2001-DIARIO DE UN PINTOR

2001-DIARIO DE UN PINTOR

Diario de un pintor
Texto en “Gerardo Rueda. Collages (1954-1996)”, Centro Municipal de las Artes, Alcorcón, 2001

 

DIARIO DE UN PINTOR

Alfonso de la Torre

 

Los primeros collages de Rueda (Madrid 1926-1996) datan de los inicios de la década de los cincuenta. Uno de los primeros que se conoce, quizás pueda ser el primero, lleva por título “Vidriera II”, de 1954.   Se trata de un pequeño collage en el que unas sinuosas líneas otorgan el ámbito donde habitan unos recortes de papel de periódico.   Collage de precisa y contenida composición reúne las características de los primeros collages de Rueda en donde conviven con sabiduría el collage y el dibujo. La presencia de los textos del periódico, en este collage imbuidos de la actualidad política de las fechas, habla bien a las claras del sabio enfriamiento que Rueda concedía al devenir cotidiano.   Enfriamiento procedente de muy diversos lugares: el propio uso (mediante su destrucción) del periódico, el recorte del texto convirtiéndolo entonces en ilegible y, por si acaso, girando algunos de los textos como para acentuar, si quedasen dudas, ese deseo de escapar de lo cotidiano.   Del fragor de los textos recortados –siempre densos en su esencia- se escapan frases o palabras: “extranjero” en este collage en donde además es posible leer un fragmento de noticia: “motín en un campo de inmigrantes de Rio de Janeiro”.   “Refrigerado” en otro de los sesenta de necesaria evocación, “Marval”, “Dos seat seiscientos y dos televisores Marc” en otros de su época o “millones y medio de caballos” o “Para mayores” (presente en la exposición).

 

Rueda “borraría” durante la década de los setenta y ochenta todo tipo de texto, suprimiendo también el uso de periódicos en estas décadas, actividad que como collagista retomaría con pasión a partir de los ochenta y hasta sus últimos collages.

 

Los años 1954-1958, bien representados en esta exposición, fueron años collagistas fructíferos para Rueda.   Precisamente entre el 14 y el 30 de junio de 1954 presentaba su exposición “Collages. Dibujos abstractos” en la Sala Abril de calle Arenal número dieciocho de Madrid, la galería dirigida por Carmen, “Carmina”, Abril. No hay memoria de la presencia de collages en fechas anteriores en el quehacer artístico de Rueda.   Su exposición anterior y primera casi individual (la exposición “Magaz-Sangro” junto a su amigo Toni Magaz Sangro) en la misma sala, reunía doce cuadros. Hoy podríamos titular, a esa exposición inaugurada el año anterior, el veintitrés de marzo de 1953, un mes antes de cumplir sus veintisiete años, “Casas”, pues las doce obras presentes tenían como motivo, siempre, diversas evocaciones del Madrid mesetario y gris en el que nació y vivió Rueda. Allí estaban algunos de los despojadísimos cuadros que han podido verse en la primera sala de su antológica en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

Volviendo a 1954, fecha de su exposición en la sala Abril, recordemos ésta era la sala de exposiciones habitual del artista en los años cincuenta.     Galería y librería fundamental para la formación del artista. Allí pudo adquirir, “sottovocce”, algunos de los libros proscritos o de difícil hallazgo en aquellos años.   Allí también conoció, entre otros, a Luis de Pablo, Camilo José Cela o Francisco Nieva.   Luis de Pablo, este mismo año 2001, calificaba a Carmina Abril de “legendaria” en su pequeño texto “Silencio y sonrisa” realizado por encargo del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. El músico recordaba conocería, en 1956, en ese lugar a Gerardo Rueda.

No podemos, por otro lado, olvidar el deconstruido collage, presente en la exposición del Reina Sofía, y hoy en la colección de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en el que Rueda homenajea, nada menos que en 1955, a su amiga y librera.   Se trata además del único collage en el que Rueda utiliza la técnica de fragmentar –dejando ciertamente reconocible- una imagen.   Desde 1990 el ajado cartel de la librería Abril, arrancado por otros al cierre de la misma, presidía el Estudio que tuvo el artista en al calle San Nicolás de Madrid, el de los Austrias, a no muchos metros de la librería.

 

Volviendo a los, para Rueda, fructíferos cincuenta, la primera evocación crítica, de cierta importancia, de la exposición de collages y dibujos abstractos, la firmaba, a la clausura de la exposición, el treinta de junio, Figuerola Ferretti en “Arriba”. Citando los collages de Picasso y Braque el crítico señalaba que Rueda trata de reivindicar al cabo de cuarenta años aquel “divertimento” y nos ofrece unos intentos asépticos, ordenados y agradables, donde junto al papel impreso unos esquemas limpios, de formas abstractas, aciertan en muchos casos a componer ese “algo” distinto que bulle en toda vocación juvenil.

            Internacionalmente, en artículo de 1955, publicado en Toulouse, y con ocasión de la exposición “Les peintres espagnols abstraits”, donde Rueda presentaba un collage, el crítico destacaba que utiliza el collage con real satisfacción. Insertados sobre estas curvas apenas trazadas con lápiz y sobre el blanco del papel, estas pequeñas notas coloreadas de materia plástica tienen un acento particular y la rigurosa geometría habla de las cualidades de la interferencia de los planos, lenguaje claro realzado con el color.

            Respecto a la exposición de 1954, cuatro días antes al artículo de Figuerola Ferretti, José de Castro Arines firmaba una brevísima crítica de la exposición en Abril en la que destacaba el interés de las obras subrayando su intención investigadora, su búsqueda afanosa de nuevos caminos expresivos.

            Terminando con la evocación de los collages de esta década hemos de citar el collage “Formas” (1955) muy en la línea del “Vidriera II”, antes citado, y en el que desde planteamientos más despojados, reúne unas líneas finísimas, círculos dibujados con tinta y pequeños recortes de periódico. La obra estuvo expuesta en una curiosa exposición, celebrada al aire libre, en Cartagena ese mismo año: “Primera Muestra de Arte Contemporáneo en Cartagena”. Una imagen de esa exposición muestra el cuadro, en una plaza con palmeras de la ciudad, sobre un caballete, en un día frío, expuesto ante lo que pareciera un cierto asombro de los viandantes.

 

En los orígenes, estos collages de 1954 y 1955 son deudores de los primeros dibujos de Rueda. Hay que señalar y no en vano que a los diecisiete años, en 1943, once años antes, Rueda había copiado en un pequeño cuaderno diversas composiciones cubistas de Picasso y Juan Gris.   Estos dibujos se convertían así en una admirada evocación del quehacer de los “padres” cubistas, evocación y admiración a la que Rueda permanecería fiel en toda su trayectoria artística.

 

En 1949, a su vez, había realizado un hasta ahora poco conocido conjunto de tres dibujos titulados “Fruteros” en los que ya aparecían las líneas curvas y los círculos presentes en los citados “Vidriera II” y en “Formas”.   También en 1955 un bodegón con unas leves formas curvas a modo de vasijas, hacía compatible un tenue dibujo sombreado con unos despojados y ordenadísimos rectángulos de cartulina.

Rueda escaparía, tras estos collages, de los lazos de las líneas curvas dibujadas, abandonando en los inicios de los sesenta por completo, el dibujo y trabajando, ya por completo, en el puro collage de papeles, sin mayor ayuda, ausente la estructura ordenadora dibujada, que la composición mediante el pegado de diversos tipos de cartones, cartulinas y papeles.   La presencia de la mano, que en los cincuenta asienta mediante el dibujo retículas zigzagueantes, quedará reservada al corte del papel, a su teñido con tintas, a su arrugado en ocasiones y, evidentemente, a la composición.

Mas no podemos acabar con los collages de finales de los cincuenta sin señalar cómo también son deudores de los dibujos de esta época.   Dibujos y monotipos muy frecuentemente.   Obras en las que técnicamente se adivina la pasión collagística en ciernes pues muchos de ellos combinan las más variopintas técnicas de dibujo: lápiz de grafito, lápices de colores, óleo, pigmentos diversos, grattage, monotipo, etc.   Dibujos finos, delicados, transparentes, “casi de cristal” como los definiera acertadísimamente en 1957 G. Crespi. Sobre los dibujos de Rueda escribiría su amigo Manuel Silvela Sangro en su diario “Diario de una vida breve” el día seis de mayo de 1956: Ayer a última hora hice una visita a Gerardo, en su “atelier”. Me enseñó sus últimas obras: diversas y buenas. Me gustaron especialmente unos dibujos con lápices de colores, de pequeñas láminas apaisadas, llamadas “bocadillos” por su autor. El nombre hace referencia a la hora del día en que los concibe y la brevedad con que los termina. “No se sabe bien todo lo que hay en un minué”, decía el coreógrafo Marcel. No se sabe bien todo lo que hay dentro de un “bocadillo” de Gerardo.

 

            En 1962 Rueda comienza la realización de sus llamados collages de papeles de seda arrugados.   Unas inolvidables fotografías de Fernando Nuño, autor también de la celebérrima imagen inaugural con los artistas presentes el treinta de junio de 1966 en el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, nos muestran a Rueda sentado en el suelo de su estudio.   Estas imágenes nos recuerdan algo del vértigo de la ejecución creadora de Pollock.   Rueda está rodeado de papeles, casi inundado por ellos, reconociéndose, en realización, algunos de sus collages (“Búho” por ejemplo) posteriores.   El sistema de trabajo parece ser el que desarrolló siempre en sus collages: un tomar y dejar hasta llegar a lo cierto. Rueda utilizaba como materia prima de estos collages el papel de seda teñido con tintas de colores.   En la exposición actual podemos encontrar varios de ellos: “Collage nº 31”, “Collage nº 47” y “Para Mayores”, entre otros.

Que Rueda estableciera un número para titular sus collages no era casual. Desde los inicios de los sesenta Rueda buscaba un sistema normalizado para dar nombre a sus obras. En la pintura decidió tomar el callejero de Madrid.   Eligió en 1960 los nombres de calles que comenzaban por “A”, escogiendo nombres con resonancias geográficas principalmente.   En 1961 los que comenzaban por “B” y en 1962 los que lo hacían por “C”…. El sistema, además de ayudarle a clasificar y a recordar después las fechas de las obras, le permitía dotar a sus obras, ya espacialistas, de una honda e imperecedera evocación.

Una nota manuscrita de Rueda explica cómo numeró sus collages de 1962: la numeración comenzaba en el trece. Los que iba del veintiuno al treinta y seis fueron depositados un tiempo en París.   El último collage numerado es el ciento sesenta y uno y es de 1964.   Algunos más de ese período 1962-1964 quedaron sin numerar.

Es curioso señalar, volviendo al método de trabajo, que Rueda trabajaba en la realización de los collages junto a sus respectivos “passe-partout”… Como sucediera con sus trabajos posteriores de madera en los que era habitual que el cuadro se compusiese desde su caja exterior, ubicando Rueda en su interior los diversos elementos de la obra que posteriormente eran atornillados o encolados a la trasera de la caja.

Es posible que esa práctica de utilizar la caja como “teatro de operaciones” provenga de los collages de papeles de seda arrugados.   Rueda se pertrechaba de “passe-partout”, lo que explica la existencia de medidas parejas en los collages de 1962-1964: 33 x 23,5 cm., y componía, con la ventana, su interior.

 

El veintiuno de febrero de 1964 se inauguraba en “The Luz Gallery” de Manila una exposición que contenía treinta collages de Gerardo Rueda.   La práctica totalidad de los expuestos eran collages de papeles de seda arrugados. La exposición permanecería abierta hasta el día tres de marzo de ese año.   Zóbel actuó de “comisario” de la exposición, representando a Rueda en la inauguración de la exposición en su país.   Algunas cartas, días después, de Zóbel relataron a Rueda el éxito y la asistencia de público el día inaugural. Sobre la ausencia de Rueda ésta era fácil de entender: entre el ocho y el veintiuno de febrero sus pinturas espacialistas se mostraban en la “Galleria D’Arte 2000” de Bologna. Rueda estaría presente en la clausura de la exposición en Bologna.

La exposición tuvo una muy favorable acogida crítica en Manila existiendo una amplia reseña de la misma en “The Manila Times” del 20/II/1964: maestro de este arte, Rueda produce tranquilos espacios que acarician el ojo y el espíritu.   Fernando Zóbel firmaba una crítica en “The Chronicle Magazine” el día 22/II/1964, ilustrada con el “Collage nº 96”: el adjetivo que mejor describe los collages de Rueda es “elegante”. Con los medios más sencillos –trozos de papel coloreado y, de vez en cuando, pedazos de tela- el pintor crea pequeños remansos de plácido disfrute.   El ojo es acariciado, mimado y apaciblemente entretenido mediante un sutil juego de formas, colores y texturas.   El artista no declama, ni explica, ni juzga, ni mucho menos intenta sorprender, excitar o capturar nuestros sentidos. El disfrute que nos produce un pequeño cuadro es similar al que experimentamos ante una joya: es algo hermoso de ver; nada más que eso y, por cierto, nada menos.   En verdad, dejando de lado sus temas, estas obras me recuerdan un poco a las miniaturas medievales.   Se trata del mismo tipo de cosa, siempre y cuando esas cosas te gusten, claro.

 

            Rueda volvería a exponer sus collages, de modo monográfico, en Madrid en 1972.   Entre la exposición de Manila y la de Madrid distaban ocho años fundamentales en la trayectoria de Rueda. Había celebrado, entre tanto, y entre otras, individuales en diversas ciudades italianas, en Juana Mordó y la muy recordada exposición en “La Pasarela” de Sevilla.

El día uno de febrero de 1972 se inauguraba la exposición “Diez años de collages (1962-1972)” que se clausuraría el veintiséis de ese mismo mes en la Galería Egam de Madrid.   J. R. Alfaro destacaba el día 21/II/1972 sobre el collage que Gerardo Rueda aporta a su desarrollo toda la fuerza de invención de un asombroso virtuosismo que surge en cada momento de lo inesperado, en un sistema, por definición, riguroso.   Alimentadas por una magia personal, las obras de esta exposición constituyen el historial de este artista a lo largo de una década.

 

            A partir de 1970 la creación collagística de Rueda adquiere toda su intensidad.   Hasta los collages de papeles de seda arrugados (1962-1964) los collages de Rueda caminaban de modo paralelo a su creación pero no siempre en muy estrecha relación.   Es en 1965, en un momento en el que las obras de Rueda encuentran un cierto carácter constructivo, cuando Rueda realiza su primer collage de cajas, de cerillas, que titula “In memoriam a M.S.”.   Juan Manuel Bonet se ha ocupado este año de recordarnos con ocasión de su texto “Lectura de Manuel Silvela (Y Gerardo Rueda)” en el catálogo de la retrospectiva en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Rueda realizó otro homenaje a Silvela en tonos blancos que figura en el catálogo inaugural del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.

Rueda realizó no más de cincuenta collages de cajas (de diversa procedencia: cerillas, tabaco o pegamento), especialmente entre 1965 y 1968 creando algunos más, escasísimos, posteriormente.

En una ocasión, a la búsqueda de la chispa de la que surgió la idea hemos pensado si los collages a la memoria de Manuel Silvela, los primeros, no evocaban, en su aspecto cuadricular y en el aspecto de “salto” que podría derivarse de la presencia o ausencia de cajas, la pasión ajedrecística de Silvela y que eso fuese el comienzo de todo. En cualquier caso, lo que sí sabemos es que ese reducidísimo conjunto de cajas, del que tenemos tres en la exposición, forma ya, por su extraordinario rigor y calidad, un lugar de privilegio en la reciente pintura europea.

Al fin y al cabo Rueda declaró siempre que en el fondo toda su pintura era collage. Nunca, como en el caso de los collages de cajas, mediados los sesenta, pintura y collage en la producción de Rueda fueron, en el tiempo, tan lo mismo.

Sus collages de cajas nunca se habían reunido, ni siquiera cinco, como sucediera en la exposición retrospectiva del artista en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.   Un collage como el archiconocido “Desde Sevilla” (1967) en la colección de la pintora Carmen Laffón avisa también de algo que posteriormente sería frecuente en la trayectoria de Rueda, el uso de marcos antiguos incorporados a sus collages o pinturas.   Esto sólo había sucedido con el “Verde con marco neorrenacentista” (1965) del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, y el mismo año, 1967, lo repetiría en el inefable “El testamento de Felipe II”.

En definitiva, los collages de cajas contienen, 1965, la mayoría de esos ingredientes que Rueda reuniría en su serie última, de fines de los noventa: “Pasión y Estilo”. La concentración de orden y construcción junto al desaliño.   En el caso los collages de cajas la creación de belleza y armonía mediante un elemento humilde de cuya esencia es difícil desprenderse visualmente.   Y hay, además de ironía, un uso de gamas de colores ya típicamente ruediano.

 

A partir de 1967 fecha del collage presente en la exposición “Pirámide verde” sus collages toman ya un nuevo sendero: el más libérrimo.   En este collage aparece además un taco de madera demostrando lo que ya dijimos sobre el cruce de caminos entre pintura y collage.

En sus collages comienzan a aparecer elementos que no son sólo papel o cartulina.   Esto ya había tentado al artista cuando en algunos collages de finales de los cincuenta incorporaba fragmentos de cuero. Era la época en la que Gerardo Rueda, por imperativo familiar, trabajaba en la fábrica de curtidos de los Rueda.   El cuero, recortado en finos rectángulos, evocaba cartones gruesos de una tonalidad y textura, eso sí, muy especiales.

A partir de los setenta comienzan a aparecer: cuerdas, clips, tubos, telas y textiles en general, tablas, restos de papeles manchados al pintar, tapas de esmalte, etc. casi siempre elementos del azar.   Un azar como siempre en Rueda muy controlado y circunscritos a lo que se podría titular “mi vida de pintor”.

Rueda realizaba collages con fruición.   De un modo compulsivo.   Igual que es frecuente hallar años de menor producción pictórica es casi imposible hallar un año sin collages.   No sólo en su Estudio realizaba collages.  En los últimos años, algo insomne, su mesilla de noche y cómoda se llenaron de papeles, cartulinas y pegamento. De sus viajes era frecuente la vuelta con algún collage “entretejido” y posteriormente terminado en el Estudio.

La serie “Nocturnos”, presente en la exposición uno de ellos, representa un ejemplo de la realización de collages por Rueda en su domicilio, convertido en Estudio, en la soledad de la noche.

En 1989 Rueda realiza en la Galería Estampa una exposición dedicada a sus collages de sobres, collages en los que es frecuente hallar una vez más fragmentos de eso que más arriba llamamos su vida de pintor.   Invitaciones de exposiciones principalmente, sobres en los que es frecuente hallar remites –y hasta catálogos- de artistas o salas de exposiciones, entradas a exposiciones, reproducciones de obras de otros artistas, convirtiéndose en cierta medida en un diario de páginas, eso sí, desbaratadas por el viento…. De su reunión sería posible hablar de un baile de máscaras, de un carnaval que pasó, de una visita a la colección permanente del Centro Pompidou (el miércoles 21 de septiembre de 1994), de la presentación de un libro de Rueda en París, de la inauguración de una galería hoy ya olvidada, de una exposición de Adolf Schlosser, o, finalmente de la exposición de Ricard Giralt-Miracle, exposición que coincidió con la de Rueda, la última, en el IVAM…

Diario de un pintor, rescate de fragmentos de los días, entonces, ahora, ya eternos. Belleza hecha de la nada, de la nada que es el hoy y que nada sería, sin Rueda, ya mañana. Papeles, papiros, carpetas, cartones, sobres y cartulinas…

Como ya escribimos en otro lugar, la impalpable luz de ese río de papeles.

 

Alfonso de la Torre

Octubre de 2001