ANTONIO FORTUN. VALOR Y EMOCION EN FORTUN

ANTONIO FORTUN. VALOR Y EMOCION EN FORTUN

 Texto publicado en el catálogo:
“Antonio Fortún. Cuadros para una donación”
Zaragoza: Diputación de Zaragoza. Palacio de Sastago.
16/I-14/II/1999, pp. 37-39

 

VALOR Y EMOCION EN FORTUN

 

ALGUNAS COSAS que detesto en un poema: la ampulosidad, la incontinencia, la prosopopeya, el ruido persistente; en suma, el vacío disfrazado de palabras. Frente a eso, y contra eso, prefiero el hermetismo, el silencio, las palabras tasadas, la emoción sobria (pero emoción): la desnudez, en suma.

Luis Valdesueiro, Lucidario, Madrid, 1997

  

            En un esclarecedor texto de 1976 Antonio Fortún ayudaba a desbrozar cuáles eran sus intenciones creadoras.   Releyendo dicho texto, a la par que contemplando los seis grandes collages de 1996 presentes en esta exposición, entendíamos la hondura de lo escrito: pretendo conseguir la concordia entre el sentir, el querer y la dicción, adentrándome en el eterno mundo de la pintura, sin robarle su sabor, pero sin caer en la cobardía de lo fácil y lo tópico (…)una pintura que esté dotada, en conjunto, de una emoción particular.

En este sentido Fortún pertenece a la estirpe de los silenciosos, de los artistas que, con voz queda, otorgan el valor creativo a las cosas dichas en bajo, a sabiendas de que lo que dura, lo que no es fugaz o está de paso, es siempre, antes, mudez que gesto, hondura que arrebol, pulso que tiemblo.

Los collages de Fortún parten de un hondo conocimiento del oficio y de la tradición del collage. Escribimos tradición del collage a sabiendas de la escasa presencia del mismo en el mundo contemporáneo español.     Ya hemos escrito en otras ocasiones la poca práctica (en el sentido de su intensidad) de esta técnica en nuestro arte en el que tenemos, eso sí, a esos dos paladines que son Rueda y Torner.   Algunos collages de Fortún hablan a sabiendas del conocimiento, cuando no admiración, que siente hacia estos artistas.   Muy en especial algunos de los collages presentes en esta exposición rememoran aquella pared inquietante y espléndida de Torner, llena de sus collages de los setenta, frente a la despiadada hoz del Júcar, en el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca.

Fortún ha reconocido además, siempre, su admiración por el collagista Rueda, de quien se escribiera, otrora, recortaba con las tijeras con las que cortan los dioses.

También Fortún evoca, en ocasiones, la tradición collagista más austera, más sobria, la emparentada con el constructivismo ruso en especial. Pero sin embargo siempre hay elementos formales que lo alejan de corsés o estructuras en exceso rígidas.   En esta exposición lo vemos claro con collages como La dulzura de septiembre o Recuerdos otoñales, ambos de 1996, obras que, desde el título, se zafan de una casilla constructivista para viajar, como no podría ser menos, por la senda que lleva a una creación, intensa, disciplinada, original y lírica, de mundos propios dotados de una peculiar soltura, desde la limitación del mundo collagista (papel, recorte y colores establecidos por el propio soporte), a un lugar en el que no es ajena la existencia de lo que podríamos llamar la perplejidad, no exenta de un deje melancólico, ante las cosas.

Frente a la exaltación y alegría, nos atrevemos, de los constructivistas, adivinando, no sin zozobra y dudas, nuevos tiempos, Fortún sin embargo es un claro collagista de este fín de milenio, conocedor y responsable, a las claras, de la posición del artista en un siglo de luces y sombras.

También los de Fortún son collages que evocan a aquel artista, Cesar Domela, amante, como el de Zaragoza, de una geometría desmedida de ritmos barrocos, de líneas curvas, de círculos presentes o evocados…. a la caza de lo que el de Amsterdam llamaba la vida de las formas, traductoras siempre, de la realidad interior. Fortún suscribiría la máxima de Ko-Shi, querida por Domela, que había escrito: Pintando una escena, cualquiera que sea su objeto o dimensión, el artista debe concentrar su espíritu en la calidad, la naturaleza esencial de su sujeto.   Si no llega a percibirla, no llegará a expresar el alma. La disciplina dará a su pintura la dignidad. Sin dignidad la profundidad es imposible.

Una de las cosas que más sorprende en estos collages de Fortún presentes en la exposición es su carácter de clara delineación, al no existir, como en otros suyos, papeles rasgados a mano, como sucede también en otros collagistas, y sí, una suerte de enfriamiento técnico, como a la espera del acierto y más aguda reflexión, producido por la presencia, en su mayoría, de papeles recortados mediante tijeras.

Lo anterior es más que una reflexión al uso, máxime cuando sabemos de la querencia, como dijimos, en Fortún, del rasgado y de la presencia de papeles más o menos hallados al azar, caros aún más en un artista aficionado a adentrarse en mundos de técnica más “caliente” como los desgarradores y bellísimos drippings, realizados a mediados de los setenta, de saturado y lujurioso colorido, como bien lo observara Antonio Saura en texto de 1978.

En estos cuadernos de bitácora de Fortún que son sus collages (Emoción primaveral o Recuerdos de verano son otras de sus obras presentes) sorprende lo que le desmarca del collage tradicional: el gran soporte.   Si exceptuamos el caso de los collages o papiers decoupés de Matisse, alejados en su sentido de las intenciones de Fortún, es anómala la existencia de tal formato en collages realizados mediante la técnica más al uso.

A Fortún le pregunté en cierta ocasión si este esfuerzo, físico, que suponía la creación de obras de tal tamaño (collages aquí presentes como Composición estructural o Buscando la armonía tienen 150 x 115 cm., siendo los restantes de parejas medidas: 130 x 100 cm.), no le llegaba a ser, en ocasiones, sobrenatural y agotador. Máxime si tenemos en cuenta que Fortún llegaba a estas creaciones desde el mínimo punto de partida, al no utilizar papeles de gran tamaño, y sí una suerte de collage no-narrativo a lo Jess, en los que el fabuloso mundo de imágenes de su serie Tricky Cad habría sido sustituido por un mundo silencioso -por ende poético- en el que la figura ha sido aherrojada para convertirse en presencia de formas, tan prístinas como inquietantes.

Efectivamente en estos collages de Fortún hay una voluntaria renuncia a la narración y una especie de deliberado eremitismo creador: sólo el papel, las tijeras, la cola y -por ello- la verdad, desnuda, del collagista.   Y escribimos voluntaria renuncia a sabiendas de los muchos guiños narrativos presentes en otros collages del artista. Así hemos visto otros collages de Fortún, como La modelo(1991) o el muy bello dedicado a la memoria de Rueda que utilizaban, al modo Ernstiano, fotografías u otros papeles que hablan de alusiones ajenas al mero hecho físico de encolar un papel.   El primer collage aludido habla, además, por la presencia de un grabado pegado, del conocimiento -si no guiño- del fabuloso Une semaine de bonté de Ernst.

Algo que sorprende en los collages de Fortún es que, desde una cierta planicie, propia de la técnica, sus obras adquieren una dimensión de mediorrelieve.   Ello es parte de su logro, al que llega desde la imposición de un cierto grado de apuesta por la limitación material. Y ello está acentuado por los efectos de claroscuro que vienen marcados por una dosificación ejemplar de la cartulina negra.   Ello hace que la superposición del color sobre algunos de estos breves fondos negros adquiera tintes de la exuberancia más plena.   Parte de la magia de estos collages tienen esa explicación, y algo del trompe l’oeil que causan parte de la anterior consideración.

Urdidor de mimbres de papel, Fortún no sólo pega sino que entrelaza papeles, algo también poco frecuente. La ilusión antedicha, causada por el negro, se acentúa, en mágico efecto, por la presencia de papeles que cruzan las formas, las surcan, pero que también, acariciantes, descienden bajo ellas, vuelven a salir o, cuando no, se pierden (si es que hubiesen existido).   Fortún nos habla así del creador y sus papeles, del papel del creador, ése que, desde la tiniebla del negro, habla, a sabiendas, de la importancia de ordenar mundos inconexos o elementos dispersos.   En definitiva de organizar un mundo caótico, llegando, desde la dispersión y el barullo a un arte en el que la intención lleva a una minuciosa, sutil y abrumadora poética que nunca olvida, en su composición, la particular emoción ante la ordenación.   Ante la acumulación medida y sutil y ante, sin duda, la particular emoción al descubrir, desde la desnudez, punto desde el que partió, la esencia del caos que son las cosas.

 

 

 Alfonso de la Torre

Noviembre de 1998