgar la cultura más actual y hacer patente su vocación y trayectoria universalista.  El trabajo de ambas Instituciones es amplio y tenaz.  Han elegido dentro de las Artes Plásticas un Premio de Fotografía para hacer patente su interés por las técnicas artísticas más actuales y vanguardistas.  Córdoba, ciudad de encantos, poética y mágica, donde cada calle y rincón es un mensaje constante de su legado cultural y artístico, quiere trascender de su propia herencia, cargada de historia, y persigue una nueva dimensión: el encuentro y búsqueda de la modernidad.  Bisagra de culturas, heredera de siglos de civilización y con el don de la concordia y la yuxtaposición, respetando la esencia de cada una, ha engrandecido el pensamiento y el alma de sus gentes.  Generosos, activos, afables, imaginativos y siempre anteponiendo la amistad, por encima de toda adversidad.  Partiendo de todo ello, Córdoba quiere transmitirnos su riqueza de sentimientos, su visión de la vida y su grandeza.  La creación  del Premio Internacional de Fotografía, no es más que el reflejo de todo ese potencial anímico, de su vocación de entrega y transmitirnos su visión de futuro. Córdoba apuesta por esa modernidad apoyándose en la fuerza y seguridad que dan, sus siglos de historia y cultura”.

Queda todo el futuro por hacer pues es sabido que el Premio prosigue su andadura y se preparan nuevas presentaciones de la siguiente convocatoria para este recién iniciado 2007.   Premio que nace con la fuerza del entusiasmo de las instituciones convocantes y el apoyo indudable de la coleccionista que da nombre al Premio.  Vocación cosmopolita y muy contemporánea la de la coleccionista y que ha querido que Córdoba, una ciudad que fue pionera en los sesenta de la aventura abstracta, y estoy pensando en la pionera sala del Círculo de la Amistad de la ciudad, vuelva a situarse en el lugar contemporáneo del que nunca debió haber salido.