MANOLO MILLARES EN EL RECUERDO

MANOLO MILLARES EN EL RECUERDO

Texto publicado en el catálogo:
“Manolo Millares. Pinturas. Catálogo Razonado”
Madrid: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y Fundación Azcona, VI/2004, pp. 31-35
 

 

MANOLO MILLARES EN EL RECUERDO

                        Aquel aire entre el resplandor y la muerte se hace

                        sustancia que no alcanzan a borrar los días y los

                        vientos. El contenido de la edad son estos lienzos

                        transparentes.

 

                        Signos exactos e incomprensibles. Están en mí con el

                        valor de una llaga; algunas cifras arden en mis ojos.

 

                        Antonio Gamoneda, “Lápidas”, Trieste, Madrid, 1986

 

Mi primer recuerdo de Manolo Millares es casi un recuerdo infantil. La proximidad de la casa familiar al cementerio civil de Madrid convirtió a este lugar en uno de mis paseos favoritos en mi adolescencia.   Estas excursiones se vieron agrandadas con la colaboración de la literatura cuando en mi bachillerato descubrí, no sin asombro, que mis correrías sucedían por los mismos lugares que tiempo atrás hicieran algunos de los personajes de “La lucha por la vida” de Baroja, siempre campeantes por los linderos del arroyo del Abroñigal. Por si eso fuera poco, un estudio, universitario, sobre el enigmático y secreto arquitecto, Francisco García Nava, autor del proyecto de la Necrópolis del Ese, terminó de vincularme con el camposanto, muy posiblemente desde la fascinación infantil que me produjo la colocación, mediados los sesenta, en la cúpula de la iglesia del cementerio, del ángel exterminador, ese ángel con trompeta, el séptimo de los ángeles bíblicos, aún felizmente en sus manos, y que mis padres me advertían tocaría el día, cualquiera de esos días, en la llegada del fin del mundo…

En aquellas fechas, hablaba de 1973-1974, el cementerio civil era contiguo a un infernal vertedero municipal y sus extramuros, un auténtico lodazal, una escombrera repleta de inmundicia.   Siempre envuelto en la permanente neblina de las hogueras incineradoras y poco respetuoso con los que nos dejaran para siempre.

Se ha escrito mucho sobre el carácter mágico, y anticipatorio, de la obra y escritos de Manolo Millares.   Su constante premonición, al modo del poeta que moriría en Paris un día de aguacero, de la propia muerte…. De esos cuarenta y siete apuntes de las “Memorias de una excavación urbana” (1971) y su muerte, casi cabalística, a punto de cumplir idéntico número de años.   Y de esos últimos apuntes, el despojado cuarenta y siete: en realidad –todo el mundo lo sabe- mi cuerpo se encuentra a gusto allí, a miles de metros bajo tierra y pienso que es el sitio del que no debiera salir jamás.   Mis visitas a ese cementerio civil carecían entonces de las heridas que la muerte causa, según pasa nuestro tiempo.   Por otro lado causaba en mí cierta conmoción la visita al camposanto y los muchos nombres ilustres que allí se encontraban y que, 1973, apenas conocía si bien sospechaba, mucho, sobre su no del todo voluntario aherrojamiento… aherrojamiento desvelado, cada nuevo día del comienzo de mayo cuando los alrededores se convertían en un incesante trasiego de idas y venidas, carreras, gritos y caídas, lo que convertía ese día, en especialmente significativo al alterar la monotonía de los días infantiles.

Sí había una especie de manriqueña melancolía, muy en especial cuando recuerdo la perplejidad que me causaba junto a la de Millares, la tumba del poeta que había afirmado que, a pesar de todo, le quedaba la palabra… De algunas de aquellas tumbas, principalmente de la de Millares, realicé fotografías, de una horrible técnica, en blanco y negro, con encuadres fragmentados y tomas multiplicadas que luego compuse a modo de políptico.   Treinta años después volví a ocuparme de Millares, de su catálogo razonado. Recordando entonces las palabras del poeta neoyorkino John Ashbery sobre el poder visionario del azar: me gustaría reproducir la facultad que los sueños poseen de persuadirnos, de que un suceso determinado tiene un significado relacionado no lógicamente con él, o de que existe una relación oculta entre objetos dispares.

No puedo olvidar del recuerdo anterior, el del pudridero, tema tan de Millares, y el del vertedero anexo, de extramuros, también cantado por Millares. Millares había escrito (III/1965) con ocasión de una velada Zaj en la Galería Divulgaçao de Lisboa: y en esta basura indiferente, una lata de sardina –ya vacía de inmundicias y fines de semana-; un zapato negro, sin suelas ni cordones, desalquilado entre los vertederos de extramuros; un harapo sin alquimias eróticas, gritan su cercanía a los pliegues postreros de la tierra (…) alguien espera que se opere el milagro de una explosión en flor nacida precisamente sobre esa misma tierra-zapato-lata-harapo-basura que hacen el montón tácito de nuestra preclara historia.

Próximo el verano de 2000 Juan Manuel Bonet me entregó todo el material relativo al catálogo razonado.   Catálogo en el que llevaba trabajando casi, como destaca Elvireta Escobio en el texto introductorio, desde la muerte del artista.   Un conjunto de cinco archivadores grises, ajados por el uso, repletos de fichas a lápiz en algún caso con sus respectivas transparencias.   En este trabajo había colaborado en cierta época Miriam Fernández Moreno.

El trabajo que he realizado desde ese año parte de la admiración hacia la obra de Millares, acrecentado con el paso del tiempo y agigantado desde que he conocido, inmerso hasta la obsesión, la totalidad de su obra desde la ventaja de poder asistir a la génesis completa y desarrollo de su producción, con un material de primera mano.

Han sido cuatro años de trabajo intenso, apenas perturbado por otras labores, y adquiriendo, como no podía ser menos en cualquier trabajo serio que se precie, tintes próximos a la más absoluta perturbación.

He dado las gracias en este catálogo, varias veces, a las personas y entidades que han puesto su completa confianza en este trabajo, muy en especial a la institución que los representa, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y a su director y, en este caso, compañero de fatigas.   No quiero dejar sin citar a Miguel del Valle-Inclán, Jefe del Servicio de Documentación del MNCARS, quien ofreció, desde la confianza plena en el trabajo, todo su apoyo, ánimo y eficacísima y permanente colaboración, también desde 2000, en el desarrollo de este catálogo razonado.

Ahora reitero, la tercera vez en este catálogo, el agradecimiento más especial a Elvireta Escobio quien, desde la fatiga hondísima de un trabajo iniciado –y nunca acabado- hacía treinta años, tuvo la fe de pensar que, ahora sí, el catálogo vería algún día, más bien próximo, la luz.   Sacó fuerzas de mucha desolación para darme ánimos y, lo que fue más importante, expuso su biblioteca, correspondencia de Manolo, fotografías y recuerdos –al cabo personales y llenos de una vaharada triste: la del que se fue- a la siempre indiscreta, más por otro lado necesaria, impertinencia y asedio de preguntas del catalogador….

En algunos ratos de solaz del catálogo aumenté mi, de por sí mucha, melancolía leyendo “De un espacio sin tiempo” (1996), inefable y hermosísimo poemario de Elvireta Escobio que no quiero dejar sin citar.   En él, al modo chillidiano, lo que cuenta es el vacío, ese inmenso dejado por Millares, esa antigua tristeza –una vez más la tristeza- en ella instalada y que también, en sus palabras, se resistió siempre a abandonarle.   Después volvía al catálogo y no dejaba de sentir el desconsolado latido de las cosas cuando me topaba también con las palabras de Millares, referidas a su amor por Elvireta: Pero ha sido bello el vivirlo y aquella entrega nuestra en los momentos difíciles son una prueba de un gran amor y de un entrañable valor para nosotros. (…) Mi amor por Elvireta era total y no estaba dispuesto a que nos separaran (“Manolo Millares. Memorias de infancia y juventud”, IVAM documentos, vol I, Instituto Valenciano de Arte Moderno, Valencia, 1998, pp. 107-108).

El número de obras catalogadas de Millares, quinientas cuarenta y tres, pinturas, artefactos, artes decorativas y alfombras, habla a las claras de una amplia producción.   Máxime si pensamos en la cierta laboriosidad de la técnica zurcidora de Millares, en el gran formato de sus últimas obras, sus grandes polípticos de los setenta, y en la presencia inexorable de su enfermedad, rondándole y entristeciéndole desde un par de años antes de su muerte.   Hubo años frenéticos: el período que va desde 1960 a 1963 en donde su producción rondó los cuarenta cuadros anuales, con una gran cota de producción que fueron los cuarenta y tres cuadros pintados en 1960, año clave en el reconocimiento del trabajo del artista.

Hemos de pensar que junto a las pinturas Millares realizó un amplio conjunto de dibujos, obra gráfica y escenografías.   También ha de considerarse su presencia en exposiciones internacionales y en sus galerías de la época, Daniel Cordier (en Paris y Frankfurt) y Pierre Matisse (New York), sin olvidar sus grandes exposiciones de 1964 en Buenos Aires y Rio de Janeiro que sin duda le obligarían a un esfuerzo y dedicación añadida.

Lo anterior nos lleva por tanto a considerar a Millares como un autor de obra abundante, comparado con su corta vida.   Abundante y de una rara, por extraordinaria, intensidad, intensidad categorizada en la medida en la que es fácil reconocer su obsesionada temática.   Obsesionada como corresponde a cualquier gran pintor, casi siempre monotemático.   La muerte, la desaparición, fue una de las grandes obsesiones de Millares y es, quizá, el único tema importante de la creación, el primer impulso que mueve la obra de arte, a veces incluso mediante la manifestación de sus contrarios. Temática con un ritmo muy propio que alcanza la exégesis final en esa coda a la que José-Augusto França llamó la victoria del blanco, ese avance pictórico que alcanza cotas sublimes en sus penúltimos cuadros: apenas ya arpilleras, ni signos, siquiera blancos… y estoy pensando en el abrumador “Sin título” de 1971, de la colección Bravo.

            Por orden alfabético queremos recordar, agradeciendo además, a los museos, fundaciones y colecciones públicas, tanto de España como del resto del mundo, que nos facilitaron en muchos casos la gestión del material fotográfico y colaboraron con este catálogo entre los años 2000 y 2004. En muchas ocasiones con un interés y hasta pasión, que no ha dejado de provocarnos siempre emoción.   Gracias a ellos hemos podido realizar la más completa ficha técnica de las obras. Así, entre otros : ABATTOIRS, MUSÉE D’ART MODERNE ET CONTEMPORAIN DE TOULOUSE; al Museo ARTIUM DE ÁLAVA, VITORIA GASTEIZ, propietarios además de una de las escasas alfombras realizadas por Millares en colaboración con Carola Torres; AYUNTAMIENTO DE PALMA DE MALLORCA, PALMA DE MALLORCA; BANCO DE ESPAÑA, MADRID; BAYERISCHE STTAATSGEMÄLDESAMMLUNGEN, MÜNCHEN; CAJA MADRID, COLECCIÓN DE ARTE, MADRID; CENTRO ANDALUZ DE ARTE CONTEMPORÁNEO, SEVILLA; al CENTRO ATLÁNTICO DE ARTE MODERNO, LAS PALMAS DE GRAN CANARIA, en cuya colección se conserva uno de los mejores conjuntos de la obra del artista; a la COLECÇÃO CAMJAP/FUNDAÇÃO CALOUSTE GULBENKIAN, LISBOA y muy en especial a Ana Vasconcelos e Melo, Conservadora de la Colección; COLECCIÓN CAIXA GALICIA; a la COLECCIÓN DE ARTE CONTEMPORÁNEO DE PATRIMONIO NACIONAL, MADRID, y a Cristina Mur de Viu por su paciente colaboración; COLECCIÓN DE ARTE CONTEMPORÁNEO DEL SENADO, MADRID; a Rosa María Castells, Conservadora de la COLECCIÓN DE ARTE SIGLO XX, MUSEO MUNICIPAL DE LA ASEGURADA, ALICANTE, por su documentadísima participación; COLECCIÓN DE LA DEMARCACIÓN DE TENERIFE, LA GOMERA Y EL HIERRO DEL COLEGIO OFICIAL DE ARQUITECTOS DE CANARIAS; COLECCIÓN MUNICIPAL, AYUNTAMIENTO DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA; COLECCIÓN SANTANDER CENTRAL HISPANO, MADRID; FONDS NATIONAL D’ART CONTEMPORAIN, PUTEAUX, FRANCE; a la FUNDACIÓN ANTONIO PÉREZ, CUENCA, quien actualmente cuenta con la mayor colección de obras de Manolo Millares, muy en especial a Antonio Pérez, su Presidente de Honor y a Mónica Muñoz, quien nos facilitara el trabajo documental; a la FUNDACIÓN BEULAS, HUESCA y al pintor José Beulas por su siempre cordial cooperación; a José Capa y José Enrique Moreno, de la FUNDACIÓN JUAN MARCH, MADRID-MUSEO DE ARTE ABSTRACTO ESPAÑOL, CUENCA; a Maria Ferrador por su amplísima documentación facilitada relativa a las obras de Millares en la FUNDACIÓN LA CAIXA, COLECCIÓN DE ARTE CONTEMPORÁNEO, BARCELONA; a la GALLERIA NAZIONALE D’ARTE MODERNA, ROMA, y muy en especial al Soprintendente del Ministero peri Beni e le Attivitá Culturali (Soprintendenza speciale alla Galleria Nacionale d’Arte Moderna di Roma); GEMEENTEMUSEUM DEN HAAGM; GOBIERNO DE CANARIAS; HIRSHHORN MUSEUM AND SCULPTURE GARDEN, SMITHSONIAN INSTITUTION, WASHINGTON; INSTITUTO ÓSCAR DOMÍNGUEZ DE ARTE Y CULTURA CONTEMPORÁNEA (IOADACC), TENERIFE; por su cooperación, y también paciencia, virtud citada varias veces en este texto, a Cristina Mulinas del Departamento de Registro de obras de arte del INSTITUTO VALENCIANO DE ARTE MODERNO, IVAM, VALENCIA; MACBA, MUSEU D’ART CONTEMPORANI DE BARCELONA; MMK-MUSEUM FÜR MODERNE KUNST, FRANKFURT AM MAIN; MODERNA MUSEET, STOCKHOLM; a Eduardo Alaminos, Director del MUSEO MUNICIPAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO, MADRID por su exhaustiva cooperación; a Evelyne Pomey, del departamento de documentation des collections del MUSÉE NATIONAL D’ART MODERNE. CENTRE POMPIDOU, PARIS quien, además, nos facilitó el acceso a otras obras de Millares en colecciones francesas; a Juan Carlos Pereda, curador del MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO INTERNACIONAL RUFINO TAMAYO, CONACULTA / INBA, MÉXICO D.F.; a Laura Buccellato, Directora, Teresa Riccardi y Pino Monkes, del departamento de Conservación-Restauración del MUSEO DE ARTE MODERNO DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES, MAMbA, BUENOS AIRES. Mención aparte hemos de hacer por la cooperación de Corina Michelena, Gerente de Investigación y Curadoría y Silda Cordoliani, Gerente de Recursos de la Información, del MUSEO DE BELLAS ARTES, CARACAS, ambas hicieron lo imposible, en momentos complejos para su Museo, por facilitar las fotografías y documentación de las obras; MUSEO DE BELLAS ARTES DE BILBAO; a Dionisio Gázquez, director del departamento de arte y comunicación visual del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, quien nos descubriera la obra de Millares en la colección del MUSEO DE BELLAS ARTES GRAVINA, MUBAG-DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE ALICANTE, ALICANTE; MUSEO DE CÁCERES; a Carmen Waugh, Directora del MUSEO DE LA SOLIDARIDAD SALVADOR ALLENDE, SANTIAGO DE CHILE, quien nos trajo el eco de otros tristes tiempos; MUSEO INTERNACIONAL DE ARTE CONTEMPORÁNEO, MIAC, LANZAROTE; MUSEO NACIONAL CENTRO DE ARTE REINA SOFÍA, MADRID; al MUSEU DE ARTE MODERNA (MAM), RIO DE JANEIRO, y a Rosana de Freitas, Pesquisa e Documentação del Museu, quien nos facilitó abundante información sobre el incendio del Museo; MUSEUM BOYMANS VAN BEUNINGEN ROTTERDAM; MUSEUM MORSBROICH, STÄDTISCHES MUSEUM, LEVERKUSEN; desde Macedonia, al MUZEJ NA SOVREMENATA UMETNOST-MUSEUM OF CONTEMPORARY ART, SKOPJE y a Emil Aleksiev, director, quien, a pesar de la distancia y de las dificultades lingüísticas, consiguió permitirnos rehacer la obra donada por Millares en 1968 a su museo; NEUES MUSEUM-STAATLICHES MUSEUM FÜR KUNST UND DESIGN IN NÜRNBERG, NÜRNBERG; al PATIO HERRERIANO, MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO ESPAÑOL, VALLADOLID: a Maria Jesús Abad, directora, y a Virginia Torrente por su habitual eficacia; SAINSBURY CENTRE FOR VISUAL ARTS, UNIVERSITY OF EAST ANGLIA, NORWICH, NORFOLK; STÄDTISCHE KUNSTHALLE, MANNHEIM; a THE ART INSTITUTE OF CHICAGO, CHICAGO, y muy en especial a Stephanie D’Alessandro, Assistant Curator, del departamento Modern and Contemporary Art, y Colleen Thorne, Research Assistant Modern and Contemporary Art, quienes nos ayudaron a descubrir una obra histórica de Manolo Millares en su Museo, procedente de un legado de la colección Mr. and Mrs. Edwin E. Hokin de Chicago.   También cooperaron en la ubicación de la colección Morton G. Neumann, propietario del primer homúnculo realizado por Millares, el “Cuadro 39”. A THE ISRAEL MUSEUM, JERUSALEM y muy en especial, por su extrema paciencia, a Adina Kamien-Kazhdan, associate curator, del Department of Modern Art, del Museo. También a THE MINNEAPOLIS INSTITUTE OF ARTS, MINNEAPOLIS; y a THE MUSEUM OF MODERN ART, NEW YORK, muy en especial a Jenny Tobias, Librarian Collection Development y a Clare Henry, de Registrar’s Development.   En este último caso hemos de citar la cooperación del archivo del Museo: Photo SCALA en Florencia.

Mencionamos aparte a THE TATE GALLERY, LONDON. De este museo obtuvimos una amplia colaboración que no queremos dejar sin citar: July Manzini, Secretarial Assistant, Matthew Gale-Jim Kay, Archive Curator, Alison Miles, Picture Library, Giorgia Bottinelli, Assistant Curator-Collections Divisions y, finalmente, a Rachel Toogood, Arts Projects Officer-British Council.

Esperanza Sobrino, de “Acquavella Modern Art” puso a nuestra disposición, con generosidad y eficacia, una abundantísima y detallada documentación de las excepcionales obras de Manolo Millares en su colección. Nuestro agradecimiento.

Hemos hablado también con Françoise Choay, aquélla que enseñara una obra de Millares, el “Cuadro 35”, por primera vez, a Daniel Cordier, en 1959. El histórico galerista Cordier, también colaborador de este catálogo, sintió entonces que la obra de Millares era “una llamada a las fuerzas de la noche”. Una penúltima mención a Daniel Abadie, director del Museo Jeu de Paume, de Paris, quien amistosamente nos ofreciera también su colaboración para la localización de obras en colecciones francesas. Termino este recuerdo con las citas a Mario Díaz, Ana María García López, Rosa Juanes y Arturo Sagastibelza.   Además de hacerles partícipes, día a día, desde 2000, de mi obsesionada labor, juntos se convirtieron en un improvisado equipo que ayudó a resolver muchas de mis dudas en este catálogo.

A través de este catálogo hemos intentado reconstruir el pulso de la producción de Manolo Millares.   Por su especial ayuda no podemos dejar sin citar, de nuevo, a José-Augusto França, verdadero antecesor de este catálogo en su fundamentalísima monografía sobre el artista publicada por La Polígrafa en 1977, ni a su texto en éste, tan libérrimo, certero y visionario.   Tuvo además la gentileza de manifestarnos, en fecha reciente, su ánimo para la realización de este catálogo.   También han sido fundamentales para comprender a Millares, las películas rodadas en 1966 por Alberto Portera, que gentilmente nos prestó largo tiempo, y en 1970 por Elvireta Escobio y Manolo Millares (felizmente reeditada en 2002).   Nos ayudaron a entender la técnica pictórica y a eso tan insustituible: ver al artista hace largo tiempo ido.   La experiencia de contemplar al Manolo Millares pintor envolviéndose en su sarcófago de arpillera, frenéticamente (hablo de la película de Portera) fue de gran valor para el conocimiento del pintor. La ilusión de vida que ofrecen los fotogramas convirtió la experiencia en memorable.

No creo reunir las cualidades de Sherlock Holmes que Elvireta me atribuye. El trabajo de un catálogo razonado es siempre, antes que un hecho relacionado con la perspicacia o la sagacidad, la historia de una obsesión.   No puede ser de otra manera si realmente se desea su mejor ejecución. No pude tampoco tener el respaldo y el ingenio de un sagaz y secreto Mycroft Holmes. Tampoco cuento con la turbiedad a la par que secreto de su vida, su misantropía, misoginia y algunos otros vicios poco declarables. En todo caso, el trabajo realizado surgió siempre desde la constancia que da el respeto y de la consideración –altísimos- que siempre tuve a la obra de Manolo Millares, acrecentado cuando ahora cierro estas líneas.

 

Alfonso de la Torre

Noviembre de 2003