CITOLER-EL COLECCIONISMO COMO UNA (NOBLE) PERDICIÓN

CITOLER-EL COLECCIONISMO COMO UNA (NOBLE) PERDICIÓN

Texto publicado en el catálogo:
“Claves de Arte”
Córdoba: Sala Puerta Nueva, 16/XI/2005, s/p.

EL COLECCIONISMO COMO UNA (NOBLE) PERDICIÓN

 

…Era mucho más agradable estar en mi casa -pensó la pobre Alicia-, allí, al menos, no me pasaba el tiempo creciendo y disminuyendo de tamaño, y recibiendo órdenes de ratones y conejos. Casi preferiría no haberme metido en la madriguera del Conejo… Y, sin embargo, pese a todo, ¡no se puede negar que este género de vida resulta interesante! ¡Yo misma me pregunto qué puede haberme sucedido! Cuando leía cuentos de hadas, nunca creí que estas cosas pudieran ocurrir en la realidad, ¡y aquí me tenéis metida hasta el cuello en una aventura de éstas! Creo que debiera escribirse un libro sobre mí, sí señor. Y cuando sea mayor, yo misma lo escribiré…

(Lewis Carroll, Alice’s Adventures in Wonderland, 1864)

 

El pasado mes de abril la revista de ARCO publicaba una amplia entrevista con Pilar Citoler (Pilar Citoler, Colección Circa XX-Cuenca, “Noticias de ARCO-ARCO ESPECIAL”, nº 05, Madrid, Abril 2005, pp. 166-169). Recuérdese que este año 2005 ARCO otorgaba a la Colección Circa XX el premio al coleccionismo privado en España. Merecida recompensa a casi cuatro decenios de silencioso esfuerzo coleccionista, callada labor si pensamos que la primera exposición de los fondos de la colección fue realizada en el Centro de Exposiciones y Congresos de Ibercaja, en su ciudad natal, en el otoño de 2002. “Personaje bien conocido y querido del mundo del arte madrileño”, como escribe Juan Manuel Bonet en el hermoso texto que nos acompaña, Pilar Citoler pasaba, tras estas exposiciones, a devolver al gran público mucha de su pasión hasta esa fecha privada. El título de aquella entrevista, omitido, dejaba poco lugar a dudas sobre el espíritu cierto que debe conducir a cualquier colección que se precie de ser así llamada: “El coleccionismo como una perdición”.

Bonet por cierto se suma a la mucha repercusión crítica que la colección ha tenido desde el comienzo de su corta andadura expositiva.  Ya lo hicieron monográficamente, entre otros, Marcos Ricardo Barnatán, Francisco Calvo Serraller, Miguel Cereceda y Mariano Navarro.

Sobre las razones que impulsaron a la coleccionista a comenzar a reunir obras de arte en esa -noble, añadimos ahora- perdición, señalaba: la primera de las razones es mi recuerdo de haberme interesado siempre por el arte contemporáneo.   Evidentemente el arte antiguo estaba fuera de mis posibilidades y, además, ya estaba en los Museos.  Era mucho más atractivo y excitante el interés por lo que se estaba haciendo en esos años.   En definitiva, el acercamiento a la realidad del arte actual y el contacto con los artistas vivos.  Esto era más próximo, más vivo y, desde luego, más coherente. Trabajar intensamente en una profesión, aunque, como es mi caso, me guste mucho ese trabajo, es muy duro.  Destinar el fruto de esa actividad a la adquisición de arte satisfacía todas mis aspiraciones. El trabajo se hacía así más suave y era un gran estímulo.  Siempre entendí que, en función de mi esfuerzo, ese era el destino más noble y satisfactorio para los rendimientos de mi profesión.  Aunque es cierto también que hacer un buen trabajo y entregarte a él se justifica en sí mismo (Ibid.).   Como el personaje de Lewis Carroll, la coleccionista rehusó recibir órdenes de “ratones y conejos”, la vida convencional y como Alicia, a pesar de los azares y diversas sendas tortuosas de la vida coleccionista podría afirmar: Y, sin embargo, pese a todo, ¡no se puede negar que este género de vida resulta interesante!

Parece que el destino lógico de una amante del arte contemporáneo, allá por los setenta, fuera Cuenca, la capital de la abstracción, “ocupada” por los artistas desde que el domingo día 11 de agosto de 1963 llegara a instalarse en la ciudad Fernando Zóbel, el artista que, como Alejo Carpentier, soñara con la ciudad que -escribió Lorca- el Júcar moja de cristal y trino. Piénsese que ya en la Semana Santa de 1964 tenían estudio en la ciudad, además de los “conquenses” Torner y Saura, Rueda, Sempere, Lorenzo, Millares, Mompó y Gabino.  Eduardo Chillida visitaba la ciudad ese año 1964. Una nota de Zóbel de estas fechas recuerda, además de los antedichos, a Pablo Serrano, Alberto Greco y Juan Adriansens en Cuenca: el lugar está lleno de pintores, absolutamente repleto.  Recuérdense también algunos de los nombres que invadieron a la ciudad el primer día de julio de 1966, día inaugural para el mundo del arte: artistas, galeristas, aficionados… Junto a Zóbel, los más madrugadores Antonio y Margarita de Navascués.  Con ellos Antonio Lorenzo, Juana Mordó, Manuel y Mary Rivera, Manolo Millares y Elvireta Escobio, Martín Chirino, Carmen Laffón, Jaime Burguillos, Lucio Muñoz y Amalia Avia, Rinaldo Paluzzi, Gustavo Torner, Eusebio Sempere, José Guerrero, Paco López Hernández, Alberto Portera, Fernando Nuño, Gerardo Rueda, Jorge Teixidor, José María Yturralde…

Puede decirse, ella lo declara, que Pilar Citoler llegó a Cuenca, muy en los inicios de los setenta, temprana y poco tiempo después que los “santos patronos” abstractos (sicum Julián Gállego) inauguraran el Museo de Arte Abstracto Español.   Como tantos otros, durante la década de los setenta, nuestra coleccionista se convirtió en uno de los “sophisticated tourists” que Fernando Zóbel pronosticaría llegarían a la ciudad (Fernando Zóbel, Cuenca. Sketchbook of a Spanish Hill Town.  Philip Hofer Books.  Walker and Company, New York.  Department of Printing and Graphic Arts of the Harvard College Library, Cambridge, Massachusetts, 1970).   En la ciudad conquense, en la merzcasa de mágicos espacios que tuvieran Eusebio Sempere y Abel Martín colgada sobre la hoz del Júcar encontró “el lugar” aunque duda, empero treinta años después, haber hallado allí descanso: no hay que olvidar el excelente ambiente de la Cuenca de aquellos años con la presencia de Guerrero, Rueda, Saura, Torner, Zóbel… Siempre había una exposición que ver, una casa por visitar, una cita en el Museo…Y, si no, siempre se disfrutaba del paisaje, de las calles empedradas… Era un ambiente sugestivo y lleno de tensiones, donde siempre se aprendían cosas (“Noticias de ARCO-ARCO ESPECIAL”, 2005, op. cit.). En cualquier caso, es bien sabido, el coleccionista es, en esencia, individuo poco proclive al burgués acomodo.  Ser compulsivo, cuyo viaje, lectura o vulgar ocio está siempre movido por el loco frenesí del arte.

En alguna ocasión hemos conversado con la coleccionista sobre el origen de su compulsiva -y noble, reiteraremos por última vez- pasión.   Difíciles son las explicaciones si bien siempre ha considerado que su elección surge desde “un sentimiento muy íntimo”, de honda raíz espiritual. Sentimiento, por qué no, religioso pues, del que -como este último- no es posible contagiar a los demás.   Generoso, además, y que habla de la pervivencia, del más allá de aquí que verán los que ya no veremos: el que empieza a comprar con una verdadera vocación y exigencia consigo mismo ya no hay que decirle nada.  Va a seguir su camino coleccionista.  Por mucho que se pueda aconsejar el coleccionismo, no hay razones suficientes para convencer a los otros si uno no las tiene.  En todo caso, es bien sabido, declara la coleccionista que una colección tiene un fondo de espiritualidad y misticismo.  No podría ser de otra manera en quien ha declarado, en varias ocasiones, que la colección, enclave mistérico, es un refugio espiritual que ayuda a soportar la dureza de cada nuevo día: Una colección está llena de misterios, de lecturas imposibles que te incitan al ejercicio de descifrarlas.   De imágenes impactantes que marcan elecciones estéticas.    Es refugio espiritual que hace que el caminar por la vida sea más ligero. (Pilar Citoler, Introducción, catálogo de la exposición en Ibercaja, Centro de Exposiciones y Congresos, Zaragoza, 2002, en pp. 11-12. Reproducido en el catálogo de la exposición “Contemporánea-Arte.  La luz, la tiniebla, el ámbito y la memoria”, Cultural Rioja-Sala Amós Salvador, Logroño, 2004, p. 154).

Baste añadir, por si quedasen dudas, que desde el principio Citoler aportó la siguiente afirmación del conde minimal Panza di Biumo como emblema generoso que preside su colección: No creo ser diferente de los demás.  Lo que yo amo puede ser amado por muchas otras personas (…) Este es el placer más grande.  No hay nada más bello que compartir con muchas otras personas este amor. Creo que el don más grande que el arte me está dando es este placer, el placer de ver cuánta gente ama lo que yo amo. Esto es lo más bello (De una entrevista de Crhistopher Knigh con Giuseppe Panza en Los Angeles, “Archives of American Art-Smithsonian Institution” (1985), reproducido en “Colección Panza”, Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, Marzo de 1988).

Es bien sabido lo importantes que son ciertos hechos, también personas y lugares, que aparecen con la somnolienta efigie de lo casual en nuestras vidas.  Comprendí que los grandes acontecimientos ocurren en absoluto silencio, por la fuerza de la inercia, y que detrás de los acontecimientos visibles y perceptibles hay otra cosa (…) en la vida diaria, como en la música o en las matemáticas, hay un orden que en cierto modo es poético, escribe Sándor Márai en “La mujer justa”.   Esas personas a las que amaremos siempre y con las que se coincidió un día -en primera apariencia sucesión monótona del anterior- a una hora determinada, en ocasiones por la suma de los azares más inextricables.   Empero, muchas de esas personas nos acompañarán toda la vida.  En algunos de esos lugares viviremos siempre.   A posteriori esos encuentros acaban guiando y poniendo orden al caos que sucedió en el tránsito hacia ellos convenciéndonos a la par, también tranquilizándonos, sobre la aparente sinrazón que guía la vida.  En el caso de Citoler, la presencia de lugares, pinturas o personas vinculadas al mundo del arte con las que ha coincidido en su vida coleccionista han marcado, definitivamente, el rumbo de las cosas.   Entre esos encuentros hay que citar varios muy simbólicos.   Una ciudad abstracta y poética: Cuenca.  Un cuadro-círculo-albo de José Caballero, primera obra de la colección.  Dos personas, Michel Tapié y Jesse A. Fernández y una galería madrileña, Ynguanzo.

Una de los encuentros más destacables es la amistad que mantuvo con el crítico otro Michel Tapié, (Mauriac, Albi, 1909-Paris, 1987), el giacomettiano y aristocrático crítico, descendiente de los Condes de Toulouse, que en los setenta, ya sexagenario, paseaba por la madrileña calle de Antonio Maura camino del Palace con sus inextinguibles puros Toscani.   En esos años Tapié visitaba con frecuencia España, y más concretamente Madrid.  Era asesor artístico de la ya histórica Galería Ynguanzo, que tuvo veintisiete años de actividad.   Sobre su presencia en Madrid declaraba la coleccionista en la entrevista con la que comenzamos: la colaboración con Ynguanzo fue la responsable de exposiciones como las de Steinberg, Calder, Dubuffet, Le Corbusier o Marca-Relli, sin olvidar al Grupo Gutaï, al que Michel Tapié profesaba auténtica veneración.  Tapié logró hacer un triángulo de encuentros y confrontaciones entre Japón, Europa y América, afianzando y definiendo las fronteras del informalismo.  Trajo un aire de universalidad al ambiente artístico de Madrid. En aquellas fechas Tapié cooperó con la galería Ynguanzo y permitiría que la coleccionista entrara en contacto con el ICAR el centro de estética e investigación (“International Center of Aesthetic Research”) creado por el crítico en 1960 junto a Franco Asseto y de Luigi Moretti.  Presidido por Ada Minola, este precursor lugar se convertiría en  centro de actividad, de exposiciones y cultura en general, en donde se promoverían debates, audiciones musicales y publicaciones hasta los años setenta, en una línea espiritual, que no geográfica, que abarcaba Paris, Nueva York y Osaka.  En el ICAR pudo la coleccionista encontrar la obra del grupo Gutaï.    La Colección Circa XX cuenta en sus fondos con la que posiblemente sea la mayor colección europea de los post-dadas aislados que fueron los Gutaï.   En todo caso este asunto fue tratado con intensidad en la exposición de los fondos de la colección en la Diputación de Cádiz (Alfonso de la Torre, De Oriente a Occidente pasando por Madrid.   Un homenaje al Michel Tapié español, catálogo de la exposición “Una colección particular. Circa XX”, Diputación de Cádiz, Cádiz, 2005, pp. 14-21).   En esta exposición -homenaje silente al crítico del art autre (“Art Autre où il s’agit de nouveaux dévidages du réel”, Paris, 1952)- con un amplio capítulo dedicado a los Gutaï, se pudieron ver obras de Yukihisa Isobe, Shigeru Onishi, Takashi Suzuki, Atsuko Tanaka, Sofu Teshigahara o Tsutomu Yoshida.  Obras estas muy relacionadas con otros dibujos y pinturas de la colección. Por ejemplo las de los pioneros Emil Nolde y Henri Michaux, sorprendentemente tan próximos a la sensibilidad que vino de Oriente.

Es preciso recordar también la importancia que tuvo para la coleccionista la amistad, muy estrecha, que mantuvo con Jesús Antonio Fernández Martínez, Jesse A. Fernández (La Habana, Cuba, 1925-Paris, 1986), el fotógrafo de ascendencia asturiana autor, entre otras publicaciones, del libro “Retratos” (Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1984) o la muy impresionante edición “Les momies de Palerme” (“Des Éditions du Chêne”, Paris, 1980).  Jesse, “apuesta muy personal y que le honra”, escribe Juan Manuel Bonet, el artista que iniciara uno de sus cuadernos de apuntes con la frase de Leonardo da Vinci: “la pintura es una poesía que se ve” sería autor de algunas portadas inolvidables para Penguin Books o Faber and Faber o de la muy conocida fotografía de la cubierta de la obra de Cabrera Infante “La Habana para un infante difunto”. La fraternidad con Jesse A. Fernández y los artistas Pin Morales y Román Arango, supuso además la creación de un círculo amistoso y pletórico de energía que ha permanecido siempre indeleble a pesar de las ausencias.  La obra de Pin Morales ha sido, por cierto, mostrada este año en Madrid, emergiendo de las ausencias, en uno de los más bellos abigarramientos que hemos contemplado en fecha reciente.   Su exposición ha acreditado estamos ante un creador que, hímnico, parece reivindicar en el desastre el triunfo de la joie de vivre. 

Es bien sabido que Circa XX es, en España, la más amplia colección existente sobre Jesse A. Fernández, contando con un soberbio conjunto de pinturas, dibujos, fotografías, grabados y sus objetos misteriosos, esos que parecerían hechos por Edgar Allan Poe con la ayuda de Jesse.  De éste se presenta en Córdoba una obra representativa de su corneliano mundo objetual, del más onírico, “Cuadro con doce círculos” (1974).  Para otra exposición quedan sus obsesivas representaciones de las vanitas, los dibujos de sus reiteradas calaveras rodeadas muchas veces de signos alfabéticos, mediados los setenta, estas en clave expresionista, remembranzas de los osarios solanescos y vocación cuasi abstracta.   Hubieran seguro llamado la atención del profesor de literatura de Gerardo Rueda en el Liceo Francés, el crítico suicida Manuel Sánchez Camargo, autor del impresionante volumen dedicado “a la fe y a la soledad de España”,  “La muerte y la pintura española” (Editora Nacional, Madrid, 1954).

Sobre los valores que la coleccionista considera fundamentales tenemos un texto certero que esta realizó con ocasión del comentario de una de sus obras para una revista artística.   Eligió la obra de Le Corbusier (« Deux personnages nº 64 », 1949).   La consecuencia con el trabajo realizado, la sinceridad, era valor fundamental a la hora de seleccionar la creación de un artista:  Uno de los atractivos de la obra de Le Corbusier (1887-1965) consiste en la realización de un trabajo sin afectación, movido siempre desde la sinceridad como uno de los valores fundamentales en el arte.   Así sucede en tantos artistas para mí esenciales para los que la creación se origina siempre desde un sentimiento íntimo en el que es fundamental ser consecuente, sincero, con su propia obra (…) A pesar de la variedad de la técnica, y de su relativa complejidad, los resultados se muestran, ante el espectador, como sucede siempre en las grandes obras de arte, con la apariencia de fácil, de lo que está hecho con sencillez y sin afectación. Sin apreciarse el esfuerzo de toda una vida de creación.  En la colección siempre le ha interesado reivindicar la obra de creadores que no fuesen sólo artistas al uso de la manida monografía artística del siglo XX, artistas que vivieron su trabajo al límite: recuerdo así otros nombres que me acompañan y que pueden considerarse en hermandad artística con Le Corbusier por ese estar un tanto al margen de las cosas realizando –a la par- una creación irreprochable.   Artistas, todos ellos, en los que el arte era vivido con una intensidad extrema hasta ser imposible separar su vida, en ocasiones solitaria y compleja, de su creación: Jesse Fernández, Leonor Fini, Conrad Marca-Relli, Henri Michaux, Ben Nicholson o Emil Nolde, son algunos de ellos que están en la colección (Pilar Citoler, Mi obra-Deux personnages nº 64, “Descubrir el arte”, Año VI, nº 68, Madrid, octubre 2004, p. 128).

“En mi caso hay más pasión y emotividad que reflexión” declaraba la coleccionista en la entrevista que venimos citando.  Apasionada y emotiva colección pues como refugio lleno de arcanos, corazón de misterios, lugar espiritual en el que es fundamental la vida interior.   No podía ser de otra manera.  De ahí que, en sintonía con el pensar de la coleccionista tituláramos uno de los capítulos centrales de su despojada exposición en la Sala Amós Salvador (“Contemporánea-Arte”, Logroño, 2004): “El ámbito y la memoria”.   Inmersos en la tiniebla (uno de los capítulos), deslumbrados otrora por la luz, el tercer epígrafe de la tríada expositiva, una obra de Ignacio Llamas, “La casa iluminada” abría el paso al refugio del que habla la coleccionista para quien la casa, la ciudad, la naturaleza, son tres realidades que nos están condicionando permanentemente.  Son tres soportes de nuestra existencia (“Noticias de ARCO-ARCO ESPECIAL”, 2005, op. cit.).  Luz, tiniebla, ámbito y memoria, tres lugares que definen la colección, clasificación arbitraria, escribimos, como la mayoría de estas. Máxime si sabemos la sincera –y sabida- declaración de Javier Pérez que abría, junto a otra más, uno de los capítulos: Lo bello y lo siniestro son caras de la misma moneda.  Este capítulo incluía en su apertura una cita de Luigi Pirandello, seleccionada por Juan Ugalde: Usted sabe, tanto como yo, que la vida está llena de absurdos que pueden tener la desfachatez de no parecer verdaderos.   ¿Y sabe por qué, señor director?.  Porque estos absurdos son ciertos.  

Llegados a este punto concluimos que el alma del coleccionista, el que nos ocupa o cualquier otro, tiene algo de vampírico.  Ese deseo de apropiación de la realidad más bella, es el mismo impulso que haría a Adam Verber, el viudo protagonista de “La Copa Dorada” de James recorrer Europa con su hija Maggie comprando antigüedades y matrimonios.  En la medida el coleccionista adquiere obras de arte muestra su deseo de conocer, al intentar descifrar los enigmas de que está hecha la creación. También busca esa máxima que manifestó Pilar Citoler en cierta ocasión: “hace que caminar por la vida sea más ligero” (Pilar Citoler, Introducción, catálogo de la exposición en Ibercaja, Zaragoza, 2002, op. cit.).   Sobre el deseo apropiatorio, nuestra coleccionista lo reconocía sin ambages y señalaba que coleccionar es grabar en la memoria espiritual la sabiduría de los creadores que a través de sus cuadros te transmiten sus sentimientos, su forma de entender el entorno.   Es quedarte con todo ello, llevártelo a casa, mirarlo, meditar y rebosar de emociones. Es robar al artista parte de su alma, arrebatarle sus pensamientos, entrar en su entramado espiritual, violar su intimidad.   Entenderle a través de su plástica, descubrir sus enigmas, desnudarlo…(Ibid.).

Viene ahora a nuestra memoria el libro “La medicina de las pasiones o las pasiones consideradas con respecto a las enfermedades, las leyes y la religión” (Paris, 1841), editado en Barcelona un año después, que escrito por el doctor Jean Baptiste Felix Descuret analizaba la colección de libros, seiscientos mil, de A.-M.-H Boulard, bibliómano parisino Maire del XIe distrito (1754-1825).   La anécdota la recuerda Joaquín González Manzanares (“Nosotros los bibliófilos”, Universidad Complutense, Madrid, 2004). Ante el crecimiento de su colección Monsieur Boulard llegó a un acuerdo con su mujer -incumplido como todos los realizados en ese sentido por los coleccionistas- para no adquirir más volúmenes y dedicarse, tan sólo, a la lectura y clasificación de los que poseía.  Cumplió durante breves días su promesa si bien enfermó irremediablemente de melancolía hasta que, de nuevo, se le permitió volver a su pasión bibliófila.  Un tema, el bibliómano, por cierto que tratarían también Charles Asselineau (“L’enfer du bibliophile”, 1860) y Gustave Flaubert en “Bibliomanie” (1837).   Su descripción, incluso la dificultad para comprender a veces lo que le rodea y atesora, vale también para el aspecto convulso de quien reúne los objetos de la pasión que arde –o devora- en su interior: atormentado, ciego, secreto, apasionado, soñador u otrora feliz: Cet homme n’avait jamais parlé à personne, si ce n’est aux bouquinistes et aux brocanteurs. Il était taciturne et rêveur, sombre et triste ; il n’avait qu’une idée, qu’un amour, qu’une passion, les livres. Et cet amour et cette passion le brûlaient intérieurement, lui usaient ses jours, lui dévoraient son existence (…) Oh ! il était heureux, cet homme ; heureux au milieu de toute cette science, dont il comprenait à peine la portée morale et la valeur littéraire, il était heureux au milieu de tous ces livres; promenait ses yeux sur les lettres dorées, sur les pages usées, sur le parchemin terni. Il aimait la science comme un aveugle aime le jour (aparecido en “Le Colibrí” del 12 de febrero de 1837).

La exposición que se inaugura en la Sala Puerta Nueva de Córdoba supone una selección entre las muchas obras de la Colección Circa XX.  Selección de vocación incompleta y que sin duda habla -y no en voz baja- de los vericuetos de la colección desde que mediada la década de los sesenta comenzara a crearse. Piénsese, a modo de ejemplo estando en Córdoba, en la selección de artistas andaluces que se encuentran en la colección, entre otros: Manuel Ángeles Ortiz; Chema Alvargonzález; Juan Carlos Bracho; Enrique Brinkmann; José Caballero; Cristian Domecq; Alfonso Fraile; Tomás García Asensio; Curro González; Luis Gordillo; Abraham Lacalle; Carmen Laffón; José María Larrondo; Francisco Peinado; José Antonio Pérez de Vargas; Pablo Ruiz Picasso; Manolo Quejido; Manuel Rivera; Juan Carlos Robles; Antonio Rojas, J. Manuel Rolando Campos; Juan Romero; Enrique Salamanca; Juan Salido; Jesús Ubera, Javier Velasco o Antonio Villa-Toro…En fecha reciente varias obras de Circa XX participaban en la exposición “Anda-luces”, celebrada en 2005 en la Sala Pescadería Vieja de Jerez con el impulso de Carmen de la Calle.

Tampoco es desdeñable la atención que la coleccionista ha prestado al arte creado por mujeres. La exhaustiva enumeración sirve para entender que la presencia del arte femenino en Circa XX no es cuestión de ortodoxia correcta circa XXI al uso en este tiempo proclive al artificio de los justos equilibrios.  Reivindicadora del arte creado por mujeres desde los albores del XX, piénsese en las obras de las pioneras Leonor Fini, Niki de Saint-Phalle o Grete Stern.  En su colección se hallan nombres del ámbito internacional como Ida Applebroog, Lene Berg, Louise Bourgeois, Magdalena Correa, Leonor Fini, Candida Höfer, Germana Monte-Mór, Gabriela Morawetz, Louise Nevelson, Niki de Saint-Phalle, Grete Stern o Atsuko Tanaka.  Y, ejemplos de la creación realizada en España, artistas como Cristina Arias, Elena Asins, Natividad Bermejo, Carmen Calvo, Marta Cárdenas, Victoria Civera, Juana Francés, Cristina García-Rodero, Sarah Grilo, Susy Gómez, Ouka Lele, Laura Lío, Eva Lootz, Alicia Martín, Felicidad Moreno, Mapi Rivera, Ángeles Santos, Soledad Sevilla, Susana Solano, Rosa Torres o María Zárraga.

Declaración obligada -antes hemos recogido las palabras de la coleccionista sobre el particular- es la deuda de esta colección con la galería Ynguanzo, histórica galería madrileña otrora sita en la calle Antonio Maura, en donde en la década de los setenta se presentaron exposiciones de primera línea y muchas de ellas de primera categoría.  Citamos casi de memoria la presencia monográfica en la sala cercana al Retiro de artistas internacionales como Alexander Calder, Arduino Cantàfora, Ivan Čhujkov, Jean Dubuffet, Jesse Fernández, Yokihisa Isobe, Le Corbusier, Conrad Marca-Relli, Ben Nicholson, Shigeru Onishi, Jean Piaubert, Saul Steinberg, Rikizo o Tsutomu Yoshida.   También las exposiciones de artistas del ámbito español como Nacho Angulo, Román Arango, Guillermo Basagoiti, Frank Benz, Enrique Broglia, José María González Cuasante, Sigfrido Martín-Begué, Juan Moral, Pin Morales, Joaquín Mouliáa, Alfonso de Olivares, Francisco Peinado, Dimitri Perdikidis, José Antonio Pérez de Vargas, Adriá Pina, Rolando Campos, Leandro Silva, Enric Solbes, Senén Ubiña o John Ulbricht.

Entre las exposiciones históricas de Ynguanzo citar la dedicada, en 1973, a Conrad Marca-Relli, abierta el día 9 de enero o, este mismo año, con obras de Andy Warhol, presentada desde los inicios de mayo de 1973; la titulada  “Le Corbusier pintor”, inaugurada el 8 de octubre de 1975; la muestra monográfica dedicada a Ben Nicholson, inaugurada el 20 de mayo de 1976 o la del diplomático pintor de vida breve, que no efímera, Alfonso de Olivares, que se mostrara desde el día 1 de diciembre de 1987.   Mención aparte merecen algunas exposiciones colectivas tales como la comisariada en 1972 por Michel Tapié, “El arte japonés de hoy” o la dedicada al “arte pop americano” (sic.) que se inauguraba el 4 de diciembre de 1973 y que incluía obras de Warhol, Rosenquist, Oldenburg, Jasper Johns, Allen Jones, Rauschenberg, Ruscha, Fahlstrom, Lichtenstein y Hamilton.   Exposición con obras fundamentales, como las Marilyn de Warhol o la muy hermosa litografía de Allen Jones “Right Hand Lady”, de 1970, uno de cuyos ejemplares se encuentra, por cierto, en la colección de la Tate Modern.

La exposición en Córdoba supone, en cierta medida, un análisis de ciertas zonas de la colección que huyendo del manido pretexto cronológico, agrupa varias obras de la misma en diversos epígrafes. Incluyendo tanto artistas de reconocido prestigio junto a algunos otros aherrojados de las enciclopedias al uso.  No es por tanto una muestra representativa de la colección, sino más bien una selección de la misma, un repaso que la coleccionista ha querido llamar “Claves de arte”.  “Claves” en el sentido más mistérico y silente, la quinta acepción académica: “idea por la cual se hace comprensible algo que era enigmático”. También en el que muy bien define María Moliner, “clave” en el sentido de signo o combinación de signos origen del comienzo de las cosas.  Clave como factor de entendimiento, signo que hace comprensible el mundo, también los arcanos que inagotablemente nos rodean.  Los capítulos llevan por título: Apátridas de sí mismos (Artistas precursores en el mundo); El misterio profundo de la apariencia (La reivindicación de la imagen); El secreto del silencio (Ejemplos de la vanguardia española); La mitad de la aventura (Pintores de nuestro tiempo en el mundo) y Realidad y tensión (Desde la fotografía/vídeo).   Cada uno de estos epígrafes recoge en su título una afirmación de uno de los artistas incluidos en el capítulo.   De este modo se recorren los complejos vericuetos que el arte contemporáneo ha atravesado desde los inicios del siglo XX.   Las obras de Emil Nolde, una de las claves, “Puerto de Hamburgo” (1910) y de Gaston-Louis Roux, “Nu couché” (1933) serían las más tempranas de la colección.  La pétrea tinta de Nolde de la colección está, por cierto, hermanada con una obra -del mismo año- que se conserva en The Art Institute de Chicago (“Hamburg, Landungsbrüke/Hamburg, Pier”).   La presencia de estas dos obras como punto de arranque cronológico de la exposición muestra esa pasión de la coleccionista por la búsqueda de caminos poco frecuentados, nada tópicos.  Gaston-Louis Roux (Provins, 1904-Paris, 1988), ese relegado pintor moderno cuyo estudio se decoraba con una reproducción de El Bosco, sería uno de los primeros pintores coleccionados por Kahnweiler quien le definió como un pintor “absolutamente particular” (Francis Crémieux, Entrevista a Daniel-Henry Kahnweiler, V Episodio, “France III-RTF”, Paris,1960).

Mención aparte ha de hacerse de una ausencia en Córdoba, el impresionante dibujo de Ben Nicholson de la colección, “Dolphins nº 2” (1972) que se encuentra prestado a la exposición de homenaje a Westerdahl, “La aventura de mirar”, comisariada por Pilar Carreño, que actualmente se presenta en el Museo Patio Herreriano de Valladolid.

La exposición cordobesa habla también de los nuevos caminos de la colección en los que la fotografía y el vídeo ocupan ahora un importante lugar.    Lugar, por cierto que, como ha sido siempre norma de la casa, convive con lo que se podrían llamar las antiguas técnicas tradicionales: pintura y escultura.   Estamos pensando en las nuevas fotografías, recentísimas, de la colección: James Casebere, Joan Fontcuberta, Pierre Gonnord, Candida Höfer, Antonio Muntadas o Fernando Sánchez Castillo, que hablan de un norte claro que guía la colección.   Pinturas y esculturas de, algunos ejemplos, Jorge Galindo, Steven Gibson, Susy Gómez, Soledad Sevilla o Sol Lewitt.   Bonet escribe, en el texto que acompaña éste, que son “obras que abren la colección a las incertidumbres y a las esperanzas del inmediato futuro”.

Muera o resucite la pintura, por enésima vez, la Colección Circa XX, y su vampírica coleccionista acostumbrada desde antiguo por cierto a los focos de las salas expositivas, muestra su atención, incluido vídeos (por ejemplo el bellísimo y narcótico “Histograms” de Alex Haas mostrado en Puerta Nueva) por todo cuanto se mueve en el mundo del arte internacional.   No olvidemos es visitante asidua de ferias internacionales y bienales desde hace décadas.  Con ocasión de la entrega del premio al coleccionismo privado este 2005 escribimos el acróstico que sigue, recordando el inicio del frenesí coleccionista, el primer cuadro adquirido por Citoler chez Juana Mordó en 1970.  Un círculo níveo de un andaluz de altos vuelos, José Caballero -glosado por Rafael Alberti (de espacios perdidos, escribió)- que, quizás incomprensiblemente, nos hace evocar a Juan Eduardo Cirlot (Imaginamos astros, dixit Juan Antonio Aguirre).  Quizás sea por su aspecto sígnico, su aire como de movimiento de espada, su inconfundible e infinito territorio pictórico émulo de la ciudad de ceniza: Círculo tiene el cuadro que lleva en su mente. (Círculo y Eterno en su centro)./ Iluminación y fuego, lago de nieve y huella.  También signo de espada antigua./ Reloj, también, que nunca se detendrá./  Comienza noviembre y su tópico otoño./  Es 1970 y llegó la hora de la verdad./Andante y allegro: la música ha comenzado.  Música frenética, por cierto./Xilófono que clin-clon no se detendrá./X (equis): enigma resuelto y luz.  Mucha luz que (hemos dicho) es Dios.

 

Alfonso de la Torre, El coleccionismo como una (noble) perdición, catálogo de la exposición “Claves de arte”, Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí-Sala Puerta Nueva, Córdoba, 2005