CHEMA ALVARGONZÁLEZ, ÍNTIMA CONVERSACIÓN CON LO INVISIBLE. -EL ARTISTA AUSENTE-

CHEMA ALVARGONZÁLEZ, ÍNTIMA CONVERSACIÓN CON LO INVISIBLE. -EL ARTISTA AUSENTE-

Texto publicado en el catálogo:
“Espacios Imaginados”
Madrid, 2006: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 64-67
[Intervenciones de Chema Alvargonzález, José Manuel Ballester, José Manuel Broto, Alicia Martín y Soledad Sevilla, en el contexto de ARCOmadrid 2006.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].
 

 

CHEMA ALVARGONZÁLEZ, ÍNTIMA CONVERSACIÓN CON LO INVISIBLE

(EL ARTISTA AUSENTE)

 

 

Oh, noche perdida, ciego punto de caída donde se ceba la pena

Paul Eluard

Imaginado de dentro hacia fuera, habitando todos los lugares que pasamos, viviendo por un instante

en todas las habitaciones que se iluminan en las casas de los pueblos que vamos dejando atrás

Chema Alvargonzález

Un escaparate

Que refleja

El caminar

De nuestro deseo

Chema Alvargonzález

La luz es el primer animal visible de lo invisible
José Lezama Lima

Todo  lo que existe en esta hora / de absoluto fulgor / se abrasa, arde / contigo, cuerpo, / en la incendiada boca de la noche

José Angel Valente

Abismos luminosos

Robert Walser

Cada noche, al caer las tinieblas, se ve una lámpara brillante que surge y permanece, graciosamente, sobre la superficie del río, a la altura del puente Napoleón, y lleva dos lindas alas de ángel en lugar de asa…  Sus  brillos, blancos como la luz eléctrica, borran las luces de gas que bordean las dos orillas del río, y entre las cuales avanza como una reina, solitaria, impenetrable, con una sonrisa inextinguible, sin que su aceite se esparza con amargura

Lautréamont

 

Y solo de la luz acompañado

Calderón de la Barca

 

La locura de la luz

Maurice Blanchot

 

 

 

 

Invisible (Del lat. invisibilis) adj. 1. Que no puede ser visto. ║ 2. V. sombras invisibles ║ loc. adv. fig. en un invisible. En un momento

 

Visible (Del lat. visibilis) adj. 1. Que se puede ver. ║ 2. Tan cierto y evidente, que no admite duda.

 

(“Diccionario de la Lengua Española”, Real Academia Española, 21ª Edición, Madrid, 1992)

 

 

 

 

Esquiva es la apariencia de lo real.  Y el misterio, siempre infinito, se encuentra en la esencia de las cosas.   Las luces entrevistas, los seres que como estelas atraviesan las calles, la ígnea esencia de las tardes que se apagan.    El misterio de lo visible.    Los mapas que el azar dibuja en el viento trazando inapelables lazos que constituyen, luego, la vida.   Catarata inagotable de formas a duras penas aprehendidas, esencia del vago devenir humano.  Música silente no exenta de incertidumbres.  Hombre-llama-parlante escribió Novalis.    Viaja el hombre permanentemente, viaje invisible, extático y asombrado, siempre en el mismo lugar en el que voces ajenas resuenan.   La vida es sueño, y sombra, y ficción, escribió, al cabo Calderón.  Y también que somos fuego y yelo

El hielo que debió entrever el escritor que envidiaba el calor del hogar vislumbrado entre las ventanas, el escritor que, después del silencio, calló para siempre entre la nieve de Herisau.

 

Chema Alvargonzález (Jerez de la Frontera, 1960) utiliza la luz como un medio para reflexionar sobre la sociedad actual y muy especialmente sobre los aspectos más laberínticos de la misma.  Por extensión, su reflexión no está exactamente limitada al tiempo en que vivimos sino, también, al propio devenir humano.  Alvargonzález es artista que se ha situado siempre desde una defensa a ultranza del creador como médium-captador de las brumosas luces que le-nos rodean.  Ser único, demiurgo -mas golfo de sombras- del humo de lo inenarrable.   Artista-ser-revelador, mas no de sus aspectos más externos sino, por el contrario, de sus lados más sensibles y oscuros, el poliédrico misterio inatrapable de lo invisible. Escrituras del aire, mapas inexistentes otrora, voces que no se escuchan, las luces que evanescentes fueron entrevistas, sombra de sombras, lo que pasó y apenas se aprehendió.   Lo que no se ha escrito, tampoco dicho.   Lo que ni se escribirá ni se dirá jamás. El azar creador y no el orden como elemento de la existencia.   Su actitud creadora, reflexiva y en ese sentido mental, es sin embargo defensora de una suerte de artista cuya alma atiende, dando lugar prioritario a la intuición, los espacios que se ocultan en alguna dimensión perdida -mas no por ello menos importante- de lo perceptible.

Su reflexión es realizada en muchas ocasiones desde una perspectiva de ecos literarios (Alvargonzález ha citado en alguna ocasión a Boris Vian y su novela “Otoño en Pekín”).   Creador de una Exopotamia propia, el país imaginario de Vian, él mismo ha explicado que su obra trata de establecer posibles lecturas de las fotografías y abrir al espectador el archivo de su memoria trazando nuevos viajes mentales.    Artista que ha defendido la serendipidad o estado de alerta de la percepción poética en el que es fundamental el deslizamiento entre las líneas de lo visible. Para Chema Alvargonzález valdría la sentencia: «podría decirse que al escribir se ausenta», que escribió Walter Benjamín sobre Robert Walser. Afirmación que servía para definir a este escritor, también al artista, situados ambos sobre el borde de lo inteligible.  Robert Walser, por cierto, autor del libro “El Paseo” (1917), verdadera exégesis del alma del paseante que transita, ajeno mas estupefacto, el mundo.  Quien escribiera la más amplia reflexión sobre la observación del mundo exterior por el artista.  El paseo es imprescindible para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa.  Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada (…).  En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles.   Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente.   Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil.   Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando, en tanto que me ofrece como material numerosos objetos pequeños y grandes que después, en casa, elaboro con celo y diligencia.  Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir.   De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales(…) su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier (…) tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña.   De otro modo, pasea tan sólo con media atención y medio espíritu, y eso no vale nada.   Tiene que ser capaz en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá lo sea.   Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a las más profunda y mínima cotidianeidad, y probablemente sabe.  Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos y ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas lo hacen feliz, como todo cumplimiento de obligación hace feliz y rico en lo más íntimo a quien tiene una obligación que cumplir (…) sus múltiples estudios lo enriquecen y entretienen, lo calman y refinan y rozan a veces, por improbable que pueda sonar, con la ciencia exacta (…).  Secreta y misteriosamente, siguen al paseante toda clase de hermosos y sutiles pensamientos de paseo, de tal modo que en medio de su celoso y atento caminar tiene que parar, detenerse y escuchar, que está cada vez más arrebatado y confundido por extrañas impresiones y por la hechicera fuerza del espíritu, y tiene la sensación de ir a hundirse de pronto en la tierra o de que ante sus ojos deslumbrados y confusos de pensador y poeta se abre un abismo (…).  Tierra y cielo fluyen y se precipitan de golpe en una niebla relampagueante, brillante, apelotonada, imprecisa; el caos empieza, y los órdenes desaparecen.  

Alvargonzález ha declarado partir de la intuición, entendiendo ésta como luz que ilumina caminos que permanecían oscuros.   “Fuegos fatuos”, sicum el escritor antes citado.  Esta intuición conjuga formas, luz, sonido, movimiento, enigmas espontáneos, abismos luminosos, que escribiría Walser.  En este diálogo que pervivirá a través de la memoria, es fundamental el eje: luz-palabras-formas-arquitectura-espectador.  En este eje, la palabra (en nuestro caso “visible” e “invisible”) funciona no sólo por sus significados sino, en el mismo nivel, por la forma física como elemento que coopera en la lectura de la creación.  Defensor de imágenes concebidas desde el interior de su espíritu, estas imágenes tienen esa banda sonora -la del alma- íntima, banda sonora que incluye, también, el silencio.

Silencio rumoroso y próximo al pavor descrito por Lovecraft.  Como éste, Alvargonzález, creador también de una ficción espectral, parece odiar la luz del día y ser el suyo territorio nocturno.   Allí experimentará, como el último escritor, una extraña sensación de expectación y de aventura, relacionada con el paisaje, con la arquitectura y con ciertos efectos de las nubes en el cielo.  Como Lovecraft, Chema Alvargonzález podría suscribir que los atardeceres sobre los tejados extendidos por la ciudad, tal como se ven desde ciertos miradores de la gran colina, me conmovían con un patetismo especial (“Autobiografía de Howard Phillips Lovecraft”, 1933). O con André Breton: ¡ Obscena noche, noche de flores, noche de estertores, noche embriagadora, noche apagada cuya mano es una comedia abyecta sujeta por todos los lados con hilos negros !.  Alvargonzález entiende la arquitectura como un asunto estrechamente relacionado con el hombre, tejido extendido como una segunda naturaleza con sus propias reglas, que la ordenan marcando sus diferentes ritmos y aspiraciones.  La visión de este tejido en la noche es muy contemporánea, y esa amalgama de luces en movimiento es como una metáfora de la era de la comunicación en que vivimos.  La luz de la ciudad parece como el interior de un gran computador, donde los flujos de energía se transportan de un lado a otro.

Termina Lovecraft en su citada autobiografía: la ficción espectral debe ser realista y centrarse en la atmósfera; confinar su salida de la Naturaleza al único canal sobrenatural elegido, y recordar que el escenario, el tono y los fenómenos son más importantes para comunicar lo que hay que comunicar que los personajes y la trama.

Chema Alvargonzález utilizó las últimas palabras dichas por Goethe en el lecho de muerte: “Mehr Lictht (Más Luz)” en uno de sus proyectos, el situado en la fachada de la embajada suiza en Berlín.   Edificio este último, emblemático, situado entre el Reichstag y la Bundeskanzleramt.  Luz, la de Alvargonzález, (primer animal visible de lo invisible, escribía Lezama Lima), como elemento de energía, fuente esclarecedora, como ritmo que marca el paso del tiempo. También el tránsito casi inapreciable: la evolución entre el día y la noche.   Luz coloreada en la que el uso de las diversas gamas tiene connotaciones simbólicas: azul-espiritual; rojo-impulso, atención, pasión; amarillo-luz, conocimiento… siempre combinados en función de la obra y su relación -reflexión poética no exenta nunca de hondo pensamiento en todo caso- con el entorno en donde se ubica.

Alvargonzález múltiple, ausente y presente.  Su máxima es conocida: quien quiera ir más allá, deberá desaparecer, huir de la vida establecida y apacible.  Algermon Blackwood escribió en “Antiguas Brujerías”, uno de los libros favoritos de Lovecraft, palabras que parecen referirse a nuestro artista: Hay, al parecer, ciertas personas (…) sin ninguna característica que las haga propicias a correr aventuras, quienes, sin embargo, sufren una o dos veces en sus vidas apacibles una experiencia tan extraña que obligaría al mundo entero a contener la respiración… ¡Y a pensar en el más allá!… Rumor poético: reflejos, deseo, viento, abismos, invisible, humo, palabras, fuego, alma. La voz de Georg Friedrich Philipp von Hardenburg (Novalis) cuando escribió que el hombre es una llama parlante.  Creador de luces; navegador y cartógrafo de ausencias; libros encontrados encima de una caseta de luz; preguntas sin respuesta que remiten a preguntas sin respuesta que remiten a preguntas; romántico evocador de las cenizas del encuentro de los cuerpos; ordenado escritor desorientado; geómetra de la soledad; poeta atrapado por una íntima conversación con lo invisible; vagabundo errático a la espera de la chispa; ser viajero que busca (caminar entre las calles de niebla (…) como un voyeur de la poesía); artista ígneo (encima de una ciudad teñida de fuego o el fuego de la ciudad reflejada en un mar que nos transporta hacia la isla de nuestro deseo); atrapador de reflejos; buscador de los límites de nuestro infinito (de dentro hacia fuera, hasta reconocer la falta de límites en el cerco de nuestro infinito); paseante que indaga despacio, lentamente, la poesía interior de la palabra que nos refleja, a través de la inmensidad del espacio exterior; atravesando siempre –dixit- la cortina de lo irreconocible.

En fecha reciente preguntábamos a Chema Alvargonzález sobre su segura vocación de baudeleriano “flâneur”, de extraño paseante atento a nuestras ciudades absorto ante el soberbio espectáculo de cuanto el alma humana, la memoria colectiva en palabras del artista, muestra en derredor.

Ligando lo anterior con la literatura, con el Walser paseante antes citado, nos evocaba su interés por la figura de Ramón de Mesonero Romanos, paseante irredento, perspicaz observador de la ciudad contemporánea.  Aquél que citaba a Quevedo para hablar de sus “verdades desnudas”. “Desfogador de la acrimonia”, contemplador objetivo del hondo dolor producido por la realidad.  Observador no indiferente, conocedor, como el artista, de la dura ley de vivir en este triste mundo (Mesonero Romanos, “Mis ratos perdidos o ligero bosquejo del Madrid de 1820 y 1821”, Madrid, 1822).

Entre la temática del jerezano, recordemos las fotografías de la serie “La herida de la ausencia en la memoria”, de 2002, en las que refleja la vida urbana neoyorquina tras el atentado de las Torres Gemelas.   Siempre desde una perspectiva en la que, por lo general ausente la fisicidad del ser humano -que no su emoción, ni su espíritu, ni su poesía, ni su imaginación-, se analizan las relaciones visuales creadas en el espacio urbano: hay un fantasma que vaga por las calles de Nueva York: es la memoria colectiva.  La herida está abierta, transformada en un gran agujero de luz.  Rodeada de edificios vacíos donde una mesa, un vaso, un informe, se han detenido para siempre.  Los cristales que se mantienen de pie, son espejos que reflejan la ausencia (Victoria Bermejo, “La herida de la ausencia en la memoria”, Galería Carles Taché, Barcelona, 2002).

Una de sus exposiciones, “Palabras corpóreas”, celebrada en 2003, mostraba un conjunto de fotografías del intercambiador de Nuevos Ministerios de Madrid.  De lo anterior se deducirá su interés por intervenir ahora en una zona tan próxima a ésta en la que ya ha trabajado.  Junto a las fotografías, y ligadas a las fotos, creando una suerte de inventado y espiritual territorio, Alvargonzález elegía nueve palabras, ocho de ellas escritas en neón rojo.  Entre ellas: abandono, sombra, espejo, luz, transformación y reflejo.  En color azul: ausencia.    Este punto de Madrid contiene numerosos elementos simbólicos que se encuentran en el alma creadora de las metáforas de Alvargonzález.   Dos de las más sugerentes, el ser una zona en permanente tránsito, tanto en la superficie, nudo agitado de calles, como en su interior, por la presencia de la terminal de los Nuevos Ministerios.  Otra no baladí: la evocación ígnea de un edificio desaparecido, ahora “invisible”, sito en su proximidad.

La investigación sobre el trayecto, el desplazamiento, el movimiento, es una de las constantes de la obra de Alvargonzález.  Trayecto, tanto físico como mental, metáfora del viaje como vía -aparecer y desaparecer- para llegar al saber. Defensor poético de la deriva como esencia del alma humana (su exposición en la galería de arte Fernando Silió, 2005, llevaba por título “Sobre la navegación”).  El viaje es fuente de conocimiento, luz fugitiva y creadora, aprehensión de lo inatrapable, ciudad paralela, desde la certeza de que los viajes producen conexiones.

Fahr in Blau fue uno de sus proyectos (1998), dentro de la exposición berlinesa “Standortfaktor”, cuyo soporte era un autobús con el que cada artista realizaba un proyecto en relación con la metrópolis de Berlin.  En palabras de Alvargonzález: al atardecer de estos días de primavera y tomando como salida el pabellón de cristal al lado del Volksbühne en Rosa Luxemburg Platz inicio el recorrido con el “Autobús Azul” por la ciudad.   El autobús fue iluminado de azul de neón y en los recorridos hechos por la ciudad fue fotografiado, contrastando los diferentes espacios urbanos.    Recorridos entre la periferia y el centro de la ciudad, los lugares conocidos por los turistas y que la ciudad reivindica como la identidad de su propia imagen y los espacios anónimos donde las ciudades repiten paisaje y su percepción se diluye.

Alvargonzález estudió pintura y multimedia en la Escola Massana de Barcelona (1985-1988), y posteriormente en la Universidad de Bellas Artes de Berlin (1989-1992), en donde, con Rebecca Horn como profesora, realizaría un Master de Bellas Artes Multimedia (1992-1993).  Su primera exposición individual tuvo lugar en la Galería UN de Barcelona (1986).  Entre sus más antiguas instalaciones destaca la que realizó, 1994, en la Villa Malaparte en la Isla de Capri.

Una de las temáticas habituales del artista parte del uso de elementos del viaje: metafóricas y usadas maletas o arcones que, a modo de quiméricas y líricas cajas de sorpresas, espiritual e intenso album de recuerdos, encierran en su interior elementos lumínicos, luces y espejos, que se ubican en el espacio.   Insoslayable es entender que estas maletas evocan de modo ineludible el tiempo, también el tránsito, otrosí la memoria, siempre transformada por la realidad deformante de los espejos.  En palabras del artista, maleta, viaje y avión, son elementos que hacen referencia a la continua transformación humana, al nomadismo de ideas, a la deconstrucción de las fronteras en la filosofía.

La metáfora-técnica de la maleta es suficientemente conocida: una fotografía iluminada que, al reflejarse en el espejo de la cara opuesta, se introduce, de este modo, en ella.   También video proyección en maleta o arcón, caja de luz caleidoscópica, mostrando, así, espacios ilusorios (como la maleta, de 1996, de la colección del Centro Galego de Arte Contemporánea) o escenas de diversos lugares del mundo: Barcelona, Nueva York, Berlin… El viaje se comprende entonces como un sueño de literarias remembranzas en el que un nuevo mapa imaginario, repleto de fantasiosos caminos, crea un personal universo: Viernes tarde. Interior Librería. Compran un libro de Cortázar que habla de un viaje de París a Marsella sin salir de la autopista durante treinta días.  En las primeras páginas, Cortázar cuenta que cuando vio por primera vez su furgoneta Volkswagen pensó que era un dragón. (Victoria Bermejo y Chema Alvargonzález, “Casas de Luz”, Caja San Fernando, Sevilla, 2005).

En 2004 Alvargonzález situó en un puente en la ciudad de Burgos dos de sus  palabras favoritas: “visible” e “invisible”, colocadas de forma que se podían ver independientemente en los vanos centrales del puente. Una raya azul atravesaba éste de lado a lado, dándole una nueva visión nocturna en la que las palabras flotaban en su reflejo en el agua.  Entre lo visible y lo invisible, entre lo real y lo ficticio.  Palabras hoy invisibles que perduran, arden como las ausencias que diría Gamoneda, reflejadas en las ondas del agua, en nuestra memoria.  La memoria que somos.

La instalación que presenta ahora Chema Alvargonzález en el edificio del Paseo de la Castellana es de doble esencia.   Una palabra corpórea se ubica en la fachada del edificio: “Invisible”.  Esta palabra recibe iluminación por su parte posterior, creando una suerte de halo luminoso.  Otra palabra iluminada, también corpórea, se instala sobre un motocarro que circula por la ciudad, principalmente, ha indicado el artista, “al caer la tarde”.   Una filmación de proyección permanente entre espejos muestra el viaje, sin aparente rumbo definido, del motocarro por la ciudad de Madrid.   De nuevo Alvargonzález hace de la indagación sobre el viaje uno de sus objetos artísticos.

La palabra situada en el edificio sugiere ciertas cuestiones.   Una primera, sencilla, de tipo irónico: un enorme edificio -bien patente- sostiene la palabra “invisible”.  Contradice al diccionario -y el sentido- cuando éste establece que “invisible” es aquello “que no puede ser visto”.  Muchos pensarán en nuevas marcas comerciales lanzadas mediante un marketing despiadado.

Mas hay también una lectura, muy poética, que es la más querida por el artista.  “Invisible” habla de lo que se consumió.   De lo otrora existente, el edificio Windsor y su agitada vida interior, y ahora, tras reducirse a cenizas, queda convertido en espacio simbólico e “invisible”.

Desde el comienzo de este programa sabíamos lo próximo que resultaría este mágico espacio de ausencias a Chema Alvargonzález.  Un artista que ha hecho del viaje (éste es uno de los puntos de comunicaciones más agitado de Madrid) uno de los temas de su creación.   Artista que ha tratado a menudo también cuestiones como la desaparición, lo ígneo, lo que estuvo y ya no está.

Por otro lado, el motocarro circulando por Madrid ya dijimos evoca los traslados de los artistas del paisaje-arte, también los del grupo ZAJ o los viajes de Alberto Greco, que citamos al comienzo de nuestro texto.   También, el motocarro se convierte en un vehículo-arcano que destaca por su contradicción: viejo vehículo que camina con frágil lentitud entre el vértigo del tráfico y que porta en su lomo una palabra simbólica: “visible”.

El Diccionario de la RAE dice que “visible” es lo “tan cierto y evidente, que no admite duda”.   Alvargonzález la establece -pone en duda esta definición- con su juego visual.  Es lo que nos recuerda Brian Wallis:  Las dislocaciones del sujeto posmoderno en el espacio (…) indican una nueva atención por el viaje y la movilidad.   En contra del enraizamiento en un lugar concreto, estos artistas exaltan una multiplicidad de lugares y la movilidad del artista.    La verdadera noción del viaje también señala la posibilidad de las zonas liminares como posición, lo que “Smithson” llamó el espacio “dialéctico” (Brian Wallis, “Land Art y arte medioambiental”, Phaidon Press, New York, 2005).

La creación de Alvargonzález habla así, entonces, del diálogo necesario entre puntos dispersos.   De la llamada a la reflexión convocada ahora por el arte.  Del viaje, interior y en ese sentido “invisible”, que el espectador realiza entre lo “visible” y lo “invisible”.  Éste es preguntado por la iluminada palabra “visible”, que, anacrónicamente, viaja en un motocarro que traza numerosos caminos invisibles.   La reflexión se acentúa cuando el espectador encuentre el punto, momento ahora también ígneo, del encuentro entre las dos palabras, la viajera, y la, aparentemente estática, situada en el edificio.   “El viaje invisible” ha titulado el artista a su trabajo.

 

(Nota: La mayoría de los textos citados de Chema Alvargonzález proceden de la publicación: “Reflejos de Ciudad”, Conversación de Chema Alvargonzález con Stefano Gualdi, Christian Marinotti Edizioni, Milano, 2001)

 

“Chema Alvargonzález, íntima conversación con lo invisible, (el artista ausente)”            en El arte ceniza. El arte contextual en España, texto extraído del catálogo : Espacios Imaginados, Madrid, Febrero 2006, pp,65-67.