ALICIA MARTÍN, IMAGEN Y SABER, AMBIGUA OSCURIDAD

ALICIA MARTÍN, IMAGEN Y SABER, AMBIGUA OSCURIDAD

Texto publicado en el catálogo:
“Espacios Imaginados”
Madrid, 2006: Ámbito Cultural-El Corte Inglés, pp. 161-181
[Intervenciones de Chema Alvargonzález, José Manuel Ballester, José Manuel Broto, Alicia Martín y Soledad Sevilla, en el contexto de ARCOmadrid 2006.  En colaboración con Ayuntamiento y Comunidad de Madrid].

 

ALICIA MARTÍN: IMAGEN Y SABER, AMBIGUA OSCURIDAD

 

 

Me vi nombrado director de la biblioteca y poco a poco fui comprendiendo la extraña ironía; era el centro de novecientos mil volúmenes y comprobé que apenas podía descifrar las carátulas y los lomos.

Jorge Luis Borges

  

La realidad está en los dedos de esta mujer que sopla en la primera página de los diccionarios

 

Yo lo sabía todo, he tratado de leer tanto en mis arroyos de lágrimas

André Breton

 

Todo puede ser descrito –verbis– todas las actividades son o pueden ser acompañadas de palabras, así como todas las representaciones pueden ser acompañadas de

 Georg Friedrich Philipp von Hardenburg (Novalis)

 

Más fecundo que el sueño de la razón, el libro engendra quizá el infinito de los monstruos. Lejos de disponer un espacio protector ha desencadenado una ambigua oscuridad en la que se mezclan la imagen y el saber.

Michel Foucault

 

Oh, bocas, el hombre está buscando un nuevo lenguaje, un lenguaje del que nada podrá decir ningún gramático de la lengua

Guillaume Apollinaire

 

 

Gota a gota pende la inexorable luz de la memoria.   La escrita y fugitiva. La invisible que retorna. La que se agolpa en el valle laberíntico de la memoria.  Y las palabras gastadas que anuncian el reparador y sabio silencio.   Memoria personal y memoria colectiva, lo que somos y lo que son los otros.  El silencio luminoso que todo lo explica, mientras huimos, alocados, del postrer día.  Y los cantos infantiles perseguidos que susurran voces y luces que ya se fueron, catarsis hecha de cenizas.  Esfera del oráculo de las palabras que nunca se dijeron.  Explicar para ocultar, ejercicio de comprender para, después, retornar al origen.  Naufragio, ejercicio de inútil ludus, al cabo. Testimonios del ciclo incesante de las cosas: caminos invisibles.  Crear para destruir, crear para olvidar, crear, incesantemente y con vértigo, para vivir.  La trashumancia del Verbo, escribiría René Char.

 

 

“Casas de la Vida” llamaban los egipcios a las bibliotecas.  José Martí habló de la calma, consuelo, enriquecimiento y redención que provocan los libros. Kein, el personaje de “Auto de Fe”, de Canetti, soñó con una biblioteca que se alzaba junto al cráter del volcán, minutos antes de su erupción. Pues bien, Alicia Martín (Madrid, 1964)  ha utilizado el libro como un recurso artístico, no siendo éste, a pesar de las apariencias, exactamente el asunto.  Más bien el libro es un pretexto en el que es fundamental el uso de tal icono visual, icono despojado ahora por la mano de la artista que así lo convierte en aparente y aséptico paralelepípedo ausente de su anterior función.   Libro como elemento constructivo para la recreación de torres instaladas en el aire, o libros que a modo de una “foto-finish” permanecen congelados, manantial gélido, en el aire pulcro de la galería.   Nos recordaba las palabras de otra artista Ida Applebroog citadas en 1981: mi interés por las emociones recurrentes de la naturaleza humana ha comenzado.  La mayor parte de mis obras, también de mis libros, así como de mis pinturas sobre tela de esta época, tomaron la forma de puestas en escena congeladas. Contradictorio icono simbólico el libro. Evocador del conocimiento, de la memoria, del pasado, de los sueños y su involuntaria poesía, de lo inaprensible del saber, de lo efímero del existir, la farsa siniestra del tiempo en palabras de Breton, de las luces del pasado almacenadas en biblioteca…

No exentos de ironía: libros que vuelan por el aire; libros vomitados por ventanas; libros enterrados cual arqueología antigua; libros cayéndose; libros que brotan en jardines; libros en laberintos, parece que atraídos por estos; y libros que sobrevuelan, huidizos, laberintos; libros de parafina; libros de poliéster; libros vistos como en sueños; libros vértigo; libros de alfileres; libros asidos a paredes y techos; libros-bola; libros clavados en el asfalto (titulado por la artista “Jardines”); libros volando por un oscuro espacio infinito; libros que se desparraman aprisionados por los muros; libros-arbotante; torres de libros apretadas de suelo a techo; libros como una visión; libros junto a altares barrocos; libros con fragmentos corpóreos; merz-libros en torreones… son algunas de las imágenes presentes en la obra de Alicia Martín.  Hablamos de ironía en el sentido más lato del término, el etimológico “eiromai”: el respetuoso y eterno “yo pregunto”.   Las preguntas de la artista afectan a diversas cuestiones de la naturaleza humana entre las que no es baladí el aparente aspecto irreverente del uso de los libros a modo de pieza constructiva. Mas la indagación de Martín no es nueva, si bien sus recursos son extraordinariamente originales. Son muchos los artistas que han tratado el asunto del libro en su pintura.    Desde el lector ermitaño San Antonio de Brueghel, autor por cierto de la muy libresca Torre de Babel (1563).  En el mundo español recordar dos extremos temporales: Juan Gris (“El libro”, 1911 o “El Hombre leyendo”, 1925) o la serie “Memoria” (2001) de Rafa Cidoncha. Este último, por cierto, parece haber hecho del olvido (los legajos y libros abandonados) materia pictórica: sus representaciones adquieren tintes simbólicos, un cierto sentido íntimo, de ecos morandianos a veces, siempre personal, cuasi litúrgico.   Mas podríamos continuar citando interminablemente: las abigarradas y lúdicas bibliotecas de Miquel Barceló, los vapuleados libros-pájaro-africanos del “fallecido” Zush y podríamos seguir: las manos que sujetan libros de Julio López Hernández; las ordenadas y mondrianescas bibliotecas de Luis Marsans; los libros recortados de Mateo Maté…y tantos otros nombres que podrían hablar del mundo de la literatura y el libro: Erick Beltran, Pedro G. Romero, Candida Höfer o Richard Wentworth.   “De literatura, libros y librerías” era el título de una muy reciente exposición, con muchos de los nombres que hemos venido citando, en la sevillana galería Rafael Ortiz, demostrando, entonces, la pasión que la letra escrita ha despertado en los artistas plásticos.

No hará falta decir que el tema no es, exactamente, el libro: el libro es el símbolo de lo que se supone que somos; lo que leemos es lo que somos, pero también cómo lo leemos (…).  La suma de todos esos libros, de toda esa información, al final es un vacío,

declaraba Alicia Martín en “Blanco y Negro. Cultural de ABC” (25/I/2003).

La obra de Martín es multialusiva.   Sus libros hablan de tiempo (en numerosos planos: los editados otrora, abigarrados en sus fotografías o esculturas; también de tiempo hablan los que parecen vagar por espacios de misterio infinito), de ausencias (en ese vértigo que parece anunciar su permanente ir y venir, casi nunca detenidos), también de la magia surreal que produce encontrarlos en lugares inverosímiles.   Muchas de sus obras evocan cierta deuda, ya dijimos, con lo onírico, con el lado más perturbador de los sueños y estoy pensando en sus libros-alfileres o sus inquietantes libros de parafina.

Culta excavación, hallazgo evocador del conocimiento del hombre, Alicia Martín evoca el Millares de las “Memorias de una excavación urbana” en obras como “270º bajo tierra” en la que aparecen en una grieta que invade el exterior, libros, cascotes, restos varios de escombro, humus -escribiría el canario- de lugares perdidos en el fondo del mundo cuaternario.   Y añadía el artista excavador de sitios de los “que no debiera salir jamás”: en torno a la gran losa he profundizado tal vez en la creencia de poder dominarla en sus blancos.  Puro bloque -cubo inmenso- la enorme pesadilla que tiene ya la altura de catafalco de cíclope (Apunte 23 de Manolo Millares en “Memoria de una excavación urbana (1966-1971)”, Gustavo Gili, Barcelona, 1973).

Son también reflejo contemporáneo de la agitada vida en permanente tránsito y zozobra.   Metáfora también de lo vano y fútil de ciertos empeños vitales, aquello que nos evocaba Borges cuando, ciego, es nombrado director de la Biblioteca Nacional, citado más arriba: enciclopedias, atlas, el Oriente / y el Occidente, siglos, dinastías, / símbolos, cosmos y cosmogonías / brindan los muros pero inútilmente. / Lento en mi sombra, la penumbra hueca / exploro con el báculo indeciso, /  yo, que me figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca.

El pasado mes de septiembre presentó el vídeo “Sinfonía” en la madrileña galería Oliva Arauna, dentro de la exposición “Subjetivos”.  En el vídeo una niña recitaba sincopada y cantarina un abecedario. Allí Martín hablaba de los caminos invisibles que crea la lectura: leer no es sólo ver letras, seguirlas con el dedo y juntarlas en los ojos y en la boca del cerebro. Leer es dejar la mente abierta para que las letras hablen y muestren su verdad del universo, abriendo para ti caminos invisibles.  Caminos misteriosos e invisibles los del recuerdo, mas pertinaces. Las huellas impregnadas en la memoria, los ecos de las voces del pasado, la incertidumbre del existir.   En las esferas instaladas en la exposición, imponentes mas solitarias y estáticas, mostraba la artista su sentimiento sobre la esencia subjetiva de la creación.   Esencia subjetiva, de tan difícil percepción y expresión con la palabra, vinculada siempre a la persistencia de la memoria.   La palabra también vinculada a la representación.   Y a los sutiles juegos establecidos en obras como el tríptico “Hasta que la muerte nos separe / no separe / no se pare”.  Representación mental pura, fuera de la mera presencia física del objeto, como la defendida por André Breton, de carácter turbador.   Creación, la de Alicia Martín que distancia así las barreras entre lo cotidiano y el sueño, verdadera -e intangible- luz ésta de la aprehensión conocimiento.

Citaba Martín en su última exposición a Emiliano Galende: la investigación de la subjetividad consiste básicamente en la interrogación de los sentidos, las significaciones y los valores, éticos y morales, que produce una determinada cultura, su forma de apropiación por los individuos y la orientación que efectúan sobre sus acciones prácticas. No existe una subjetividad que pueda aislarse de la cultura y la vida social, ni tampoco existe una cultura que pueda aislarse de la subjetividad que la sostiene. Esta mutua determinación -en verdad, mutua producción- debe ser nuestro punto de arranque, ya que la subjetividad es cultura singularizada tanto como la cultura es subjetividad (objetivizada en los productos, las formas de intercambio y las relaciones sociales concretas que la sostienen, pero también en las significaciones y los sentidos que organizan la producción cultural) (“De un horizonte incierto. Psicoanálisis y Salud Mental en la sociedad actual”, Buenos Aires, 1997).

La obra de Alicia Martín recuerda las palabras de Paz cuando señala que el artista, tras cerrar una puerta, en su indagatoria inquisición del universo, cuál Icaro, descubre nuevas puertas que abren a nuevos interrogantes.   Todo al cabo, realidad inaprensible, es enigma.

Flaubert escribió “La tentación”, tras más veinticinco años de indagación, entre 1849 y 1857.  Homenaje al saber humano, a la enciclopédica luz del saber, precisó el estudio inagotable de numerosos libros. Michel Foucault explicó sobre el particular que en materia de sueños y delirios, se sabe ahora, que “La tentación” es un monumento de saber exhaustivo.  Flaubert mismo invoca la locura, lo fantástico; al límite del derrumbe por el sueño, transido y agotado: Paso las tardes con los postigos cerrados, las cortinas echadas y sin camisa, en traje de carpintero. ¡Doy voces! ¡Sudo! ¡Es maravilloso! Hay momentos que decididamente sobrepasan el delirio. Viene a cuento la evocación que nos produce “La tentación” cuando pensamos en la obra de Alicia Martín.   El libro de Flaubert y la obra de ésta no son exactamente un libro ni una creación, sin más.  Son, ambas, el sueño de todos los libros: los que nos narraron en la infancia, los libros leídos, los citados, después combinados, extractados, en fragmentos, soñados, los que nunca se escribieron… La memoria, en definitiva, que nos constituye y a la que llamamos vida.

Alicia Martín ha creado para “Espacios Imaginados” dos esculturas compuestas por unos “arietes” ensartados de libros que se instalan horizontalmente, flotando -con ilusión de vagar- en el espacio central del escaparate.   Los dos arietes, de unos tres metros de longitud cada uno, se desplazan gracias a una motorización muy calculada por la artista, a izquierda y derecha, respectivamente, hasta alcanzar una posición en la que vuelven a golpear, con violencia, un muro central.  El eco del golpe producido por los amasijos de libros puede ser escuchado por el espectador.

La obra que ha realizado para el escaparate de la calle de la Princesa de Madrid ocupa el lugar en el que el pasado año se instalaba la réplica del escaparate de Manolo Millares, de 1963, al que el canario tituló “123”.   Este último recogía un conjunto de bidones de alquitrán desechados que, junto a unas alpargatas colgadas de los mismos, representaban el símbolo-detritus -y el cansancio- de la nueva sociedad industrial de los años sesenta.  Parecía querer hablar -preclaro- Millares del progreso y de sus costes, simbolizados en los bidones chorreantes de alquitrán y en las alpargatas colgadas como homúnculos.  Exangües y exhaustos, bidones y homúnculos, representaban una mirada triste y profética sobre los tiempos que ahora vivimos.

Ahora Alicia Martín parece, al situar sus dos arietes con libros desechados, recordar de nuevo los detritus cultos -ahora de la edad contemporánea- en ese lugar.   Su obra, en todo caso, es generadora de abundantes y extraordinarias metáforas.   Pareciendo aludir al inútil saber, en el sentido de la duda que asoma siempre en la inteligencia cuando la vida es vivida plena: con sabiduría.    También parece referirse la artista a la ingente e inalcanzable acumulación de información que conlleva la sociedad contemporánea, información que en su vértigo no se detiene.   Otrosí, la inutilidad, ya, del libro en la agitada sociedad de hoy que parece permanecer ajena a la bibliofilia y preocuparse más por cuestiones menos esforzadas.   Mirada de soslayo, también, a la novela de Ray Bradbury, “Fahrenheit 451” (1953), interpretada por Truffaut en 1966.  Como en este último caso, Alicia Martín parece querer hablar de la obligación intelectual de desterrar la pereza.

Tras el pesimismo anterior, asoma una nueva lectura, más juvenil: la de la optimista y hermosa visión de la cultura, simbolizada con el libro, como destructora de barreras, simbolizada por la pared en la que chocan los arietes.  Surge la duda ante la observación de que el muro, muy sólido, permanece impasible a pesar del aporreo…  “Estado de sitio” es el título de su intervención artística sobre la que la artista ha escrito que se refiere a un lugar o terreno determinado a propósito para una cosa y que puede ser ocupado. En esa ocupación se ha perturbado el orden interno. Se establece un “estado de excepción” que corresponde a un determinado momento y a una actividad de “sitiar”. Se refiere a un lugar cercado, “sitiado”, en el que se impide otra actividad que no sea el asedio, golpear sin descanso.

 

Alfonso de la Torre, “Alicia Martín : Imagen y saber, ambigua oscuridad” en El arte ceniza. El arte contextual en España, texto extraído del catálogo: Espacios Imaginados, “El Corte Inglés”, Madrid, Febrero 2006, pp,164-181.