PIN MORALES. EL SUEÑO BAJO LA LUNA

PIN MORALES. EL SUEÑO BAJO LA LUNA

Texto publicado en el catálogo:
“Pin Morales
Madrid, XI/2005, pp. 7-11

 

PIN MORALES. EL SUEÑO BAJO LA LUNA

 

El cuadro tiene vida propia. Trato de dejar que esa vida salga a la superficie

Jackson Pollock, 1947

 

I.

Presagio, por ejemplo.  O embriagadoras sombras chinescas. O la luz, pues, que atraviesa la copa de los árboles, cuando nosotros tumbados, en estío y gozo, el resplandor, también dichoso, ciega.  Y si esta luz no es feliz será negrura. Pero, no se olvide, también es negra la frescura de la sombra del ópalo.  Y negrura las copas llenas de las verdes acacias. ¿Y negrura sería quizás la sombra que vio Borges cuándo le nombraron, ciego, director de los novecientos mil volúmenes de la Biblioteca?.  ¿Y las manchas de los leopardos de sedosa piel e inciertos augurios, que se reflejaban en el puño de un bastón de plata de nuestro antepasado?.  Tatuaje y símbolo.  Y por tanto rito.  Propiedad y signo. Celosías de puertas cerradas y el calor asfixiante de un verano.  Multitud. Aspaviento.   Y el reflejo del mar en tus ojos.  Dice la biblia que en el desierto, a oscuras, vagarán las sombras de los espíritus impuros: ¿será pues, entonces, todo Sombra?. Silencio. Fuego y ceniza.  Y el sonido de los cascabeles que se alejan, apagándose, por el camino.  Restos en la playa agitada que tras la tempestad acaricia el sol del nuevo día. Las hojas y frutas tropicales que, navegando por el océano cálido, arriban exangües a las playas de la gris Inglaterra. Floreros napolitanos. Y el tatuaje que compartían en Edo los amantes. La fatiga que siempre llega cuando septiembre se agosta e, impávidos, esperamos la faz se hiele.  Vidriera románica, aún temerosa.   Toro de Osborne.  Y el sueño bajo la luna de Lovecraft, ése que empezó en un paraje húmedo y de líquenes, bajo un cielo gris y otoñal.  “El jardinero regaba con negro su jardín, de ahí esa flor del infierno”, escribió, en homenaje a Pollock, Manolo Millares.  Tiernas, las volutas de los cigarrillos.  Las sombras de los caminantes que vagan desde la noche de los tiempos.   Ruinas. Siluetas con vida propia que marchan de noche, cuando canta el grillo y ululan las aves nocturnas.  La momias de Palermo que viera Jesse, el cubano-Edgar Allan Poe con reflejos tropicales.  El velo que cubría un rostro. También celebración.  Danzando con espíritus. La primera luz que no entendimos y la última luz que veremos (aun comprendiendo nada).  Ocultación.  Los que nos precedieron en las cavernas, junto al fuego, celebran y padecen.   Jackson Pollock pintando, 1943, “The She-Wolf” que luego veríamos en el MoMA, a la luz de un oscuro atardecer, entre las sombras de los árboles. También la mano ebria de Henri Michaux escribiendo: “¿qué eres, noche sombría, en el interior de una piedra?”.  “Piensa para escapar”, dijo también el ebrio –y lúcido- pintor de Namur.

Y, silencio.

 

II.

La obra de Pin Morales (1943) es la de un creador de deliberada, y muy cultivada, vocación de outsider. Como Giorgio, el pintor de Bolonia, ha permanecido ajeno a los avatares de nuestra vida artística, que ha contemplado siempre con distancia elegante.  Si no estuviera tan manido, y su uso inapropiado, sería posible escribir sobre la actitud “dandy” de este cosmopolita artista madrileño.

Morales, residente en Nueva York, entre 1995 y 2004, es autor de una pintura con clara vocación escritural.  En sus obras hallamos remembranzas a la obra del pintor Paul Klee.  Firmaría así Morales las palabras del suizo cuando señalaba lo del remoto recordar que es el arte y sus cosas oscuras e inmemoriales, cuyos fragmentos perduran escondidos en el alma del creador.

En la pintura de Morales asoma la estirpe silenciosa y la reivindicación de muchos pintores-escriturales de contenida y poética alma tachista. Los dibujos de Nolde, Mathieu, Michaux, los Gutaï y Jean Michel Atlan. Los grafismos de Torres García. También, entre otros, la escritura frenética del loco Torquemada, evocado por Manolo Millares. Y el Miró de los cincuenta cuando ilustraba para Char “A la Santé du Serpent”. Y las superficies de Giuseppe Capogrossi o las pinturas de Mark Tobey.   O los aéreos signos de Franz Kline.

Creador de inabarcables registros, de inagotable imaginación, su producción ha sido expuesta en las principales galerías madrileñas desde los años setenta. Fue artista así muy vinculado a los inicios de la galería de Fernando Vijande, Vandrés,  participando en “Eros y el arte español actual”, en 1971. En 1972 mostró individualmente, por primera vez sus obras en las salas de la Editora Nacional en la madrileña Gran Vía.  Pin Morales expuso en 1974 en Madrid en la galería Seiquer, en la calle de Santa Catalina.  Expuso también en Ynguanzo en 1972.  En esa galería trabaría amistad con el giacomettiano crítico de un arte otro Michel Tapiè.

Sobre el pintor escribió ese año 1972 el poeta Pedro Shimose que su signo es el de los amanuenses medievales, que más que hablarnos de “ausencias” (sentimientos de la vacuidad) nos habla de “presencias” (razón y conocimiento).  Por su parte, Manuel Pombo Angulo destacaba, el mismo año, el carácter espiritual de su pintura.

Artista de amplio repertorio (ha realizado numerosas escenografías para cine, teatro, zarzuela y ballet) es Morales pintor de poéticas resonancias oníricas, siempre libérrimo. Ha realizado también esculturas muy en un mundo objetual en el que aúna su particular visión heredera de ciertas zonas del surrealismo, también del pop, con el mundo más contenido de inventadas escrituras, de ecos tribales y aroma mágico, en el que el artista trabajó en torno a los noventa.  Muchos de sus trabajos proceden de hondas indagaciones ejecutadas en cuadernos de pequeño formato que completa con abigarrada intensidad. Hasta cincuenta, reconoce el artista haber completado.  Bocetos llenos de vericuetos, murmullos árabes, indagaciones, ora barroquísimos, otrora parcos, siempre esenciales.   Recordando aquello citado por Auden sobre el amor por su oficio -que no cambiaría por ningún otro- en sus dibujos convive grafía, collage, alusiones místicas, numerología, paisajes, retratos…

Ecos siempre de un creador que, hímnico, parece reivindicar en el desastre el triunfo de la joie de vivre.  Fuego antes que ceniza.  Luz sobre la tiniebla.  Imagen, dirán que sueño, bajo la luz atenta de la luna.